La renovación o el regreso a la marginalidad

Jesús Ortega Martínez*

 

Las izquierdas mexicanas viven un momento promisorio y paradójicamente, difícil.

Nunca en la historia del país, la izquierda había avanzado tanto como ahora. Una parte de la izquierda (la del PRD junto al PT y Convergencia) encabezada por Andrés Manuel López Obrador alcanzó, fraude aparte, una votación histórica del 35 por ciento en las pasadas elecciones federales; logramos mayoría en 16 de las 32 entidades de la república; somos la segunda fuerza en la Cámara de Diputados y adquirimos una presencia realmente influyente en el Senado. Aparte, gobernamos en 6 estados y en cerca de 400 municipios y tenemos diputados en todos los congresos locales. Desde cualquier perspectiva, el crecimiento es notable y sólo con una visión estrecha y sectaria podría negarse tal desarrollo de la izquierda y, particularmente, del PRD.

En ese crecimiento han influido varios factores y quisiera, sólo para ayudar a nuestra reflexión, apuntar algunos de los que creo mas importantes.

La democracia y el desarrollo de la izquierda

En primer lugar, hay que mencionar que la izquierda partidista en México ha experimentado un largo y, a su vez, un lento proceso para asimilar a la democracia como objetivo fundamental de su lucha y como principio cardinal en su trabajo político. Aunque existen residuos de autoritarismo que siguen pesando, de cualquier manera el avance es significativo y ahora podemos valorar el esfuerzo de muchos dirigentes y militantes que, con valentía, enfrentaron la necesidad de reconocer a la libertad como un valor fundamental para cualquier pensamiento verdaderamente genuino de izquierda. Recuperar la libertad de pensamiento y restablecer el derecho de libre expresión como elementos consustanciales a la izquierda es un factor político de gran importancia que influyó de manera determinante en el desarrollo que ahora hemos alcanzado como izquierda.

Hemos crecido, electoral y socialmente, porque a contrapelo de añejas visiones autoritarias, en el PRD se ha venido asumiendo que la pluralidad y la diversidad en el pensamiento, aparte de ser elementos intrinsecos a cualquier sociedad, son componentes virtuosos para nuestro desarrollo como fuerza democratica y verdaderamente transformadora.

Entender a la democracia como principio toral de la izquierda no ha sido facil y ha sido motivo de conflictos y contradicciones en el seno del PRD. Existen resistencias que se expresan de diversas maneras y que en momentos han logrado confundir a muchos de nuestros propios compañeros y a otros sectores de la sociedad. Es frecuente, por ejemplo, que toda discusión o todo debate al interior de nuestra organización, en lugar de entenderse como necesaria e indispensable, se interprete de manera inmediata como división o como fractura y, por lo tanto, esto se utilize, por propios y extraños, para difundir una imagen del PRD como un partido inestable y conflictivo. Es comun que algunos dirigentes busquen eludir la confrontación de las ideas porque consideran que ello dificulta la toma de desiciones y, en consecuencia, prefieren metodos y procedimientos autoritarios en la conducción de nuestra organización. Es frecuente que ante las dificultades que entraña la conducción de un partido de millones de afiliados, algunos dirigentes busquen respuestas, en modelos de organización atrasados y antidemocraticos, pero que, además, ya han demostrado su ineficacia. Ha sido difícil el camino de la izquierda mexicana hacia la democracia y estoy seguro que aún falta un trecho grande por recorrer; sin embargo, el PRD ha dado, a lo largo de los 18 años de existencia, pasos muy grandes que deben valorarse justamente.

Los esfuerzos unitarios

Junto al anterior, hay que subrayar el importantísimo proceso de unidad de las izquierdas que inicialmente prosperó en los esfuerzos de formación del Partido Socialista Unificado de México (PSUM) y que fue continuado en la formación del Partido Mexicano Socialista (PMS), en el Frente Democrático Nacional (FDN) y, actualmente, en el Partido de la Revolución Democrática (PRD). En este aspecto es necesario señalar que esta acción unitaria ha comprendido no sólo a las expresiones de la izquierda socialista, sino además, y este es un elemento central en la reflexión, abarcó a una parte muy significativa de la izquierda que formaba parte del llamado nacionalismo revolucionario en el Partido Revolucionario Institucional. La creación de la corriente democrática en el PRI, su separación de ese partido y su posterior participación, junto a otras expresiones del socialismo mexicano en el movimiento cívico-popular de 1988, fue determinante en el crecimiento político electoral que ahora presenta la izquierda.

