El primer informe de Ernesto Zedillo

Eric Villanueva Mukul*

Según el primer informe del presidente Zedillo, la crisis fue incubándose durante mucho tiempo y ninguna causa por sí sola explica su naturaleza y magnitud: la sobrevaluación del tipo de cambio real y el aumento en las tasas de interés internacionales influyeron; el financiamiento del fuerte déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos mediante entradas de capital sumamente volátiles; un excesivo crecimiento de la deuda de corto plazo denominada en moneda extranjera y el mantenimiento de una severa rigidez en la política cambiaria, inclusive, ante la drástica alteración en las condiciones internacionales y ante los acontecimientos de violencia e incertidumbre de 1994.

Entre las causas fundamentales de la crisis financiera, la de mayor peso fue la disminución del ahorro interno y el incremento del consumo que registró la economía por más de un decenio. El aumento en el gasto se manifestó en un creciente déficit en la cuenta corriente financiado con capital externo, principalmente de corto plazo. Ese cuantioso ahorro externo financió un mayor consumo y no una mayor inversión productiva. Mientras que en 1988, el ahorro del sector privado fue de casi 18 por ciento del PIB, en 1994 no llegó siquiera al 11 por ciento1.

En virtud de la magnitud del desequilibrio acumulado, el déficit de cuenta corriente ya no pudo ser financiado mediante recursos externos. Además, el problema se agudizó por el aumento en las tasas de interés en los mercados internacionales, que provocaron un cambio en los flujos de inversión mundiales hacia las economías industrializadas y a otros mercados emergentes.

Ante la menor captación de recursos externos surgió la percepción de inversionistas nacionales y extranjeros de que había aumentado el riesgo cambiario del país. Para retener las divisas, el gobierno decidió emitir una creciente deuda pública de Tesobonos a plazos muy cortos. Por desgracia para la economía, la presencia de nuevos acontecimientos políticos en los últimos meses de 1994 generó una creciente especulación contra la moneda nacional. La fuga de capitales, en un contexto de agotamiento virtual de las reservas internacionales, desembocó a finales de diciembre en la devaluación del peso.

En el Primer Informe de Gobierno se describe la situación vivida en los primeros meses de 1995. La persistencia de la inestabilidad en los mercados financieros acentuó el riesgo-país y provocó que algunos inversionistas retiraran sus inversiones de México, lo que, a su vez, repercutió negativamente en el sector real de la economía más allá de lo previsto y en el alza significativa que registraron las tasas de interés; la pérdida de recursos continuó haciéndose cada vez más grave y las inversiones acumuladas durante ese periodo comenzaron a drenarse de nuestra economía. El retiro masivo de inversiones, además de ser el factor más severo de presión sobre el tipo de cambio y las tasas de interés, puso al país al borde del colapso financiero y productivo. El sobreajuste del tipo de cambio lo ubicó en un nivel de marcada subvaluación que, si bien coadyuvó a la corrección del déficit en cuenta corriente, indujo un incremento adicional en el nivel de precios y en las tasas de interés, reflejado en una contracción de los niveles de consumo e inversión.

Al interrumpirse súbitamente los flujos de capital, se produjo una fuerte caída del gasto tanto de consumo como de inversión, lo que motivó una sensible disminución en la demanda y en la producción. Esta caída afectó adversamente el empleo y los salarios y significo una pérdida en el ingreso de la población, que provocó una nueva reducción en el consumo y en la inversión, con lo cual el impacto recesivo de la crisis se agravó.

Ante el estallido de la crisis, el gobierno mexicano diseñó y aplicó un programa de ajuste fiscal y monetario, mediante un acuerdo stand by con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que tenía como objetivos inmediatos limitar el impacto inflacionario de la devaluación, restablecer la estabilidad en los mercados financieros y corregir ordenadamente el desequilibrio externo mediante el fortalecimiento de las finanzas públicas y la profundización del cambio estructural de la economía nacional. No obstante, este programa no logró restablecer la confianza, que comenzó a recuperarse hasta que el paquete de ayuda de Estados Unidos fue avalado por el Congreso de ese país2.

Con base en ese aval se conformó un paquete financiero que incluyó fundamentalmente tres fuentes de divisas: una por 20 mil millones de dólares, otorgada por el Departamento del Tesoro estadounidense; otra, de 17 mil 750 millones de dólares del FMI; y, una tercera, de 10 mil millones de dólares del Banco de Pagos Internacionales (BPI). De estas operaciones autorizadas, que sumaron 47 mil 750 millones de dólares, se recibieron recursos frescos (hasta el 28 de agosto) por 23 mil 902 millones de dólares: 10 mil 500 millones de dólares al gobierno federal y el resto al Banxico, es decir, únicamente se había utilizado el 50.1 por ciento del total de recursos negociados.

