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Derrumbe del bloque sovietico y sus efectos en la izquierda latinoamericana Nayar López Castellanos* La debacle del bloque soviético en la izquierda latinoamericana se reflejó en la transformación ideológica y organizativa de esta corriente, con sus variantes nacionales. Este acontecimiento histórico modificó la correlación de fuerzas a nivel internacional, dejando "huérfana" de proyecto a la izquierda mundial. Sin embargo, la lucha por el socialismo sigue constituyendo una necesidad histórica impostergable, sobre todo, para América Latina, reivindicando sus elementos estructurales pero cerrando la puerta a dogmatismos de variado tipo, que tanto daño causaron a las experiencias del pasado. Al principio de los noventa, el concepto revolución, prácticamente, desapareció de las bases programáticas de la izquierda, dejando su lugar al de democracia; las opciones de la vía armada para la toma del poder pasaron a un segundo plano ante el establecimiento de partidos políticos institucionales, y el socialismo, simplemente, ya no se utilizó en el lenguaje latinoamericano. La transición política de esta corriente y su conversión en una fuerza electoral plenamente inserta dentro del sistema que antes combatía, constituyó la principal prueba de una transformación que se vivió mundialmente tras la caída del bloque soviético y el nacimiento del mundo unipolar regido bajo el dominio imperialista de Estados Unidos. En efecto, la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1991, junto a la caída previa de los gobiernos socialistas de Europa del Este, no sólo cimbró a las instituciones políticas mundiales, sino que trastocó las estructuras ideológicas de la izquierda latinoamericana de una forma definitiva, pues, sin duda, una parte importante de las diversas fuerzas de esta región tenía una articulación directa con el Este europeo, con el llamado socialismo real. Los Estados socialistas existentes en Rumania, Hungría, Polonia, Bulgaria, República Democrática Alemana, la URSS y Yugoslavia, junto a China, Cuba, Corea del Norte y Vietnam (todavía vigentes hoy en día a pesar de serias modificaciones en sus estructuras económicas), representaban el gran bloque que se enfrentó durante la Guerra Fría al capitalismo encabezado por Estados Unidos y otras potencias europeas occidentales. El 14 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, edificación que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial separó en todos los terrenos no sólo a la Alemania posnazi, sino prácticamente a toda la humanidad. Simbólicamente, ese acontecimiento fue el inicio de la desaparición del bloque socialista, y de la propia desintegración de la Unión Soviética. Si, bien, la perestroika representó, junto con la Glasnot, una reforma tardía que intentó detener esta debacle, lo cierto es que el sistema socialista se había estancado en el terreno económico y tecnológico, dominado en gran parte por la carrera armamentista, lo cual reflejó enormes dificultades para garantizar los mínimos niveles de bienestar social. Pero la expresión más grave de la crisis terminal se encontraba en el campo de la política. En efecto, los partidos comunistas se habían convertido en un aparato burocrático y corrupto totalmente alejado de sus bases militantes y del pueblo. Los canales de comunicación y los espacios de expresión se redujeron a un nivel mínimo. Debe también subrayarse que la "caída del Muro" significó el fin de una versión, de la única versión histórica del socialismo que, a pesar de relativos esfuerzos postreros de corrección (la Perestroika y la Glasnost), siguió esencialmente "preñada" de sus más graves taras estalinistas: el totalitarismo en el ejercicio del poder, la profunda ausencia de democracia, la dramática ineficacia económica y su incapacidad para satisfacer multitud de exigencias humanas a finales del siglo XX. La mejor prueba radica en que, ante la crisis de finales de los ochenta, las sociedades del bloque soviético no sólo no defendieron su sistema sino que se inclinaron activamente por su cambio radical. La tesis de la "propaganda del enemigo" no explica ni de lejos el abandono y la pasividad de esas sociedades respecto a sus formas de vida anteriores (Flores Olea, 2004: 62). En términos generales, el socialismo real tenía mucho tiempo de ser imaginario. Así, los 20 millones de soviéticos que representaron el costo pagado para lograr la victoria sobre el nazifascismo en la Gran Guerra