¿Cuál es el futuro de la izquierda en México? Gabriel Vargas Lozano* La dirección del IERD y de Coyuntura nos han propuesto intentar responder a la pregunta sobre el futuro de la izquierda en México, en un momento crítico, es decir, en una situación en la que convergen: un sensible deterioro de las condiciones económicas, sociales y políticas del país debido, no sólo a la política neoliberal, sino a la incapacidad de la derecha para gobernar; un ascenso de las simpatías de millones de mexicanos por una opción de izquierda y, finalmente, en un periodo en el que debe definirse la estrategia a seguir, después de un segundo gran fraude electoral. Para comenzar a responder a esa pregunta, necesitamos hacernos otra: ¿a qué nos estamos refiriendo cuando utilizamos el concepto “izquierda”? A mi juicio, la izquierda es una posición política e ideológica que implica una definición en torno a la desigualdad social, la explotación y enajenación de hombres y mujeres en el sistema capitalista, los abusos que han cometido los imperios en el pasado o cometen en el presente, en contra de la depredación de la naturaleza y toda forma de dominio y discriminación. Se trata también de una postura en favor de los avances de la ciencia, siempre y cuando no contravengan el desarrollo humano. Finalmente, se trata de una postura ética. En este sentido, la izquierda no es propiedad de un partido o grupo social, sino que es compartida por muchas personas, independientemente de su filiación partidaria. En el interior de la izquierda existen una serie de polémicas puntuales que implican diferencias. En los últimos años, la pregunta sobre qué es la izquierda se ha reiterado constantemente. Las razones de que esto ocurra son, a mi juicio, de tres tipos: a) En primer término, la identidad de izquierda1 sufrió una crisis con el derrumbe del llamado “socialismo realmente existente”, en Europa del Este y la URSS, de 1989 a 1991. b) En segundo lugar, han adquirido, en la perspectiva de la lucha por una sociedad justa, la reivindicación de los derechos de la mujer o los indígenas, entre otros, lo cual ha implicado un enriquecimiento de dicha identidad. c) En tercer lugar, como es sabido, existen diversas interpretaciones de la izquierda, de acuerdo a la respuesta que se ofrezca a los dos puntos anteriores. Esto nos lleva a considerar que existe una izquierda antes del derrumbe y otra después de él. La izquierda antes del derrumbe del “socialismo real” Antes del derrumbe, un sector de la izquierda se identificaba con el socialismo y el marxismo, mientras que la derecha con el capitalismo, el liberalismo o el conservadurismo. Frente al socialismo, la izquierda asumía dos posturas: identificaba, sin más, al socialismo con el régimen imperante en la URSS (aunque luego se debatía si eran mejores las vías china, yugoslava o cubana) o, bien, se asumían ciertas características generales del socialismo establecidas por Marx y Engels, quienes, por cierto, sólo establecieron algunas bases sobre el tema, dejando a los futuros revolucionarios su desarrollo. Históricamente, también surgió una división en torno a la forma de acceder al socialismo: mediante una revolución o mediante reformas. En torno al marxismo también existían muchas discrepancias: durante largo tiempo, se asumió que la “verdadera interpretación del marxismo” se encontraba en los manuales de Konstantinov, Kedrov, Yajot, Dynnik y otros, que eran manuales que conformaban la versión oficial de la URSS. Sin embargo, también se desarrolló un “marxismo crítico” en el interior de los países socialistas o fuera de ellos. Este marxismo crítico fue extraordinariamente creativo y fue representado, entre otros, por Lukács, Trotsky, Gramsci, Schaff, Althusser, Mandel, Kosik, Sweezy, Baran, Bloch, Marcuse, Bettelheim o Hobsbawm, por citar a algunos. La izquierda en general asumía una posición anticapitalista; antimperialista y anticolonialista. Finalmente, estaba en contra de la religión como forma de enajenación2. El derrumbe del llamado “socialismo realmente existente” en Europa del Este y la URSS significó un severo golpe en contra de los socialistas de todo tipo. Este hecho fue, obviamente, aprovechado por los intelectuales del sistema triunfante para diseñar toda una estrategia de eliminación del marxismo y del socialismo para sustituirlos por el neoliberalismo. No quisiera entrar aquí a la discusión de la naturaleza de las