Fox: el sexenio perdido Leonel Cota Montaño* Con la carga de legitimidad que le dio su inobjetable triunfo en la elección del 2 de julio de 2000, Vicente Fox Quesada arribó a la Presidencia de la República respaldado por la esperanza de millones de mexicanos que creyeron haber logrado, finalmente, un cambio esencial en la vida pública del país tras la derrota del PRI, primera en una elección presidencial después de siete decenios en que este partido ejerciera de manera casi absoluta el poder político en México. Las promesas del candidato Fox, cuyo estilo se prestaba de maravilla para cualquier propósito de mercadotecnia electoral (aunque a todas luces, para muchos observadores, carecía de una indispensable autenticidad en su propuesta), dieron en el blanco de las aspiraciones comunes de una gran mayoría ciudadana en ese momento histórico. Combatir a fondo la corrupción que era el sello de la casa priista, lograr que la economía creciera a un ritmo de 7 por ciento anual y resolver en breve (15 minutos se dio el panista como plazo) el conflicto de Chiapas, fueron ofertas irresistibles para muchas personas que, con su voto, lo llevaron al poder presidencial. Con propuestas semejantes, presentadas por un político no tradicional, Vicente Fox tuvo un impacto notable en el electorado y generó una expectativa que, pronto lo vimos, no se correspondía con sus capacidades personales ni estaba respaldada por un genuino proyecto de nación. Esto se tradujo en el corto plazo en la reducción del cambio propuesto a su verdadera dimensión privatizadora e impulsora de monopolios, y el nuevo mandatario se fue quitando paulatinamente la máscara de estadista que se había fabricado, para mostrarse como el gerente changarrero que nunca dejó de ser. Lenguaraz e irreflexivo, ignorante e irresponsable, belicoso y carente de toda elemental prudencia política, no se demoró en dejar claro que incumpliría lo prometido y desde el momento en que asumió la presidencia mostró un evidente desdén por las formas políticas que, a la postre, tendría como consecuencia la degradación hasta el ridículo de la figura y la institución presidenciales. Tampoco tardaron los ciudadanos informados en darse cuenta de que el cambio anunciado no era sino una forma alternativa de referirse a las “reformas estructurales”, término con el que el gobierno federal disfrazaba sus intenciones de introducir en las leyes vigentes modificaciones que permitieran la inversión privada nacional y extranjera en la industria energética propiedad del Estado, así como una reforma fiscal que incluyera la aplicación del IVA al consumo de alimentos y medicinas. No podía esperarse otra cosa de un gobierno que proclamó ser, desde su asunción, para unos cuantos. En eso sí hubo congruencia de principio a fin. El sexenio que pretendió ser del “cambio” condujo en realidad al país a una implacable profundización del modelo económico neoliberal, método de probada eficacia para empobrecer a los más y privilegiar desproporcionadamente a los menos. Resultados muy pobres El anunciado combate a la corrupción y a la inseguridad pública se transmutó rápidamente en contubernio con los priistas para ocultar bajo la alfombra los casos Pemexgate y Amigos de Fox. La supuesta voluntad de abatir la inseguridad fue convertida en pactos inconfesables que se traslucen en hechos como la inverosímil fuga del narcotraficante Joaquín El Chapo Guzmán de un penal federal de “alta seguridad”, y en el consecuente fortalecimiento del cartel delictivo que este personaje lidera. A pesar de los discursos presidenciales y de aparatosos operativos como los del programa irónicamente llamado México Seguro, la violencia relacionada con el tráfico de drogas creció exponencialmente de 2000 a 2006. Así, el gobierno falló desde su inicio en la obligación constitucional que tenía de dar seguridad en sus personas y en sus bienes a todos los ciudadanos. El crecimiento económico de 7 por ciento anual fue otra de las quimeras mercadotécnicas de un presidente que creyó que gobernar es una tarea realizable con base en intenciones expresadas en discursos y de spots efectistas difundidos hasta la náusea en los medios de comunicación. Así, aunque se consiguió el objetivo de