|
A diez años de la crisis de diciembre de 2004 Eric Villanueva Mukul* En diciembre de 1994 ocurrió una de las peores crisis financieras y económicas de la historia del país. La devaluación del peso desencadenó una de las más agudas caídas económicas de nuestra historia. Las consecuencias permanecieron todo el sexenio de Ernesto Zedillo y muchas de sus secuelas, diez años después, aún subsisten en la economía y en las finanzas públicas nacionales. Las propuestas para resolver la crisis, si bien salvaron la emergencia y restablecieron los equilibrios macroeconómicos, no sirvieron para resolver muchos de los problemas estructurales de nuestra economía, que todavía están presentes y que, en algunos casos, se han profundizado. En este trabajo, pretendemos contribuir al análisis de dicha coyuntura. Para ello, se realiza un recuento de las principales explicaciones oficiales sobre las causas de la crisis, así como la del Banco Mundial (BM). Se presentaran, las principales recomendaciones del BM, a la vez que se efectuará una descripción de las acciones tomadas por el gobierno federal para hacer frente a la crisis; asimismo, se detalla la evolución de la actividad económica en 1995 y se presenta una explicación de las causas más profundas de la crisis. Finalmente, concluiremos con el planteamiento de las consecuencias para la economía mexicana. La crisis El 20 de diciembre de 1994 se dio a conocer una noticia, con carácter extraordinario, que se sumó a muchas otras y de muy variado tipo que se habían generado en ese año en el entorno de la política y la economía nacional. Ernesto Zedillo Ponce de León, presidente de México, quién recién había tomado posesión el 1 de diciembre, anunció, a través de su secretario de Hacienda, Jaime Serra Puche, que la banda de flotación del peso se ampliaba hasta 3.80 pesos, esto es, aproximadamente un 17 por ciento más que su cotización en la víspera. La noticia provocó inmediatamente movimientos especulativos en los mercados financieros, de tal magnitud que arrastraron en picada las reservas internacionales. Fue tal la presión contra el peso que solamente dos días después, el 22 de diciembre, ante la imposibilidad de hacer frente a la onda especulativa, se anunció el paso a un régimen de flotación libre para fijar la paridad del peso frente al dólar, hasta totalizar un 71 por ciento de devaluación durante 1994. Dicha caída prosiguió en 1995, llegando a cotizarse hasta en niveles máximos de alrededor de 7.50 pesos por dólar, es decir, alrededor de un 130 por ciento de devaluación. Posteriormente, fue conocido el hecho de que durante la noche del 19 de diciembre, la Comisión de Cambios había acordado abandonar el régimen cambiario mantenido durante los últimos seis años y sustituirlo por uno basado en la libre flotación del peso. La medida fue planteada y discutida en el seno del "pacto"1 ante sus diversos representantes, algunos de los cuales propusieron y todos aceptaron, continuar con el régimen cambiario anterior, aunque modificando sustancialmente el nivel de la banda de flotación. Pocas personas dudan que esa información permitiera a varios de los integrantes del pacto contarse entre los actores que contribuyeron a la estrepitosa caída libre del peso. La devaluación de nuestra moneda resultó sumamente sorpresiva, pues, exceptuando algunas llamadas de atención de algunos especialistas, los empresarios, los líderes sindicales, los medios de comunicación, los artistas e intelectuales, no habían terminado aún de aplaudir y de homenajear al saliente presidente Carlos Salinas De Gortari, precisamente por sus logros en materia económica, cuando se conoció públicamente la medida. Asimismo, resultó sorpresiva porque las nuevas autoridades hacendarías y monetarias desmintieron siempre, en diversos foros nacionales y extranjeros, la posibilidad de devaluar nuestra moneda. Finalmente, fue escandalosa, porque pocas veces, sobretodo en años recientes, se había visto el caso de un presidente que empezara su sexenio devaluando la moneda. Como sea, esta devaluación tuvo un impacto devastador en la actividad económica durante todo 1995, como veremos más adelante. Al mismo tiempo, esta situación desató una profunda polémica, que ha permanecido por diez años, acerca de si la "crisis de diciembre" fue simplemente un accidente coyuntural, un "error"2 como fue llamado, derivado de la falta de pericia y de un manejo erróneo de la política económica o si, por el contrario, esta crisis fue producto de los síntomas del agotamiento y las debilidades del modelo de desarrollo neoliberal que fue impulsado desde el sexenio de Miguel de la Madrid y que aún continúa aplicándose. Desde luego, anteriormente al estallido de la crisis, la discusión y las críticas al modelo neoliberal estaban ya a la orden del día. Sin embargo, estos señalamientos, giraban, fundamentalmente, alrededor de sus efectos polarizantes respecto a la distribución del ingreso y de sus consecuencias sociales excluyentes. La evolución de la economía en 1995 El impacto de la crisis afectó todos los órdenes de la economía nacional, registrándose una drástica caída del orden del 6.2 por ciento, al cerrar el año3. Al nivel de sectores, el