Democratizar al PRD para democratizar a México*

El Partido de la Revolución Democrática (PRD) tendrá en el clientelismo y el corporativismo dos adversarios más poderosos que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN) en los comicios de julio próximo. Ambos fenómenos impregnan a la sociedad mexicana y desde luego al electorado nacional. Lo mismo que ha ocurrido con otras ideas generales, como las de democracia e institucionalidad, aquí también se ha caído en un esquematismo que impide la explicación y la solución de ambos problemas. En consecuencia, si bien se mencionan clientelismo y corporativismo en denuncias contra el caduco sistema político mexicano, se soslaya el contenido de estos dos conceptos y los antídotos brillan por su ausencia.

La responsabilidad histórica del clientelismo y el corporativismo es de un régimen que los cultivó a lo largo del siglo pasado, curiosamente a través de un partido que se proclamó "institucional". Bajo esta máscara se operó y desarrolló el sistema que hoy desborda el avance político de la sociedad. El nefasto clientelismo abarcó también a las organizaciones sindicales, campesinas, políticas y hasta empresariales, complementando una subcultura política que aún succiona cuantiosos recursos a la economía.

La fuerza del clientelismo y el corporativismo reside en la concentración del poder económico y político. El individuo que posee uno u otro —o ambos— ejerce atracción debido al culto ancestral que se rinde al poder.

A cual más disputa ser "colaborador" del jefe porque éste puede ayudarle a obtener beneficios económicos o políticos. Y quienes así lo hacen atraen a otros, multiplicando el clientelismo en las esferas superiores de la política; los clientes de alto nivel controlan a su vez agrupaciones de toda índole, cuya multiplicación y magnitud dan por resultado el corporativismo. En el México actual el problema se recrudece porque a la concentración de poder político se añade la del poder económico. Cualquier magnate puede mandar hacer un partido u organización a su medida y hasta resultar "carismático".

 

Zedillo y el clientelismo

Un ejemplo nos lo da la relación entre Ernesto Zedillo y Francisco Labastida. Con motivo de las precampañas electorales en el PRI, Roberto Madrazo denunció que Labastida era el "candidato oficial". Nunca lo hubiera hecho, de inmediato proliferaron las "adhesiones" de los líderes corporativos al hombre de Zedillo y aumentó el porcentaje de su aceptación electoral en las encuestas. Todo ello, a pesar de su dureza antidemocrática, falta de programa y continuidad neoliberal. Mientras a las concentraciones de Labastida asistían líderes corporativos y multitudes de acarreados, en las de sus adversarios la concurrencia fue más libre, pero mucho menor. Aun persiste la preferencia de los medios de comunicación, tanto en espacio como en tono, a favor del duro Labastida.

Aquí, precisamente, radica el gran problema que deben afrontar el PRD y todas las fuerzas que pugnan por la modernización integral de la sociedad mexicana: Francisco Labastida es el beneficiario del persistente dedazo presidencial. Es depositario de la decisión del doctor Zedillo y este solo hecho le representa el respaldo, "hasta la ignominia", del sistema de líderes y caciques que predomina en casi todo el país: gobernadores, legisladores, presidentes municipales, líderes sindicales, campesinos y empleados públicos, agrupaciones empresariales, de profesionistas y hasta de colonos y vendedores ambulantes. Todos ellos asientan su poder político en organizaciones cuyos miembros no se han emancipado del corporativismo. Estamos hablando de millones de personas sujetas al "aparato".

Y aunque en las leyes avanza la libertad de asociación, en la práctica persisten la represión y la ilegalidad contra los movimientos democratizadores. El sistema judicial está plagado de "recomendaciones" y de funcionarios recomendados que se ven obligados a manipular las leyes conforme convenga a los "jefes" si quieren continuar su carrera pública.

