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Calentamiento
global, conflictos hídricos y mecanismos de resolución Úrsula Oswald
Spring* El consumo del agua en el mundo
se ha duplicado durante los últimos 20 años, y durante el siglo pasado
la población se ha triplicado y el consumo del agua ha aumentado seis
veces. La disponibilidad de agua está declinando en el mundo a raíz del
crecimiento poblacional, los cambios en los hábitos higiénicos, la urbanización,
los procesos productivos y el cambio climático. Esto genera presión sobre
el uso y la contaminación del vital líquido, a la vez que las condiciones
naturales que proveen el ciclo hídrico están deterioradas por procesos
antropogénicos. La mayoría del territorio de América Latina cuenta con
ecosistemas semiáridos, lo que se torna más complejo cuando se incluyen
los fenómenos macroeconómicos de la globalización, la disparidad social,
la apropiación desigual de los recursos y gobiernos débiles e incapaces
de mediar entre los diferentes intereses con el fin de garantizar a todo
ciudadano un mínimo de agua potable de entre cinco y 120 litros para sus
necesidades productivas e higiénicas. El presente trabajo analiza, primero,
los conceptos de seguridad humana y ambiental, los conflictos, los riesgos,
los peligros la vulnerabilidad social y la resistencia que crea la gente
ante escenarios adversos de falta, exceso y contaminación del agua. En segunda instancia, revisa los
peligros y riesgos hidro-meteorológicos que
existen el país y los relaciona con aquellos generados por la pobreza
y la marginalidad. Después, ejemplifica, en el caso del conflicto entre
Estados Unidos y México, un modelo de hidrodiplomacia
que intenta resolver de manera no violenta las tensiones entre ambos países
ante un recurso crecientemente más escaso. Este modelo se puede aplicar
en los múltiples conflictos hídricos existentes en el país. Algunos acercamientos conceptuales Los conflictos son motores que mueven
el mundo. En cualquier relación humana o social se presentan; lo negativo
es su salida violenta. En la teoría del manejo de los conflictos existen
diversas vías: pueden resolverse social, política o técnicamente. Frecuentemente,
se posponen, se transforman, se manipulan o su resolución se administra
en pequeñas dosis; finalmente, existe la posibilidad de resolverlos a
fondo. Beck (1998) postula en el mundo posmoderno
dos árbitros especializados en resolver conflictos: primero, las empresas
transnacionales, quienes cuentan con la disponibilidad financiera y técnica
para emprender grandes proyectos y llevar a cabo investigaciones complejas;
frecuentemente, se alían con los gobiernos nacionales, a través de los
organismos multilaterales como el Banco Mundial, el BID, el FMI y la OMC.
Los segundos árbitros son los peritos especialistas, científicos o tecnólogos.
Ambos entes se complementan y se refuerzan en la elaboración de sus dictámenes,
los cuales son inapelables, dado que ningún particular o país pobre cuenta
con los recursos financieros y tecnológicos para cuestionar su arbitraje.
Por lo mismo, Margreth Thatcher
acuñó el término “There is no alternative” (TINA: no hay alternativa, Mies, 1998). En la posmodernidad,
la agudización de la desigualdad social en el ámbito geográfico (Norte-Sur;
rural-urbano) y en el social (pobres-ricos; dueños-desposeídos) ha agudizado
las contradicciones y ante una creciente escasez de recursos y la incapacidad
del Estado de mediar entre las fuerzas sociales y garantizar a los marginales
un mínimo necesario, surgieron los debates acerca de la ética de la igualdad
social, la equidad de género y los derechos humanos básicos como derechos
inalienables de la vida, garantizados a cualquier persona en el planeta.
No obstante, este acercamiento individual y eurocéntrico
no entiende los derechos comunitarios ancestrales y con ello generaliza
la lógica del valor de cambio al negar la
del valor de uso, que ha funcionado
–y sigue parcialmente funcionando– en todas la sociedades tradicionales. Para contrarrestar dichas contradicciones
y atenuar los conflictos, los organismos de las Naciones Unidas han desarrollado
nuevos conceptos de seguridad, más allá del militar. La seguridad humana se fundamenta en la Declaración
Universal de los Derechos Humanos (10 de diciembre de 1948), donde se
agruparon todos los derechos establecidos con anterioridad, además de
proponer nuevos como el derecho a un adecuado nivel de vida, la educación
y un entorno sano. Estos derechos humanos son globalmente entendidos como el derecho
a la vida. El 23 de marzo de 1976 se instituyó el Tratado Internacional
sobre Derechos Civiles, donde se añade el derecho a la no discriminación
y la propuesta de la Cumbre de Río amplía el marco hacia los derechos
de tercer nivel, cuando afirma que “los seres humanos constituyen el centro
de las preocupaciones relacionadas con el desarrollo sustentable. Tienen
derecho a una vida saludable y productiva, en armonía con la naturaleza”
(ONU, 1992, Río de Janeiro). Este conjunto de derechos y valores se afianzó
en la Cumbre sobre Desarrollo Sustentable en Johannesburgo (2002), donde
el agua se convirtió además de vital líquido, en un tema ético y de preocupación
por la equidad de género (Aureli y Brevet, 2004:
5). A su tiempo, la evolución del concepto
de seguridad humana muestra
que el desarrollo mundial ha adquirido una creciente complejidad (Küng y Senghaas, 2003) y conflictividad
(Salinas y Oswald, 2003; Kaplan,
2003) y aunque los procesos de globalización han homogeneizado las comunicaciones
(Castells, 2002, Habermas, 2001), los flujos
financieros (Mesjasz, 2003), las relaciones
comerciales (Solís y otros, 2003) y las culturales (Chomsky,
1998; Arizpe, 2004), hay simultáneamente un renacimiento de visiones regionales
que defienden el agua como don de la naturaleza (de los dioses), vinculadas
a la cosmovisión, los ritos y la vida (Shiva,
2003). Estos procesos reflejan también los antagonismos ideológicos del
libre mercado, donde se promueve una competencia a ultranza, privatizaciones
con afán de lucro, desregulación sin leyes ni control, libertad de acción
sin principios éticos y donde la privatización del agua pretende resolver
la escasez física y económica del recurso, al privilegiar la maximización
de ganancias, lo que ha afectado sobre todo a las comunidades más empobrecidas
por los deterioros creados en la infraestructura y los altos precios,
a raíz del establecimiento de monopolios y oligopolios transnacionales,
con enorme capacidad financiera, pero poca ética en su actuar (Oswald,
2001). La falta de reglamentaciones, leyes y sistemas de sanciones globales
arrojaron corrupción, ineficacia y falta de ética en el manejo de las
privatizaciones, y representan amenazas más allá del terrorismo que deterioran
la economía y el bienestar de todos los sectores sociales. La herencia
de este modelo de capitalismo tardío (Habermas,
2000), produjo una concentración de ingreso y bienestar en manos de unos
pocos (física y políticamente apoyados por gobiernos, militares y élites
en los países pobres)1. En esta coyuntura compleja se gestó
el concepto de seguridad ambiental
(ONU, 2002; Matthew y Gaulin,
2002; Brauch, 2004a/b y 2005a/b). Inició con
el Informe Brundtland y se consolidó a partir
de la Cumbre de Río en 1992 y de Johannesburgo en 2002. Miedos, nuevas
amenazas por desastres naturales, urbanización caótica, accidentes con
productos industriales tóxicos y violencia doméstica y criminal produjeron
cambios paradigmáticos en la visión del mundo, al intentar explicar las
nuevas circunstancias. Destacan los cambios en el entorno natural (calentamiento
global, desertificación, hoyo en la capa de ozono, contaminación de mares,
ríos y lagos); en el social (pobreza, criminalidad, exclusión social,
desigualdad, individualismo y competencia); en el político (división de
poderes, Estado de derecho, democracia electoral, legítimo ejercicio de
la violencia, gobernanza, terrorismo, guerrilla, resistencia); y, en el
cultural (consumismo, ideología del mercado, marcas, modas, pérdida de
la diversidad cultural y de las lenguas autóctonas). Obligaron a científicos
y políticos a ampliar la visión pesimista del mundo, donde la paz se definía
como ausencia de guerras y donde el ejercicio unilateral de la fuerza
física garantizaba la permanencia en el poder. A raíz de las derrotas
de Estados Unidos en Vietnam y de Rusia en Afganistán, la definición de
Roosevelt, retomada por Wolfers
(1962), de paz positiva –“estar libres de peligros y de miedos”– recibe
una creciente aceptación y suplanta la negativa: “estar libres de guerras”.
