Regresar al multilateralismo*

Hermilo López Bassols**

 

T odos los esfuerzos por reflexionar y enriquecer nuestra política exterior permitirán contar con un marco de acción programático para la reivindicación de una de las mayores responsabilidades del Estado mexicano que, desde tiempo atrás, no ha podido reencontrar la senda gloriosa alcanzada en Ginebra, Chapultepec, San Francisco, Punta del Este o Nueva York. 

La reforma de las Naciones Unidas ha sido un esfuerzo privilegiado de varios países del mundo por poner orden en una organización cuyas limitaciones identificamos, pero cuyos éxitos estamos obligados a reconocer. 

Los obstáculos a vencer son inconmensurables, pero entre los más grandes está la pérdida de control sobre algunas naciones como Estados Unidos, con una vocación bélica y expansionista. 

No es posible que si una potencia considera que en algún país existen armas de destrucción masiva, suponiendo que pueden ocultarse con facilidad, distribuirse de manera encubierta y utilizarse sin previo aviso por parte de cualquier “Estado del mal”, entonces se justifique una acción preventiva sin límites. 

Esto continuará sucediendo mientras no se amplíe la extensión del concepto terrorista a los Estados –no sólo a grupos o individuos aislados–; mientras se diga que en aras de la democracia puede justificarse el cambio de régimen y que las democracias no luchan entre sí; mientras se sostenga que el cambio de régimen genera un contagio democrático en la región donde se impone, y mientras la democracia impuesta sea el camino para la privatización de los mercados y la importación de instituciones modelando al resto del planeta a su imagen y semejanza. 

El fin de la Guerra Fría dejó una súper potencia con un poder militar y económico inigualable, que puede hacer prevalecer sus intereses en cualquier parte del globo sin resistencia alguna. Esto continuará sucediendo mientras las acciones cometidas por los Estados para erradicar ese Estado de terror sólo son juzgadas y sancionadas por tribunales castrenses norteamericanos y no se reconozca –al fin ya México lo hizo– la jurisdicción de la Corte Penal Internacional; mientras, se sostenga que Estados Unidos no sólo debe ser el policía del mundo, sino la luz y guía dentro de un orden internacional benevolente; mientras se sustente la supremacía sin rival, convirtiendo a EU en la única potencia mundial que dicta e impone el derecho y la economía, sin sujeción a otro poder, con constantes desprecios a las Naciones Unidas a la que no oculta los juicios más ofensivos: “le quitamos 10 pisos a Naciones Unidas y no pasa nada –dice burlonamente el representante permanente de EU ante la ONU– quien, además, no cuenta aún con la ratificación del Senado. 

Mientras se considera que Iraq es solamente el primer desafío importante del siglo XXI, no un hecho aislado, y que se proseguirá con el rediseño del mundo; y mientras se diga que a los terroristas hay que atacarlos antes de que asesten un nuevo golpe, así como a los que poseen armas de destrucción masiva y contra quienes se justifica la guerra preventiva (a la que debemos oponernos), EU se sostiene en su unilateralismo, justificado para proteger sus intereses nacionales. Se dice que los estadounidenses son multilaterales por pragmatismo o conveniencia, pero no por convicción como los países de la vieja Europa. 

Por ello, es posible pensar que el próximo ejercicio de reforma de las Naciones Unidas será vano e inútil. Pese a la riqueza del pensamiento, la profundidad del análisis y las metas señaladas para 2015-2020, hoy el mundo no podrá convalidar un documento de  la envergadura de la Declaración 2005, presentada por Gavonez Pink, presidente de la Asamblea General, pues habrá un gobierno (EU) que impedirá reformar a la organización que a 60 años de su creación sufre la crisis del tiempo y de los cambios de la historia.

Debemos mantenernos alertas sobre algo que sucederá inexorablemente: el proceso de reforma de Naciones Unidas, cuyas metas son factibles si hay voluntad política de los Estados, como lo establece la carta de respuesta a la Declaración 2005, hecha por el Grupo de los 15, extraña mezcla de países desarrollados donde se encuentran incrustados tres latinoamericanos: Chile, Colombia y México, un país africano, Kenia, los demás europeos y dos de Oceanía. 

