La Convención que esperamos

Carlos San Juan Victoria*

 

Ese sábado 16 de septiembre tomé el metro en Revolución, expuse mi gafete de manera visible sobre la camisa para provocar a algún panista pobre, esperé el último de los vagones para intentar viajar sin la presión de una lata de sardinas y miré a los racimos de hombres maduros, mujeres, jóvenes y niños que me acompañaban. Como en película fantástica, todos traían sus gafetes de convencionistas. Era un vagón completo, como si fuéramos en tren a la Convención de Aguascalientes.

Septiembre de 2006: Un congreso cercado por las fuerzas federales y un Zócalo rugiente con una megaconcentración a la espera. Un presidente que no puede cumplir el rito de informar al congreso, y un congreso recién electo que, en medio de una elección impugnada, se instala. Un Trife que reconoce al nuevo presidente, desconociendo la amplitud de sus atribuciones. Un mega plantón que dura hasta el 15 y que casi se roza el 16 con el desfile del ejército. Una campana muda en un Palacio Nacional a oscuras mientras el jefe de gobierno del DF da el grito. La Convención Nacional Democrática (CND) en la tarde del 16 de septiembre, bajo un cielo nublado que descarga su lluvia acostumbrada, vota que AMLO es el presidente legítimo; también cinco puntos programáticos de amplio aliento para conducir la resistencia a la imposición de un presidente y de una visión de país; se anuncia la constitución de un frente amplio progresista de partidos y se escucha la voz de los indígenas y los obreros, sus preocupaciones y programas, como los de otros actores centrales en el Zócalo. La CND, en esta tarde lluviosa, es un momento pleno de unidad y de diversidad de tendencias. Así llega a su clímax septiembre, mes de subversión de los rituales políticos, de ocupación social de las calles y plazas, de afirmación de un liderazgo político y social, y de una concurrencia de tendencias variadas en la izquierda, pero también el mes en que la trastabillante rutina de las instituciones y de la “normalidad política” comienza tímida a expresarse.

Noche del 16 de septiembre, plaza a reventar como ya es costumbre desde el desafuero. El “grito” tiene una historia propia como fiesta popular que en un momento, en unos segundos, coincide con el grito del presidente en turno. Pero es “noche libre”, pequeño carnaval donde la gente se toca y lanza huevos de harina. Esta noche es distinta, como corriente eléctrica una emoción unifica: no pudo dar su informe, no pudo dar el grito, es nuestra plaza, es nuestro presidente. Música cantada con Eugenia León, música de viento contra Fox y Calderón, música de porras a un Andrés Manuel López Obrador vestido de negro y con camisa blanca.

Julio y septiembre de 2006 fueron como un rayo que ilumina la noche espesa. Una historia silenciosa, callada, cotidiana se mostró en sus polos más agudos. Por un lado, la reconstrucción de poderes, de una sociedad de dominación fundada en el desprecio de los más, el poder concentrado de los medios, de la clase política, del puñado (¿trescientas?) de familias que deciden el futuro del país. Los poderes ocultos por la niebla de la democracia como procedimiento de domesticación, se mostraron plenos, enormes, decididos. Del otro lado, cientos, miles, millones de gentes que como Bartleby, el personaje de Melville, le dijeron a las voces mediáticas, a los grandes intelectuales, a la autoridad política, cuando pidieron a coro que se regresaran a sus casas después de votar: “prefiero no hacerlo”, y obedeciendo a la historia profunda del siglo XX, volvieron a tomar calles, plazas y avenidas. En esa tensión entre poderes desnudos y gente que no obedece está la Convención.

Fuera del Fiesta Inn, en Reforma, una discreta manta le anuncia a los caminantes que recorren la avenida peatonal más grande del mundo: bienvenido a la fiesta interminable. En el Zócalo se pasea un tractor dirigido por un gigante con pinta de campesino, jala un carromato con cuatro picas donde reposan sonrientes cabezas de puerco. Estos son los traidores a la democracia, dice un letrero. En Bellas Artes un cartel fijado con diurex y a plumón dice: chingue a su madre el PAN, yo como tortilla.