El 9 de marzo de 1995, se dio a conocer el programa macroeconómico de estabilización con medidas adicionales, orientadas a cuatro líneas de acción inmediatas: la realización de un ajuste adicional en las finanzas públicas para elevar el ahorro interno; la estabilización de los mercados financieros, mediante una estricta política fiscal y monetaria; la reducción del impacto del costo del ajuste macroeconómico sobre los hogares, las empresas y el sistema bancario; así como el fortalecimiento de los programas de defensa del empleo, capacitación de la fuerza laboral y de bienestar social.

Siguiendo muy de cerca lo señalado por el BM, este plan buscaba recuperar la estabilidad y también la confianza internacional, recomendando cambios en la privatización, descentralización, reforma de los sistemas legales y judiciales y mejora la efectividad de los programas sociales. Los principales elementos del programa fueron:

* Medidas fiscales, que incluyeron un ajuste de precios de los bienes y servicios del sector público, aumento del IVA del 10 al 15 por ciento y reducción del gasto público con la finalidad de generar un deficit primario del 4.4 por ciento, dos veces menor que el previsto originalmente para 1995.

* Régimen de flotación de la tasa de cambio y utilización de la política monetaria para estabilizar precios. Inflación de 42 por ciento y un crecimiento de activos netos del Banco de México hasta del 23 por ciento.

* Programa conjunto con el BM para apuntalar el sistema bancario (regulación, supervisión, elevación de requisitos de capital y reservas para cartera). Eliminación de topes a la inversión extranjera en la banca, línea de crédito en dólares para los bancos para hacer frente a sus compromisos internacionales y deuda convertible subordinada a través del Fobaproa. También fueron creadas las Unidades de Inversión (UDIs), con la finalidad de proteger el ahorro privado y dar certidumbre y estabilidad a las tasas de interés.

* Incremento del gasto real para programas sociales en 2 por ciento, fortalecimiento de la red de seguridad social a través de un impuesto negativo a la renta, extensión de la salud pública para los desocupados, programa de obras públicas para promover el empleo y programas de reentrenamiento laboral.

Adicionalmente, en agosto, se dio a conocer el acuerdo de Apoyo Inmediato a los Deudores de la Banca, que incluyó esquemas para reestructurar carteras y establecer un mecanismo para que tanto autoridades como bancos asumieran parte del pago de intereses correspondiente a los créditos otorgados antes del 21 de agosto de 1995, por la vía de un subsidio a las tasas activas de interés aplicadas a un monto máximo que dependía del tipo de crédito, entre los que se encuentran el crédito a tarjetahabientes, créditos otorgados para la adquisición de bienes de consumo duradero y personales, etcétera.

Para el BM, la crisis de México se convirtió en un llamado de atención para todos los países de América Latina; puso de manifiesto entre políticos, intelectuales y el público en general que había tareas inconclusas; además, ratificó la urgencia de comenzar la segunda fase de reformas y de clarificar su agenda. Según el BM, los sucesos en México encendieron las alarmas respecto de un gran número de problemas que subsistían en Latinoamérica: la elevación de las tasas de ahorro interno, el estímulo a la inversión privada en infraestructura, la reforma a los códigos laborales y de los sistemas educativos y la desregulación y desburocratización de los gobiernos regionales; también, la necesidad de reconstruir el Estado y creación de nuevas instituciones para desempeñar eficientemente aquellas tareas de las cuales el sector privado no podía hacerse cargo: el mantenimiento del orden público, la provisión de servicios sociales básicos para los pobres, el establecimiento de instituciones reguladoras modernas, independientes y profesionales y la provisión de infraestructura básica, entre otras.

Así, el BM observa los siguientes desafíos: la tasa de crecimiento habrá de acelerarse significativamente y los frutos de las reformas deberán ser distribuidos de forma tal que se reduzca los niveles de pobreza y desigualdad de la región.

 

* Doctor en Historia Económica. Expresidente de la Cámara de Diputados en la LVIII Legislatura.

1Ernesto Zedillo Ponce de León, Primer Informe de Gobierno, Tomo III, septiembre de 1995.

2 En febrero de 1995, el presidente de EU, William Clinton, haciendo uso de sus facultades extraordinarias y con la oposición de sectores del Congreso norteamericano, autorizó un préstamo por 20 mil millones de dls., con lo que se inició el rescate de la economía mexicana. Jaime Enríquez Félix, Fobaproa y la crisis de la banca, IEEM, México, 2001, p. 136. En una biografía de Alan Greenspan, actual Presidente de la Reserva Federal de EU, se narra como a pesar de la oposición de sectores del Congreso y del área económica de la administración, el presidente Clinton decidió apoyar a México, tomando en cuenta el desprestigio en que podía caer el modelo de libre mercado y la posibilidad de que la crisis mexicana se volviera sistémica y que contagiara a la economía mundial, así como tener delicadas repercusiones en la economía norteamericana que podría alcanzar hasta un 2 por ciento del PIB norteamericano. Bob Woodward, Alan Greenspan, Wall Street y la economía mundial, Ed. Península, Barcelona, 2001, pp. 202-211.