Al profundizar en los riesgos, Beck y Giddens insistieron en la libertad ante riesgos posibles (freedom of risks) y Bogardi y Brauch (2005) y Brauch (2005a) introdujeron
“la libertad ante amenazas de desastres” (freedom of hazards),
al incluyir los peligros objetivos y subjetivos. La interrelación entre seguridad
humana y riesgos ambientales llevó a diversos autores a profundizar en
el concepto de seguridad ambiental.
De un primer proceso, donde se relacionaban los conflictos ambientales
por escasez con salidas violentas (Gleick, 1993
y 2001; Biswas, 1999 y 2004), surgieron los análisis que vinculaban
el creciente deterioro a soluciones técnicas y acuerdos políticos. Los
primeros, llamados cornupcianos
(CNA, 2004; Gleditsch, 2001, Banco Mundial;
Lomberg, 2002) confían en métodos baratos para desalinizar
agua del mar y así resolver los problemas de escasez, dado que 96.5% del
líquido se localiza en los océanos. Están interesados en tecnologías de
punta2, como la generación de hidrógeno a partir de la energía
solar, que permitiría crear fuentes energéticas gigantescas casi inagotables;
en nano y biotecnología, para remediar de manera
segura y a bajo costo las aguas servidas o contaminadas. Los segundos, los políticos (Selby, 2003; Kipping y Lindemann, 2005; Gleick, 2001) son
menos optimistas y enfatizan que es imperante tomar en cuenta en los problemas
de distribución del agua, los intereses de grupos específicos y el deterioro
físico en cuencas internacionales, resultado de una creciente contaminación.
Este tipo de problemas no puede resolverse en el marco institucional de
países soberanos y se requieren políticas y negociaciones específicas,
donde las naciones vecinas encuentren ventajas colectivas para llegar
a arreglos amistosos y por consenso (Oswald,
1999). Brauch3 (2003) inició una tercera fase
al analizar los factores estructurales –demanda y oferta del vital líquido–,
revisó los efectos de los cambios climáticos e incluyó las repercusiones
de guerras en los ecosistemas y el entorno natural. Por su parte, Schwartz (2002) interrelacionó los factores socioeconómicos
con el estrés ambiental y sus salidas violentas; Bohle
(2002) elaboró un esquema que vinculaba la seguridad humana con la globalización
y el grupo de Suiza (Bächler et al.) vinculó las actividades humanas
a los factores naturales, los agentes económicos y buscaba redes de empoderamiento proactivos que aumentaban
la resiliencia (véase gráfica 1, NCCR, 2000), con el fin de reducir los
peligros y desastres.
La complejidad en el manejo del
agua, genera retos que pueden
ser entendidos como una combinación entre procesos potenciales y reales,
capaces de reforzar la capacidad institucional, social, económica, política
y cultural, con el fin de reducir los peligros y riesgos y aprender a
evitar los desastres, gracias a la prevención que asimila la experiencia
anterior. Así, la capacidad se convierte en “una combinación de todas
las fuerzas y recursos disponibles dentro de una comunidad, sociedad y
organización para reducir los niveles de riesgos o los efectos de los
desastres” (ISDR, 2004: 2). A su tiempo, los riesgos representan una función multiplicativa
entre peligro y vulnerabilidad
acompañada, a veces, por la exposición a amenazas físicas, naturales,
sociales, culturales y políticas. Cuando fallan los mecanismos preventivos,
los peligros se convierten en “desastres”,
entendidos éstos como incapacidad de reducir riesgos al fomentar la organización
y resiliencia entre la población amenazada (véase lo ocurrido antes y
después de Katrina en Nueva Orleáns). Los retos para un gobierno y la
sociedad residen en una combinación de procesos potenciales y reales para
aumentar la capacidad institucional, social, económica, política y cultural,
con el fin de reducir peligros y riesgos, y así manejar los riesgos de
modo tal que se presente un mínimo de pérdidas humanas y materiales. La resiliencia representa “la capacidad de un sistema, comunidad o sociedad
expuesta a desastres de adaptarse, mediante la resistencia o cambiando
el orden para alcanzar o mantener un nivel aceptable de funcionamiento
y de estructura. Se determina a través del grado con el cual un sistema
social es capaz de autorganizarse para mejorar su capacidad de aprendendizaje ante desastres pasados y, así, lograr una mejor
protección en el futuro, junto con procesos que impulsan medidas de reducción
de peligros” (ISDR, 2004: 6). No obstante, sociedades altamente
vulnerables por desigualdad interna e inequidad de género, muestran mayor
vulnerabilidad social. O’Riordan define
ésta como resultado de “pobreza, exclusión, marginalización y desigualdad
en el consumo material” (2002: 369). Se refiere también a “las condiciones
determinadas por factores o procesos físicos, sociales, económicos y ambientales,
que aumentan la susceptibilidad de una comunidad ante el impacto de un
desastre” (ISDR, 2004: 7). Oliver-Smith (2004:11)
la “ubica conceptualmente, en la interacción entre naturaleza y cultura”
y establece vínculos con “estructuras sociales y económicas, normas culturales
y valores, así como peligros ambientales.” A su vez, Wisner
(2004: 194-205) encontró que la vulnerabilidad social puede aumentar el
empoderamiento de las víctimas. Distingue entre cuatro vulnerabilidades:
la demográfica, la taxonómica, la situacional y la contextual o proactiva.
En síntesis, los contextos sociales cambian la percepción de riesgos o
peligros, dependiendo de sus causas subyacentes y, por lo mismo, el tamaño
de un desastre depende básicamente de procesos sociales, resultado de
la estructura e interacción social. Al enfrentarse a vulnerabilidades,
Nathan (2007) separa entre el proceso de exposición
y la capacidad de enfrentar los riesgos. La exposición física depende, además de la
densidad poblacional, de la infraestructura creada, de los bienes y los
servicios en riesgo y de los factores socio-ambientales que pueden alterar
los procesos de mitigamiento natural (destrucción
de manglares para retener las olas de un tsunami; deforestación en laderas
que facilitan los deslizamientos de tierras; asentamientos humanos en
lechos de ríos). Según Nathan, la falta de capacidad
para prevenir, prepararse, enfrentar y lidear
con los desastres se puede subdividir en debilidad física, vulnerabilidad
legal, vulnerabilidad organizacional, técnica, política, socioeconómica
y psicológica-cultural. Birkman (2005) profundiza
en este planteamiento y postula que un sistema de control y de manejo
de riesgos trabaja prospectiva y correctivamente, de modo que puedan enfrentarse
mejor los peligros, reducir los riesgos y resolver con menos daños humanos
y materiales los desastres socio-ambientales. Cardona (2004) relaciona el incremento
de la vulnerabilidad con un débil o inexistente desarrollo y la falta
de una cultura de prevención en el Tercer Mundo, donde los procesos –urbanización
caótica, industrialización sin internalizar
externalidades ambientales, infraestructura
peligrosa, administración corrupta– aumentan sustancialmente los riesgos
y vulnerabilidades. Asimismo, políticas equivocadas pueden generar desastres
inducidos humanamente que, generalmente, son de más larga duración y de
mayores costos en vidas humanas (por ejemplo, hambrunas).
