El antidesarrollo neoliberal*

José Luis Calva**

 

Quisiera tomar como punto de partida la referencia del crecimiento económico de Estados Unidos durante la era Clinton. Con él, la economía estadounidense observó los ocho años de mayor crecimiento económico y prosperidad de la posguerra, pero no fue algo que cayó del cielo; esto coincide con un ciclo largo de crecimiento económico “shumpeteriano”, así como con decisiones de política económica que arrancaron desde la campaña presidencial de Bill Clinton. Esto es relevante porque estamos hablando precisamente de 2006, año de elección presidencial en nuestro país.

Cuando Clinton inició su campaña encontró una economía en recesión. Entonces, ¿dónde poner el énfasis de la campaña? –se preguntaban los asesores– y se acuño la famosa frase: “En la economía, estúpidos”.

Él tenia una estrategia más amplia –había sido formado en Oxford y era partidario de la política industrial y comercial estratégica– con dos temas que planteaba en cada uno de los foros y plazas que visitaba: “Vamos a detonar el crecimiento económico aumentando la inversión pública, y vamos a financiar el incremento de la inversión pública incrementando los impuestos a los ricos”, y lo hizo como presidente. Detonó el crecimiento, contribuyó con la parte fiscal por el lado de la inversión y financió la inversión, incrementando cinco por ciento la tasa máxima de impuesto sobre la renta, a aquellos que ganaban más de 200 mil dólares anuales.

Actualmente, el problema que tiene la economía mexicana –y es un consenso entre los economistas del desarrollo latinoamericano en torno al tema de la superación de la pobreza y la equidad en el desarrollo– es que si no hay desarrollo, si no hay crecimiento, tampoco hay equidad.

En general, existe un gran consenso en el sentido de que para superar la marginación social y la pobreza, las estrategias tienen que considerar, cuando  menos, cuatro componentes:

En primer lugar, políticas macroeconómicas contra cíclicas para reducir la volatilidad del crecimiento económico, es decir, que no nos lleve a un constante ciclo de freno y arranque, que ha sido la característica de los cuatro sexenios de neoliberalismo  económico.

El segundo componente, se requiere de políticas de fomento económico que amplíen y mejoren la infraestructura, impulsen el desarrollo sectorial y estimulen los encadenamientos productivos, con énfasis en la generación de mayor valor agregado y más alta generación de empleos.

En tercer lugar, políticas educativas de desarrollo científico-técnico, capacitación laboral e inducción de la innovación, que contribuyan a la elevación general de la productividad y favorezcan, en particular, la creación y desarrollo de industrias del conocimiento, como las que impulsan actualmente India y China, y Taiwán en el pasado.

Por último, políticas sociales orientadas hacia los grupos más rezagados, incorporándolos a las tareas y a los beneficios del desarrollo.

Aquí, alertas, porque podemos tener una excelente política social, pero si no contamos con los tres elementos anteriores no vamos a superar el problema de pobreza; podremos tener compensadores sociales más atractivos y sugestivos, pero no vamos jamás a resolver el problema de la pobreza.

¿Recuerdan que la campaña de Zedillo se hizo con la idea de la ciudad más igualitaria? Esto viene desde Miguel de la Madrid: “Una ciudad más igualitaria”; la de Zedillo fue: “Bienestar para la familia”. Nuestra crítica entonces fue que para resolver el problema de la pobreza, lo primero que teníamos que hacer es dejar de producir pobres y para dejar de producir pobres lo primero es diseñar una estrategia que considere los tres primeros elementos.

Refiriéndome a las políticas anticíclicas, la economía mexicana ha tenido, a lo largo de estos 22 años de experimentación neoliberal, cumplidos repetidos ciclos de freno y arranque. La tasa media de crecimiento anual del PIB per cápita ha sido de 0.4 por ciento anual, o sea, hemos contabilizado más de dos decenios perdidos para el desarrollo. Mientras, el PIB per cápita de Corea del Sur creció 6.2 por ciento anual y el de China 8 por ciento anual. Corea, que estaba por debajo de México en términos de PIB per cápita, pasó a ser un país de alto ingreso o de nueva industrialización. Otros países han hecho lo mismo.

Uno de los problemas es la volatilidad en el crecimiento económico. La clave de estos ciclos de freno y arranque consiste en que –en nuestro caso, aplicada de manera draconiana e ininterrumpidamente desde tiempos del Pacto de Solidaridad Económica de 1987–, el abatimiento de la inflación se convierte en objetivo prioritario a toda costa. Recuérdese que el programa económico de Carlos Salinas fue el Pacto de Solidaridad Económica, en el que el objetivo prioritario, no había otro –el crecimiento no importaba–, era el abatimiento de la inflación. Se trataba, en consecuencia, de la práctica de políticas monetarias restrictivas; de ahí, vino la Ley del Banco de México que le otorgó autonomía y le dio como mandato exclusivo el abatimiento de la inflación.

