Estabilidad y eficiencia: bases del desarrollo*

Etelberto Ortiz Cruz**

Son cuatro los elementos centrales de la definición del desarrollo sustentable: uno, es la agenda del cambio estructural; todos los días se nos bombardea de que urgen cambios estructurales y no es evidente que pasa con eso. Un segundo tema, lo defino como el de la necesidad de una institucionalidad eficiente. En el tema fiscal deben considerarse dos aspectos: uno, el de los déficit privados y otro que plantea  una  nueva  estructura  fiscal.

Entonces, el primero es un elemento de contexto. ¿Cuál es el problema? México ha pasado históricamente por una gran transformación estructural y podríamos hablar de transformación estructural eficiente, por ejemplo, la que se genera en el periodo posrevolucionario: una gran cantidad de transformaciones institucionales que permitieron generar un ámbito de desarrollo y crecimiento incluyente, dando lugar a muchas posibilidades, expresadas, desde 1922, en tasas de crecimiento promedio  de  seis  por  ciento.

Hay muchos argumentos sobre qué pasó, pero el argumento que me parece que explica mejor la crisis de los ochenta es que se crearon una serie de estrangulamientos estructurales a los cuales no se supo dar una respuesta adecuada en el momento. Tardaron cuatro o cinco años, con un estancamiento feroz y una crisis terrible, para generar una respuesta. No obstante, la respuesta que se generó, llamada neoliberalismo, probablemente no ha sido la más eficiente  ni  la  mejor.

Lo que es importante es reconocer es que la agenda de cambio estructural quedó establecida desde entonces. Los temas dominantes de ese proceso de cambio estructural, giran alrededor de tres o cuatro ideas: la urgencia de realinear el aparato productivo con la economía internacional, a través de un cambio brutal en la política comercial y en toda la política industrial con un gran propósito: hacer crecer la productividad del trabajo y generar industrias exitosas que estarían bien eslabonadas con la economía mundial. La presunción esencial de ese modelo es que esas industrias exitosas ejercerían un poderoso efecto de arrastre sobre el resto  de  la  economía.

Lo que sabemos es que esas industrias que se han generado han hecho que las exportaciones manufactureras aumenten del cinco por ciento del PIB, en 1980, al 35 por ciento del PIB, en 2000. Después han disminuido con la recesión en Estados Unidos, pero eso se vería como un gran éxito de esta faceta del cambio estructural.

Un segundo elemento que estaba en esta agenda era hacer crecer el ahorro y la inversión. Se ha plasmado en los planes nacionales de desarrollo que el país tendría que tener una tasa de inversión del 25 por ciento del PIB, con un ahorro interno del 25 por ciento del PIB, lo cual permitiría crecer un ritmo de cinco por ciento. Lo cierto es que esta tasa de ahorro parece ser que es una de las víctimas del proceso, porque la forma en que se imprimió esta política de estabilización ha significado sistemáticamente la destrucción del ahorro  interno.

¿A que se refiere la institucionalidad eficiente? A controlar el déficit público. Se persigue una política de déficit público cercano a cero o muy baja con base en una política de estabilidad; sin embargo, lo cierto es que desde 1988 hemos visto ya dos impactos severos, que provocan una caída  sistemática.

El ahorro interno es otro elemento. Queremos aumentar el ahorro interno subiendo la tasa de interés. Falso, sube el ahorro externo, desplaza al ahorro interno, que se destruye en términos financieros y en términos reales, y lo que tenemos es un estrangulamiento creciente de familias y empresas.

Se quiere reducir la cantidad de pobres y lo que se ha creado es una gran fábrica de pobres. Se quiere hacer crecer la productividad del trabajo y lo que se está haciendo es estancar y polarizar la economía. Esta polarización impide una capacidad de respuesta productiva y –por tanto fiscal– en el ahorro del resto de la economía.

Se quiere conseguir la estabilidad con base en la independencia del Banco de México. La presunción es que si se le quita esta gran polea de transmisión de ahorros al gobierno, entonces el banco será muy eficiente para controlar la inflación. Lo que hemos visto desde que se establece esto son dos grandes episodios: uno, crítico, que reventó todo el sistema bancario y los capitalistas mexicanos perdieron el sistema bancario y, otro, un estancamiento muy importante de 2000 a 2003 por la incapacidad financiera y de intervención del gobierno  mexicano.