Patria, los centenares de miles de integrantes de las resistencias europeas a la ocupación alemana, en su mayoría comunistas, que defendieron sus patrias durante los años de la Segunda Guerra Mundial, y en su conjunto esos pueblos que entregaron años de esfuerzos para construir el sistema socialista y alcanzar importantes avances, vieron evaporados los sueños y finalizada la cosmovisión de un nuevo escalón para la humanidad. Aunado a ello, el llamado Tercer Mundo quedó huérfano ante los embates del Primer Mundo. Desapareció ese referente en el que se amparaba para poder luchar por la independencia política y económica frente a las potencias capitalistas. La crisis del socialismo no le quitó al Tercer Mundo solamente la posibilidad de buscar solidaridades en su conflicto con el Primer Mundo, ya tampoco puede recurrir al socialismo en ese campo imaginario de la concepción de alternativas. Ya no puede usar al socialismo para demostrar que efectivamente existe una alternativa, aunque ésta sea tan imperfecta como se quiera. Ya no puede decir que existe tal alternativa, que se puede mejorar y que tiene futuro; que comprueba que es posible tener otro futuro, tener en el futuro algo distinto de lo que es el presente (Hinkelammert, 1990: 2). Por ello, en el ámbito mundial no sólo se trató de la caída de los diferentes regímenes burocráticos socialistas de Europa del Este, sino que, dentro de la propia izquierda, las ideologías entraron en crisis a pesar de mantener algunos elementos del pasado. De igual forma, esta situación estaba ligada al distanciamiento de los ciudadanos frente a los partidos políticos en el contexto de la decepción que surgió de la opción socialista por el alejamiento de sus principios fundamentales, sin tomar en cuenta las repercusiones del constante bombardeo ideológico que el capitalismo occidental practicó durante la Guerra Fría en los diferentes continentes, particularmente, en América Latina. Además, en esta región se vivió el respaldo estadounidense a cruentas dictaduras militares que durante años sembraron el terror y desarrollaron su "peculiar" combate al comunismo en el contexto de la Guerra Fría. Ante este panorama, después de la debacle soviética, las izquierdas latinoamericanas borraron de sus declaraciones de principios y sus programas el concepto socialismo; transformaron radicalmente el discurso de la revolución y comenzaron a manejar la lucha por la democracia como el espacio teórico a partir del cual se podía y debía actuar. Las señales de la izquierda, ciertamente, se han desdibujado en todo el mundo. Los referentes ideológicos y culturales, políticos e institucionales que alimentaban en nuestros países identidades fuertes, conductas precisas, discursos críticos, se debilitaron o desaparecieron de una manera que por muchos motivos y para muchos se asemeja a una inmensa derrota (Torres Rivas, 1993: 16). En este sentido, para entender plenamente la repercusión de la caída del bloque soviético en América Latina, resulta preciso señalar que, sobre todo, en el marco de la Guerra Fría, el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) funcionó como el referente organizativo y político de muchos partidos comunistas de la región. Desde ahí se dictaban las líneas fundamentales de acción y del posicionamiento ideológico, con la idea de preservar a la URSS como el baluarte mundial que "después" permitiría construir el socialismo en otras naciones que reunieran las condiciones necesarias. Durante decenios, la directriz soviética consistió en que los partidos comunistas latinoamericanos trabajaran bajo la visión dogmática de que el proletariado tenía que encabezar la vanguardia transformadora en los esquemas de la ortodoxia marxista, es decir, el escenario de un capitalismo desarrollado en ciertos niveles, una concientización política determinada sólo por los obreros, el socialismo en un solo país y otros postulados básicos que completaban la "receta" idónea para construir el socialismo. Ese fue el gran problema. Como cada nación tiene su propia realidad, sus propios procesos históricos y una conformación política diferente, a pesar de la existencia de similitudes de diversa índole, ninguna fórmula política puede aplicarse de manera mecánica. Fueron, precisamente, las iniciativas nacionales independien-tes las únicas que dieron resultados tangibles en América Latina. Cuba, Chile y Nicaragua, entre otros, constituyen el mejor ejemplo. Sólo hasta que triunfaron estas experiencias de lucha, y ya asentadas