El cuadro 1 sintetiza los peligros
y riesgos que se pueden tornar en los desastres más frecuentes en todo
el mundo. Distingue entre las fuentes de amenazas, las respuestas oficiales,
la capacidad de resiliencia que los afectados han desarrollado y los efectos
más sobresalientes. Riesgos, peligros y vulnerabilidad social en México México está fuertemente expuesto
a los más variados riesgos naturales, sociales, políticos y culturales.
La compleja situación socio-ambiental puede agravarse rápidamente por
los efectos del calentamiento global y la aguda desigualdad social (cuadro
2). Steffens y otros, concluyen que “la relación entre humanos
y ambiente ha cambiado fundamentalmente en pocos siglos y, particularmente,
en los últimos 50 años”. Los efectos del cambio climático sobre el ciclo
hidrológico y los recursos destinados a los humanos han tenido tales efectos
que pueden predominar sobre la variabilidad natural. En áreas tropicales
las lluvias se han reducidos en 3 por ciento y “en el hemisferio Norte
se han incrementado las precipitaciones durante el pasado siglo” (2004:
196). Estos datos coinciden con el IPCC (Intergovernmental
Panel on Climate Change,
1998, 2001 y 2004) que reporta una reducción en los niveles de recarga
de los acuíferos, debido a un menor flujo de aguas superficiales. Según
ambas fuentes el abasto de agua decrecerá aún más en regiones de estrés
hídrico y aumentará en otros desproporcionadamente; segundo, eventos naturales
extremos –sequía e inundaciones– se agudizarán y, tercero, la calidad
del agua se seguirá deteriorando a raíz el cambio climático, reduciendo
aún más la disponibilidad en zona de escasez.
Menos agua y mayor contaminación
son los retos del futuro a vencer, donde un manejo racional del recurso,
acompañado por ahorros en la gestión, reuso
y reciclamiento del agua, junto con educación ambiental, ofrecen alternativas
desde el hogar hasta el servicio público y la industria (Oswald,
2003). Algunos de los mecanismos para enfrentar la creciente escasez son
leyes municipales, estatales y federales que promuevan una gestión integral
del vital líquido, castiguen desperdicios y contaminación, obligan al
saneamiento y ahorro y comprometan a los diferentes niveles de gobierno
a fomentar la participación de la sociedad para un manejo sustentable
del recurso. En el siglo XXI, el ordenamiento territorial debería acompañarse
con un ordenamiento ambiental y leyes rigurosamente respetadas que regulen
los asentamientos humanos, la población, las aguas nacionales, las vías
de comunicación, la vivienda, el desarrollo rural, la conservación y la
recuperación de los bosques y selvas. Todas estas leyes deberían revisarse
periódicamente y ajustarse a las condiciones cambiantes, donde sistemas
estadísticas transparentes e independientes del Poder Ejecutivo, basados
en análisis geográficos (SIG) y modelos prospectivos, permitirían optimizar
la toma de decisiones. Sólo de esta manera se puede promover un desarrollo
regional basado en un manejo sustentable de los recursos naturales, sociales
y culturales que garantice seguridad alimentaria, calidad de vida y paz y donde la participación
ciudadana se apoye en gestiones sociopolíticas capaces de conciliar las
diversidades étnicas, culturales, sociales y ambientales. De acuerdo a los informes elaborados
por el gobierno mexicano para el IPCC (2000, 2001, 2004), el país está
expuesto a múltiples riesgos y peligros que pronto pudieran convertirse
en desastres (véase cuadros 3 y 4).
De acuerdo a datos oficiales, el
cambio climático puede generar mayores sequías que pudieran afectar entre
58 y 65 por ciento del área productiva de maíz, con la posibilidad de
perderse definitivamente (IPCC, 2000 y 2004). La mayor masa de mar y una
temperatura más elevada aumentaría, además, la probabilidad de un mayor
número de ciclones con más intensidad (escala Saffir-Simpson
de 4 a 5). Ante un incremento en el nivel del mar, las costas tienden
a erosionarse y se pierden áreas altamente productivas por la intrusión
de agua salina. Además, los acuíferos pueden salinizarse
por cambios en los flujos y equilibrios subterráneos e intrusión de agua
salina desde el mar. Asimismo, se estima que las temperaturas se pueden
tornar más extremosas (mayor calor y frío) y los cuerpos de agua y presas
contribuyen al aumento de los gases del efecto invernadero, además de
que la mayor parte del territorio está amenazada por desertificación (véase
mapa 1).
La región del sureste (reserva del
preciado oro azul, verde y negro) está particularmente expuesta a ciclones,
inundaciones, sequías durante el estiaje, agua del mar en planicies y
acuíferos salinizados. En todo México, por su
localización en el trópico y con dos costas de más de 7 mil kilómetros,
los efectos por el cambio climático se pueden agravar. Las costas se van
a tornar crecientemente más susceptibles a ciclones, huracanes y depresiones
tropicales. Aunque se han mejorado los sistemas de alerta temprana y existe
amplia experiencia en evacuación, cualquier fenómeno hidro-meteorológico
sigue causando decesos humanos y destrucción en la infraestructura pública
y habitacional. Se estima que sólo ciclones y huracanes pudieran afectar
cerca de la mitad de la población, aunque los habitantes de las costas
son los más vulnerables ante estos fenómenos hidro-meteorológicos,
ya que los ciclones se empiezan a debilitar cuando entran a tierra y se
desintegran paulatinamente en depresión tropical (Cuadro 4).
