Desarrollo con responsabilidad social*

Orlando Delgado Selley**

Es muy pertinente someter a juicio ciertos aspectos centrales de las finanzas públicas, que tendrían que incorporarse, necesariamente, a un programa de gobierno formulado desde una perspectiva de izquierda, que realmente reconozca que lo que quiere hacerse es cambiar  este  país.

Existe la posibilidad verdadera de que el 1 de diciembre de 2006 comience una nueva época en la vida del país. Ello dependerá, por supuesto, de ganar las elecciones federales; esta es la condición necesaria. La otra condición, la suficiente, estará determinada por la política económica que se instrumente, específicamente, por la sujeción o por la liberación de la ortodoxia promovida por los organismos financieros internacionales, los países imperialistas, los grandes grupos económicos extranjeros y nacionales y los analistas financieros, auto convertidos en voceros  oficiales  de  los  mercados.

No se trata, por supuesto, del abandono total de eso que, eufemísticamente, los neoliberales llaman “responsabilidad presupuestal”. Se trata de someter la política económica a los compromisos derivados de un gobierno que pretende contar con una  sólida  base  popular.

Atender las cuestiones básicas que todo gobierno se plantea lleva a considerar la pertinencia del mantenimiento de los equilibrios fundamentales. La ortodoxia señala que debe existir austeridad en el gasto, deben cubrirse puntualmente los vencimientos de la deuda pública, lo que en la terminología bancaria se llama: “honrar la deuda”, al tiempo que se reduce la presencia estatal a límites muy estrictos; en consecuencia, conseguir un equilibrio fundamental, el equilibrio fiscal; proponernos honrar este equilibrio macroeconómico tendrá consecuencias importantes, pero hacerlo, sin considerar los requerimientos centrales de un programa que se proponga atender los requerimientos de los pobres  de  este  país  es incongruente.

La responsabilidad social de un gobierno popular es insoslayable. A continuación, se presenta una muy rápida consideración sobre los determinantes del crecimiento y el papel de la inversión pública; con ellos, se estiman los requerimientos financieros que pueden permitir un crecimiento de cuatro o cinco puntos porcentuales en el primer trienio y, luego, de seis y siete en el segundo.

Además, se propone una distribución intergubernamental de los impuestos a cobrar, que busque reducir la evasión y que acerque a los causantes con la utilización de sus contribuciones. Un cuarto apartado replanteará la estructura del gasto público, reduciendo el gasto corriente, elevando la inversión y limitando estrictamente el gasto no programable. Finalmente, se reúne la información entregada y se ilustran los requerimientos financieros de un sexenio con verdadera responsabilidad  social.

En la estrategia instrumentada para hacer más selectiva la participación del Estado en la economía, se utilizaron los mecanismos que convencionalmente se asocian a la política del Consenso de Washington: reducción del gasto público y privatización de una buena parte de las empresa  públicas.

Entre los primeros estuvieron los recontraconocidos argumentos macroeconómicos, como el uso de los recursos crediticios por parte del Estado; la dispersión o la distracción de las responsabilidades fundamentales y el hecho, se dijo, de que había capitales nacionales depositados en el extranjero que podían ser invertidos en las actividades que en aquellas épocas ocupaba el Estado. Las razones macroeconómicas daban por supuesto que aumentar la participación del sector privado significaba incrementar la eficiencia general de la  economía.

Luego de casi un cuarto de siglo de implantación de estas políticas, los resultados no han demostrado cumplir con lo que se proponía, no han sido favorables. Un sólo indicador, el producto por habitante –utilizando los datos de Angus Madison– registró una tasa de crecimiento anual, entre 1950 y 1973 de 3.2 por ciento del producto per cápita; para el periodo entre 1973 y 2001 se redujo a 1.6 por ciento, pero si nos concentramos en los años entre 1980 y 2000, esa tasa se redujo a 0.6 por ciento. Es evidente una disminución importantísima del producto per cápita  en  esta  población.

Si comparamos estos datos con las diversas regiones del país, siguiendo la metodología de agrupación desarrollada por Madison, en prácticamente todos los casos, salvo en África y los países de la ex URSS, la tasa de crecimiento del PIB per cápita mexicano  es  desfavorable.

Se compara desfavorablemente con los países de Asia, con los países de Europa Meridional (España, Portugal, Grecia e Irlanda), con los nuevos países occidentales (Australia, Canadá, Nueva Zelanda) y, por supuesto, con los países europeos. En todos los casos, el desempeño de nuestro PIB per cápita, ha sido verdaderamente  desastroso.

En el fondo, la explicación obvia es la que tiene que ver con la inversión. Sin duda, los países que han tenido mayores ritmos de crecimiento del PIB per cápita han sido aquellos en los que la inversión en relación con el producto ha tenido coeficientes  del  orden  del  30  por  ciento.