A diferencia del mandato con el que cuenta la Reserva Federal estadounidense –que no es solamente cuidar la inflación– considera también promover el crecimiento económico y el empleo, y de la Ley del Banco Central de Canadá que establece como objetivo atemperar las variaciones en el nivel de precios, el empleo, el comercio y la producción. Esta estrategia deflacionaria, apoyada en una política monetaria, se acompañó con una política fiscal diseñada para reforzar ese objetivo del Banco Central.

En el año 2000 fui uno de los “sinodales” de los candidatos presidenciales para la radiodifusora Monitor. Cuando le toco a Fox, me encontraba en mi coche en el trayecto de entre Radio Red y Ciudad Universitaria; prácticamente, llegué deprimido, porque dije: “En manos de este fulano puede quedar el país”, me di cuenta de que lo que iba a ocurrir era perfectamente predecible, porque la estrategia macroeconómica que había planteado Vicente Fox nos llevaría precisamente a lo que nos llevó.

Cuando Fox recibe el gobierno, estaba comenzando la recesión. La recesión llega a México en el último trimestre del año 2000 y en el programa económico que anunció en una reunión con Banamex y con la Asociación de Banqueros en Acapulco, él ofreció conseguir el objetivo de 3 por ciento de inflación en 2003 y equilibrio fiscal, diciendo: si es necesario, el objetivo de inflación lo convertiremos en ley y lograremos el equilibrio fiscal en el 2004. No fue en 2004, pero continúan amenazando que lo harán en 2006, incluso con superávit fiscal.

¿Qué es lo que ocurre cuando una economía entra en recesión? Que los instrumentos de política macroeconómica para reactivar la economía no están disponibles, simplemente, no hay ningún instrumento macro; entonces, se aplican políticas procíclicas que agudizan la recesión, principalmente, una política monetaria contraccionista, esto es, el incremento una y otra y otra vez del corto monetario; cuando ya estamos en pleno ciclo recesivo, también se aplica una política fiscal contraccionista, pues si hay recesión caen los ingresos y si hay metas fiscales fijas lo que se hace es recortar el gasto.

En México el gobierno impulsa una Ley de Presupuesto que pretende convertir en ley su propuesta de “presupuesto equilibrado”. En tiempos de Clinton, cuando Joseph Stiglitz era presidente de su consejo de asesores económicos, hubo dos iniciativas: una, de una senadora de Florida que propuso reformar la Ley del Banco Central para orientarlo exclusivamente al control de la inflación, Clinton se opuso, desde luego Stiglitz, y se echó abajo la iniciativa; también hubo una segunda iniciativa de enmienda para convertir en ley el “presupuesto equilibrado”. Esa ortodoxia extrema la hemos tenido con Fox en el gobierno mexicano.

El resultado fue que tuvimos tres años perdidos, de crecimiento negativo, en términos per cápita. De hecho, en el primer año el crecimiento fue de menos de cero; en el segundo 0.8; y en el tercero, 1.4 por ciento por debajo del crecimiento de la población. En el cuarto año tuvimos una reactivación, y fue como un milagro, algo que nadie esperaba, rebasó los pronósticos del Banco de México y de Hacienda, inclusive, y simplemente porque nos cayó del cielo: 136 mil millones de pesos de ingresos adicionales de petróleo y otros ingresos adicionales que, por disposiciones del presupuesto, se fueron a gasto. Esta fue una de las cosas que permitió el crecimiento; otro factor, fue que las tasas de interés en Estados Unidos, necesarias para la política expansiva de la Reserva Federal de 6.5 a 1 por ciento, lo que llevó al Banco de México a mantener una postura inmóvil en el corto monetario y permitió cierta baja en las tasas de interés en 2003.

Los efectos de bajar las tasas de interés pueden tardar hasta 18 meses en sentirse sobre la economía real; entonces, los efectos finalmente se vieron en 2004. No obstante, en 2005, tenemos nuevamente una política de alza de corto monetario De hecho, desde fines de 2004, se aplicaron tres incrementos en el corto monetario y en 2005 otros dos. De ahí las elevadísimas tasas de interés; esa es la causa de porque cayó el crecimiento en 2005.

