Heberto Castillo y el encuentro de la izquierda con la nación* Rosa Albina Garavito Elías** Agradezco la invitación para participar en este homenaje a la memoria del ingeniero Heberto Castillo Martínez a diez años de su fallecimiento. Me gustaría ilustrar lo que todos ya sabemos: que Heberto fue un hombre de izquierda, nacionalista, defensor de los valores democráticos, y un hombre comprometido, que en su lucha puso siempre sus principios por delante. De antemano, pido disculpas a los asistentes a este evento porque en mi relato sobre el significado de Heberto Castillo para la izquierda de este país hago algunas referencias a mi trayectoria personal, no por otras razones, sino porque para mí como para la generación a la que pertenezco, Heberto Castillo fue un referente en el desarrollo de nuestras vidas políticas. Conocí a Heberto en junio de 1968. Yo estaba concluyendo mis estudios en la Facultad de Economía de la UANL y colaboraba en el Instituto Mexicano Cubano de Relaciones Culturales de Monterrey. Heberto, Efraín Huerta y Carlos Monsivais, fueron nuestros invitados a participar en las actividades con las cuales estábamos celebrando la inauguración del local de dicho instituto, en una vieja casona de la calle Padre Mier de la ciudad de Monterrey, casona que recuperamos y acondicionamos gracias al trabajo voluntario de muchos compañeros. El ambiente de aquella celebración era por supuesto de solidaridad con la Revolución Cubana y de fiesta. Pero a las pocas semanas ese ambiente se ensombreció por dos eventos. El primero fue que, como presagio de lo que vendría después, el local del instituto sufrió un atentado. El segundo, fue la represión al movimiento estudiantil de 1968, el encarcelamiento de muchos compañeros, entre ellos Heberto y, después, la masacre del 2 de octubre. Meses después me fui a Santiago de Chile a hacer una maestría en Ciencias Sociales y, a pesar de la normalidad de mis dos años de estudiante en aquella ciudad, mi vida y la de mi generación habían quedado marcadas por los sucesos de 1968. Y en esos acontecimientos la figura del Ing. Castillo se convirtió en un símbolo de la lucha contra el Estado autoritario. A mi regreso de Chile, ese Estado autoritario se manifestó nuevamente con la matanza del 10 de junio de 1971, así que a muchos nos quedó claro que la vía armada era el único camino para transformar el país. Por su parte, Heberto se había echado a cuestas una tarea que a los radicales de aquella época nos pareció “reformista” y, por ende, desdeñable; me refiero a la titánica empresa de fundar un partido de izquierda independiente del Estado. A pesar de la descalificación ideológica y política que hicimos del proyecto de Heberto, nunca dejé de apreciarlo con una simpatía escondida, pues entendía del heroísmo necesario para abrir brecha en la construcción de una organización política independiente. Heberto y el PMT siguieron su camino, mientras que el nuestro fue truncado casi de manera súbita. Muchos años me requirió la autocrítica a mi corta pero intensa experiencia en la lucha armada. Durante mi exilio en Italia recuperé las lecciones de democracia que como libro abierto ofrecía aquel país, democracia que ya había vivido en Chile con el triunfo de Salvador Allende, pero que se desmanteló de manera cruenta con el golpe de Estado en contra del gobierno de la Unidad Popular. No fue fácil, pero a mi regreso de Italia en 1980 ya venía curada de mi voluntarismo político. Y de nuevo ahí estaba Heberto, en el proceso de construcción y de fusión con otras expresiones de la izquierda para hacer realidad una nueva alternativa de organización política, sobre todo después que, producto de todas aquellas luchas, el Estado había tenido que reconocer la necesidad de una reforma política que cristalizó en el reconocimiento al derecho de existencia a los partidos opositores. En un régimen de partido de Estado como el mexicano, esa conquista no fue poca cosa. Sin que personalmente me haya involucrado en esas experiencias, Heberto seguía siendo un gran referente político para mí. Así llegó 1988
y las campañas paralelas entre la izquierda encabezada por Heberto y una
ciudadanía ávida del reconocimiento a elegir a sus gobernantes, encabezada
por Cuauthémoc Cárdenas. Fue entonces cuando, ante el riesgo de dividir
la votación del campo de la izquierda, Heberto tuvo la sabiduría y la
generosidad para declinar su candidatura a favor del Ing. Cárdenas. A
la luz de esos hechos, sin duda, otra situación muy distinta a los embates
de la derecha que el país está sufriendo con el gobierno de Calderón,
estaríamos hoy viviendo si esa misma generosidad política hubiese mostrado
el Ing. Cárdenas frente al liderazgo de AMLO durante la lucha contra el
desafuero y después en la campaña electoral de 2006. Lamentablemente,