Como se sabe, el rayo ilumina por un instante, es el momento para descifrar la vida cotidiana ambigua, encubierta, plena de representaciones. Y después del rayo sigue la penumbra acostumbrada del orden diario de las cosas. Ahora sabemos que en fecha próxima a la Convención los hombres cercanos a Calderón platicaban sobre energía con los hombres de los poderes militares y políticos del país vecino. Las instituciones políticas nacionales se cimbraron, pero se instaló el congreso; poco a poco los partidos empezaban las disputas por las comisiones en Senado y Cámara de Diputados. Los rituales seculares de legitimidad de Estado si, bien, se sacudieron pero recomenzaron su dinámica propia con nuevo congreso, el desfile militar y el fallo del Trife. La Convención del 16 de septiembre se colocaba, entonces, en el crepúsculo de días extraordinarios, de pasión, movilización, transgresiones e iniciaba la pálida alborada de los días ordinarios donde los poderes regresan a operar en sus espacios íntimos, los medios masivos regresan a colonizar a las mentes y los ciudadanos ¿a sus casas?

Los festejos de la diversidad sexual pasearon por las calles de México una resistencia alegre e imaginativa, en lo que antes era rabia. Desde las marchas contra el desafuero afloró ese talante festivo de las oposiciones. Las marchas y concentraciones masivas después del 2 de julio, aún las más indignadas, no perdieron la sonrisa. El domingo 30 de julio, en la Tercera Asamblea Informativa, los tintes carnavalescos se acentuaron. Los coheteros de Tultepec avanzaban quemando cohetes y en los grandes cruces de avenida aprovechaban para prender un torito que giraba entre la multitud. Una camioneta avanzaba con un remolque donde tres de seis puercos muy bañados llevaban sus apellidos: Fox, Sahagún, y un nombre, Felipe; una rata enorme de cartón descansaba en la glorieta del caballito y en la esquina de 5 de mayo y Eje Central se apostaron enormes bocinas de un sonidero que reclamaba el voto por voto con rumba cubana.

Esta Convención proyecta hacia atrás, hacia el pasado reciente, sus diferencias pero también sus semejanzas con otras. Si la Convención de Aguascalientes se realiza en medio de la ruptura del orden porfirista, como un vano intento de conciliar a las fracciones revolucionarias en sus vertientes institucionales conservadoras, de carrancistas, y revolucionarias sociales, de zapatistas y villistas, la de septiembre de 2006 anuncia una fractura en varios niveles, en un régimen que dando tumbos avanza. Mientras la Convención Nacional Democrática del neozapatismo se aprestaba a resistir un reacomodo de élites conservadoras dirigida por el candidato del PRI, Ernesto Zedillo, y llamaba a reagrupar fuerzas militares y civiles en la antesala de la elección presidencial de 1994, la actual Convención llama a reagrupar fuerzas después de un proceso electoral ya concluido, y afronta el difícil reto de dar continuidad a la oposición social y política surgida al calor de las elecciones. A pesar de sus diferencias de circunstancia, hay ciertos rasgos comunes, algo así como una tradición mexicana convencionista con tres pies: reivindicar la soberanía popular como fundamento de las repúblicas, que permite aceptarlas o desconocerlas. Así se hizo con Carranza, con Zedillo, ahora con Calderón. Luego, intentar un híbrido estratégico, que preserve la pluralidad popular de expresiones en el terreno de la política (ejércitos, organizaciones civiles, movilizaciones) e intervenga en sus formas institucionales. Finalmente, propiciar espacios de encuentro de largas tradiciones, unas liberales, otras sociales, que junto a la democracia electoral plantean la democracia social, sumar las libertades del individuo con los derechos colectivos; al Estado de derecho ampliarlo hacia el Estado social: una compleja tradición mexicana hija del siglo XX, con antecedentes en el liberalismo social del siglo XIX, difícil de entender para las anteojeras ortodoxas de liberales y de socialistas a secas.

“Magnolia habla de lo que ocurre a diario desde el 2 de julio en muchos lugares del país, quizá en el seno de miles de familias: la división causada por el conflicto poselectoral. En la suya, Magnolia es minoría y cuenta entre risas que una hermana suya se volvió panista y le espeta a cada rato: ‘¡Jodida!’ ¿Y qué le responde? Magnolia alza la barbilla imitando un gesto de diva cinematográfica de los años 40: ‘Pero con dignidad, le digo’”. (Arturo Cano, en La Jornada, 31 de julio de 2006, México).