Es significativo resaltar que esta parte de la izquierda adoptó una estrategia política adecuada. Impulsó, con la movilización social y desde la negociación política, la vía de las reformas legislativas que permitieron avances en el terreno de las libertades políticas y en el ejercicio de las garantías democráticas.

Los liderazgos sociales

Otro factor, concomitante a los dos anteriores, lo ha sido el desarrollo de dos liderazgos de amplia influencia y aceptación popular (CCS Y AMLO) que, en momentos diferentes, pero como parte de un mismo proceso y ambos enarbolando una plataforma de cambios políticos democráticos y de cambios al modelo económico, han potenciado, una alternativa de izquierda frente al anacrónico priismo y frente al conservadurismo de la derecha panista.

La polarización social

Por último, señalo un elemento clave en el crecimiento de la izquierda: la escandalosa situación de la desigualdad social y económica, que ha alcanzado grados extremos y ha generado condiciones de enorme pobreza y marginación. En México, como en buena parte de América Latina, el fracaso del modelo neoliberal ha propiciado la inconformidad y la protesta entre amplios sectores de la población y que se ha expresado inevitablemente en la arena política y en la lucha electoral.

Se acusa, por ejemplo, a la coalición electoral de izquierda y a AMLO de haber polarizado a la sociedad mexicana y de haber reeditado la lucha clasista. En realidad, el causante de esa polarización es el modelo económico y las fuerzas políticas que lo impulsan y, en todo caso, la reciente contienda electoral, únicamente la hizo evidente ante todos, incluso ante aquellos –los sectores económicamente privilegiados– que se resistían a reconocerla. En ese sentido, resulta importante señalar que esta circunstancia motivó el que la contienda electoral del año pasado tuviera, como no había sucedido antes, un contenido ideológico, esto es que la mayoría de la ciudadanía, como en pocas ocasiones polarizada, optó por apoyar una propuesta de continuismo (la de la derecha) o por la izquierda que sugería cambios sustantivos en las políticas gubernamentales, especialmente, en el ámbito de lo social y de lo económico. El que en esas condiciones, la izquierda en términos generales, hubiera obtenido tan alto porcentaje en las preferencias de los electores, es un dato que no debe perderse de vista.

Este avance, durante los tres últimos decenios, es muy importante y debemos aquilatarlo con objetividad. Para ello, es indispensable que la izquierda supere una de sus más nocivas tradiciones: la de la autoflagelación y su propensión al martirologio. Es cierto que en elecciones anteriores y en la pasada del 6 de julio se cometieron errores y existieron insuficiencias; es verdad que no hicimos lo suficiente, pero el reconocimiento de lo anterior no debe llevarnos a ignorar lo que ahora mismo somos y la potencialidad que adquirimos.

En ese sentido debemos, ciertamente, revisarnos en la coyuntura, pero mas allá, debemos hacer un examen de mayor profundidad, con un sentido mas histórico que permita, que, “ajustando cuentas con nuestro pasado” podamos realizar las grandes transformaciones que la izquierda mexicana necesita.

¿El regreso a la marginalidad es la alternativa?

Hemos avanzado, pero no hemos completado la tarea de despojarnos de signos autoritarios que antes identificaron a una parte importante de la izquierda. Es por ello, que no pocos compañeros perredistas añoran la antigua condición de verticalismo en la vida interna como igualmente, añoran la marginalidad y el aislamiento en el que, durante muchos años, se mantuvo la izquierda. Quieren regresar y esa pretensión la enmascaran a través de falsas y retóricas reivindicaciones de supuestos “principios revolucionarios”. En realidad, siguen aprisionados en la concepción de una izquierda intolerante, sectaria e ignorante de las profundas transformaciones que ha experimentado la sociedad mexicana. No reivindican principios sino, con charlatanería, algunos, sólo invocan tradiciones de una izquierda que fue antidemocrática y viejas costumbres que antes provocaron su aislamiento.