Esta posición, ¿reflejará verdaderamente la voluntad opositora al imperio? ¿Hasta qué punto podrá imponer su voluntad el presidente Bush después de Katrina y de la guerra secreta en Iraq donde han desaparecido 800 mil millones de dólares en manos del virrey Bremen y su gabinete? ¿Hasta qué punto la opinión pública opuesta a la guerra –manifestada en todas las calles del mundo– y al costosísimo mantenimiento del segundo protectorado de este siglo, hará reflexionar a esa hiperpotencia? No lo creo. 

Sin embargo, pienso que el gobierno mexicano, el que se instituya en la próxima administración, tendrá que sostener su política exterior, fundamentalmente, en el multilateralismo. Esa ha sido la opción histórica de México. Atendimos el llamado de Simón Bolívar y estuvimos en Panamá; aunque fracasó don Lucas Alamán en Tacubaya, buscamos concertar entendimiento con Manuel Doblado al enviarlo con los comisionados que agredían al régimen legítimo de Juárez; sostuvimos en el pensamiento de Isidro Favela y en la palabra de Venustiano Carranza el principio de la no intervención, a la cual se oponen los que ahora sostiene una nueva Carta para las Naciones Unidas. 

Desde entonces, hemos tenido una historia rectilínea, que se refuerza con la defensa de Etiopía en África. En América Latina, a través del Grupo Contadora, también se ha buscado la fórmula para encontrar satisfactoriamente la solución al conflicto migratorio, aunque no la solución a la migración centroamericana que sufre peores oprobios que los que nosotros practicamos en la frontera norte, donde nuestra propia policía –y lo constaté con Jorge Bustamante, al cruzar la frontera– persigue a los ciudadanos mexicanos en violación a la Constitución. 

El multilateralismo mexicano es la llave fundamental de acción de la política exterior de México; sólo así podremos atacar el problema migratorio. Mientras la discusión sea bilateral, siempre habrá un hegemón que impondrá sus determinaciones a capricho o, simplemente, se ausentará de la mesa y se levantará con la enchilada. 

Es indispensable que México recuerde cuando modificó el artículo 89 constitucional y agregó algunos principios básicos de la política exterior y los derechos humanos; dichos principios deben tener carácter rector en la Constitución sobre solución de controversias, no uso de la fuerza, proscripción de las armas, y ser el marco jurídico de acción del Estado mexicano. Sobre eso tiene que volver necesariamente nuestro gobierno. 

Finalmente, creo que es indispensable que México recapacite lo hecho en la materia, porque no hay desarrollo si no hay una identificación con la política exterior. Nuestro pueblo se mostró en las calles en el Zócalo, entregando su patrimonio para sostener la expropiación petrolera y el crimen que se pretendía hacer desde Europa, porque sentimos que ese patrimonio es nuestro y no hay reformas, no hay puertas abiertas para eso. “El petróleo lo escrituró el diablo –dice López Velarde– para el pueblo mexicano”. 

Se requiere una política de Estado esencial, dialogada, consensuada, pero sustentada por hombres que tengan experiencia, por hombres que hayan dedicado su vocación de vida a una causa. Han sido vidas entregadas a la mejores causas de México; han sido –como decía Genaro Estrada– vidas en la lucha, en la primera trinchera de los intereses mexicanos. 

Es necesaria una reivindicación del profesionalismo del Servicio Eterior Mexicano. No podemos permitir cuotas en nuestra casa, no podemos aceptar intrusos de otras instituciones, cuyos propósitos pretenden destruir la identidad mexicana en la casa sagrada de Tlatelolco, que hoy por cierto ya se traslada. Si no regresamos al profesionalismo, si no recordamos a nuestros maestros, si no releemos a Isidro Favela, si no estudiamos a Narciso Bassols, si no entendemos a Luis Padilla Nervo, si no sabemos quién fue el premio Nóbel Alfonso García Robles, si no sabemos cómo gestamos nuestra lucha, no tenemos pasado. Pueblo que no tiene pasado, no tiene memoria y no tiene derecho a subsistir. 

Tenemos el compromiso, principalmente los profesionales del Servicio Exterior Mexicano, de sostener esta lucha: ¿México o una colonia?

 

* Ponencia presentada en el foro temático “Globalización, integración regional y soberanía”, dentro del programa “Hacia un proyecto de nación rumbo al 2006. Debate de la Plataforma Electoral”, organizado por la Comisión para elaborar la Plataforma Electoral 2006 del PRD, realizado el 10 de septiembre de 2005 en Acapulco, Gro.
** Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México.