¿Qué es esa hegemonía que se impuso silenciosa desde hace más de dos decenios? Gobernar con Hacienda y el Banco Mundial, donde lo que importa es crecer en el capitalismo de las mafias y los compadres; monopolizar la política: asunto de profesionales agrupados en partidos, congresos y gobiernos, la gente sólo entra a ese espacio sagrado los segundos que le toma votar, luego, al trabajo y a la casa; una vida social cada vez más individualizada, que se agrupa en grandes rebaños en las plazas comerciales; el imán publicitado de los “ganadores”: el esfuerzo empresarial en el capitalismo de los compadres, la época de los emprendedores, el prestigio de las cuentas, las tarjetas, las marcas, el último modelo de coche; la transformación voraz de la naturaleza en mercancía; restregar a una enorme mayoría de indígenas amestizados y pobres, que no tienen salida por si mismos y habrá que desear-imitar los modelos anglosajones de belleza, de poder, de vivir. Pero a esa hegemonía le empezaron a brotar resistencias y consensos críticos en zonas tan diversas como las que ocupa. Hay que sacar de Los Pinos al Banco Mundial y al FMI. El problema central del país es la desigualdad. Los conflictos sociales viven y prosperan aunque no los vean ni los oigan. El viejo tejido de las solidaridades (familias, vecinos, paisanos) convive y se mezcla con las nuevas solidaridades (partidos, organizaciones, asociaciones variadas). La identidad y la historia recorren persistentes y subversivas a un cuerpo social colonizado por el mercado.

Si esto es así, el reto esencial de la Convención será, en fórmula gramsciana, abrir una guerra de posiciones en todos los ámbitos de la sociedad, desnudar la hegemonía aún dominante, hacer prosperar los consensos críticos, hasta que como tejido arbóreo que recorra cultura, mercado, política, se convierta en una contra hegemonía, en nueva dirección cultural y política de la sociedad.

Se trata, explicaba Efraín Villegas una tarde antes, de “un neopanismo de pobres que por miedo a perder la casita vota por ellos”. Villegas llegó el sábado desde Taxco para participar en la marcha, pero ya aquí aprovechó para sumarse brevemente a un “foro ciudadano” que varias entusiastas y guapas mujeres –y la pareja masculina de una de ellas –organizaron a las puertas de una librería del sur de la ciudad, en una experiencia que se multiplica por toda la urbe. Llegaron, se sentaron con un cartelito y comenzaron a conversar con todos aquellos que se animaron a acercarse” (Arturo Cano, en La Jornada, 31 de julio de 2006, México).

La Convención es entonces una enorme oportunidad, siempre y cuando aprenda a ver sin ilusiones sus oportunidades, pero también los retos y sus contradicciones. La derecha no tiene la legitimidad y eso es esencial, pero tiene el poder de las instituciones y de “su” ley, un electorado consistente, regiones del país vestidas de azul, el bipartidismo, los medios masivos, el reconocimiento de los gobiernos e instancias de la globalización y las cúpulas del poder real del país. Tienen una agenda histórica que va por la integración de México al bloque del norte anglosajón, las privatizaciones acentuadas, el monopolio de la riqueza y el poder. No está doblegada y, por el contrario, prepara una ofensiva mayúscula, un cierre de sexenio donde el presidente saliente quiere absorber todos los costos para dejar una ancha avenida a su sucesor. Lo que viene no son golpes de mano para “desplazar” a esa densa constelación, sino una inteligente guerra de posiciones en todos los ámbitos: políticos, electorales, culturales y sociales; que le cambie la relación de fuerzas, aun cuando conserve la presidencia.

La Convención tiene en potencia recursos para afrontarlos, pero en su expresión concreta le falta para convertirse en lo que debe ser: el principal foco de atracción y cohesión de las muchas resistencias sociales, culturales y políticas, no sólo electorales, del país. Sin ese papel de aglutinador, la ofensiva de la derecha y la normalización imparable de la vida política, irán desgajando a sus fuerzas.