sociedades creadas en nombre del socialismo ni sobre las causas del derrumbe3, aunque este problema merecerá en el futuro análisis más detallados. Lo único que diría aquí es que en la URSS y en todas las sociedades bajo su influencia, se creó un Estado burocrático y autoritario que fue incapaz de reformarse para resolver los múltiples problemas que las agobiaban. La izquierda después del derrumbe El derrumbe del “socialismo real” representó un golpe muy fuerte contra la izquierda en general ya que, como sabemos, no sólo implicó la caída de las burocracias que dominaban esos países, sino el surgimiento de una serie de problemas como los siguientes: a) si el derrumbe se había producido por causas internas (a las que se sumaron las externas) era necesario reflexionar sobre las fallas de ese modelo de sociedad; b) si en aquellas sociedades el marxismo se había convertido en una ideología acrítica de Estado, se requería hacer un profundo ajuste de cuentas teórico-práctico); c) si la recomposición global había quedado en manos de Estados Unidos, qué debería hacerse al respecto, entre otras muchas cuestiones. Aquí en México, el derrumbe del “socialismo real” implicó un fuerte golpe en contra de la izquierda y un fortalecimiento de las posiciones conservadoras y pro-norteamericanas. A mi juicio, y en forma muy sintética, diría que la izquierda sufrió dos golpes en aquellos años: en 1988, el fraude electoral cometido por el grupo de Carlos Salinas de Gortari y, en 1989 y los años subsiguientes, el derrumbe del socialismo. Este clima de ataque ideológico y político al socialismo permitió una mejor implantación del neoliberalismo que pretendió ocultarse bajo el equívoco nombre de “liberalismo social”. En este sentido, Salinas, en virtud de que su ascenso al poder carecía de legitimidad, dio un paso más allá, estableciendo un acuerdo con el PAN y la iglesia católica. Se generó, entonces, una alianza entre neoliberalismo y conservadurismo4 que detenta el poder del Estado hasta el momento. La izquierda mexicana se enfrentó entonces a una encrucijada en la que tuvo que posponer sus identidades socialistas para reivindicar el nacionalismo revolucionario, el aspecto político del liberalismo y la democracia. Hoy, en América del sur y, en especial, en Venezuela, Bolivia y Ecuador vuelven a reivindicarse estas identidades, pero en un nuevo nivel, como un “socialismo del siglo XXI”, es decir, como creación nueva y heroica, de acuerdo a la frase de José Carlos Mariátegui. Es por ello que considero que en México debería continuarse el debate en la izquierda sobre el nuevo socialismo y el nuevo marxismo5. ¿Cuál es el contenido de la nueva identidad de la izquierda? Lo anterior nos lleva al segundo punto: a partir de las experiencias pasadas ¿cuáles son los signos de identidad de la izquierda, hoy? Obviamente, me refiero a México porque existen otras modalidades desde la óptica europea6, asiática y, aún, centro y sudamericana. La posición de izquierda mexicana (y latinoamericana) está integrada por: un nacionalismo defensivo y por tanto, antimperialista y anticolonialista; una nueva concepción de democracia; una concepción de cultura que incorpore las aportaciones de los pueblos indígenas; una lucha por el laicismo y, finalmente, una defensa de las posiciones-sujeto como las de género, raza, etnia y otras. En particular, el nacionalismo defensivo implicaba e implica la lucha por la soberanía nacional en contra de la entrega que practica el neoliberalismo en nombre de “la globalización”; por su parte, la lucha por la democracia (vieja asignatura pendiente en nuestro país) implicaba, en sus aspectos mínimos, la flexibilización del sistema político y el mantenimiento de las libertades de expresión, manifestación y organización. Ampliemos un poco más el tema de la democracia. La izquierda ha asumido a la democracia como una de sus principales banderas e, inclusive, el nuevo partido fundado a partir de la fusión de varias izquierdas, después del fraude electoral de 1988, adoptó el concepto de “revolución democrática”7 en sus siglas, solamente que aquí existió, a mi juicio, una confusión de algunos que pensaron que, con la alternancia del año 2000 se había logrado uno de los objetivos del PRD. La realidad ha demostrado que la democracia política, entendida en un sentido mínimo, como el respeto a los procedimientos electorales no se ha logrado y, por el contrario, se