Pareciera ser que estamos frente a una manera de pensar el cambio estructural y la economía que supone que la política monetaria no ejerce ninguna incidencia en el lado real y como si la economía real pudiera funcionar de manera independiente de  la  política  monetaria.

Evidentemente, esta es la visión de los nuevos clásicos, la visión ortodoxa por excelencia, pero en la medida que esto predomina pareciera ser que la idea por el cambio estructural se quedó en los ochentas. Es insoportable escuchar a Fox afirmar que sus cambios estructurales van a sacar al país del atraso. Es la tontería más grande que pueda existir, porque nos está hablando de la agenda estructural que se planteó en los ochenta, como si nada hubiera pasado en estos 20 años; lo que ocurrió en estos 20 años es algo que los neoliberales no entienden  y  es  que  el  país  cambió.

No cambió como ellos decían que iba a cambiar, en la dirección de potenciar un nuevo proceso de crecimiento; lo que tenemos ahora es una tasa promedio, que no pasa del tres por ciento y está estructuralmente determinada; no pasa de ahí bajo ninguna  circunstancia.

Cada vez que se trata de invertir más del 20 por ciento del PIB, la economía entra en crisis, de un tipo o de otro: revienta el sistema financiero o viene un problema en la balanza de pagos que se ha vuelto inmanejable y, justamente, este era uno de los propósitos de la política de independencia del Banco Central. De esto se habla poco, pero el propósito esencial de la independencia del Banco Central era la presunción de que el manejo de conjunto de política monetaria y política fiscal sería prácticamente terso, sin ningún problema de ciclo o de contradicción, aunque comienzan a formarse una caja de resonancia entre el Banco de México y la Secretaría de Hacienda, que no es la primera vez que ocurre, con las severas contradicciones en la forma en que se plantea esta relación. Este me parece que es un caso muy claro de una forma institucional esencialmente deficiente: no permite resolver el problema fiscal ni el problema de estabilización.

No me extrañaría que se quisiera insistir en la idea de una ley que prohíbe los déficit, pero eso es la estupidez más grande el planeta. Los déficit no se generan porque se quiera, ocurren porque hay elementos estructurales que los determinan y es lo que no está hoy en día en la agenda de política económica: entender, atender y resolver estos problemas estructurales  de  la  economía.

El primero a resolver, a mi juicio el más importante, es el de la transformación productiva que realmente ha ocurrido. La economía se ha fraccionado en cuatro o cinco sectores productivos. Existe un sector industrial que equivale aproximadamente al siete u ocho por ciento del PIB industrial, que son los líderes exportadores, pero este sector no provee más allá del 2.5 por ciento del PIB. El 35 por ciento de las exportaciones de las maquiladoras no generan más allá del dos y medio o tres por ciento del PIB; entonces, este es un éxito exportador ficticio y, cada vez que queremos hacer crecer el resto de la economía, las importaciones se lo tragan.

Para crecer, tenemos que considerar a ese otro sector industrial que quedó fuera del proceso, aquellos que no son los líderes, que generan una proporción cada vez menor del PIB, una parte de la economía que se ha ido reduciendo y con ello su capacidad de generar empleo. Sin embargo, ese sector que atiende esencialmente al mercado doméstico no puede crecer, debido a las condiciones de la política comercial y por la falta de una política industrial más inteligente.

El sector servicios, con una gran relación con el mercado doméstico (cuyos precios dependen de la tasa de cambio) con una tasa de cambio sobrevaluada este sector no puede crecer y no puede hacer crecer su productividad.

Hay un sector primario que no se mueve en consonancia con el resto. Pareciera ser que no hemos entendido que una de las políticas esenciales de desarrollo, es atender –algo que sí están haciendo estos sectores– la generación de estrategias propias. En el sector primario, la economía campesina está generando estrategias de supervivencia que serían un canal básico para hacer crecer el producto, la ocupación, el ingreso y generar menos  migrantes.

Algo que no ocurrió, como lo recomendaba el Banco Mundial fue una reforma fiscal, y esto es muy interesante porque la economía mexicana encontró una especie de droga que le impide hacer una reforma fiscal:  los  ingresos  petroleros.