mantener en niveles competitivos las cifras de los principales indicadores de la macroeconomía, controlando la inflación (mediante la contención de los salarios, básicamente, en detrimento del poder adquisitivo de los ciudadanos) y el tipo de cambio, la economía estuvo lejos de crecer al ritmo que se había anunciado. Además, el reto no era (no es) solamente que la economía crezca más, sino también disminuir sensiblemente la concentración de la riqueza que el país produce, de modo que pueda cerrarse la brecha entre la minoría que tiene en sus manos la mayor parte del pastel y las crecientes mayorías que apenas alcanzan las migajas. Es una aberración que tengamos en México más multimillonarios (incluida la tercer fortuna personal del mundo) que muchos países desarrollados. Un signo de la desigualdad que, lejos de ser abatida, se ha ahondado en los años recientes. El decrecimiento del empleo formal y el consecuente incremento de la economía informal, aunado al sistemático castigo al salario, a la extendida corrupción en aduanas (que al propiciar el contrabando genera una competencia devastadora para numerosas empresas de la planta productiva nacional, al grado de llevar a muchas de ellas a la quiebra), el abandono del campo y la desastrosa política energética, han dado como resultado una prolongada crisis económica, con un acentuado desempleo y una mayor pérdida del poder de compra de la mayoría de los mexicanos, muchos de los cuales se ven empujados por la necesidad a buscar más allá de nuestras fronteras las oportunidades de trabajo y bienestar que en México no tienen. Paradójicamente, en el desarraigo de millones de paisanos que se han visto obligados a emigrar (sobre todo a Estados Unidos) está una de las causas del “éxito” foxista en el mantenimiento de una aceptable estabilidad de las finanzas nacionales, pues el trabajo de esta gente en el extranjero se ha traducido, en el sexenio que termina, en una importante fuente de divisas que contribuyeron de manera decisiva, año tras año, al sostenimiento de la dinámica económica. Además, para fortuna del gobierno de Fox (que no del país), el ingreso petrolero creció año tras año gracias a una constante alza de los precios internacionales del barril de crudo y a un irracional aumento de la explotación de este recurso no renovable para favorecer el crecimiento de las reservas estadounidenses de combustible, a expensas de las capacidades de la principal empresa estatal de México para mantener su viabilidad sin requerir de inversión privada. Estas, entre otras condiciones favorables, incluida una economía de Estados Unidos que en años anteriores estuvo en auge, les permitieron a Fox y su grupo navegar en aguas tranquilas a pesar de que el país ha naufragado en rubros de elemental responsabilidad del Estado mexicano, como la seguridad, la soberanía alimentaria, el empleo, migración, política exterior, desarrollo social y servicios educativos y de salud. “¿Y yo por qué?” La incapacidad del gobierno federal para enfrentar oportuna y eficazmente los conflictos fue patente desde el principio, al fallar en su propósito de construir un nuevo aeropuerto internacional en la capital del país, frente a la aguerrida población de San Salvador Atenco que se opuso férreamente a sucumbir ante la voracidad de los “negociadores” del foxismo. Ninguno de los dos secretarios de Gobernación que Vicente Fox designó tuvo la capacidad ni la voluntad para atacar a fondo las causas de los más graves conflictos que enfrentaron. Se dedicaron a “nadar de muertito” y buscaron en cada situación eludir y desviar su responsabilidad para involucrar a autoridades locales en problemas que eran, parcial o totalmente, de competencia federal. Tal fue el caso de los mineros muertos en Pasta de Conchos, que pagaron con su vida el criminal contubernio de las autoridades laborales con los empresarios y cuyos familiares han padecido la simulación federal en la solución del problema. En la ciudad de Lázaro Cárdenas, Michoacán, el gobierno de Fox indujo a la represión armada al gobierno estatal y después se lavó las manos. Su “estrategia” allí fue la misma que se ha visto como una constante en otros casos: dejar pasar el tiempo para ver si la solución