La izquierda mexicana necesita completar la tarea y ello implica, de una vez por todas, entender a la democracia como uno –este sí– de sus principios fundamentales. Una parte de la izquierda pugna, por ejemplo, por una revolución democrática pero continúa, en escencia, luchando para preservar un régimen escencialmente antidemocrático como lo es el presidencialista. A una parte de la izquierda le sigue pesando igual que a la derecha la misma visión idiosincrásica sobre la nación y en el fondo están pensando que el problema fundamental esta circunscrito a decidir quien es el personaje que ocupa la Presidencia de la República, en quien es el que asume el “poder supremo”. Esta visión conservadora ha permeado en una parte importante de la izquierda y le ha hecho olvidar el contenido sustantivo de nuestra problemática como país, es decir, la crisis estructural de un régimen político de concentración de poder y, por lo tanto, de la necesidad de cambiarlo por otro que lo redistribuya, lo descentralice y lo democratice para, con ello, transformar el contenido injusto y desigual que ahora tiene, en todos los ámbitos, la sociedad mexicana.

Es verdad de Perogrullo que esa transformación se hace desde el poder, pero no es tan aceptado que sólo será posible, transformado, a su vez, el contenido y el sentido del poder mismo.

En esta tarea de asumir plenamente la democracia, debemos incluir nuestro propio régimen interno pues, particularmente en el PRD, nuestro déficit democrático es enorme. Hay que decir que nuestros procesos electorales internos son, con excepciones, desastrosos y nuestra norma organizacional es básicamente centralista y, por eso mismo, ineficaz. Veamos por ejemplo lo siguiente: la integración de los órganos del partido se da bajo el principio de representación proporcional, pero, de nueva cuenta en el culto a la tradición, el presidente y el secretario general son electos en la ortodoxia de la mayoría absoluta. Así, estos dos funcionarios, están por arriba de los órganos colectivos de representación. La consecuencia es que estos últimos no funcionan y la institucionalidad partidaria es prácticamente inexistente. Nos conducimos, a pesar de tantas experiencias, bajo la añeja estructura del centralismo democrático, con toda su carga antidemocrática y vertical.

Las izquierdas y el PRD

Debemos entender que el PRD no es un partido en el sentido ortodoxo del termino, su sentido es diferente y, desde nuestro origen, es un partido-frente, en el cual se han agrupado diversas organizaciones y partidos políticos de izquierda, múltiples organizaciones sociales y millones de ciudadanos, todos los cuales compartimos, en términos generales, una identidad de principios y objetivos amplios de la izquierda. En el reconocimiento de esta realidad está la posibilidad no sólo de su eficaz proyección hacia la sociedad, sino además de su adecuado funcionamiento interno. En una concepción estrecha y dogmática, la diversidad y pluralidad de las izquierdas presentes en el PRD se observa como un mal en si mismo o como una maldición que eternamente nos perseguirá y, por ello, es que se llega inevitablemente a la conclusión, igual que con el país, de la necesidad de un mando personalizado e indispensable para su orden y gobernabilidad. Sin embargo, en una concepción democrática y tolerante, en el reconocimiento objetivo y crítico de nuestro origen, la diversidad en el PRD, como la del país, debiera entenderse como una virtud para construir una cultura democrática y una nueva institucionalidad. Por eso, requerimos despojarnos de esas teorías de organización rígidas, mas propias de los partidos de izquierda que surgieron a principios del siglo pasado, que las de un partido como lo es actualmente el PRD con, literalmente, millones de afiliados y simpatizantes, con millones de ciudadanos que buscan formas de participación amplias, diversas, de mayor libertad y con mayor posibilidad para la creatividad.

La renovación del programa

Otro de los temas urgentes a resolver por la izquierda es el de su propuesta programática. En ese rumbo, su transformación debe ser, ciertamente, radical. Debemos reconocer que la izquierda ha crecido más por nuestra oposición y nuestro rechazo a lo establecido que por nuestra propuesta alternativa. Esa formula no será ya eficaz en las actuales condiciones, especialmente si tomamos en cuenta que ya gobernamos a una parte de la población, la que reclama con justicia, respuesta a los problemas nacionales y a sus problemas concretos y específicos. El programa de la izquierda debe ser, desde luego, de oposición, pero también de solución.