Para colmo, durante décadas de clientelismo ha arraigado en la sociedad una subcultura que hoy día ya es difícil sustituir. Hoy como hace 50 años es práctica común que campesinos, asalariados, colonos y miembros de muchos otros sectores se acerquen a dirigentes, funcionarios o candidatos para solicitarles apoyo; inclusive abundan todavía los ilusorios compadrazgos de gente humilde con quienes tienen algún poder o posibilidad de alcanzarlo. Y no se diga los tradicionales acarreados a las concentraciones que tengan el visto bueno "desde arriba". Con Labastida hasta las matracas han vuelto a aparecer.

El clientelismo se ha convertido en el modus vivendi de millones de personas en todo el país; botón de muestra es el manejo electorero que se hace de los programas sociales por parte de los gobiernos federal, estatales y municipales. Se adormecen la iniciativa, el esfuerzo y capacidad de la gente y se fomenta el parasitismo.

Los derechos sociales y económicos que prescriben las leyes, instrumentados por instituciones encargadas de hacerlos valer, en la práctica pierden universalidad para ser manipulados por los operadores del sistema. Los derechos a la salud o la vivienda son aplicados de manera selectiva entre quienes sostienen el clientelismo y el corporativismo mediante su participación en las concentraciones políticas del sistema o la docilidad electoral. Se renuncia voluntariamente a la libertad de asociación y el voto pierde su carácter secreto.

El sistema clientelar-corporativo ha producido una "clase política" integrada por trapecistas que saltan de un puesto a otro durante décadas. Características como la capacidad y la honradez han devenido en defectos. En el primer caso, un individuo carece de confianza para su jefe porque eventualmente podría desplazarlo y, en principio, porque no depende tanto de él; con un individuo honrado son imposibles los negocios o maniobras en política, y con los indiscretos se corre el riesgo de "salir a balcón" en fraudes y cochupos de toda índole. En cambio, surgen como valores de la clase política la lealtad y la disciplina y como mecanismos los madruguetes, codazos, zancadillas, chantajes e intrigas.

El clientelismo tiene fuertes vínculos con fenómenos como el influyentismo, es decir, el aprovechamiento de los nexos con políticos poderosos para ascender o mantenerse arriba. Tiene que ver también con la impunidad, pues los padrinos encumbrados pueden hacer que se viole o tuerza la ley en beneficio de sus ahijados; con el verticalismo porque cada quién se debe "al de arriba" y ¡ay! de aquel que haga una mala lectura; con el patrimonialismo porque se consideran propiedad privada desde sindicatos y agrupaciones de vendedores ambulantes hasta el poder federal —y así lo atestiguan los intentos de maximatos— y con el caciquismo porque a través de testaferros, los políticos estatales o municipales se perpetúan en el poder.

 

¡A fondo!

Tan poderoso como es, el sistema clientelar-corporativo está sentenciado a muerte. Sus principales enemigos son la democracia, la legislación y la institucionalidad.

Ferrocarrileros, médicos, profesores y estudiantes dejaron profunda huella en movimientos que no sólo reivindicaban la democracia, sino que la ejercían en su organización, instrumentos y mecanismos decisorios. Pese a que fueron reprimidos, dejaron como herencia las asambleas participativas, brigadas de volanteo, nombramiento de delegados con mandatos específicos que se consolidaron como gérmenes de una nueva cultura política.

Ideas como la de libertad sindical aglutinaron a numerosas organizaciones de asalariados para combatir al charrismo dentro de las organizaciones o crear otras ya depuradas de esta deformación, aunque no siempre con éxito. Muchas asociaciones civiles, creadas originalmente por individuos en busca de capital humano para su arribismo, fueron sustituidas por organizaciones no gubernamentales que ahora son miles y en su mayoría reclaman la independencia del poder público y de los partidos.

La práctica de los métodos democráticos, aunque todavía deja mucho que desear en acatamiento y fluidez, avanza en todo el país y constituye el pilar de una nueva cultura política que empieza a corroer al clientelismo, corporativismo y demás vicios del sistema político mexicano. Este progreso enfrenta ya a la concentración del poder político, la fuerza de la sociedad civil integrada por organizaciones y movimientos convergentes en pos de la modernización de la vida pública.