El calentamiento global está doblemente
amenazando la seguridad ambiental en México, tanto por falta como por
exceso de agua. El poder ejecutivo y legislativo junto con la sociedad,
deberían unirse para desarrollar mecanismos de prevención y mitigamiento
de esta escasez y así reducir la vulnerabilidad social y ambiental de
sus ciudadanos. Por un lado, cuenta en 84 por ciento del territorio semiárido
con 28 por ciento de precipitación. En esta zona vive 77 por ciento de
población, se produce 84 por ciento del PIB y se dispone de 92 por ciento
de las tierras irrigadas. La irrigación emplea entre 78 y 82 por ciento
del agua superficial y subterráneo y cuenta con amplios márgenes de ahorro
y tecnificación, lo que obligaría destinar inversiones a tal fin para
liberar agua hacia el consumo humano y el desarrollo industrial y de servicios. Por otro lado, el sudeste recibe
78 por ciento de precipitación, cuenta con 23 por ciento de población,
genera 16 por ciento del PIB y sólo cuenta con 8 por ciento de tierras
irrigadas (CNA, 2004). En esta área se localiza la pobreza extrema y tasas
de fecundidad todavía arriba del promedio nacional. Se trata también de
los estados con menos desarrollo industrial, poca educación, sistemas
de salud retrasados, poca calidad de vida y desarrollo agropecuario débilmente
tecnificado (Oswald, 2002). La desigualdad aguda en nuestro país (cuadro
2) impide avanzar en la creación de mayor resiliencia, además de que la
pobreza obliga a los marginales a asentarse en sitios inseguros y con
viviendas precarias, incapaces de resistir los diversos peligros. Al incluir
en este cuadro los desastres creados por los humanos, particularmente
el hambre (cuadro 5), impacta el alto índice en África y el Sur-Este asiático,
donde los más vulnerables están privados de crear resiliencia por falta
de nutrientes. Pero México también muestra elevados niveles de desnutrición
y obesidad, ambos causados por una alimentación desequilibrada. Adicionalmente, hay 550 millones
de trabajadores pobres sin prestaciones sociales, ni salarios justos y
85 por ciento de los nuevos empleos se crean en el sector informal (OIT,
2005). Se estiman mil millones de personas en el sector informal y 47
por ciento de los jóvenes en edad laboral están subempleados. Además,
mientras que los países pobres están cumpliendo con sus reformas estructurales
para mantener la estabilidad macroeconómica, los industrializados no cumplen
con sus compromisos. Al contrario, el gasto militar de más de un trillón
de dólares, representa 20 veces más dinero que el destinado a la asistencia
al desarrollo para los países pobres. En América Latina, las reiteradas
crisis económicas y “dos décadas perdidas“ (CEPAL,
2004) impiden solucionar los problemas más urgentes de infraestructura
básica, empleos dignos y protección social. Su deuda sumaba en 2001, 817
mil millones de dólares (mmd), comparado con
10 años antes cuando era de 418 mmd, a pesar
de que la región ha transferido al servicio del débito 1,220.5 mmd.
Esta cantidad equivale al monto requerido por la ONU para cumplir en todo
el mundo con las metas del milenio (Banco Mundial, 2005, ONU, 2000).
Al regresar a nuestro país, las
tres décadas de crisis han llevado al abandono de las zonas rurales y
una inmigración masiva hacia las zonas conurbadas
de las ciudades, lo que ha generado una urbanización caótica, donde la
calidad de vida está deteriorandose por falta
de servicios de agua, drenaje, aire contaminado y viviendas precarias,
que empeoran las condiciones de salud de los marginales. Adicionalmente,
el inmigrante se vio obligado a asentarse en zonas de alta peligrosidad,
donde deslaves, inundaciones o contaminación del aire y del suelo –por
carecer de sistema de abasto de agua, drenaje y de tratamiento– ponen
en peligro su vida y se aumenta la vulnerabilidad social (Wisner,
2004; Bohle, 2002). Al combinarse la crisis económica
con la social y agravarse la seguridad ambiental por el calentamiento
global con la falta de oportunidades de trabajo, ingresos y deterioro
de las condiciones de vida en el campo, en los suburbios, ciudades perdidas,
los sectores sociales están gestando situaciones de severo deterioro de
vida. La gráfica 2 (Brauch, 2005) relaciona
las causas del estrés a través de la interacción con el estrés ambiental.
Al fallar el Estado, la economía y la sociedad en encontrar soluciones
al creciente deterioro, los riesgos socio-políticos aumentan y se pueden
tornar inmanejables por los deterioros ambientales. Sin prevención, mitigamiento
y resiliencia, los conflictos locales involucran a regiones más amplias
y la crisis adquiere características de mayor violencia. Los más vulnerables
desarrollan estrategias de supervivencia (Oswald,
1991). Particularmente vulnerables en estas
condiciones de emergencia son niños, mujeres, indígenas y ancianos, sobre
todo, cuando los conflictos socio-ambientales se agravan. Ello aumenta
también la violencia urbana y los enfrentamientos por tierras en el medio
rural, que pudieran terminar en enfrentamientos armados entre comunidades,
regiones y países. Los mapas de emergencia nutricional
de la FAO muestran que naciones con hambre están, además, azotados por
guerras y revueltas (véase Haití y Sudán; gráfica 3). Estos enfrentamientos
agudizan la inestabilidad doméstica presente, creando primero actos de
inconformidad y generalización de levantamientos internos. Crecimiento
poblacional y cambios climáticos bruscos pueden agravar esta espiral de
violencia y crear condiciones específicas de escasez y deterioro del agua
que pueden ser resueltos sólo por migraciones hacia zonas de mayor disponibilidad
para huir del dilema de supervivencia.
Cuando se agravan las condiciones
sociales adversas por desastres naturales, inseguridad pública y violencia,
la población de bajos ingresos se enfrenta a un “dilema de supervivencia”
(Brauch, 2003 y 2005), cuyas salidas pueden ser: 1. Huir masivamente hacia las periferias
de las grandes ciudades. 2. Emigrar ilegalmente hacia Estados
Unidos. 3. Enviar parte de la familia hacia
el norte y vivir de las remesas. 4. Esperar que el gobierno resuelva
los problemas y ejercer presiones mediante la organización popular y manifestaciones
populares, pero sufriendo el deterioro a costa de su calidad de vida. 5. Reducir consumo y aspiraciones
de mejoramiento, al grado que podrían enfrentarse a la muerte por falta
de agua y alimentos, donde aire y suelos altamente contaminados agravan
los cuadros de epidemias y enfermedades crónicas. 6. Robar al vecino lo poco que tiene
o vincularse al crimen organizado y vivir de actividades ilegales. 7. Organizarse en un marco de economía
de solidaridad, donde el encadenamiento productivo y las empresas incubadoras
permitirían mejorar la situación socioeconómica y de empleo y consolidar
el esfuerzo de tal auto-emprendimiento (Cadena, 2003 y 2005; Saviñón, 2003, Lopezllera, 2003).
Al combinar estas actividades con servicios ambientales y manejo sustentable
del entorno, pudieran paulatinamente revertirse las condiciones adversas,
además de que se consolidaría la resiliencia en el seno de las comunidades. Al migrar a sitios de mayor disponibilidad
de recursos, el flujo en México se debería dirigir hacia el sureste, donde
existe un amplio potencial natural, pero donde las condiciones de vida
son de alta marginalidad. Por lo mismo, la mayoría emprende el camino
hacia Estados Unidos en búsqueda de oportunidades de vida negadas en el
propio país. Resulta interesante observar que los estados de mayor densidad
poblacional –el centro del país– de alta densidad rural y con prolongadas
sequías –Zacatecas, Guanajuato, San Luis Potosí– muestran altos niveles
de migración, mientras que en el sureste la migración es baja, a pesar
de la pobreza generalizada (véase mapa 1). La gráfica 3 muestra el incremento
de la migración hacia Estados Unidos. Los diez años del TLCAN arroja una
migración de 10 millones de campesinos que buscaban su porvenir en el
otro lado. Al no recibir apoyos agrícolas y, por el contrario, al importar
15 millones de granos subsidiados por año, los precios del maíz se han
reducido en 65 por ciento, mientras que la canasta básica ha aumentado
256 por ciento en el mismo lapso. Menos ingresos, mayores gastos, condiciones
ambientales adversas y falta de asistencia gubernamental son los ingredientes
que forzaron a un creciente número de campesinos a abandonar el país para,
con ello, garantizar la supervivencia de sus familias. Como muestra Bohle
(2002), migración y desastres –tecnológicos, sociales y ambientales– se
refuerzan negativamente entre sí, generando mayor inseguridad, pobreza,
migración y violencia.