México, podía levantar entre 15 y 16 por ciento del PIB en ingresos tributarios en el año 1973-1974, hoy no pasan del 9.5 por ciento. Entró el petróleo y hubo un intercambio; la tributación cambió totalmente. Desde entonces, se han hecho cuatro planteamientos importantes de reforma fiscal: uno tuvo cierto éxito en 1992-1993.

Otro problema que incide sobre el problema fiscal es el problema de los déficit privados. Son situaciones que se generan desde el lado de las decisiones privadas de formación de precios o inversiones que, en lugar de generar ganancias, generan pérdidas de una forma directa o de una forma indirecta; por ejemplo, empresas que fueron privatizadas y que regresan a manos del Estado. La industria azucarera ha sido privatizada tres o cuatro veces, por lo menos, y es un negociazo. El negociazo parece que no es producir azúcar, sino dejar caer a la industria y después vendérsela al gobierno.

Como este, conocemos una larga cadena de casos, donde destaca el del sector bancario. Todo esto genera un déficit que no se quedan en el lado privado, sino que se vuelve deuda pública. Esta ha sido una constante y resulta que en la agenda de política pública no tenemos ningún elemento para frenarlos ni para parar los abusos que se cometen. Hay una evidente  irresponsabilidad  con  esto.

Si atendemos la agenda del cambio estructural, en términos estrictos, resulta que el déficit de balanza de pagos, que en el pasado se consideraba un fenómeno que impactaba a toda la economía, ahora tendríamos que decir que el déficit de balanza de pagos es un déficit privado por una sencilla razón: bajo el enfoque de la política monetaria neoliberal, las entradas y salidas de capital no tendrían que ser atendidas como un fenómeno de política pública, esto es una loquera verdaderamente. Pero el impacto neto de los déficit en balanza de pagos creados por las entradas autónomas de capital, que obligan a revaluar la moneda, generan un incremento en el déficit de balanza de pagos. Ese déficit en la balanza de pagos, si bien puede ser atendible temporalmente con deuda privada, no olvidemos que en cada uno de los shocks que hemos sufrido (1976, 1982-83, 1988 y 1995) esa deuda privada se convirtió en deuda pública.

En términos del gasto total, el consumo público, en 1980, era de alrededor del 12 por ciento del Producto Interno Bruto, promedio bajo para cualquier estándar de países de nivel de ingreso equivalente. Hoy es el 9 por ciento del PIB. Hemos visto una caída sistemática durante todo este periodo. En términos de inversión pública, ésta cayó de niveles de 6 o 7 por ciento del PIB hasta niveles de 2 y 2.5 por ciento del PIB. Este es el ajuste real en términos del gasto base, con el cual el sector público se presume estaría atendiendo a una agenda de desarrollo. Evidentemente, lo que ha ocurrido es que esa agenda del desarrollo se ha cancelado.

Tenemos que recuperar una agenda del cambio estructural muy clara. El país, tanto el sector privado como la clase trabajadora, no tiene perspectivas bajo la actual agenda. El gobierno no tiene instrumentos para actuar bajo esta visión de sector público; la idea es que el mercado –eventualmente– lo va a hacer. En ningún país desarrollado el mercado lo hizo y no tiene por qué hacerlo. No sólo es una fantasía, es una tontería.

¿Cómo se articulan estos elementos desde una institucionalidad eficiente? Desde el punto de vista de una política industrial, no podríamos tener capacidad de respuesta, si no se reconoce la complejidad de la relación que necesita un sector productivo eficiente, con capacidad de crecimiento y que genere elementos propios de desarrollo, relacionados con tecnología, capital humano, educación, pero también con una política deliberada de reestructuración del entramado comercial productivo interno. No hay manera de hacerlo sin una política explícita que evite todas estas quiebras en los eslabonamientos  productivos.

¿Dónde encontraría yo en este momento los elementos críticos para el desarrollo? Creo que hay un gran lío en el sector financiero. No sólo se perdió la propiedad, se perdió la capacidad de incidir en las políticas de los bancos; de esto se ha hablado poco. El arreglo institucional que quedó con la privatización de los bancos y después el traspaso a las empresas internacionales, es que ahora el Banco de México y la Comisión Nacional Bancaria tienen menos instrumentos para obligarlos a generar crédito.