Resultado de esta amplia lucha es el paulatino pero inexorable surgimiento de leyes como las de Participación Ciudadana que empiezan a promulgarse en las entidades federativas y que pronto tendrán rango constitucional. Normas en favor de los ancianos y jubilados, de los derechos sociales como vivienda y salud, derechos económicos como el empleo habrán de rescatar de las conductas clientelares a grandes sectores de la sociedad. México se incorpora así al movimiento histórico universal del derecho como instrumento de la sociedad civil para hacer contrapeso a la autocracia del Estado.

El conjunto de este gran movimiento social empieza a corroer al viejo sistema político. Prueba de ello es que el propio PRI tuvo que hacer la mascarada de realizar elecciones para postular a su candidato presidencial para afrontar el descontento interno contra el dedazo y los acuerdos cupulares. Prueba adicional es la salida de militantes hacia otros partidos durante los últimos años.

En los sindicatos no sólo avanza la convergencia de organizaciones democráticas hacia la sustitución del corporativo Congreso del Trabajo, sino que se ha logrado que la Suprema Corte reconozca la libertad de asociación, hecho que pronto desmoronará a la Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado. Incluso en el sector empresarial hay agrupaciones que se pronuncian abiertamente contra el corporativismo.

Se forja así una nueva cultura política que se distingue por la democracia, Estado de derecho e institucionalidad no sólo como demandas, sino como prácticas de un creciente número de segmentos sociales. A ella se agregan millones de individuos de las nuevas generaciones, ajenas a las relaciones de servidumbre que representa el clientelismo y desde luego opuestas a la opresión corporativa. Al calor de la revolución tecnológica, ni el sector público ni el privado podrán darse el lujo de preferir a incondicionales o recomendados en vez de gente preparada para resolver los nuevos problemas de la producción y la administración.

El sistema clientelar-corporativo, pues, es fuerte aún, pero cada día resulta más caduco política, social y económicamente. A ojos vistas empieza a ser sustituido y por lo tanto serán inútiles los intentos por sostenerlo. Sólo que su extinción depende del impulso que se dé a la democracia, la institucionalidad y el derecho. Y ese impulso sólo puede provenir de la acción concreta de agrupaciones, movimientos e individuos en todos los ámbitos de la vida pública.

En este sentido, las elecciones de julio próximo enfrentarán a las fuerzas sociales que pugnan por la mo dernización integral del país con el poder reconcentrado en el PRI-gobierno que, a través del ejercicio clientelar-corporativo, pretende prolongar la vigencia del viejo régimen. México está en la encrucijada de una cultura que no acaba de morir y otra que no acaba de nacer. Es tiempo de resolver esta cuestión por la vía positiva, llegando al fondo en los planteamientos y acciones contra el viejo sistema y ejerciendo la nueva cultura política.

 

El clientelismo al interior del PRD

Teniendo la población mexicana una cultura tal, y estando el PRD formado por este tipo de población, es de esperarse que algo o mucho de esta cultura impregne el modo de pensar y de actuar del propio partido, entendiendo por esto último actividades preponderantes a su interior.

El PRD nació denunciando, entre otras lacras del sistema político mexicano, al clientelismo y corporativismo de los que se vale el grupo gobernante desde hace décadas para perpetuarse en el poder, actividades éstas que en efecto han dado resultado. Paradójicamente, esos vicios son los mismos que ahora mantienen al partido en vías de desaparecer como opción real de transformación de la sociedad mexicana, lo han desdibujado y amenazan con acabarlo.

El germen de estos fenómenos lo propiciaron las diferentes expresiones políticas que dieron origen al PRD, manifestadas en espacios de representación de estos grupos. Después, fue la incapacidad de abandonar las diversas corrientes doctrinarias y fundirse en una sola agrupación en torno a principios ideológicos de consenso, programa político y estatutos. Hoy es el enfrentamiento de "corrientes políticas" en una lucha abierta por espacios de poder dentro y fuera del partido.