A partir de 1987, cuando se cierra
la frontera a la migración legal, se dispara la inmigración ilegal arriba
de 80 por ciento (gráfica 4). Hoy día, 85 por ciento de los inmigrantes
–entre 400 y 500 mil personas por año– cruzan clandestinamente los límites
entre ambos países y con el establecimiento del muro, la inmigración ilegal
se ha desplazado hacia el peligroso desierto de Arizona, donde se lamentan
cada vez más vidas humanas por deshidratación y abandono. La militarización
de la frontera, lejos de evitar la inmigración ilegal, ha encarecido el
cruce al permitir a grupos criminales de encargarse del traslado. Por
ello, el cierre de la frontera ha consolidado los vínculos entre el crimen
organizado –secuestros, narcotráfico, pornografía, trata de blancas, tráfico
de infantes– y el paso ilegal de braceros. Además, la obligación de esconderse
durante el cruce representa frecuentemente peligro para la vida, al estar
confinados en traileres de doble pisos, debajo de verduras y frutas, a
veces sin espacio insuficiente para respirar, todo ello bajo un sol inclemente
y un frío desagradable en la noche. En cuanto a la composición de los
inmigrados en Estados Unidos en el periodo destacan los latinos con 8.4
millones (5.9 son mexicanos) seguido por los asiáticos con un millón,
600 mil de origen europeo y canadiense y con 400 mil africanos y de otras
naciones. No obstante que los mexicanos y centroamericanos se encargan
de los trabajos menos demandados y más peligrosos, se ha iniciado un proceso
de xenofobia y enfrentamiento. Si este fenómeno no se canaliza constructivamente,
mostrando al pueblo norteamericano los beneficios que arroja
esta migración en su economía y el bienestar, pronto habrá conflictos
violentos en todas las ciudades donde exista un número considerable de
inmigrantes.
En México, la emigración afecta
la estabilidad de las familias, ya que un creciente número de esposos
emigra fuera del país. Las mujeres se quedan al frente de la unidad familiar
y hasta que el marido encuentre trabajo, la mujer tiene que mantener a
sus hijos. A veces, se encarga también de pagar la deuda del traslado
ilegal de su marido en espera de las tan anheladas remesas, que desde
1990 aumentaron sustancialmente (gráfica 5).
Este dinero llega a comunidades
muy alejadas, donde puede ayudar al desarrollo de las familias y de los
pueblos. Se estima que en 2005, las remesas podrían llegar a 20 mil millones
de dólares y constituyen, después de la venta de petróleo, la segunda
fuente de divisas para el país. La migración hacia Estados Unidos
no sólo ha aumentado la conflictividad intrafamiliar, sino que ha tensado
también las relaciones con las comunidades originarias. Conforme aumenta
el número de inmigrantes, la lucha por empleos, vivienda, tierras y alimentos
pudiera agravarse y generalizarse (gráfica 6). Cuando exista mayor demanda
del vital líquido y una creciente escasez en el lugar de inmigración,
la población originaria se empieza a enfrentar con los inmigrantes. Además,
de procesos de discriminación laboral4, se presentan procesos
de xenofobia y de agresión física. Si a este problema se añade el conflicto
fronterizo por el manejo de las aguas del río Grande, uno de los ríos
de mayor sequía en el mundo, la situación de vulnerabilidad social se
torna explosiva y pudiera deteriorar la relación entre ambos países, al
grado de generar enfrentamientos armados.
Todos los fenómenos descritos afectan
la seguridad humana, particularmente de los más vulnerables, sea por estrato
social, sea por género o por edad. Cuando las disputas acerca de recursos
indispensables como el agua se agudicen ante una migración masiva, cambio
climático y procesos de globalización, los conflictos pueden tornarse
cada vez más violentos y desatar hasta una guerra entre ambas naciones
(gráfica 6). Cuando se reduce la oferta y se aumenta la demanda, los mecanismos
políticos y de conciliación tienen que evitar enfrentamientos violentos
y disputas armadas entre grupos sociales, regiones y países, donde la
ingobernabilidad afectaría aún más las precarias condiciones de vida de
los marginales. Ante estas difíciles condiciones, es necesario buscar
desde ahora mecanismos de resolución no violenta de conflictos, con el
fin de proteger a los estratos sociales bajos, indígenas, mujeres y jóvenes. Ante el escalamiento de conflictos,
se propone un acercamiento integral a los mencionados problemas, llamado
hidrodiplomacia
(véase gráfica 7). Propone relaciones de coo-peración que inciden simultáneamente en el lado de la oferta
y en el de la demanda (Oswald, 2005). Involucran
a gobiernos vecinos, Estados afectados por la escasez del agua y grupos
sociales que se disputan el vital líquido. Al mismo tiempo, negocia en
términos geopolíticos un manejo más racional del recurso que puede beneficiar
a todos los involucrados y refuerza la capacitación tecnológica y científica
para optimizar los recursos físicos y financieros disponibles. Este enfoque
quedaría trunco si no se estimulan simultáneamente la organización de
todos los sectores de la sociedad, tanto en el lugar de origen, por la
creciente escasez, como en él de inmigración, mediante la promoción y
el apoyo de la participación ciudadana desde abajo. A través de prácticas
no violentas de negociación de conflictos se tratará de estimular la creación
de consensos entre grupos antagónicos y se buscarán soluciones técnicas
que mejorarían la disponibilidad y calidad del vital líquido.
México y Estados Unidos: hidrodiplomacia o conflictos En el caso de la cuenca compartida
del río Grande o río Bravo entre México y Estados Unidos existen diversas
disputas jurídicas acerca de la interpretación y el cumplimiento del tratado
internacional firmado en 1944. Desde hace varios años, este río no lleva
agua a la desembocadura durante la época de estiaje, debido a los múltiples
aprovechamientos que se han hecho a lo largo de su recorrido y una sequía5
que rebasa ya un decenio. Al mismo tiempo, la calidad del agua muestra
severo deterioro por la contaminación difusa proveniente de la agricultura
y las descargas domésticas e industriales vertidas sin tratamiento al
río, frecuentemente, de manera clandestina. Al agudizarse la escasez, la conciliación de conflictos con hidrodiplomacia (gráfica 8) puede perder terreno ante
crecientes inconformidades de ciudadanos en el sur de los Estados Unidos
(Texas). Nuestros vecinos del norte podrían retener el agua para satisfacer
primero sus necesidades de desarrollo, y dejar fluir hacia México sólo
las sobras contaminadas, lo que tornará altamente conflictiva la zona
fronteriza, al dejar una población en agudo crecimiento y expansión económica
sin el acceso al vital líquido. Adicionalmente, los acuíferos están
sobrexplotados en esta zona y cuentan con una
severa veda, fenómeno que tiende a agudizarse por precipitaciones menores
–reducción de infiltración subterránea– resultado de un complejo proceso,
pero donde la pérdida de la vegetación natural –por prácticas antropogénicas,
expansión urbano-industrial, agropecuaria, pero también por los cambios
climáticos– genera menos evapotranspiración
y las condiciones climáticas de sequía reducen la evaporación en el suelo,
lo que incide en la formación de nubes y la reducción de la precipitación.
