El debate entre los candidatos a la Presidencia

Manuel González*

Un contexto

La importancia de los debates políticos en nuestro país es muy reciente. Se han iniciado por la presión que la oposición política, legal e ilegal, le han hecho al poder político. En muy diversos momentos de la historia se había negado tal posibilidad. En 1968, los estudiantes demandaban al presidente de la república un diálogo público para revisar el comportamiento de sus subordinados, así como algunas de las políticas que se aplicaban en el país. Tal posibilidad concluyó con represión y un largo periodo de guerra sucia. No obstante, el diálogo con la autoridad permaneció como una demanda ciudadana.

Otro espacio donde se ha demandado el diálogo con la autoridad política lo constituye el del Congreso de la Unión durante el informe presidencial. Ceremonial del poder político, así como de la autoridad personificada del que no se permite menguar la investidura del Poder Ejecutivo para constituirse como equivalente ante el Poder Legislativo y constituir una unidad. Se trata de mantener una asimetría, razón por la que no existe diálogo formal entre estos dos poderes, esto es, proteger la imagen de la autoridad.

Así, se inviste a quien encarna al poder político y se le atribuye una diversidad de habilidades, conocimientos, características personales, sociales e históricas. En el fondo de las percepciones habita un ideal casi celestial, una creencia divina, una expectativa armoniosa o una necesidad apremiante, tal vez, una cándida mirada a la figura del padre.

En cualquiera de las razones, esta figura concentra las expectativas de un tiempo, la de justicia, la de protección o la conciencia histórica que emana de los problemas del presente.

En el México que heredamos, los candidatos se acercan a ese personaje. Los electores piensan y apuestan que éste o aquél puede ser el nuevo presidente, el nuevo dirigente, el nuevo caudillo o el mesías esperado. Hay una suerte de encanto y carisma que atrae a las personas y le designan una especie de destino o función que representar. Los candidatos se revelan y le aseguran a su grupo elector o público, que ellos son los destinados, para lo cual muestran las fuerzas y destrezas que les demandan.

Los debates entre los candidatos asumen el espacio para la demostración de esos atributos. A manera de arena civilizada para la confrontación, los candidatos aspirantes toman sus lugares, usan sus mejores indumentarias. En la era de las imágenes, la primera impresión vale por miles de palabras. La alocución es importante, pero un asunto es fundamental, no basta ser, hay que parecer, dirá el adagio popular.

El debate debe parecerse al de las democracias maduras: un simulacro de conflicto, pero razonable, sin violencia, con las emociones controladas, con las temperaturas estables. El riesgo es que en el fondo esto pueda parecer un espectáculo. De cualquier manera, así es en los medios de información televisados: hasta con la desgracia de otros se hace un espectáculo que captura el raiting.

En el México de 2006 se desarrolla una contienda altamente confeccionada, adicionada de democracia y pluralidad, de ciencia y de tecnología, con urbanidad y restricciones autoconsentidas. Cualidades que la humanidad ha desarrollado, pero –que como signo de civilidad buscan ser pactadas–. Buscamos ser o parecer una democracia de altura, que sea transmitida por la televisión, en directo y con la repetición de los detalles, como en el futbol, pero con una lógica, un cierto orden y una determinada autoridad: la que emana del poder político. Por eso, en el fondo, el formato de los debates es rígido, momificado, con la arrogancia de los milisegundos escrupulosos.

Durante el encuentro de candidatos se conjugan nociones diversas, diferentes y hasta contradictorias. Los debates son un sincretismo que enlaza las distintas expectativas que se tienen sobre el tipo de autoridad que queremos construir. Se conjugan los diversos tiempos que vivimos, los distintos Méxicos que somos, las diversas aspiraciones, pero también nostalgias y la analogía con el desarrollo mundial y el de algunos países, en particular. En el encuentro de los candidatos y los signos partidistas se dibuja el México que somos, lo que tenemos y de lo que carecemos, pero, sobre todo, lo que deseamos ser. Miles de imágenes emergen y dan cuerpo a nuestro ser colectivo, pero también destaca lo que somos en lo individual frente al televisor.

México al futuro desde el 2006

La dificultad de analizar un debate para saber quien ganó, radica en que no tenemos como sociedad los cuadrantes explicativos de las cosas que nos suceden. Para eso están los especialistas, los explicadores, los expertos, a manera de autoridad, para que nos lo indiquen. Para eso se inventaron los medios, para indicarnos lo que debemos pensar y hacer. Ahora están las encuestas y las teleencuestas como signo de un referéndum tecnológico, silencioso y expedito.

El debate televisado es la aceptación moderna de un candidato a dirigente, del cual seguramente la mayoría de su auditorio estaba compuesto de ciudadanos que ya habían tomado su postura; no obstante, el debate toma sentido para reforzar la decisión y cohesionar a los públicos o grupos, al darnos más elementos de nuestra propia posición, para dotarnos de la coherencia que requerimos frente a los demás en la vida cotidiana. El debate refuerza las identidades colectivas y nos asegura la individual. Fortalece los valores que tenemos y le da convicción a la acción que debemos emprender. Lo realiza por un proceso, el de comparación entre los candidatos y, hasta cierto punto, en las propuestas.

Aunque juegan muchos factores subjetivos y ocultos, como lo señalados más arriba, la comparación entre los modelos busca descubrir, atribuir o construir un conocimiento de sentido común fundado en la diferencia entre ellos. Esta puede aparecer por las razones del proyecto de país, pero también por la sonrisa, el aplomo, la seguridad, la fuerza, el equilibrio, la concordia o la valentía. Cualquier elemento es válido. Este depende del público o grupo social y sector de pertenencia, pero todos buscan reforzar su idea propia del tipo de sociedad que queremos tener: una idea que se apuesta desde el presente y hacia el futuro, pero también desde el futuro y desde el presente.

Para el debate, los candidatos a la Presidencia de la República se prepararon tan bien que hay una enorme dificultad para declarar un ganador con claridad, dado lo parecido que resultaron algunas de las propuestas. Es necesario buscar el eje diferenciador, establecer un criterio de discriminación palpable, el punto de contraste entre ellos y, en consecuencia, definir quien o quienes tienen mayores oportunidades; el debate, por si mismo, no presenta eso, es necesario el debate de la sociedad, el de la población.

Los candidatos representan el estímulo que la sociedad requiere, pero su fuerza radica en la activación de sus escenarios, de los contornos del proyecto de país que se requiere, de las causalidades de los problemas sociales que tenemos y de las estrategias o mecanismos para su resolución. Igualmente, de la cualidad de hombre o mujer que los representaría y no de la autoridad que se parece al modelo que ha entrado en agotamiento.

El debate social sobre el debate de los candidatos debería abordar el modelo de autoridad política que se requiere en el país, no como una personificación, sino como una función social de representación. Sin embargo, por la fuerza de los hechos sociales y morales, el debate entró por la fuerza del mercado y del espectáculo a dirimir quien tiene o no las cualidades para aspirar al cargo de mayor jerarquía política en el país y crucificar, por los abusos y las deficiencias, a quien no responde a las expectativas de desarrollo y modelo de país que se quiere.

Se intenta construir el acontecimiento a través del debate de los especialistas en televisión o de los medios impresos, adelantándose a dar un resultado a manera de propaganda que no resuelve las cosas; por el contrario, incrementa las dudas, dado que mantiene la postura de certidumbre de que son los propios medios los que deben explicar y ocupar el espacio de la autoridad.

 

* Psicólogo Social. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa. Presidente de la Sociedad Mexicana de Psicología Social, A. C.