encuentra obstaculizada por el corporativismo y el autoritarismo. Una democracia que no trascienda a la sociedad (partidos, sindicatos, iglesia, familia, sistema escolar, sistemas culturales, fábricas, ejército y otros)8 no tendrá más función que el recambio de las élites gobernantes. Una democracia condicionada por “los poderes tras las urnas”. En especial, el financiamiento y el uso y abuso de los medios masivos de comunicación no puede ser viable. En nuestro país, lo que hemos presenciado, en nombre de la democracia, es una manipulación de la conciencia a través del uso de recursos psicológicos procedentes del mercado9. La izquierda no ha sometido a crítica las formas degradadas de la llamada “democracia de élites” y tampoco ha propuesto una alternativa. La otra izquierda En nuestro país, desde 1994, surgió a la luz otro movimiento de izquierda como lo fue el neozapatismo. Se trataba, como se sabe, de un movimiento que surgió de una combinación entre la izquierda revolucionaria del possesenta y ocho, la teología de la liberación y la lucha ancestral de los indígenas por su identidad. Su emergencia fue muy importante debido a que era el primer movimiento que se oponía, con las armas, al Tratado de Libre Comercio de América del Norte y al neoliberalismo, reivindicando, a su vez, la autonomía de los pueblos indios. Como se sabe, tras unas semanas de lucha frontal en el Estado de Chiapas, se inició un proceso de negociación y el movimiento se convirtió en no-violento. Sus posiciones, que tuvieron una enorme repercusión internacional, fueron expresadas por el subcomandante Marcos, mediante un lenguaje nuevo y atractivo. El problema es que las dos fuerzas de izquierda han caminado por vías distintas y sobre la base de la descalificación. Es cierto que los objetivos estratégicos son diferentes, pero el neozapatismo cometió, en la reciente campaña presidencial un importante error de apreciación al considerar que la candidatura del Andrés Manuel López Obrador era una expresión de la misma oligarquía. Lo que había sido fresco y renovador se convirtió, otra vez, en un esquematismo que no resistió los embates de la realidad. De todas formas, es importante que no se pierda el objetivo que es, en este momento, la derrota del neoliberalismo y la búsqueda de mejores condiciones de vida para los mexicanos. La religión y los cambios sociales Finalmente,
la izquierda se convirtió (y qué bueno que así fuera) en laica, además,
muchos creyentes adoptaron posiciones críticas con respecto a la actuación
de la iglesia como institución. Mi opinión es que se requiere también
un cambio en el terreno religioso. Eso lo sabía muy bien Max Weber, quien
consideró que el capitalismo requería del protestantismo para su consolidación.
En nuestro caso concreto, para acceder a una modernidad democrática digna
de tal nombre se requiere una nueva forma de religiosidad que, por lo
pronto, distinga entre iglesia como institución, con sus intereses económicos,
políticos e ideológicos y las creencias religiosas que no deberían ser
manipuladas por los altos jerarcas. Pondré un ejemplo: en el momento en
que escribía este artículo, recibí en mi correo electrónico un mensaje
de una organización católica que decía: “Así como oramos para la caída
del Muro de Berlín y del comunismo, ahora tenemos que orar por que México
no caiga en manos de la izquierda”. Aquí existe un uso político de la
religión que los creyentes no deberían aceptar. Otro ejemplo es la imposición
de la “verdad teológica” frente a la “verdad científica”. Esto ya se discutió
ampliamente en la Edad Media y hoy, en Estados Unidos y en los colegios
particulares mexicanos, se sustituye la teoría de Darwin por la concepción
del “diseño inteligente de Dios”. A todos los que sostienen esto les recomendaría
el viejo libro de Bertrand Russell llamado, Religión y ciencia. Por tal motivo, la izquierda también tendría
que generar una propuesta sobre la función política e ideológica de la