 

Los resultados están a la vista

Vivimos en el conflicto permanente desde casi el inicio de nuestra formación. Esto ha ocasionado un gran despilfarro de recursos; desgaste humano y desdibujamiento de la imagen del partido como consecuencia de luchas internas. Las llamadas corrientes practican un pragmatismo acrecentado en la búsqueda de espacios de poder.

Se vive en la extralegalidad, pues las instancias legales y los procedimientos establecidos en los Estatutos son sustituidos por las corrientes y por acuerdos políticos de consenso (entre las corrientes, o mejor dicho entre las cabezas de las corrientes) por supuesto. Esta dirigencia actúa al margen de las bases partidarias en todo el país y las mantiene casi desinformadas mientras ellas permanecen en la inactividad y a la expectativa.

La impunidad es un elemento que se mantiene permanentemente en escena; baste solamente recordar lo que pasó a quienes enturbiaron el proceso de elección del Cuarto Consejo Nacional en marzo de 1999. Todo quedó en el olvido. La legalidad ha sido trastocada por prácticas que no sólo están fuera de nuestras normas, sino que además de estar proscritas, han envenenado la vida interna del partido.

De esta manera, la institucionalidad es un concepto que poco se practica pues el corrientismo es la actividad por excelencia que impregna la vida partidaria. Las resoluciones responden a intereses de las corrientes.

Si el partido tiene una sola identidad en principios y programa, si además se otorga la necesaria importancia a elementos tales como la organización, la legalidad, la institucionalidad y la democracia internas, no sólo estará a la cabeza en cuanto a planteamientos sólidos, sino que, además, en el ejercicio real de estos planteamientos estará dando una lección de congruencia entre las ideas y las acciones, demostrando que en efecto se pueden mejorar nuestras formas de organización social y democratizar la vida pública, hacer justa y equitativa la convivencia entre mexicanos y, por ende, cambiar al sistema político mexicano.

 

Alternativas

Los lineamientos generales que proponemos son combatir de raíz clientelismo, corporativismo, verticalismo, centralismo y patrimonialismo mediante la participación democrática, la normatividad interna y la institucionalidad. El objetivo original que se debe recuperar es crear un partido desde abajo, que sea escuela de democracia y capaz de cumplir su Declaración de Principios y Programa para el progreso del país.

 

Participación democrática

* Establecer mecanismos para promover la actividad e iniciativa de la militancia y las asambleas de base en las campañas electorales y demás aspectos de la vida partidaria.

* Dar autonomía a las asambleas y comités de base, municipales y estatales para aplicar el programa y acuerdos de los congresos conforme a su situación concreta y momento nacional.

* Darles también autonomía y apoyo para crear instancias temporales conforme lo requieran sus circunstancias políticas.

* Convocar a un Congreso Nacional de Legislación Interna, dividido en amplias mesas de trabajo para reformar Estatutos, Reglamento de Elecciones Internas y normatividad de los órganos autónomos, incluyendo la Comisión Nacional de Garantías y Vigilancia, a fin de que sirvan a la democracia directa.

* Establecer en las asambleas y comités de base la función de presentar propuestas para: plataformas electorales, iniciativas de ley, organización de elecciones, organización y normatividad del partido, etcétera, (que ya figura en los Estatutos).

* Que las reuniones de los comités distritales sean para resolver los mandatos de los comités de base.

* Establecer que los delegados al Consejo Nacional y a los congresos lleven mandatos de los comités distritales a las plenarias y se apeguen a ellos.

* Que las elecciones internas para legisladores o miembros del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) y los comités estatales sean abiertas a toda la militancia, sin excepción. Para ello es necesario contar con un padrón confiable y se puede utilizar Internet y el voto a través del NIP, todo ello programado por expertos.

* Que las propuestas de los directivos y legisladores sean sometidas con oportunidad a la consideración de toda la militancia y que no se apliquen sin aprobación expresa. (Internet y NIP, además de medios de difusión interna suficientes y otros).