agropecuario, silvícola y pesquero, observaron una contracción anual de 9.8 por ciento; este resultado se explica principalmente por la reducción de la producción en la agricultura. El sector industrial presentó una variación anual negativa de 6.2 por ciento. En cuanto a la actividad en comercio, restaurantes y hoteles, ésta se contrajo 13 por ciento anual, mientras que el PIB de los servicios sociales y comunales registró una caída en ese año de 0.6 por ciento. Destaca que la producción en la industria maquiladora de exportación creciera a una tasa anual de 15.9 por ciento, lo que indica que esa actividad se vio favorecida por la devaluación del tipo de cambio. Con relación al desempleo, y con base en datos del Instituto Mexicano del Seguro Social, se calcula que hubo una pérdida de 775 mil 78 empleos con relación a diciembre de 19944. Por otra parte, al cierre de 1995, la inflación acumulada en el año, medida por el Índice Nacional de Precios al Consumidor fue de 52 por ciento. Por lo que se refiere a las remuneraciones, el primero de abril se otorgó un incremento a los salarios mínimos de 12 por ciento; no obstante, al terminar 1995, el salario mínimo había perdido un 7.2 por ciento de su poder adquisitivo5. Para el rescate de las instituciones bancarias se crearon el Fondo Bancario de Protección al Ahorro (Fobaproa) y el Programa de Capitalización Temporal (Procapte). Al finalizar 1995, en los diferentes programas de saneamiento bancario, apoyo a deudores, rescates carreteros, se habían invertido 83 mil millones de pesos, aproximadamente, 12 mil 928 millones de dólares al tipo de cambio promedio de ese año, lo que significó el 5.1 por ciento del PIB de 19956. Para contribuir a estabilizar el mercado cambiario fue autorizada la operación del mercado de futuros del peso en el Chicago Mercantil Exchange, a partir del 25 de abril de 1995, así como del mercado de futuros y opciones de divisas dentro del territorio nacional, a partir del 20 de marzo de ese año. En el primer semestre se amortizó el 65.9 por ciento de los Tesobonos en poder del público. Así, mientras que al cierre de diciembre de 1994, la circulación de Tesobonos ascendió a 29 mil 206 millones de dólares, al mes de junio de 1995, sumó tan sólo 9 mil 959 millones de dólares. El descenso en el nivel de la actividad económica propició que la captación bancaria registrara un decremento real anual promedio de 3.5 por ciento durante el segundo trimestre de 1995. El coeficiente de cartera vencida del sistema bancario observó una trayectoria ascendente, ocasionando que la canalización de financiamiento bancario al sector privado no financiero redujera su tasa de crecimiento en términos reales. Por otra parte, las tasas de interés domésticas registraron su nivel promedio más alto durante abril, como consecuencia del repunte de la inflación7. Durante 1995, la balanza comercial registró un superávit de 7 mil 88 millones de dólares. Esa mejoría se explica por el aumento de las exportaciones que presentaron una tasa de crecimiento anual de 30.6 por ciento, siendo los sectores agropecuario y manufacturero los que registraron variaciones positivas8. Las importaciones, por su parte, mostraron una trayectoria decreciente. La cuenta corriente registró un déficit de mil 577 millones de dólares en 1995, lo que representó el 0.55 por ciento del PIB anual9. Por su parte, la inversión extranjera directa mostró un cambio importante y al finalizar el año se ubicó en 9 mil 526 millones de dólares10. Las causas de la crisis En cualquier economía, el desequilibrio en la cuenta corriente de la balanza de capital tiene que ser corregido tarde o temprano, con la devaluación de la moneda. Esto es así porque la cuenta corriente expresa el intercambio de una economía específica con sus socios comerciales, Como se sabe, esta capacidad productiva está en permanente cambio y modificación y, dado que la moneda es una medida del valor y del nivel de precios internos de la economía, su precio en relación con las monedas de las otras economías varía permanentemente, aunque ello se exprese de periodo en periodo. Basta observar lo que ocurre todos los días a escala mundial para confirmar lo anterior. Por ejemplo, los desequilibrios comerciales monumentales de Estados Unidos han provocado que el euro y el yen japonés hayan alcanzado niveles record en su cotización frente al dólar. Prácticamente, no hay un solo día en que los tipos de cambio de las monedas no varíen entre sí, devaluándose o sobrevaluándose. Otro problema son las repercusiones específicas que la devaluación o sobrevaluación generan al interior de la actividad económica de determinado país11. El déficit en cuenta corriente, tarde o temprano, lleva a la devaluación de la moneda. No obstante, ésta no es realmente una explicación en sí misma, sino, en todo caso, es la expresión de un proceso en el que el paso siguiente es la devaluación. Lo realmente importante es preguntarse por qué un país determinado llega a tener un déficit en la cuenta corriente de tal magnitud que lo obliga a devaluar su moneda. Después del periodo conocido como "desarrollo estabilizador", que concluyó en la segunda mitad de los setenta, la