El conjunto de estos fenómenos reduce la recarga freática, además de que
limita la disponibilidad del agua superficial. Ambos fenómenos disminuyen
la evaporación y, junto con la deforestación y urbanización, agudizan
la sequía y generan una creciente escasez de agua. Este escenario indeseado puede inducir
a acciones violentas entre ciudadanos por la apropiación del vital líquido,
que obligarían a las autoridades de ambos países a intervenir y uno de
los escenarios extremos predice enfrentamientos armados por la apropiación
de recursos escasos (gráfica 6). En esta perspectiva, las relaciones
entre México y Estados Unidos puedan tornarse altamente conflictivas (Biswas,
1999). Por ello, es importante que autoridades mexicanas y norteamericanas
establezcan no sólo escenarios diferentes para prepararse, sino que, ante
riesgos reales y potenciales, desarrollen prioridades claras y relaciones
estratégicas entre ambos países, donde la hidrodiplomacia
debería acompañarse por modelos de resolución no violenta de conflictos
(ver gráfica 8). El río Grande abastece con agua
potable a los estados de Colorado, Nuevo México, Texas y del lado mexicano
a los estados fronterizos. Es el quinto río más grande en norteamérica
y tiene su fuente en el estado de Colorado. En su camino recorre mil 900
millas y pasa por la región más árida de ambos países. Once municipios
y cinco estados colindan con la frontera norteamericana. En el territorio
mexicano, el río Bravo riega al desierto de Chihuahua, caracterizado por
una gran riqueza ecológica6, antes de desembocar en el Golfo
de México. Aproximadamente 10 millones de personas
viven a lo largo del río y ningún estado o país se ha hecho responsable
de cuidar la salud integral del río. Diversos intereses se disputan la
prelación en el aprovechamiento del agua. En la actualidad, más de 80
por ciento de las aguas sirven como riego a la agricultura y se han establecido
múltiples desviaciones para tales fines. La restauración del río Grande
es crucial, ya que se trata del único río en Estados Unidos amenazado
con secarse en los próximos decenios y múltiples esfuerzos se han conjugado
para recuperar los pantanos y humedales desecados. El restablecimiento del equilibrio
natural incidiría en la humedad residual, la biodiversidad y los procesos
socio-productivos. Todos estos esfuerzos pueden beneficiar también al
lado mexicano, donde existe una alta contaminación por el uso de agroquímicos,
asentamientos humanos e industrias sin adecuados sistemas de tratamientos.
¿Cómo compartir pacífica y sustentablemente
este río ante una creciente demanda, contaminación y cambio climático,
donde la escasez afecta a ambos lados? ¿Qué puede hacer México, un país
en desarrollo que se ubica en la desembocadura del río y no cuenta con
la fuerza política o militar para exigir al poderoso vecino respeto a
sus derechos ancestrales y naturales que datan de fechas más allá del
Tratado de 1944? El 3 de febrero de 19447,
Estados Unidos de Norteamérica y la República Mexicana firmaron un tratado
sobre la “utilización de las aguas del Colorado y río Tijuana y río Grande”.
Este tratado otorga a México el aprovechamiento de todas las aguas que
llegan al río Grande desde los ríos San Juan y Álamo; dos tercios del
flujo del canal principal del río Grande desde el río Concha y cinco tributarios
más pequeños; así como la mitad de todos los otros afluentes que contribuyen
al río Grande abajo del Fuerte Quitman. Además,
el acuerdo compromete a los estadounidenses a otorgar a México 1.5 millones
de acres-pies de agua, proveniente del río Colorado y, adicionalmente,
200 mil acres-pies en tiempos de excedentes. El agua proviene por partes
iguales de las cuencas altas y bajas del Colorado. Por su lado, México se comprometió
a entregar 350 mil acres-pies por año del río Concha y otros tributarios
especificados en el tratado. No obstante, un decenio de sequía ha impedido
a nuestro país a cumplir con el acuerdo y se acumuló en 2002 una deuda
de 1.8 millones de acres-pies, que se ha reducido a 1.2 millones acres-pies
al año siguiente y se saldó por completo en 2005. Dado que, bajo condiciones
normales de lluvia, el río Concha aportaba dos tercios del agua superficial
necesaria para mantener la economía y la ecología de la cuenca baja del
río Grande, la sequía ha trastornado este equilibrio frágil. Además, las
condiciones sociales en la zona fronteriza han cambiado drásticamente.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el desierto a lo largo de la frontera
tuvo un crecimiento poblacional por alta inmigración. Además, la agricultura
de riego pidió crecientes volúmenes de agua superficial y recientemente,
el establecimiento de las maquiladoras en esta zona exigía nuevas cuotas
de agua. Durante los últimos cinco decenios, la región norte se transformó
de un desierto débilmente poblado hacia una zona con agricultura de riego,
pequeñas ciudades y más de 10 millones de habitantes en las ciudades hermanas
de ambos lados de la frontera. Ante una prolongada sequía y efectos perceptibles
de un cambio climático, las condiciones de abasto de agua se tienden a
agravar en el futuro, sin contar con nuevos procesos productivos requeridos
para ofrecer mano de obra y alimentos a esta población en agudo crecimiento. Pero también del lado estadounidense,
el periodo posguerra trajo fuertes cambios en el manejo de la cuenca.
El Colorado River
Storage Project Act
de 1956 autorizó la construcción de la presa Glen Canyon8 y, en 1986, se inició
la construcción del Central Arizona
Project. Múltiples proyectos siguieron en ambos lados de la frontera
(Nitze, 2002). Las características fueron las mismas, el Estado
proveía la infraestructura y la mantenía y los agricultores fueron exentos
de cuotas o pagaban una mínima parte del costo del agua. Esta política
llevó al desperdicio de un bien escaso en un ambiente árido. Algo similar
ocurrió del lado mexicano, pero sus proyectos eran obras de irrigación
de menor alcance. Los impactos ambientales afectaron
severamente el hábitat y las especies acuáticas9, además de
que otros recursos ambientales dependían de una buena calidad del agua.
Por lo mismo, en 1992 un grupo de estudiosos logró que el Gran Canyon
se protegiera como área natural, además de ofrecer a los usuarios cuenca
abajo derechos para cuidar sus propios ecosistemas. Con la intervención
de los ecologistas y la determinación de la Suprema Corte hay esperanza
de un cambio en la política hidráulica de Estados Unidos, pero la contradicción,
de proteger un ecosistema antes de abastecer una población pobre con agua
potable muestra que el manejo del río es muy complejo. Los granjeros de
Texas, a pesar de no estar dispuestos a sacrificar su superficie cultivada
y así arriesgar sus ganancias, tienen ahora que acatar el fallo judicial
y restaurar el equilibrio ecológico. Se espera que este proceso de mejoramiento
ambiental tenga repercusiones en el abasto humano, en particular del lado
mexicano donde se carece hasta de agua para beber. En el mediano plazo,
esto significa renegociar la asignación de las cuotas de riego agrícola,
particularmente en Texas. Pero no todo es conflicto en la
frontera norte. Desde los años ochenta, al lado de presiones políticas
estadounidense, se ha establecido una colaboración entre ambos países.
En 1983, se firmó en La Paz, Baja California, el Acuerdo de Cooperación
para Protección y Mejoramiento del Ambiente en el Área Fronteriza que
intenta resolver los problemas de las aguas negras municipales que se
descargaban directamente en el río y contaminaban la bahía de San Diego.
