Hacia el X Congreso Extraordinario*

Beatriz Stolowicz**

 

El análisis de los gobiernos de izquierda no puede estar al margen de las historias de tantas luchas, sacrificios y  muertes para lograr cambios. Es muy significativo que este tema, así planteado, en términos de la relación partido-gobierno, casi no se discute en México, en el medio político ni en el académico, pese a la importancia de la experiencia de gobierno en el Distrito Federal, por su obra y por su proyección política nacional. Las otras, lamentablemente, no las conozco, pues es muy escasa la discusión y difusión sobre las mismas.

La discusión de la izquierda y sus gobiernos no se reduce a asuntos técnicos y de políticas públicas, sino al proyecto mismo de la izquierda en pos de la emancipación humana y, en ese marco, es que debe pensarse de qué manera puede contribuir el acceder a espacios importantes del poder del Estado. Que son fundamentales para promover el cambio, pero que no son los únicos para crear una extendida voluntad de cambio, organizada, consciente y movilizada para transformar todas las relaciones de poder, que no se expresan solamente en los ámbitos institucionales.

La discusión programática es fundamental en tanto expresión intelectual de una voluntad política, pero los programas y las declaraciones o autodenominaciones de izquierda no son suficientes para decir que nos encontremos ante una acción verdaderamente liberadora y emancipadora. Hoy, podemos observar que partidos con una larga historia política y con programas muy elaborados durante años, cuando llegan al gobierno, nunca los llevan a cabo. Hay gobiernos que producen cambios de verdadera vocación de izquierda sin contar con un programa previo; que comienzan a elaborarlo estando ya en el gobierno. Partidos que gobiernan sin programa, pero con importantes realizaciones. De modo que ya no basta con declararse de izquierda y con tener un programa, sino que hay que demostrar con hechos que se es de izquierda.

Y lo primero, además, es discutir qué es izquierda. La verdad es que en estos tiempos la palabra “izquierda” quiere decir cada vez menos, más allá de las autodenominaciones que se hacen. Se elude la discusión, sustituyéndola con los términos de centroizquierda o progresismo, que todavía quieren decir menos, y esto no es sólo por desidia analítica, sino porque en la misma indefinición –que es conceptual, política, de proyecto, de práctica, de ética–, en esa indefinición, están también infiltradas definiciones e influencias de quienes buscan mantener el statu quo en este orden de opresión y saqueo.

No es la primera vez en la historia en que, justamente en épocas en que amplios sectores populares exigen cambios profundos, la derecha despliega una gran ofensiva ideológica y política para influir sobre lo que debe entenderse por izquierda, lo que se piensa como alternativas y sobre los horizontes de lo posible y lo deseable. En el periodo de entreguerras, Antonio Gramsci lo conceptualizó como revolución pasiva, es decir, una contrarrevolución sutil, pero muy efectiva para moldear el pensamiento y la acción de quienes asumen la representación política e intelectual de los anhelos de cambio de las mayorías sociales. No es casualidad que en América Latina, conforme la derecha está cada vez más desprestigiada y va perdiendo espacios de control gubernamental –no del Estado– despliega todos sus recursos de poder material y simbólico para neutralizar a la izquierda desde su propio interior, desde su propia cabeza.

Durante algún tiempo, en el decenio pasado, pareció que bastaba con declararse antineoliberal para ser considerado de izquierda, pero resulta que, desde hace 10 años, aproximadamente, los ideólogos más lúcidos de la clase dominante decidieron tomar la dirección de la crítica al neoliberalismo, precisamente para neutralizarla, imponiendo como única alternativa viable una llamada “tercera vía” posliberal. Para eso, falsificaron lo que debe entenderse por neoliberalismo, de modo de oponerle “algo” verdaderamente inocuo, y han logrado generar un nuevo pensamiento único posliberal. Entre sus principales ideólogos están Fernando Henrique Cardoso, Joseph Stiglitz, Enrique Iglesias, Ricardo Lagos e, incluso, Carlos Slim.