* Que las sesiones de los comités municipales y estatales, así como de los consejos nacional y estatales, sean abiertas a la militancia en general.

 

Normatividad

(El defecto principal de los Estatutos actuales es que se basan en la democracia representativa; el criterio para transformarlos positivamente es la aplicación de la democracia participativa, que implica, además del voto, un papel decisivo de los militantes en la planeación, ejecución y fiscalización de las acciones del partido.

La persistencia del predominio de la democracia representativa obedecía a la dificultad para instrumentar la participación de las bases, tanto partidarias como ciudadanas en general, en elaboración de programas, elecciones, actividades cotidianas y supervisión de funcionarios. Recursos tecnológicos como Internet resuelven este problema que duró muchos años).

* Establecer que la máxima autoridad del partido es la militancia, cuya voluntad nace en las asambleas de base y se concreta en congresos, plebiscito, referéndum e iniciativa popular.

* Reformar la normatividad interna para hacerla sencilla y clara, así como para evitar transgresiones, diferencia de interpretaciones e incongruencias.

* Establecer en la normatividad que las obligaciones principales de los dirigentes y legisladores del partido son ejecutar las decisiones de la militancia y respaldar sus actividades.

* Rendición de cuentas de los directivos y legisladores a todos los militantes, no sólo a través de congresos, sino también de plebiscitos y medios de comunicación, Internet y NIP.

* Someter con tiempo a congresos, plebiscito o referéndum las acciones estratégicas: candidaturas, alianzas, plataformas electorales, cambios organizativos, creación de nuevas instancias, posición ante los grandes problemas nacionales.

* Aplicar la austeridad republicana a los ingresos de funcionarios y legisladores para evitar que predomine en ellos el interés económico.

* Con el mismo propósito, prohibir la reelección en el CEN y los comités estatales, así como el cambio a otros cargos de alta remuneración dentro del partido.

* Asimismo, hacer realidad que ningún legislador pueda ostentar de manera simultánea un cargo en el CEN o los comités estatales.

* Prohibir a las corrientes la distribución de cargos directivos y legislativos, así como la postulación de candidatos internos y externos. Se debe recordar que son corrientes de opinión.

* Establecer sanciones específicas a los directivos que transgredan la legislación interna, así como incluir el concepto de revocabilidad de sus decisiones.

 

Institucionalidad

* Instaurar mecanismos, aparte de los congresos, para que los militantes de todo el país puedan participar en la toma de decisiones y plantear propuestas en cualquier tiempo (Internet, NIP).

* Editar una publicación que someta todas las acciones del CEN a la consideración de la militancia. Utilizar Internet e incluir ahí a todos los órganos del partido.

* Disminuir al máximo posible el personal de confianza además de formar una plantilla de profesionistas que desarrollen las tareas de estudio, investigación y asesoramiento del partido, evitando la improvisación "mientras se aprende" en Comité Ejecutivo y Consejo Nacional, dando continuidad a las actividades partidarias.

* Que los dirigentes de las agrupaciones simpatizantes o aliadas del partido no puedan tener cargos directivos en los comités del mismo ni en las legislaturas (ver Art. 97 de los Estatutos).

* Fijar topes bajos de gastos de campaña para elecciones internas, a fin de propiciar la participación activa de la militancia e impedir triunfos por publicidad.

* Establecer mecanismos que permitan la supervisión externa y profesional de las elecciones internas. (Internet, NIP).

* Elecciones internas con candidaturas uninominales en vez de planillas completas.

Estos no son los planteamientos de una corriente política; nuestro movimiento concluirá cuando el partido recobre su espíritu original. Para esto, llamamos a toda la militancia a concretar su participación en asambleas de base y a cumplir y hacer cumplir la institucionalidad y la normatividad del partido con base en la democracia participativa.

* Movimiento de Asambleas de Base del Partido de la Revolución Democrática.