Una de las estrategias fundamentales de las reformas orientadas al mercado fue eliminar a la inversión pública. La inversión pública representó en los primeros años de los ochenta el 9.2 por ciento del producto, pero en los primeros cuatro años de Fox (2001-2004), representó el tres por ciento, o sea, se redujo a la tercera parte. En estos mismos años, la inversión privada pasó de 12 a 16 por ciento. De modo tal que, en los años de las reformas orientadas al mercado, la inversión total de la economía perdió entre tres y cuatro puntos  del  producto  anuales.

Esa es la consecuencia drástica, clara y contundente de las reformas orientadas al mercado: cuatro puntos del producto se perdieron anualmente por esta discusión. Es evidente que con una inversión tan disminuida las posibilidades de que el desempeño económico sea más o menos fundamental  no  pueden  darse.

Consecuentemente, lo que ha quedado claro en 25 años es que la inversión privada no puede hacerse cargo del desarrollo económico y, en consecuencia, es indispensable que la inversión pública retome estos papeles. La conclusión obvia es que en la nueva etapa de desarrollo del país se requerirá una mayor y una mejor participación  del  Estado.

Una nueva estrategia que se proponga que el crecimiento del producto per cápita sea de por lo menos tres por ciento anual y recuperar las tasas que teníamos en los años cincuenta y sesenta. Para ello, es indispensable que la inversión productiva aumente significativamente y en un plazo muy  breve.

Como dije, la inversión privada ha mostrado que no puede responder eficientemente a los requerimientos nacionales por muchas razones. Una de ellas, fundamental, es que las distorsiones provocadas por la rápida apertura comercial inundaron al país de importaciones, desincentivando la inversión manufacturera y provocando una reducción de la rentabilidad que, a su vez, significó un círculo vicioso que fue eliminando uno de los sectores que atraen inversión privada de mayor nivel en el país, que  es  la  inversión  manufacturera.

Es por ello indispensable que en la reconstrucción de una dinámica virtuosa entre inversión pública y privada, la primera ocupe el papel inicial. En términos agregados, los requerimientos inmediatos consistirían en lograr un aumento del orden de 5 puntos porcentuales del producto en la inversión, de modo tal que la inversión pública pudiera llegar a 8 por ciento.

Si suponemos que en 2005, el producto creció tres por ciento y la inflación a diciembre fue de cuatro por ciento, ello implicaría que el PIB nominal mexicano en 2005 sería del orden del 8.25 billones de pesos. Por tanto, requeriríamos un incremento en la inversión de, aproximadamente,  410  mil  millones  de  pesos.

Esto permitiría, por supuesto, atender los requerimientos que se han propuesto en los 50 compromisos de López Obrador. En términos de la inversión petrolera y la obra pública, podrían también atenderse los famosos compromisos 28, 29 y 30 que se refieren a inversiones para modernizar la infraestructura, para desarrollar proyectos que recuperen la importancia de los ferrocarriles, no solamente uno que nos lleve al norte, sino uno que reestructure la red ferrocarrilera de transporte de pasajeros en el país y, por supuesto, para la creación de puertos de altura. Eso tendría que ser presupuestado de manera inmediata para poder dimensionar cuánto significarán en el primer  año  estas  cosas.

Adicionalmente, tienen que atenderse los déficit sociales en educación, vivienda y salud. En materia educativa, es indiscutible que hay una cobertura relativamente total en educación primaria, pero no lo hay en secundaria y el rezago en bachillerato y educación universitaria es brutal. En este sentido, tendría que plantearse si lo que conviene es, en efecto, crear 20 universidades y 200 preparatorias o si lo que se requiere es fortalecer a las universidades públicas ya existentes en cada una de las entidades del país y mejorar su calidad.

En todas las evaluaciones disponibles es indudable que el gran problema educativo en México, además de la cobertura, es el que tiene que ver con la calidad. Aquí hay un problema verdaderamente central y, para ello, hay que actuar invirtiendo en los profesores, invirtiendo en los recursos humanos del sector directamente, haciendo un poco de lado a la estructura corporativa sindical  que  ahí  existe.

En vivienda, se trataría de concretar por lo menos las 500 mil acciones anuales con las que se plantea generar los 400 mil empleos que se proponen, pero ¿en dónde serían esas acciones?, ¿de qué acciones se tratan?, ¿se trata de acciones de vivienda nueva o no? Para que realmente esto pueda configurarse una cosa parece fundamental, junto con los requerimientos en materia de salud, plantear que en los primeros tres años de un gobierno popular tendrían que proponerse, entre otros, el objetivo central de que las entidades con mayor rezago relativo en sus índices de desarrollo humano, en tres años, puedan estar en los niveles promedio del país. Esto tiene que ser una idea central, es decir, no solamente hablar de sectores y de mejorías generales. Las entidades con mayor retraso relativo en los indicadores de desarrollo humano, tendrían, en tres años, para el cierre de la primera parte de un gobierno de izquierda, estar en los niveles promedio,  por  lo  menos.