religión. ¿Cuál es el futuro de la izquierda? El futuro de la izquierda en nuestro país depende, desde luego, del escenario económico, político y social en que nos encontremos en los próximos años; sin embargo, la izquierda tiene el gran reto de organizar sus propias fuerzas. Para ello, requiere procesar los temas que hemos mencionado para definir con claridad su plataforma ideológica, pero también requiere realizar una amplia labor de concientización pública. Un partido como el PRD, por ejemplo, no puede basar la adhesión de sus miembros y simpatizantes en el clientelismo, el caudillismo o el pragmatismo. El clientelismo es muy frágil ya que depende de la compra de voluntades; el caudillismo, es decir, la confianza en un líder carismático sólo puede convertirse en una fortaleza si se basa en una auténtica democracia y, finalmente, el pragmatismo constituye la pérdida irremediable de credibilidad de los adherentes. Los ejemplos son conocidos. Las izquierdas en nuestro país tienen ante sí un enorme reto: derrotar la política neoliberal y a sus aliados conservadores. En las elecciones federales del año pasado quedaron claramente definidas las posiciones: un bloque conformado por el gobierno federal; el PAN; la alta jerarquía de la iglesia católica; los medios masivos de comunicación y sus aliados en el SNTE y en el PRI. Frente a ellos se encuentran las grandes mayorías: el FAP, la Convención Nacional Democrática y los sindicatos progresistas. Para poder ganar esta guerra se requiere superar la fragmentación; convencer a las grandes mayorías en torno a una plataforma de principios e ideas pero, principalmente, profundizar en la democracia en el ámbito de la política, en especial, en el interior de los partidos y fuerzas de la llamada sociedad civil. Solo así se creará un bloque histórico que pueda representar una alternativa a los que hoy mantienen el poder. * Profesor-investigador del Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, México. 1 Antes que todo, quisiera aclarar que el singular resume, en realidad, el plural “las izquierdas” y que aquí hablo de lo que Weber llamaba un “tipo ideal”. 2 Los clásicos consideraban que la religión era producto de las angustias de los hombres que, en lugar de proponer una solución terrena a estas injusticias, se trasladaba la solución al “más allá”. Uno de los cambios ocurridos en la izquierda de finales del siglo XX fue el surgimiento de la teología de la liberación que ha buscado que la religión sea una opción por los pobres que luche por la justicia, aquí y ahora. 3 En torno a la naturaleza de aquellas sociedades se presentó en los años ochenta y noventa, un fuerte debate en la que se expresaron varias posturas: a) la de que era el único socialismo posible; b) la de que era un socialismo por su base, pero con una superestructura burocrática; c) la de que se trataba de un capitalismo de Estado o, finalmente, d) la que debido a la ausencia de una auténtica democracia económica, política y cultural, no podían ser consideradas socialistas en forma plena. Lo que se desarrolló entonces fue un proceso de modernización. Véase mi libro, Más allá del derrumbe. Siglo XXI editores, México, 1994. 4 El conservadurismo es una filosofía política que se origina en Burke, de Maistre y de Bonald y que implica una recusación de la Revolución Francesa y la modernidad. En nuestro país se ha agregado el hispanismo, el elitismo de clase, la defensa de la Iglesia católica y los valores conservadores y un personalismo procedente de autores como Mounier. El surgimiento, en los ochenta, del neopanismo hizo a un lado ciertos valores conservadores y adoptó el neoliberalismo. 5 Desde el año 2000, se inició la publicación en Alemania de las obras completas de Marx y Engels, cuyas características implicarán importantes enriquecimientos en el estudio de sus tesis. Por otro lado, el marxismo se ha desarrollado en forma muy creativa en occidente y sigue siendo objeto de debate en Alemania, Francia, Inglaterra o Estados Unidos. 6 Ulrich Beck considera, en un artículo muy crítico titulado “La izquierda ‘que vale’” que existen cuatro posturas: la izquierda proteccionista, la neoliberal, la resistente y la cosmopolita. La caracterización es interesante y encuentro algunas identificaciones como “nuestra izquierda latinoamericana. Lo que no entiendo es cómo puede considerar a la neoliberal “de izquierda”. 7 En otras colaboraciones que he publicado en Coyuntura me he referido a este tema. 8 Es evidente que, en cada caso, la democracia tendría sus reglas y sus acotaciones. 9 Es sintomático que la izquierda no ha reflexionado suficientemente sobre las diversas formas o modelos de democracia. Por ejemplo, uno de los modelos vigentes llamado “democracia de élites” implica una distorsión de una auténtica democracia popular y una conversión de sus ideales, justamente, en lo opuesto. |