En potencia puede aglutinar: tiene la imagen simbólica del presidente legítimo y el Programa de los Cinco Puntos, pero sólo concretó un programa de acciones hacia diciembre restringido a perseguir a Calderón e impedir su toma de posesión. ¿Y la voz obrera que alertó en el Zócalo sobre las reformas privatizadoras y la voz indígena que levantó su propia agenda? Hay que caminar hacia los cinco puntos, no sólo como programa de gobierno alternativo, sino como amplia coordinación para las luchas reales de la gente. El Frente Amplio Progresista se asumió de manera correcta como el “brazo institucional” de un movimiento que se propone refundar a la república y llamar a un nuevo constituyente, pero de manera incorrecta privilegió el lado político electoral y parlamentario, no miró ni intentó solución alguna a promover un espacio de encuentro con los diversos actores sociales y civiles que concurrieron a la Convención. Digo espacio de encuentro, de intercambio y de posibilidad de hacer coincidir agendas autónomas en ámbitos tan delicados y que pasarán por el Congreso como el de las reformas estructurales de segunda generación. Se crearon comisiones operativas en dos ámbitos, el constituyente que convocará a la refundación y el de la resistencia civil, pero como ocurrió a lo largo de la campaña, no hay ánimo de integrar a otras voces que no sean la de los círculos más cercanos y cerrados al nuevo liderazgo. Con ello, se toca el asunto más difícil de debatir con prudencia: que un liderazgo personalizado, difícilmente puede construir un polo de aglutinamientos flexible, amplio, en circunstancias no electorales o de manejo de gobierno, sino del agitado y cambiante oleaje de las coyunturas sociales y políticas. Si la Convención no trabaja hacia una confluencia en otra forma orgánica, más parecida a una confederación que al trazo vertical de las iglesias, los partidos, los gobiernos y los ejércitos, irá perdiendo capacidad de incidir y convocar, de hilar y acercar, de hacer lo que decíamos es su gran oportunidad histórica: el espacio de aglutinamiento y de construcción de contra hegemonías.

El Zócalo fue un enorme espacio de mezcla social y discursiva. Convivieron regiones del país y del DF, muchas subculturas y variados discursos, la pluralidad efectiva que somos. Escuché el discurso consistente de una izquierda histórica, radical, que le apuesta a construir un doble poder. Los llamados a reformar en puntos estratégicos y selectivos a la constitución. La poderosa presencia del máximo tribuno, del orador y estratega, el de frase oportuna y ademán emotivo, a Porfirio Muñoz Ledo. “Venimos de un plantón, mañana es la Convención y vamos a la refundación”.

Un sector de las organizaciones civiles, el que viene de las luchas sociales de los sesenta, que se enamoró de los “sujetos populares”, que se desplegó en una amplio campo de intervenciones en colonias populares, con mujeres, en la diversidad sexual, en la lucha cívica por elecciones y transparencias, con los pueblos indígenas y muchos más, empezó desde 2004 a reelaborar visiones e intervenciones en la vida pública, a su manera y en su nivel, a veces sin ninguna resonancia; en otras, con cierta capacidad de influir. Desde ahí se saludó a la Convención con estas palabras:

“Como en otros momentos, los ciudadanos tomamos la política a través de las manifestaciones, los plantones, la formación de coordinaciones, de actividades culturales y sociales diversas. Desde ese sentimiento de potencia ciudadana, habrá que tener clara la composición de nuestra fuerza:

“a) Un liderazgo histórico, el de AMLO, que propicia que muchas voluntades dispersas se concentraran desde el año de 2005 en contra del desafuero, concurrieran a lo largo de la campaña electoral y lograran la mayor votación registrada por la oposición de izquierda en el país, que sólo fue frenada mediante la violación de las instituciones y de las leyes.

“b) Una recuperación por parte de los partidos de su compromiso con los ciudadanos y con las causas populares, y de claridad transformadora de la situación de pobreza, exclusión y extravío de las instituciones.

“c) Un ciclo largo de movilización popular donde diversos contingentes nos hemos venido expresando en contra de las privatizaciones, en favor de políticas comprometidas con los campesinos, los obreros, las clases medias, los pequeños y medianos empresarios, en una palabra, en contra del orden neoliberal que nos condena a la carencia y a la exclusión.

“d) Una maduración programática de frentes sociales, de partidos y de personajes de la política, que coinciden en formular un proyecto de nación incluyente. Hay una renovación cultural en marcha que quiere imaginar maneras de vida dignas y prósperas y naciones incluyentes.

“e) La conquista de una amplia variedad de posiciones institucionales en congresos locales, federales, presidencias municipales y gubernaturas que, a partir de esta dolorosa circunstancia, tienen que refrendar su compromiso de gobernar y legislar en favor de las causas del pueblo.

“¿Cuál es entonces nuestra fuerza? Es de liderazgos y de ciudadanos movilizados, es de partidos y de organizaciones de trabajadores y ciudadanos, es de gobiernos y de capacidad de movilización callejera, es de ideas y de instituciones; es, por tanto, una fuerza diversa, rica, que puede tener varios frentes de lucha a la vez y que los puede coordinar. ¿Qué significa entonces el avanzar o retroceder? Avanzamos si somos capaces de abrazar y dar sentido a todos estos frentes, retrocedemos si provocamos su dispersión o su fractura”.