Se constituyó la Comisión de Cooperación Ecológica de la Frontera (COCEF)
y el Banco Norteamericano de Desarrollo (BDAN) como instrumentos gestores
de proyectos ambientales en el marco del Tratado de Libre Comercio de
América del Norte (TLCAN). Ambos organismos intentan reforzar la participación
ciudadana y así controlar la corrupción y superar la falta de capacidad
técnica que se presentaron entre los municipios del lado mexicano. En este proceso de colaboración,
la hidrodiplomacia ofrece reducción de tensiones
en diversos campos. En el técnico
se requiere reducir la explotación irracional de los acuíferos y mejorar
los sistemas de riego. Mecanismos de microaspersión,
riego por goteo, recubrimiento de canales, prácticas agrícolas ahorradoras
de agua y cambio en el patrón de cultivos permitiera ahorrar hasta 40
por ciento del agua utilizada (Fipps, 2000).
Adicionalmente, se pudiera reciclar el agua saneada en cultivos y enfriamiento
industrial. En el campo del mercado
es necesario cobrar los usos del agua productiva al costo. Esto significa
suprimir los subsidios escondidos a industriales y agricultores e incluir
en los precios los costos completos del saneamiento, la creación de infraestructura
nueva y el mantenimiento de la existente. En el campo ambiental es conveniente fomentar una nueva cultura del agua
en ambos lados de la frontera. Ésta no sólo se refiere al manejo del líquido,
su ahorro y reciclamiento, sino que incluye también una gestión sustentable
de los desechos sólidos y la recuperación de los ecosistemas, severamente
destruidos y amenazados por una veloz desertificación. Los indígenas de
ambos lados exigen una mayor protección ambiental, de acuerdo a su cosmovisión
y piden regresar las aguas hacia el cauce, además de sanear las contaminadas.
Finalmente, es urgente cambiar la política de extracción de agua de los
acuíferos que muestran alarmantes niveles de abatimiento, salinización
y que han provocado en diversas regiones de Sonora procesos de sodificación de la tierras agrícolas (Oswald,
1984). Adicionalmente, es conveniente fomentar los servicios ambientales
que pudieran generarse con una reforestación masiva en la región árida
y reforzar, así, los mecanismos que mitigan la desertificación y evitan
la hiperaridez. Los aspectos políticos incluyen programas y planes de largo plazo para
manejar el agua en condiciones de mayor escasez y vulnerabilidad. Más
altas temperaturas cambian el régimen de precipitaciones y una mayor densidad
poblacional en zonas urbanas altera el sistema pluvial. Ambos generan
en el mediano plazo condiciones climáticas más extremas. Ante esta expectativa
poco halagadora, el necesario establecer normas y leyes para proteger
el sistema natural existente, encauzar el crecimiento demográfico hacia
las zonas de menor impacto ambiental, regular las políticas hídricas en
ambos lados y orientar las obras hidráulicas hacia la sustentabilidad. El tema más complejo se presenta
en el aspecto social, donde
intereses contrapuestos requieren de la conciliación y donde cada ciudadano
requiere capacitarse en un manejo alternativo del agua. Los grupos indígenas
de las reservas, dueños originarios del recurso, exigen un manejo sustentable,
recuperación de áreas naturales perdidas y protección de la flora, fauna
y ecosistemas naturales, algunos únicos en el mundo y, por ende, patrimonio
de la humanidad. En este campo se incluyen también los avances en ciencia
y tecnología, donde la creatividad de todos los habitantes de la región
pudiera reforzar la gestión ambiental. No cabe duda que los conflictos
existen y se están agudizando, pero es también factible promover la organización
social, una administración pública honesta, una gestión de acuerdo a las
condiciones áridas de la zona y una participación ciudadana activa y comprometida,
que supere las amenazas ante el cambio climático. Esta estrategia debería
superar primero los rezagos entre los dos países, entre zonas más desarrolladas
y entre clases sociales, donde la solidaridad pudiera contrarrestar los
intereses individuales, frecuentemente mezquinos y poco sustentables. En síntesis, las interrelaciones geopolíticas entre gobiernos
vecinos, sectores sociales organizados –cámaras, ejidos, productores,
ciudades, asociaciones– e individuos abren una arena política compleja
(gráfica 8) que requiere de esfuerzos de resolución y de mediación. En
el ámbito geopolítico, existen intereses comunes
entre EU y México que deberían regir sobre los particulares de un país
(agricultores del estado de Texas, maquila). En el campo de organización, la sociedad necesita despertar
de su letargo, generar asociaciones capaces de resolver los problemas
agudos en una competencia sistémica donde todos ganen (Saviñón,
2003); finalmente, en la capacitación
se requiere de escuelas, centros de investigación, medios masivos de comunicación,
clubes, juegos y diversiones sanas que permitirían consolidar una cultura
ambiental sustentable y pacífica. Al interior del círculo se presentan
entre los tres triángulos mencionados, tres puntos de interacción que,
a su vez, deberían ubicarse en los niveles correspondientes de interacción
y relacionarse con los actores fuera del círculo –EU y sus dependencias
gubernamentales– ya que a ambas naciones les conviene mantener la paz
y un desarrollo sustentable para evitar millones de emigrantes y refugiados
potenciales. Este modelo sistémico interactivo permite representar procesos
complejos, donde la geopolítica tiene que ver con la soberanía entre los
países involucrados (Kaplan, 2003) y donde la
desigualdad entre México y Estados Unidos en el campo militar, económico,
político, cultural y organizacional ofrece, sólo en el campo ambiental
ventajas para nuestro país. No obstante, para tener paz y desarrollo
en ambas naciones deberían negociarse convenios y tratados favorablemente
para ambos países, dando al socio más débil posibilidad de reducir sus
desigualdades. Para equilibrar las fuerzas existentes, nuestro país podría
hacer valer favorablemente sus condiciones ambientales y ofertar, desde
una visión integral, servicios ambientales que le hacen falta a Estados
Unidos y que beneficiarían al conjunto de la región norteamericana, sobre
todo, estabilizarían la zona fronteriza de más de tres mil kilómetros
entre ambos países. Dado que múltiples fenómenos son globales, cambios
integrales en la política rural de México permitirían priorizar la soberanía
alimentaria y el manejo sustentable de sus recursos
naturales. Así, la población campesina encontrará en su lugar de origen
oportunidades dignas de empleo y de bienestar y se reduciría la migración
campo-ciudad y hacia el norte. En el punto de encuentro entre sociedad y organización, México pudiera
aprovechar su tradición milenaria en prácticas de solidaridad (Lopezllera, 2003), donde procesos organizativos inducidos
pudieran ampliar las redes existentes entre familias extensas, compadrazgos
y pertenencia a un mismo lugar. Finalmente, la capacitación de individuos,
grupos sociales –jóvenes, expertos, funcionarios públicos honestos– ofrecería
alternativas de creación y emprendimiento de pequeñas empresas que garantizarían
bienestar y calidad de vida. Si estos procesos individuales se
vinculan con organización productiva
(punto 4), de comercialización y de consumo, se pueden gestar cadenas
empresariales integradas y fincadas en procesos productivos altamente
especializados, pero dentro del marco de una pequeña empresa (Cadena,
2003 y 2005). Estas economías de solidaridad generan alternativas ante
la falta de empleo, de servicios y de productos de calidad, sin que una
empresa transnacional supla este nicho de mercado. En el cruce entre organización y capacitación, procesos de
formación para medios masivos de comunicación, talleres y prácticas cotidianas
destinadas a grupos diversos de ciudadanos ayudarían a adquirir una cultura
ambiental colectiva que incidiría positivamente en el manejo integral
del agua e induciría una gestión sustentable de otros recursos naturales10.