Su señuelo discursivo es apelar a “más Estado”, pero su objetivo es proteger al gran capital de los efectos de las crisis sistémicas que él mismo genera en su reproducción especulativa y rentista, para garantizarle todo tipo de seguridades jurídicas, económicas y políticas en nuestra región, contra las resistencias a su depredación de economías, vidas y países. El Estado debe proporcionar esas  mayores seguridades, ampliando sus funciones subsidiarias al gran capital. Debe gestar un modelo político funcional que le evite riesgos y debe reconstruir la legitimidad perdida mediante políticas sociales compensatorias, que financia el Estado con los impuestos de los asalariados y los consumidores pobres para que los provea el capital con fines de lucro, a nombre de una “participación de la comunidad”. Una llamada participación que legitima, pero con la que las mayorías no deciden nada, especialmente, sobre el rumbo económico, que debe seguir quedando en manos de los tecnócratas, bajo el supuesto de una verdad técnica universal sobre la economía, como dicen: “ajena a toda ideología”. Este es un negocio político redondo, porque los mismos objetivos neoliberales, que son obviamente los objetivos capitalistas en la fase histórica actual, se llevan a cabo en nombre de la superación del neoliberalismo, tan solo por decir “más Estado”, pero hay que preguntarse Estado para qué. Los posliberales, que lo plantean para dar más seguridades al capital, lo hacen con formas de legitimación social y política bajo la doctrina neoinstitucionalista del “buen gobierno”, pletórica de falsificaciones y de retórica, pero que ha cooptado a intelectuales, profesionales, políticos y gobernantes como si se tratara de una práctica progresista.

Además, desde comienzos de este siglo, los neoliberales, ahora mimetizados como posliberales, imponen una idea de neodesarrollismo para supuestos “países productivos”, que tiene por objetivo preservar al capital transnacional del estallido de las burbujas especulativas, sobre todo en Estados Unidos, garantizándole inversiones en monocultivo agrario, energéticos, minería, infraestructura energética, hídrica y en comunicaciones multimodales. Al servicio de las cuales se pone a los Estados, que les proporcionan recursos públicos, fuerza de trabajo barata y disciplinada para no “espantar” al “glorioso” capital extranjero, y que proporciona todas las seguridades jurídicas y fiscales para que se lleven intocadas sus ganancias. Esta retórica de países productivos, que influye hoy en varias acciones de gobiernos de izquierda, se trata en realidad de una forma legitimada de neocolonialismo que se apropia de territorios, materias primas, agua y biodiversidad y sobreexplota a la fuerza de trabajo. Además, este neodesarrollismo transnacional está trazando las rutas de la integración latinoamericana en la que participan varios gobiernos de izquierda. Apoyándose en el creciente intervencionismo de Estados Unidos y la presión, cada vez mayor, de los Estados y transnacionales europeas.

En esta renovada hegemonía ideológica de la derecha podremos encontrar  varias pistas explicativas sobre las dualidades que se observan en las acciones de varios gobiernos de izquierda. Dualidades entre las concepciones económicas y las concepciones sociales, las dualidades que hay entre éstas y las concepciones sobre democracia y participación. En varios programas de partidos y acciones de gobierno vemos la coexistencia de concepciones que no solamente son contradictorias, sino antagónicas, inclusive, entre sí y respecto a los principios genéricos que todos los partidos enuncian en términos de perseguir la igualdad, la justicia, el desarrollo de la persona, la soberanía, etcétera.