Esto significaría un impulso a la dinámica económica general y la creación de un círculo virtuoso que permita corregir las cosas y dar sentido y orientación a las acciones. No se trata, por tanto, solamente de invertir en las grandes ciudades, donde también hay rezagos, se trata de concentrarlos para que estos desarrollos desiguales, a nivel de entidades y, particularmente, de ciertas regiones del  país,  puedan  corregirse.

Evidentemente, todo esto no puede plantearse si no hay un correlato en los ingresos, es decir, se requiere invertir, se requiere desarrollar, se requiere impulsar, pues esto no puede ocurrir si no se generan los ingresos necesarios  para  este  propósito.

Evidentemente, la sociedad es la que determina los requerimientos de gasto de un gobierno. El equilibrio macroeconómico central es responder a los requerimientos de la sociedad. Eso tiene un costo y significa definir y determinar la propuesta impositiva de un nuevo gobierno. Parece poco sensato, desde este punto de vista, plantear desde ahora que un gobierno de izquierda no va a impulsar aumentos de impuestos y que todo se logrará con austeridad juarista y  con  mejoras  en  la  recaudación.

El Banco Mundial, cuando planteó su propuesta de programa a Fox, en ese famoso libro gigantesco que se llama Una agenda para el desarrollo, dijo que mejorar la eficiencia recaudatoria y reducir la evasión, podrían significar cuando mucho uno o dos puntos del producto. Estamos hablando de que este programa requiere  cinco  puntos  del  producto.

La austeridad republicana, incluso en términos tabasqueños, que son bastante draconianos, no va a dar más de 80 mil millones de pesos al año, no más. Queda claro que un proyecto de esta naturaleza no da para los requerimientos iniciales de inversión  pública.

Tiene que hacerse una reforma fiscal integral que, por supuesto, deseche lo que ha dividido al país: el incremento del Impuesto al Valor Agregado.  Eso  es  implanteable.

Para plantear una nueva propuesta fiscal hay que invertir una relación que hoy se ha convertido en una relación perversa y que deriva del régimen priista. En nuestro país, prácticamente, el total de los impuestos son de carácter federal, o sea, hay un porcentaje verdaderamente pírrico de los impuestos de carácter local. La totalidad de tributación es recaudada por el gobierno federal. En otros países, por ejemplo, Canadá las tributaciones federales son el 43 por ciento y en los Estados Unidos el 31 por ciento.

El asunto no es menor, tiene que ver con la estructura de un régimen político, corresponde a la época del capitalismo priista. Esto tiene que ser modificado; tenemos que cambiar las relaciones, de tal modo que se impulse una nueva propuesta tributaria, una nueva propuesta de ISR, que plantee gravar las transacciones financieras para impedir que operaciones financieras, como la compra de Banamex, no causen impuestos, lo cual no ocurre prácticamente en ningún país del mundo. Tenemos que plantear eso y para hacerlo hay que acercar a los causantes a sus gobiernos  locales.

Debe construirse un verdadero federalismo fiscal basado en hechos como que, por ejemplo, por lo menos el 50 por ciento del ISR que se recaude se quede en los gobiernos locales, lo cual supone ir eliminando rápidamente los famosos ingresos participables, que se convierten en una puja cotidiana. No hay una estructura en la que, efectivamente, ciertos estados con mayores niveles de recaudación contribuyan al financiamiento de las entidades con menores niveles de recaudación, de modo tal que el federalismo se establezca como uno políticamente  acordado.

Esto, supone también un pacto social federal, es decir, de lo que se trata en el fondo no es solamente determinar unilateralmente una estructura impositiva, nuevos impuestos, detener la reducción de los gravámenes a los ingresos, sino de plantear un pacto social que establezca un nuevo programa de desarrollo para el país y que, por supuesto, incluya un capítulo fiscal. Esto es la única posibilidad de que la tributación se convierta en un factor fundamental para la reconstrucción  del  país.

Por supuesto, plantear las cosas de esta manera y decir que la recaudación tiene que ser asociada al gasto de las propias localidades, implica que hay poner frenos, porque si no puede pasarnos lo que a los alcaldes panistas del Estado de México que rápidamente se incrementaron los sueldos a 400, 500 mil y hasta 600 mil  pesos.