La reducción de tensiones entre funcionarios electos en procesos democráticos
y técnicos encargados de áreas especializadas (punto 6) puede superarse
con una carrera académica donde se
profesionalizan funcionarios públicos no electos. Ello, permite a
México manejar sus recursos hídricos en institutos establecidos ex profeso, donde contratos de largo plazo y especialistas altamente
capacitados ofrecen servicios, proyectos y seguimiento profesional al
conjunto de las demandas de la sociedad y de las autoridades electas. En un estudio reciente en la frontera
norte se detectó que México dejó de ejercer miles de millones de dólares11
por incapacidad de generar proyectos ejecutivos viables y técnicamente
sostenidos, dado que cada 3 años cambiaba al presidente municipal y todo
su equipo de trabajo, mientras que del otro lado de la frontera existe
un instituto encargado de los proyectos e independientemente quién esté
electo, desarrollan y llevan a cabo estos proyectos estratégicos que permiten
manejar las condiciones ambientales adversas y conservar los recursos,
al reusarlos y reciclarlos (Enrique, 2004). El vínculo entre geopolítica y organización (punto 2) es,
sin duda alguna, el más conflictivo e imprevisible, si no se trabaja con
la sociedad y se desarrollan estrategias para cada grupo social. La capacitación
de especialistas en diplomacia, en general, e hidrodiplomacia,
en específico, son requeridos para ambos países. Su función es mitigar
los conflictos al negociar salidas no violentas entre los dos gobiernos.
Se tendrían que establecer acuerdos que mejoren el manejo del agua en
ambas partes de la frontera, capaciten a funcionarios públicos en los
procesos tecnológicos y eduquen a la población civil para ahorrar agua,
separarla y reciclarla. Por otra parte, el esquema propuesto intenta reducir
las contradicciones, tanto geopolíticas como sociales, al fomentar la
colaboración entre los tres niveles de gobierno en ambos países e incluir
a la población en la planeación, ejecución y mantenimiento de las obras
públicas (Martínez, 2003), con el fin de hacerla partícipe en los procesos
de resolución no violenta. Esto no reduce sólo la corrupción en la obra
pública e impide la creación de obras monumentales, sino que permite a
todos los involucrados llevar a cabo una planeación rigurosa de acuerdo con
las condiciones territoriales, ambientales, económicas y socio-culturales
existentes. Un organismo técnico, independiente de los vaivenes políticos y partidistas,
pudiera superar los existentes cuellos de botella de gestión y ofrecer
a México un cuerpo profesional, capaz de manejar de manera integral y
con competencia sistémica alternativas ante la falta de infraestructura
(Davis, 2004), a la vez que ayudaría a resolver los conflictos
más sobresalientes por falta de agua potable. Finalmente, estas inversiones pueden
amortizarse mediante el pago de
cuotas y servicios ambientales que se generarían a partir de las obras
de saneamiento, reciclamiento de agua tratada, reforestación y manejo
integral de cuencas con servicios ambientales. Así, podría repartirse
tanto la inversión inicial como los costos de mantenimiento entre la población
local y los prestadores que se beneficiarían con la venta de los servicios
ambientales. Un manejo integral a partir de la cuenca y microcuenca
significa también control, transparencia y rendición de cuentas en el
ejercicio presupuestal, con el fin de garantizar la inversión foránea
y satisfacer los requerimientos relacionados con los servicios ambientales,
algunos enmarcados dentro del Protocolo de Kyoto. Conclusiones Los servicios hídricos deberían
planearse de acuerdo a un programa de largo plazo, establecido y consensuado
entre la población directa e indirectamente afectada, donde la disponibilidad
del recurso y su manejo sustentable son cruciales. A la hora de calcular
las inversiones, es conveniente optar por una infraestructura en módulos
que permita crecimientos de acuerdo a las necesidades. En estas obras
se pueden emplear las innovaciones técnicas propias del país y, sobre
todo, fuentes energéticas alternativas, además de escoger tecnologías
de bajo costo de mantenimiento. En diversas proyecciones ambientales efectuadas,
las condiciones naturales se están deteriorando y las relaciones al interior
de México, pero también con Estados Unidos pudieran tornarse altamente
conflictivas (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, 2004). Algunos de los mecanismos para enfrentar
la creciente escasez son leyes municipales, estatales y federales que
promueven una gestión integral del vital líquido, castigan desperdicios
y contaminación, obligan al saneamiento y ahorro y comprometen a los diferentes
niveles de gobierno a fomentar la participación de la sociedad para un
manejo sustentable del recurso. En el siglo XXI, el ordenamiento territorial
debería acompañarse con un ordenamiento ambiental y leyes que regulen
los asentamientos humanos, la población, las aguas nacionales, las vías
de comunicación, la vivienda, el desarrollo rural, la conservación y la
recuperación de los bosques y selvas. Todas estas leyes deberían revisarse
periódicamente y ajustarse a las condiciones cambiantes, donde sistemas
estadísticas transparentes e independientes del ejecutivo, basados en
análisis geográficos (SIG) y modelos prospectivos, permitirían optimizar
la toma de decisiones. Sólo de esta manera se puede promover un desarrollo
regional (Ruiz, 2003) basado en un manejo sustentable de los recursos
naturales, sociales y culturales que garantice seguridad alimentaria,
calidad de vida y paz y donde la participación ciudadana se apoye en gestiones
sociopolíticas capaces de conciliar las diversidades étnicas, culturales,
sociales y ambientales. Las prácticas de conciliación de
conflictos no sirven únicamente para resolver tensiones ambientales, sino
mejorar el conjunto de los problemas personales y sociales. Sustentabilidad
y resolución de conflictos involucran esfuerzos de cooperación en entrenamiento,
previsión y mitigamiento de los problemas hídricos
y ambientales, los de tenencia de la tierra y los de relaciones humanas
e involucran a la vida social, la política y la familiar. Aprender y educarse
en metodologías de resolución de conflictos permite evitar su estallamiento,
pero ayuda también a canalizar recursos naturales y esfuerzos humanos
hacia una sustentabilidad que beneficie a todas
las comunidades. Con este enfoque se convierte la hidrodiplomacia
propuesta en un modelo metodológico, capaz de mitigar y encauzar los conflictos
hacia su solución y por el mismo camino superar peligros y amenazas. Los
riesgos y vulnerabilidades son fenómenos socialmente determinados. El
apoyo a las instancias gubernamentales depende de los pueblos y sectores
sociales organizados, donde la colaboración puede conjuntar
esfuerzos, aumentar la resiliencia y evitar así peligros potenciales y
pérdidas de vidas humanas. El modelo de la hidrodiplomacia muestra que ante un creciente deterioro es
necesario gestar un modelo distinto de país, donde los sectores involucrados
pactan para colaborar en un proyecto inclusivo, que integre los aspectos
económicos con los ecológicos, la superación de la pobreza, la creación
de empleos dignos, la seguridad pública, la protección social y el bienestar
de los más vulnerables. Los principios éticos que rigen
dicho proceso incluyen la igualdad social, la equidad de género, la sustentabilidad ambiental, la justicia imparcial, la reducción
de riesgos, peligros y vulnerabilidades, la consolidación de resiliencia
social, la resolución de conflictos de manera pacífica y la participación
de todos los grupos sociales y étnicos, con el fin de construir un proyecto
de país capaz de superar el dilema de supervivencia y, al contrario, integrar
en la diversidad cultural las múltiples regiones de México. Referencias
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