Se prepara una ofensiva de la derecha

“Con el aval de su legalidad, estamos a la puerta de una ofensiva de la derecha, que se propone reunificar al bipartidismo para controlar el congreso, dedicar el último trecho de Fox a impulsar lo que no pudo hacer en cinco años, aprobar un paquete de reformas privatizadoras e intentar desgajar a su principal oposición, reunida en torno a López Obrador y que desafió el rumbo que imponen las oligarquías globales y nacionales. Al agravio de desconocer el triunfo de AMLO le quieren agregar, de aquí a diciembre, la imposición de estas reformas y la fractura del bloque opositor.”

Nuestra salida: el frente amplio de partidos, pero también de movimientos ciudadanos y sociales

“Por eso queremos insistir en tres asuntos, en la actual coyuntura necesitamos resolver:

“a) Cómo sostener e impulsar esa enorme fuerza acumulada, en su diversidad, como una constelación donde coinciden partidos, representantes populares, movilizaciones sociales y ciudadanas, organizaciones varias del pueblo. Se trata de crear un eje de aglutinamiento de esta energía social que despierta el 2 de julio y que se alimentará de la lucha contra la imposición presidencial y de las luchas contra las reformas privatizadoras y por lograr nuestras propias reformas a favor del pueblo. Para nosotros, organizaciones civiles, la salida es un frente amplio, no sólo de partidos, sino de movimientos y de organizaciones”.

“b) ¿Qué puede ser el frente amplio?

-Un liderazgo histórico que impida la dispersión y el desgaste de lo acumulado y le de rumbo de crecimiento”.

-Un proceso de confluencias de actores y de frentes diversos. De lucha institucional por reformas y de lucha social para frenar privatizaciones y ampliar derechos. De formación de opinión y de elaboración intelectual y programática en búsqueda de una nueva hegemonía. De gobiernos y redes organizativas sociales y civiles construyendo una forma alternativa de gobernabilidad. De agenda política y de agenda social.

-No se trata de priorizar lo orgánico sino un espacio amplio, tolerante, donde de manera natural se expresen las diferencias para llegar a coincidencias y coordinaciones, capaz de convocar a fuerzas muy plurales y autónomas. Lo orgánico en todo caso será resultado, no punto de partida.

-Tener dos rutas que se alimenten: reformar a la república y fortalecer a la sociedad en sus movimientos, organizaciones y ciudadanías.

-Una clara agenda electoral hacia el 2009, con una agenda social que impulsar en congresos, gobiernos, ayuntamientos y políticas públicas. La agenda social debe expresar el compromiso de gobiernos, legisladores y partidos con las necesidades y causas del pueblo, frenar las privatizaciones y empujar los cambios que necesita la enorme mayoría que carece de poder, de riqueza y de futuro.

¿Qué esperamos de la Convención?

La Convención debe dejar claro al país, a los ciudadanos todos, pero también a la derecha, que nos mantenemos cohesionados, con un propósito claro de transformar al país, que estamos conscientes del enorme patrimonio de energía, de voluntad, de ideas y de espacios de lucha que representamos. No lo vamos a desperdigar ni a desperdiciar, al contrario, vamos a que crezca y que logre cambios sentidos por todos.

Esperamos una Convención que sea el arranque de una ruta propia de la izquierda para organizar al pueblo en sus múltiples instancias y en crear los espacios de intercambio y coordinación con partidos y representaciones populares de la ahora Coalición por el Bien de Todos.

Esperamos una Convención que abra una elaboración programática de nuestras reformas, con las cuales frenemos la ofensiva privatizadora, restauremos la república dañada por los poderes de facto, y defendamos a la nación de los que se creen sus únicos dueños e intentan rematar sus bienes al mejor postor.

“Esperamos una Convención que abra una ruta clara para ir integrando ese frente amplio que la diversidad y riqueza de las oposiciones sociales, políticas, institucionales y culturales necesita.

“Esperamos una Convención que le diga de manera clara a los supuestos dueños de este país, que ganaron una escaramuza, pero que estamos decididos a un largo camino para ganar cada momento del presente pero también su futuro, la historia toda.”

Y que conste, lo seguimos esperando.

 

* Red Mexicana de Investigadores de la Sociedad Civil (REMISOC). Seminario de Historia de México Contemporáneo del INAH.