en el poder, la URSS respaldó a los gobiernos correspondientes y hubo apoyos en diversos campos; antes no. Basta recordar cómo el llamado Partido Comunista de Bolivia le dio la espalda, por no llamarle traición, al Che Guevara en la incursión guerrillera dentro de esa nación andina, iniciativa que finalmente le costó la vida. Aunque las corrientes revolucionarias, populares y nacionalistas, y muchas fuerzas socialistas, fuera del marco organizativo de los partidos comunistas, veían en la URSS un referente fundamental dentro de sus objetivos de lucha, nunca tuvieron un alineamiento teórico ni estratégico. No eran fuerzas incondicionales como la mayoría de esos partidos. Por ello, el derrumbe socialista debe entenderse más en el plano ideológico, en el modelo de Estado que se planteaban construir. Así, después de 1991, la izquierda en América Latina quedó huérfana de un proyecto de Estado, de una alternativa política, económica y social de nación y hoy, en el 2005, en pleno siglo XXI, esta izquierda sigue igual, sin un proyecto alterno. La caída del socialismo real modificó sustancialmente la correlación de fuerzas en América Latina y replanteó muchos terrenos ideológicos y estratégicos de la lucha popular y revolucionaria. Aunado a ello, la invasión a Panamá el 20 de diciembre de 1989, la derrota sandinista en las elecciones presidenciales del 25 de febrero de 1990 y el empate técnico en la guerra salvadoreña entre el ejército y el insurgente Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que se expresó en la firma de la paz el 20 enero de 1992, determinaron también la transición de la izquierda latinoamericana hacia una actuación plena dentro del sistema político imperante en el contexto del capitalismo: la democracia electoral. Tras esta crisis generalizada, en la región surgieron nuevos partidos y movimientos políticos de izquierda que se volcaron de lleno al juego electoral y a la lucha institucional por los espacios del poder. Si bien mantuvieron algunas banderas del pasado, los nuevos programas tenían la característica de buscar la "humanización" del sistema capitalista, sobre todo, en el contexto de la imposición del modelo neoliberal en toda la región latinoamericana. También llamados los partidos de la tercera generación de la izquierda latinoamericana, organizaciones como el Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, el Partido de la Revolución Democrática (PRD) de México y el Frente Amplio-Encuentro Progresista-Nueva Mayoría (FA-EP-NM) de Uruguay, constituyen algunos referentes al respecto, aunque varios de ellos tenían ya algunos años de fundados previos al derrumbe del bloque soviético. Por otro lado, los cambios que han experimentado algunas naciones que continúan bajo el socialismo, nos dan la pauta para afirmar que con una revisión crítica de las experiencias pasadas, rescatando sus mejores logros, puede reconstruirse una alternativa socialista que tenga viabilidad en nuestras propias realidades. En el caso latinoamericano, en Cuba, se han realizado cambios importantes en la vida económica, política y social, como la creación de más de 160 oficios en manos de particulares, la comunicación constante y efectiva entre los órganos de dirección y la sociedad, la reducción de los privilegios para los miembros del partido y el gobierno, una promoción permanente del debate entre la población en torno a temas fundamentales y la realidad de que las actividades culturales son un derecho garantizado para todos. De ninguna manera puede afirmarse que sea un sistema perfecto, pero es el más justo a nivel latinoamericano, con índices constantes de crecimiento económico, un sistema de salud y educación como pocos en el mundo, y un nivel de bienestar social elevado, a pesar de las carencias que implica la continuación del inhumano bloqueo económico que Estados Unidos mantiene contra la isla desde hace más de 40 años. Por ello, el aspecto fundamental que se genera a partir de esta reflexión, radica en rescatar el sistema socialista como el único que puede garantizar una vida digna para el ser humano. En este sentido, destaca la siguiente reflexión del filósofo y marxista Adolfo Sánchez Vázquez: "Sólo en un verdadero socialismo las reivindicaciones de libertad, igualdad, justicia y democracia encontrarán el terreno apropiado para pasar de los buenos deseos a su encarnación efectiva. Pero la izquierda no puede cruzarse de brazos en espera del ‘gran día’ en que advengan esos valores. En cada instante y en cada centímetro