no fue así y eso enaltece aún más la figura y el recuerdo del Ing. Heberto
Castillo. No es fácil tomar decisiones como la que Heberto tomó en 1988,
pero gracias a individuos con la capacidad de hacer a un lado sus legítimos
intereses y poner por delante los del país y de la sociedad, es que México
puede atreverse a cambiar. Por eso, el 15 de junio de 1988 publiqué en
el diario La Jornada
, un artículo que titulé “¡Bravo Heberto!” En lo que sigue recupero algunos pasajes del mismo. Decía: “La decisión de Heberto Castillo de declinar su candidatura en favor de Cárdenas expresa, de parte de la izquierda, una vocación de poder que hasta ahora sólo el PRI había tenido. La izquierda deja de ser solamente ideológica para plantearse, en el aquí y ahora, la lucha por la democracia, la construcción de un país justo, igualitario y más soberano. Gracias a la decisión de Heberto la lucha por la democracia comienza a tener apellidos. La marcha unitaria de las fuerzas progresistas y de izquierda hacia las urnas que ahora se inicia, no es precisamente la modernización política que el PRI y el gobierno hubieran deseado. Hoy, la defensa del voto no es la lucha de ciudadanos aislados que concurren a un mercado con ofertas políticas diversas, como hubiera querido la versión neoliberal de la modernización política del país. Se trata en cambio de la demanda de las mayorías por conquistar una democracia del pueblo con el fin de alcanzar una democracia para el pueblo. Con la decisión de Heberto se ha dado un gran salto hacia la modernización del país que quieren los trabajadores. El programa de las mayorías que recoge la candidatura única no es un programa nuevo. Comenzó a gestarse en las huelgas de Cananea y Río Blanco, en el programa de los hermanos Flores Magón, de Madero, de Villa, de Zapata. Con este viejo programa los trabajadores, quieren hacer transitar al país hacia el próximo milenio. Sin embargo, no es un proyecto viejo, es solamente el antiguo y vigente sueño plasmado en el carácter social y programático de la Constitución de 1917 que quiere alejarse de la injusticia de tratar como iguales a los desiguales. Este viejo programa tiene la vigencia de los valores universales que logran proyectar el horizonte de la situación concreta hoy. Abarca las demandas de los viejos sectores surgidos del “milagro mexicano” y también de los que se están gestando en la modernización económica actual. Logra, pues, sintetizar las aspiraciones del mosaico social en el que se dispersan las mayorías del país. El carácter nacional del proyecto de los candidatos que hoy se unifican no le proviene de la empiria geográfica de sus campañas. En cambio, se lo otorga la capacidad de subordinar los programas de centro-derecha del PRI y de derecha-derecha del PAN. El programa del PRI queda subordinado, porque esta nueva alianza no niega la necesidad de modernizar la sociedad en todos sus órdenes, simplemente abre las puertas a las mayorías para que participen en este proceso. Propone una modernización democrática; luego, entonces, contiene el programa del PRI y lo supera. Por supuesto, subordina el programa del PAN, porque, respetando la matriz liberal de la Constitución de 1917 y los triunfos de Juárez contra los conservadores hace más de cien años, hace suyas las garantías individuales en la Carta Magna. La decisión de Heberto significa, pues, el encuentro de la izquierda con la nación. De esta nación en la que estamos ahora y no de la que quisiéramos ser en un futuro lejano. Deja atrás los infantiles atavismos de pretender que sea el Estado el que democratice la sociedad y, por primera vez, se asume como protagonista nacional para hacer viable esta alternativa. El encuentro con una nación que se mira en el espejo de la ideología surgida de la revolución mexicana y monopolizada por el partido oficial no es un encuentro fácil. Recoger ese programa que ha sido el proyecto de las mayorías para, a partir de ahí, empezar a liberar al hombre de la explotación del hombre, es toda una odisea. Significa asumir, en la práctica política, que el PRI, la sociedad civil, el gobierno y el Estado se encuentran atravesados por las contradicciones de clase, no por las oposiciones entre sectores, tampoco envueltos en las circularidades históricas que tanto gustan a cierto poeta. La mejor prueba de ello es la existencia de la Corriente Democrática con la que hoy se está realizando la alianza. Gracias a la decisión de Castillo, la izquierda deja atrás la lucha maniquea e ineficiente de contraponer como bloques sociedad civil contra Estado, para asumir la complejidad de las contradicciones reales. Deja atrás los purismos ideológicos para empezar a ensuciarse con la realidad tal como es. La decisión de Castillo –continuaba el artículo– significa el encuentro de la clase trabajadora con la nación (…) y, en esa perspectiva, después