Una estrategia económica alternativa tendría que considerar, en primer lugar, una visión más amplia de la estabilidad macroeconómica: una situación en la cual haya pleno empleo y, en consecuencia, no haya subutilización de la capacidad instalada; que considere no solamente la inflación y el balance fiscal, sino también, por un lado, los equilibrios externos sostenibles en el largo plazo y, por otro, el crecimiento económico y el empleo. Para esto hay que reformar la Ley del Banco de México e imponerle como mandato cuidar no solamente la inflación, sino también el crecimiento económico y el empleo.

Con referencia a la política monetaria, esta tiene dos cometidos contradictorios: uno, el abatimiento de la inflación y, otro, impulsar el empleo y el crecimiento económico. Una buena política monetaria tiene que atender de manera equilibrada los dos objetivos, es decir, si se cae la actividad económica, tienen que bajarse las tasas para cuidar el crecimiento económico; logrando ya el crecimiento económico, tiene que evitarse que se dispare la inflación y guardar un equilibrio entre los dos cometidos. En México, tenemos una ley unilateral y es un problema.

El otro tema es una política fiscal activa que, incluso los países de la OCDE usan, con un techo de déficit fiscal de hasta 3 por ciento. Cuando los afectó la recesión, Alemania y Francia, inclusive, superaron el techo que se había acordado en la Unión Europea, ¿por qué? Porque es más importante la economía real y el empleo que cualquier compromiso, cualquier fetiche de una cierta meta de balance fiscal. Esto es otra cosa que hay que destacar para hacer efectiva la política fiscal.

El Poder Ejecutivo tiene, por un lado, la posibilidad de aumentar los recursos de la inversión pública y, por otro, la posibilidad de utilizar a la Banca de Desarrollo para expandir el crédito y utilizar sistemas de redescuento también para fomentar la expansión del crédito. Suponiendo que hubiera un pleito con Banco de México autónomo, el Poder Ejecutivo tiene en sus manos instrumentos de política económica poderosos, como la política cambiaría.

Si cae la actividad económica y contamos con una política monetaria restrictiva, que sube las tasas de interés, la situación nos llevará a la apreciación del tipo de cambio. Si el tipo de cambio se aprecia, perdemos competitividad en los mercados internacionales y si, además, aumentamos las importaciones de los bienes de consumo, estamos destruyendo cadenas productivas y, en consecuencia, restringiendo las posibilidades y el potencial de crecimiento.

La influencia del tipo de cambio en el crecimiento potencial es enorme, con una política cambiaría activa podríamos, incluso, ampliar el crecimiento potencial de la economía. En los países asiáticos, una de las claves de su éxito son políticas de fuerte depreciación cambiaria. Es el caso de China, invencible en la competencia internacional. En todo caso, esta estrategia, es una tradición en el pensamiento económico asiático.

Robert Mundell estuvo en México en 2002 y recomendaba una política cambiaria activa: “México ya estabilizó la inflación y lo que requiere ahora es crecimiento, y para eso es precisa una política cambiaria que fomente la competitividad de la planta productiva mexicana”. Sin embargo, su discípulo, Francisco Gil, no le hizo caso.

Este instrumento está en manos del ejecutivo. La Comisión de Cambios es integrada, en partes iguales, por miembros del Banco de México y de Hacienda, pero la preside –con voto de calidad– el secretario de Hacienda. Es un instrumento en manos del Poder Ejecutivo, aunque Fox no haya sabido lo que tenía en sus manos, pero sabemos quién es el verdadero presidente en economía en este país.

Para reducir la volatilidad en el crecimiento económico necesitamos utilizar estos tres instrumentos macroeconómicos: política monetaria, fiscal y cambiaría,  para contar con un crecimiento sostenido de largo plazo.

Desde luego, estamos hablando de prudencia en el manejo de todas las variables macroeconómicas. Tenemos la amarga experiencia en América Latina de lo que significan las hiperinflaciones, lo que significan los descontroles en los balances fiscales. La utilización de estas políticas debe hacerse con absoluta prudencia, cuidando el crecimiento de largo plazo, es decir, sin fogonazos de crecimiento no sostenible; para ello, deben manejarse con prudencia los balances fiscales.

Sobre la política cambiaria jamás recomendaríamos una macro devaluación, sino una política más activa, similar a la que hacen nuestros socios del otro lado de Estados Unidos, los canadienses: una política que es, aparentemente, de flotación, pero es una flotación inducida para sostener la competitividad canadiense.