Por su parte, el gasto público representa apenas 23 puntos porcentuales del producto. En otros países esto es verdaderamente mucho más. Quizás lo más grave es que el 61 por ciento de ese gasto público se destina a gasto corriente. Cuando Carlos Slim dijo: “Estamos gastándonos los excedentes petroleros en pagar sueldos”, la afirmación era indudable. casi las dos terceras partes se destinan  al  gasto  corriente.

La parte destinada a lo que se denomina el gasto no programable, que tiene que ver con los intereses, se lleva otro 25 por ciento. Eso significa que el gasto de capital es de apenas 14 por ciento del gasto público. Evidentemente, esta es una estructura que  se  replanteará.

¿Cómo vamos a replantearlo? Primero, el gasto corriente tiene –en efecto– que entrar a la austeridad tabasqueña; tiene que entrar un Oficial Mayor tabasqueño, que en este caso tendrá que ser un Secretario de Estado, para que reduzca la estructura y no solamente reduzca los sueldos, sino que termine con toda la dilapidación  existente.

Hay que plantear una dinámica en la cual el costo o el impacto del gasto no programable se reduzca. Desde el gobierno de Ernesto Zedillo y ratificada por Vicente Fox, ha ido creciendo de manera muy significativa la deuda interna. En 2000, la deuda interna representaba el 30 por ciento de la deuda total del sector público. Para diciembre de 2004, la deuda interna representaba el 47 por ciento de la deuda  del  sector  público.

Decíamos que la condición necesaria para que pueda cambiar este país es que ganemos las elecciones, pero la condición es si tendremos o no mayoría parlamentaria para cambiar las leyes de este país, porque si no se logra la mayoría parlamentaria, la autonomía del Banco de México va a persistir, Guillermo Ortiz va a continuar haciendo la política monetaria y, en efecto, puede haber una disputa entre la política diseñada desde la Secretaría de Hacienda y la diseñada  desde  el  Banco de México.

Lo que se plantea es que los intereses se determinen internamente; esa es una manera de reducir el costo de la deuda y, a su vez, utilizar los márgenes de maniobra que otorga la reducción irrestricta del gasto público y el mantenimiento del equilibrio fiscal, para manejar los niveles de déficit –que aceptan los países de la Unión Europea– de hasta tres por ciento, lo que significaría que podríamos crecer tres puntos del producto  tomando  deuda.

Podríamos tomar deuda, pero no al estilo actual. Actualmente, toda la deuda gubernamental, los CETES, se colocan con los intermediarios financieros y por supuesto, eso define su tasa  de  interés.

¿Por qué no plantear una emisión intermediada por los bancos, pero que sea colocada entre la gente, a tasas, por ejemplo, que reduzcan en diez por ciento la tasa de los CETES, pero que se garantice que por lo menos el 80 por ciento de esa tasa se pague a los pequeños ahorradores directamente y que los intermediarios se queden con el otro 20 por ciento? ¿Esto de entrada qué haría? Reduciría el costo de la deuda, podríamos ir financiando con esa deuda el requerimiento de inversión general y al propio tiempo remuneraríamos de mucho mejor manera a los pequeños ahorradores, generando incentivos al consumo que –eventualmente– se convertirían en dinamizadores del funcionamiento  económico.

Pero concluir que todo esto es posible, realmente puede plantearse, si se reconoce que lo que tiene que hacer un gobierno de izquierda, un gobierno de nuevo tipo, es poner verdaderamente  en  el  centro  a  la  gente.

Finalmente, los viejos paradigmas de keynesianismo mantienen su pertinencia y eso hay que plantearlo. No se trata de volver al pasado, sino de disponer del instrumental keynesiano para estar en condiciones de cumplir con la responsabilidad social que tenemos. Los fracasos de otros gobiernos de izquierda en el mundo deberían hacernos mucho más exigentes con la política y con su expresión  en  política  económica.

Sólo es posible actuar con sentido popular si en el centro de la política económica está la política social y si quienes diseñan e instrumentan estas políticas comparten el proyecto histórico de la izquierda. Muerte a los expertos.

* Ponencia presentada en el foro temático “Desarrollo sustentable, crecimiento, empleo y política laboral”, dentro del programa “Hacia un proyecto de nación rumbo al 2006. Debate de la Plataforma Electoral”, organizado por la Comisión para elaborar la Plataforma Electoral 2006 del PRD, realizado el 11 de septiembre de 2005 en Acapulco, Gro.
** El autor es maestro en Economía por la Facultad de Economía de la UNAM y profesor de tiempo completo de la Universidad de la Ciudad de México. Autor de varios artículos y ensayos en temas
de privatización, empresas públicas y articulista económico de La Jornada.