llega sola, lo que deriva por lo general en una agudización del conflicto y en el encarecimiento de las soluciones. El esquema de evasión de las responsabilidades federales (“¿Y yo por qué?”) para delegarlas en las autoridades locales se repitió en San Salvador Atenco y en Oaxaca. En la primera población, en el Estado de México, la torpeza del gobierno estatal le facilitó a Fox quitarse de encima el peso y el costo de una salida contraria al ejercicio de la política. En Oaxaca, el problema inicial competía claramente al gobierno de la república e implicaba costos que hoy se antojan insignificantes frente a la magnitud del precio económico, político, social y humano que se requiere para desactivar esa bomba de tiempo en que se convirtió el conflicto, luego de que Fox y su equipo optaran, una vez más, por dejar pudrir la inconformidad social para ver si todo se arreglaba por arte y gracia del tiempo. Esa apuesta a la inacción fracasó una y otra vez. El cálculo falló también acerca del desenlace del conflicto postelectoral, cuando Fox y Felipe Calderón apostaron a que después del resultado oficial los inconformes irían mermando en cantidad y en la intensidad de sus reclamos. La polarización social que los panistas provocaron durante la campaña electoral les dio los resultados deseados, pero aún hoy no encuentran la fórmula para desactivar el odio y la división que sembraron. Debacle en el México real La crisis política que vive el país demuestra que en democracia también han reprobado Fox y su gobierno, que la transición democrática en México se riñe inevitablemente con el sistema presidencial tal como existe, y que un sistema parlamentario, por definición más flexible y alejado del autoritarismo, se percibe con más claridad que nunca como la opción para que los mexicanos podamos transitar a la democracia real sin tener que pagar el enorme costo humano que cualquier estallido social implicaría. Con la presidencia de Fox quedó sepultada la esperanza de una efectiva transición a la democracia, ahogada en las inauditas aspiraciones presidenciales de la señora Marta (el poder tras el trono), en el histórico error del desafuero, el emponzoñamiento de las elecciones que pretendieron ser las primeras realmente democráticas, la división profunda de la sociedad, el retroceso cavernario a cambio de la modernidad prometida, la inacción del Estado como sistemática respuesta inicial a los conflictos, las reformas fracasadas por causa de la inoperancia política que fue sello de la casa gubernamental durante seis larguísimos años. Fue la debacle del foxismo en el México real frente a las falsas glorias proclamadas en el reino de Foxilandia. Y como la cereza del pastel de sinsabores que cocinó Fox Quesada durante un periodo para olvidar, nos impuso a un presidente ilegítimo que ya le anunció al país la intención de que el “proyecto de nación” panista perdure hasta el año 2030, por lo menos. La república del spot El velo de los logros oficiales que fueron posibles gracias al maquillaje de cifras, al despilfarro de los ingresos petroleros extraordinarios y a las remesas de los desarraigados, fue sustituido en los días postreros por la cortina bajada del changarro en que Vicente Fox convirtió a la ya decadente institución presidencial, después de dejar al país en la peor crisis política, constitucional e institucional de los últimos setenta años. Esa es la marca del foxismo. A pesar de todo, Fox fue capaz de colocar a un sucesor a base de malas artes, de dinero, de concesiones aún mayores, entregadas a una clase empresarial ya privilegiada: permisos para abrir nuevos bancos, ley Televisa, Triple Play y un sinfín de compromisos de todo tipo que, desde antes de tomar posesión, ya tenían maniatado al espurio continuador de la entrega del país. Sin embargo, en la “república del spot”, todos estos entuertos pueden encubrirse con relativa facilidad mediante una “creativa” inversión en propaganda gubernamental y con la asistencia de los interesadísimos magnates de los medios electrónicos que, a través de sus voceros en los noticiarios estelares, manipulan a su audiencia para imponer la versión oficial de la realidad. * Presidente del Partido de la Revolución Democrática. |