Esto se funda, por cierto, en una situación perversa. El mejor negocio hoy en día para los bancos es manejar deuda pública interna y es un negocio sensacional. No hay negocio con menos nivel de riesgo que manejar hoy en día la deuda pública interna; por eso, los bancos no tienen que meterse en esta cosa de prestar a empresas,  eso    es  un negocio  riesgoso.

Esto, está generando una de las figuras  más  perversas  del  asunto.

Tenemos un sector financiero que nos cuesta, porque Fobaproa cuesta, y todo el proceso de hacer flotar al sector financiero nos está costando y nos va a seguir costando, para que presten un modesto 16 por ciento del PIB, cuando antes de la reforma prestaban el 60 por ciento del PIB. Esto yo lo llamo una brutal regresión del sector financiero, que obliga a una intervención pública muy consistente  y  drástica.

No podemos estar pagando, porque, al final de cuentas, viven de un subsidio también, esto es otra forma de déficit privado, un subsidio, y resulta que no sirve a su propósito esencial que era generar crédito y con ello apoyar el proceso de inversión.  Esto  es  esencial.

Esta relación perversa del déficit público tiene que canalizarse de otra forma y no hay manera de reducirlos si no contamos con una reforma fiscal, pero nada de esto puede ocurrir si el Banco de México sigue persiguiendo e impone como principio de política, incluyendo a la política fiscal, esta persecución de una estabilidad verdaderamente curiosa, estabilidad de precios, cuando tenemos una acumulación de desempleo, no sólo de desempleo de trabajadores, sino también de desempleo de capacidad instalada en las empresas. Esto genera un ambiente de recesión, que no  es  propicio  para  el  crecimiento.

La libertad del Banco de México le resulta genial, hace lo que le da la gana y probablemente es la entidad con mayor poder político sobre las políticas públicas. Son independientes, pero el país no es independiente de lo que hace el Banco de México: creamos una entidad que nos gobierna, esto es lo real, el gobierno económico emana esencialmente del Banco de México, pero resulta que nadie gobierna al Banco de México. Me parece que esta situación genera una de  las  formas  de  tiranía  más  graves.

Es una tiranía en el sentido de que impone una conducción de la economía, sobre la cual no tenemos ninguna capacidad para incidir nosotros. Nuestro voto no tiene posibilidad alguna. La situación no se reduce al hecho de que el Banco Central no está comprometido con los problemas de regulación sobre el crecimiento, es mucho más profundo que esto. Las políticas del Banco Central marcan quiénes son los sectores ganadores y quiénes son los sectores perdedores, porque la combinación tasas de interés-tasas de cambio marcan quiénes ganan y estos sectores ganadores, los líderes exportadores, pueden seguir siendo ganadores en medio de una economía en el estancamiento, en el atraso  y  la  miseria.

Finalmente, política fiscal. La verdad es que vivimos una regresión fiscal desde los años setenta. Tenemos que resolver el problema Pemex-impuestos. No se trata sólo de salvar a Pemex, se trata de que el país tenga una vía de solución; necesitamos  una  reforma  fiscal  en  serio.

Hay muchas vías: una, efectivamente, son los impuestos locales, esto es cierto, pero creo que no podríamos obtener un avance consistente si no se cierran las “n” fugas posibles legales para evasión fiscal, que son impresionantes. Los regímenes de excepción no son la excepción, son la regla.

Bajo esa condición lo que vemos es uno de los problemas más graves. El Estado es incapaz de negociar eso frente a la iniciativa privada, y una reforma fiscal se dice fácil, pero en los últimos 30 años ha habido cuatro intentos, tres fracasados. Entonces eso creo que nos pone un elemento clave que nos dice frente a esto, se requiere un gran capital político para poderlo  enfrentar.

* Ponencia presentada en el foro temático “Desarrollo sustentable, crecimiento, empleo y política laboral”, dentro del programa “Hacia un proyecto de nación rumbo al 2006. Debate de la Plataforma Electoral”, organizado por la Comisión para elaborar la Plataforma Electoral 2006 del PRD, realizado el 11 de septiembre de 2005 en Acapulco, Gro.
** El autor tiene una maestría en Economía con especialidad en Macroeconomía y Crecimiento Económico de la Universidad de Manchester, Inglaterra y es doctor en Ciencias Económicas por la UAM, donde es académico. Tiene más de 50 artículos publicados y alrededor de 70 conferencias y ponencias.