Es común ahora, el que desde posiciones de derecha o desde actitudes oportunistas, dice bien Rolando Cordera, se quiera confundir a una izquierda moderna y responsable con el eufemismo de izquierda sometida. Esa comparación no puede ser admitida y la izquierda para serlo debe ser siempre critica con el poder y nunca someterse a los intereses oligarquicos y conservadores. La izquierda debe reconstruirse, ponerse al día frente a los cambios que ha experimentado nuestro país; requiere dotarse de un programa actualizado, que reconozca las nuevas realidades de México y del mundo. El PRD y la izquierda mantendran vigencia tambien en la medida que cuenten con un programa que responda a las necesidades de una sociedad plural que demanda soluciones a multiples problemas y que responde a muchos intereses, la gran mayoría genuinos y legitimos. Hay que coincidir nuevamente con Rolando Cordera cuando dice que la izquierda no puede olvidarse de las partes medulares de su ideario programático, que son; la lucha contra la desigualdad y la inequidad, la lucha por el ejercicio de todos los derechos y la lucha en contra de cualquier forma de injusticia.

En un nuevo programa de la izquierda debe desecharse la visión centralista que desvirtúa y desconoce las enormes diferencias sociales, económicas y culturales existentes entre las diversas regiones y estados del país. Si bien es cierto que la polarización social y la desigualdad están presentes en todo el territorio nacional, también lo es que existen realidades concretas y claras especificidades que necesariamente deben ser tomadas en cuenta para la elaboración de la propuesta programática y política de la izquierda.

Con nuestro actual programa, por ejemplo, difícilmente podríamos crecer en algunos estados del norte y del centro del país con una propuesta que no tome en cuenta el acelerado proceso de urbanización y los problemas que trae consigo. Difícilmente podremos generar mayor simpatía entre las clases medias con un programa que no reconozca la nueva dimensión demográfica nacional y las nuevas exigencias sectoriales. Difícilmente podremos ganar el apoyo de sectores específicos de la población con un programa que no tome en cuenta los cambios sucedidos en el mundo con el surgimiento de nuevos derechos sociales y políticos; tampoco podremos ofrecer desarrollo y crecimiento económico como debe ofrecerlo una alternativa de izquierda.

La reconstrucción etica

Por último, quiero señalar que la población demanda soluciones a los problemas del país y a sus problemas particulares y, en ello, el programa es determinante para ganar la aceptación de los votantes, pero no es suficiente. Se requiere, además, un comportamiento ético diferente que contraste de manera radical con el comportamiento tradicional de la clase política mexicana. La gente está cansada de un gobierno ineficaz, improductivo pero quizá, está más cansada de gobiernos corruptos y de políticos que luchan denodadamente por el poder y que, al acceder a él, sólo lo utilizan en beneficio personal o de un grupo o un partido político. Un comportamiento de esta naturaleza debiera ser antitético de un comportamiento de izquierda.

Norberto Bobbio afirma que algo que en la actualidad permite diferenciar a la izquierda de la derecha es el tema de la desigualdad. Debiera haber, sin embargo, otro elemento que la gente pudiera utilizar para identificar, en definición de principios, a la izquierda, especialmente en México, esto es: el comportamiento congruente con principios y con normas éticas como la honradez y pulcritud en el ejercicio de gobierno, la transparencia y respeto a la ley y a los derechos de todos. Igual que en la lucha contra la desigualdad, igual que en los esfuerzos por conseguir la democracia, igual debería ser para la izquierda la congruencia en favor de una ética de servicio en la política y en la función pública.

Estos tres temas, entre otros, son fundamentales para que la izquierda mexicana reafirme, con actitud critica, su condición transformadora y progresista. Implica, como lo mencionamos antes, que se despoje de ataduras dogmáticas, de la fraseología doctrinarista; necesita despojarse de cualquier interpretación determinista y mecanicista mediante la cual inevitablemente, la izquierda está “condenada a la victoria” y lograrla tan sólo es cuestión de tiempo y de paciencia para esperar a que los contrarios se derrumben y que nosotros, por fin, estemos preparados. En realidad, la lucha social y la lucha política no son así. La lucha de la izquierda por acceder al poder debe implicar un esfuerzo constante y permanente para, con palabra y obra, convencer a los ciudadanos de que nuestra propuesta es mejor; implica adoptar, en cada circunstancia nueva, es decir, permanentemente, la estrategia más correcta para seguir ganando adeptos a nuestro programa y aliados en nuestros objetivos; significa aplicar una estrategia que permita ganar aliados y, al mismo tiempo, debilitar a nuestros contrincantes. En fin, implica que, sin perder de vista el ideario de izquierda que nos define, encontrar, con imaginación, creatividad, libertad y con eficacia las nuevas formas y los nuevos contenidos de una izquierda capaz de gobernar y de trasformar a nuestra sociedad.

 

* Coordinador del Frente Amplio Progresista.