Es una heterogeneidad de concepciones que nada tiene que ver con el sano pluralismo en un partido de izquierda. No es con lugares comunes que pueda responderse a la perplejidad que hay ante gobiernos que ganaron por la izquierda, pero llevan a cabo políticas de la derecha que, por cierto, los elogia diciendo que son una “izquierda moderna y responsable”.  Estoy hablando de la hegemonía del pensamiento dominante sobre sectores de izquierda, en los que se comprueban adhesiones orgánicas a ese pensamiento –y por lo tanto ya no son de izquierda– pero también hay adhesiones inconscientes, desinformadas, por eso hablamos de hegemonía. Esto obliga a discusiones mucho más profundas de lo que hoy se hacen, porque la derecha ha logrado imponer un contenido a cada uno de los temas de la agenda de la izquierda, a los términos que ésta utiliza en sus discursos y análisis como si fueran de “sentido común”, pero que no lo son.

Voy a referirme solamente a otro aspecto de esta compleja problemática. Hace más de un decenio, desde las primeras experiencias de gobiernos locales, se observó cómo iba produciéndose una disociación en los partidos, entre la práctica de gobierno y la práctica político-electoral. Mientras que los miembros del partido que estaban en el gobierno actuaban en cercanía con la gente, preocupados por la transparencia y la austeridad, los que estaban vinculados a lo político-electoral lo hacían sometidos a las lógicas elitistas y prebendaristas de los parlamentos, que son reglas del juego impuestas por la derecha para aceptarlos como pares en el sistema representativo, y que tienen como condición la ajenidad con las luchas sociales. Por sus prácticas, eran como dos partidos en uno.

Al comienzo de esas experiencias de gobierno, los que defendían las prácticas electoralistas se imponían en los partidos, porque decían que de ellos dependía que se volviera a ganar elecciones y que eso hacía posible continuar con la obra de gobierno.  Después, la relación se  invirtió: las buenas gestiones de gobierno produjeron adhesiones importantes, mientras que los parlamentarios perdían credibilidad política arrastrados en la crisis de legitimidad de la política electoralista e institucionalizada, desprestigio que se expresó en frases como “todos los políticos son iguales”. Fueron las gestiones de los gobiernos las que salvaron en buena medida la votación de los partidos.

Lo cierto es que, incluso buenas gestiones de gobierno, no han sido suficientes para contrarrestar la desnaturalización de la política de izquierda. El ejemplo más ilustrativo es el de Porto Alegre, en Brasil. Con su presupuesto participativo, que fue un modelo para la región, el PT ganó varias elecciones en Porto Alegre, la capital, y llegó a ganar el Estado de Rio Grande do Sul; sin embargo, años después, en ambos perdió las elecciones ante la derecha, no sólo en términos locales sino, incluso, en las presidenciales, lo que ha ocurrido en otros lugares también.

Esto tiene que ser motivo de reflexión. Buenas gestiones de gobierno o crecer electoralmente pueden y suelen no ser suficientes para contrarrestar la fuerza de la derecha, que se desarrolla cada vez más por fuera del sistema electoral, al margen de los partidos, operando con las organizaciones empresariales, los medios de comunicación, la cúpula de la iglesia y con sus cuadros intelectuales como verdaderas fuerzas de choque conservadoras en otros espacios de la sociedad, que no pasan ni por el parlamento ni por los programas específicos de gobierno, sino en las relaciones capital-trabajo, en la producción ideológica, en el ámbito educativo. Espacios que han sido abandonados por los partidos concentrados en lo político-electoral y en la gestión gubernamental, y que son espacios sociales esenciales para la gestación de organización y conciencia popular, es decir, para la gestación de fuerza política con la cual enfrentar y hacer retroceder a la derecha, incluso para defender los logros del gobierno. Cada vez más es el campo de la lucha social el decisivo para el avance de la izquierda, incluso para ganar elecciones.

Como se ve con estas pinceladas, el campo problemático para pensar a la izquierda y sus gobiernos es mucho más vasto de lo que parece. Ojalá este sea el inicio de esa discusión tan necesaria.

 

 

* Ponencia presentada en el foro “La izquierda y sus gobiernos”, el 8 de agosto de 2007 en la Ciudad de México.

** Profesora-investigadora del Departamento de Política y Cultura, Área Problemas de América Latina, de la UAM Xochimilco.