de terreno ha de hacer frente a la negación, o angostamiento de ellos, pues ésta será, en definitiva, la mejor vía para llegar a la sociedad más justa, más libre y más igualitaria que llamamos socialismo. En suma, después del derrumbe, y no obstante las condiciones desfavorables que para el verdadero socialismo se han creado con él, hay suficientes señas para que la izquierda reconozca su identidad. Pero esta izquierda que está dispuesta a renunciar al socialismo en el futuro, por utópico o lejano que nos parezca hoy, tiene que hacer una política nueva: una política que no confunda los fines con los medios, ni los separe tampoco radicalmente, una política que no se deje seducir por los resultados inmediatos, ni pierda nunca de vista los fines y los valores que le dan sentido. En suma, una política impregnada de un profundo contenido moral. Tal es la lección política y moral que la izquierda, que no arría la bandera socialista, podría sacar del derrumbe del ‘socialismo real’" (Sánchez Vázquez, 2004: 116). Ante este panorama, las consecuencias del derrumbe del bloque soviético para América Latina fueron un factor fundamental para la transformación ideológica de la izquierda y su reconversión hacia instancias del Estado al que combatió durante decenios. Con todo y sus diferencias nacionales, la izquierda que se transformó en partido político tradicional inició una nueva etapa bajo el proceso de la globalización neoliberal, un periodo pragmático que no ha dado mayores resultados en términos estructurales. Por ello, habría que plantearse la reconstrucción de una izquierda organizada que tenga como meta final la construcción del socialismo. Pero, ¿de qué tipo de socialismo estamos hablando? Sin duda, de uno en el que estén consagrados los derechos humanos fundamentales y las libertades cívicas, políticas y sociales para todos los integrantes de la población, en el marco del respeto a los derechos colectivos. Las estructuras de un Estado socialista tendrían que garantizar la existencia de medios efectivos de participación popular, entre los que destacan el referéndum, el plebis-cito, la iniciativa popular, el presupuesto participativo y la revocación del mandato. La economía socialista estaría en manos de consejos ministeriales de producción integrados sectorialmente, bajo la óptica de una economía productiva en la que las riquezas nacionales se concentren en el Estado para el beneficio mayoritario de la población, pero bajo una estricta vigilancia ciudadana, con mecanismos efectivos de intervención y decisión. Se trata de construir una economía socializada, en la que puedan existir ciertas expresiones de la iniciativa privada, pero bajo la lógica de que las metas de crecimiento respondan a las necesidades sociales. Las ideas anteriores, apenas configuran un pequeño esbozo en torno al socialismo necesario para nuestros pueblos. Lo fundamental radica en la recuperación de la ética en la política, en la construcción de democracias estructurales, en el ámbito político, económico y social, bajo el poder de la sociedad. Estos serían algunos de los pilares para superar, de una vez por todas, los devastadores efectos que tuvo el derrumbe soviético en la izquierda latinoamericana, sin duda, una página triste pero aleccionadora del largo camino en la lucha por otro mundo posible.
Bibliografía Flores Olea, V. (2004), "En quince años", en: 1989-2004. La caída del Muro. 15 años después, México, Metapolítica (Fuera de Serie), pp. 61-65. Hinkelammert, F. (1900), "La crisis del socialismo y el Tercer Mundo", en: Revista Pasos, Departamento Ecuménico de Investigaciones, Segunda Epoca, No. 30, julio-agosto, Costa Rica, pp. 1-6. López Castellanos, N. (2001), Izquierda y Neoliberalismo de México a Brasil, México, Plaza y Valdés. Rodríguez Elizondo, J. (1995), Crisis y Renovación de las Izquierdas. De la revolución cubana a Chiapas, pasando por el caso chileno, Chile, Editorial Andrés Bello. Sánchez Vázquez, A. (2004), "Después del derrumbe", en: 1989-2004. La caída del Muro. 15 años después, México, Metapolítica (Fuera de Serie), pp. 114-116. Torres Rivas, E. (1993), "Acerca del redespliegue ideológico de la izquierda", en Tendencias, No. 25, El Salvador, pp. 16-17.
* Profesor de la UACM y de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Autor de los libros Izquierda y Neoliberalismo de México a Brasil (Plaza y Valdés, 2001) y La Ruptura del Frente Sandinista (Plaza y Valdés-UNAM, 1996).
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