Otro gran tema del crecimiento económico es el desempleo y subempleo en el que se encuentra una gran proporción de la población. Durante la visita de la ex presidenta de Irlanda a nuestro país, ella soltó una frase muy oportuna: “Una nación que aprovecha solamente la mitad de sus recursos humanos, está desperdiciando la mitad de sus posibilidad de generar riqueza”. Es lo que pasa con México, estamos aprovechando menos de la mitad de nuestros recursos humanos; una política incluyente implica incorporar a las responsabilidades, a las tareas del desarrollo, pero también a los beneficios, a la población.

Ciertamente, un cierto nivel de subempleo es parte de un problema estructural anterior al neoliberalismo, pero el neoliberalismo ha agravado espantosamente el problema del desempleo encubierto. Por una parte, la apertura comercial a ultranza, combinada con sobrevaluaciones cambiarias y con el desmantelamiento de las políticas de fomento económico, como el caso del sector agropecuario donde la inversión pública es hoy el 5 por ciento de lo que invertíamos a principios de los años ochenta; mientras, el gasto público en fomento agropecuario es 69 por ciento menor (y si descontamos Procampo, ideado para compensar la caída de los precios, la inversión fue 80 por ciento menor); el gasto en fomento industrial manufacturero es de 1 por ciento, respecto del que teníamos al principiar los ochenta.

No tenemos políticas ni recursos para las políticas sectoriales de crecimiento económico. Esta situación, aunada a la apertura con procesos recurrentes de sobrevaluación cambiaria y desmantelamiento de las políticas de fomento, nos llevaron a la ruptura y pérdida de cadenas productivas. Algunos eslabones han desaparecido completamente y por esto el crecimiento del componente importado. Por su parte, la maquila funciona como una suerte de economía de enclave donde, de hecho, no hay operaciones de comercio, no hay actos de compra-venta, están falsamente en el comercio con sus transacciones intrafirma.

Esta industria subcontratista, que no es maquiladora formalmente, cada vez más está ocupando el lugar de la industria maquiladora. En consecuencia, esto genera una desvinculación creciente entre la economía de mercado interno y la economía de exportación; también, una profundización de la brecha tecnológica y caída de la productividad en los distintos sectores y ramas de la economía mexicana; además, trae consigo una escasez generación de empleos en el sector formal y subempleo o desempleo encubierto. Esta es la clave del ensanchamiento de las desigualdades, porque no es solamente la baja tasa de crecimiento económico, sino también la desigualdad que se profundiza entre regiones y sectores productivos.

Una buena política alternativa, considera estas políticas de fomento económico que amplíen y mejoren la infraestructura –aquí tenemos problemas de competitividad también por el lado de la infraestructura, a causa de esta caída enorme del gasto– y de impulso al desarrollo sectorial.

Si actuamos con una visión de Estado, tenemos que ver más allá –el estadista es el que ve más allá de una generación y el político está pensando nada más en el 2006; necesitamos actuar sobre nuestras prioridades: queremos ser un país de primer mundo, en consecuencia, tenemos que contar con industrias de primer mundo: una industria electrónica, una industria de máquinas herramientas, una industria química, petroquímica, etcétera. Tenemos recursos escasos, entonces los aplicamos sobre los objetivos prioritarios del crecimiento económico.

Otra línea de trabajo consiste en no quedarnos en un planteamiento pedestre, en un planteamiento anticuado; debemos aprender algo de los milagros nuevos económicos en el mundo, como India. Hay que atender las industrias de alta tecnología.

Hace varios decenios había la falsa hipótesis de que las industrias de alta tecnología requerían mayor capital por hombre ocupado; pues resulta que no es cierto. Hay industrias tradicionales que tienen más densidad capital por hombre ocupado, una de ellas es la textil. Por eso, es que India ha conseguido el éxito en industrias de alta tecnología, miremos para allá.

Para elevar el ingreso necesitamos elevar la productividad. En este sentido, se requieren políticas educativas de desarrollo científico-técnico, capacitación laboral e inducción de la innovación, que contribuyan a la elevación general de la productividad y favorezcan la creación y el desarrollo de industrias del conocimiento.

* Ponencia presentada en el foro temático “Desarrollo sustentable, crecimiento, empleo y política laboral”, dentro del programa “Hacia un proyecto de nación rumbo al 2006. Debate de la Plataforma Electoral”, organizado por la Comisión para elaborar la Plataforma Electoral 2006 del PRD, realizado el 11 de septiembre de 2005 en Acapulco, Gro.
* El autor es investigador titular y coordinador del Departamento de Análisis de Coyuntura y Prospectiva del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. Es colaborador de El Universal y autor de varios libros, entre ellos: México más allá del neoliberalismo, Opciones dentro del cambio global.