del seis de julio se reinicia una recomposición política llena de buenos augurios para el país y para las grandes mayorías de la población. Se necesitaba la sensibilidad de un gran luchador social como Heberto para haber tomado esta determinación generosa. ¡Bravo Heberto!” A partir de noviembre de 1988, tuve el honor de que Heberto fuera, no solamente un referente político fundamental, sino compañero en las tareas de construír y dirigir el PRD. El pasado marzo, en la plaza de Coyoacán, frente a la delegación (durante la celebración del Día Internacional de la Mujer), recordé cómo es que llegué a formar parte del Secretariado, esto es el grupo que organizó la formación del PRD, cómo es que desde mi posición de ciudadana del seis de julio, pasé a formar parte de esa titánica empresa, cómo es que me dio el pánico escénico al darme cuenta que ese grupo selecto estaba compuesto por los notables dirigentes de la Corriente Democrática y los de izquierda, entre ellos Heberto. Ahí, narré que nunca pregunté quién me había propuesto para formar parte de ese grupo, y que fue en el funeral de Heberto cuando Arnoldo Martínez Verdugo me contó que la propuesta había sido de Heberto. Nunca le dí las gracias por esa distinción. Por desgracia, Heberto falleció hace diez años. ¡Y como nos hace falta! Con Heberto entre nosotros, seguramente el PRD sería otra cosa. No es que desdeñe la importancia de las bases en el desarrollo de un partido de izquierda, al contrario, porque sé de la importancia que Heberto otorgaba a la participación de la gente, es que afirmo que el PRD con Heberto hoy sería un partido más cercano a una organización democrática, de la gente y para la gente. A propósito de la mercantilización de la política, uno de los laberintos en que la izquierda se ha perdido, recuerdo cómo se molestaba Heberto cuando para la propaganda política del PRD se ponía por delante su costo monetario. A lo que replicaba con energía “¿Y cómo hacíamos propaganda cuando no había prerrogativas? ¿Ya se olvidaron del trabajo voluntario?” Pienso que en la izquierda se han perdido esos y otros valores. No solamente extrañamos a Heberto para hacer de la política partidaria una política de principios, lo extrañamos también para la lucha eficaz en contra de la enajenación de Pemex. Precursor en la denuncia del agotamiento de las reservas de crudo y en el derroche de ese recurso estratégico, hoy sus pronósticos, los del científico que se compromete con su país, se han hecho realidad. Sobre el futuro de apenas nueve años de vida para nuestras reservas petroleras, Heberto lo alertó en su momento, cuando esos datos eran todavía secreto de Estado. Hoy el mismo gobierno lo acepta como una fatalidad, cuando la denuncia de Heberto tenía el sentido patriótico de tomar medidas preventivas, esto es de no derrocharlo, de invertir en su procesamiento, de hacer de Pemex la industria al servicio del desarrollo nacional y no de los grupos en el poder. Un año antes de la muerte de Heberto, el Congreso de la Unión reformó la Ley General de Deuda Pública para adoptar los proyectos de inversión con registro diferido en el gasto, los Pidiregas como una forma de endeudamiento; instrumento que tanto la CFE y Pemex han adoptado como el mecanismo recurrente, oneroso y opaco para financiar su inversión y que se han convertido en una manera subrepticia de enajenar a esas dos industrias estratégicas para el desarrollo del país. Además de ser un luchador de izquierda, nacionalista y democrático, Heberto Castillo fue un notable científico. Su invento de la tridilosa, si bien producto de su esfuerzo personal, se convirtió en el símbolo de las capacidades potenciales del desarrollo científico y tecnológico de nuestro país y en motivo de reconocimiento desde distintos ámbitos sociales y políticos a la creatividad de ese gran luchador social. Por si fuera poco, Heberto participó además, en la Comisión de Concordia y Pacificación para lograr la paz con dignidad en Chiapas. Una tarea inconclusa en la que también extrañamos mucho su relevante papel. Para concluir, estoy segura que ustedes coinciden conmigo en la gran falta que Heberto nos hace en la dura tarea que significa construir un México democrático y justo, con más razón ahora cuando la alternancia política de la derecha pretende continuar con el desmantelamiento de la economía nacional y con el retroceso en nuestras conquistas democráticas. Por eso, volver la mirada a la trayectoria del Ing. Heberto Castillo Martínez, siempre será un motivo de inspiración para las luchas de la izquierda en nuestro país. * Intervención en el homenaje al Ing. Heberto Castillo Martínez, organizado por la Delegación Coyoacán y la Fundación Heberto Castillo A. C. el 3 de abril del 2007. ** Profesora-investigadora del Departamento de Economía de la UAM-A, México. |