economía mexicana entró a un ciclo de devaluaciones de nuestra moneda que, generalmente, coincide con el término del sexenio. Dicho ciclo fue inaugurado por Luis Echeverría Álvarez, donde "las causas" de la devaluación fueron: déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos y sobrevaluación de la moneda. López Portillo, después de soportar un férreo control del FMI, con base en los ingresos petroleros, desbocó el gasto público y devaluó la moneda para subsanar el déficit en la balanza de pagos. Miguel de la Madrid Hurtado se la pasó devaluando prácticamente todo su sexenio por las mismas razones: déficit en la balanza de pagos y sobrevaluación de la moneda. Por su parte, Carlos Salinas de Gortari no devaluó en su sexenio la moneda ya que dejo esta decisión al presidente Zedillo, pero dentro de las causas de tal medida figuran, en primerísimo lugar, como ya vimos, el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos y la sobrevaluación del peso. Lo relevante en lo anterior radica en el hecho de que durante los cuatro sexenios referidos se han implementado modelos de desarrollo diferentes y todos han desembocado en problemas parecidos que han hecho entrar en crisis a la economía. La pregunta, entonces, es ¿por qué nuestro país, independientemente del modelo de desarrollo seguido, desemboca de manera recurrente y sistematica en desequilibrios en la cuenta corriente y en la devaluación de su moneda? ¿Porque la economía mexicana tiene que "pagar" a las economías industrializadas una serie de "costos" que provocan sistemáticamente esos desequilibrios externos? Destacan dos factores entre ellos: el costo derivado de que nuestro aparato productivo, para poder crecer, necesita importar máquinas, materias primas y tecnologías que no producimos internamente; y, en segundo lugar, el costo que tenemos que desembolsar para atraer capitales y poder pagar los préstamos que los países industrializados y sus instituciones financieras otorgan para que las economías como la nuestra puedan crecer. De tal manera que la crisis de diciembre de 1994 fue gestándose años atrás y sus causas centrales se ubican en la naturaleza de la forma en que México se inscribe en la economía mundial. La prueba de fuego para la economía mexicana, desde hace veinte años, y hasta antes de la crisis del 94, consistía en demostrar que se podía crecer manteniendo la estabilidad interna y externa, combinar la inflación con el equilibrio fiscal y monetario y el control sobre la balanza de pagos. Lo anterior, sólo podría lograrse incrementando la productividad y la competitividad nacional, al mismo ritmo que nuestros principales socios comerciales y mantener una balanza comercial superavitaria o, cuando menos, en equilibrio, lo mismo que la cuenta de capitales, con un adecuado manejo de unas finanzas publica sanas y un correcto control de la inflación. Si bien, las medidas recomendadas por el FMI y el BM fueron adecuadas para restablecer los equilibrios coyunturales, porque restringían la actividad económica de manera drástica, una vez estabilizada la economía, al pretender crecer económicamente, nuevamente los desequilibrios de las cuentas externas se han presentado. En el México moderno nunca se ha resuelto el dilema de reiniciar el crecimiento sin presionar los precios a la alza ni el déficit externo. Las propuestas de FMI y el BM nunca pretendieron hacer cambios estructurales en la economía que permitieran mayor competitividad internacional y evitaran los desequilibrios externos. Una vez salvada la crisis, la recomendación fue una segunda generación de reformas de corte neoliberal, sin entrar a resolver los problemas estructurales que, como veremos, diez años después aún continúan y, en muchos casos, se han profundizado. Las consecuencias Las consecuencias para la economía mexicana fueron desastrosas en 1995; las repercusiones económicas, sociales y políticas alcanzaron a todo el sexenio zedillista y se han prolongado hasta la presente administración del presidente Fox. Aunque en el resto del sexenio la economía se recuperó y tuvo niveles de crecimiento importantes, la abrupta caída de 1995 hizo que al final del sexenio el PIB promediara un crecimiento moderado del 3 por ciento anual12. Pese a ese crecimiento durante el sexenio del presidente Zedillo, infinidad de empresas pequeñas y medianas desaparecieron. Se perdieron miles de empleos y millones de mexicanos vieron afectados su patrimonio y su calidad de vida. Solamente en ese sexenio el poder adquisitivo de salario de los trabajadores perdió el 20 por ciento para continuar con la caída de los 20 años anteriores y sumar una pérdida de cerca de un 72 por ciento13. El ingreso per cápita, pese al crecimiento de la economía, permaneció estancado durante todo el sexenio, al pasar de 4 mil 718 dls., en 1994 a 4 mil 942 dls. en 1999, según el INEGI. De acuerdo a otras fuentes, esa tendencia confirmaba también el estancamiento del ingreso per cápita en los últimos 20 años14. Esas condiciones económicas fueron el fermento para que la pobreza creciera exponencialmente en nuestro país. Entre 1994 y 1996, la población en condiciones de pobreza se incrementó de 61 a 72 millones de habitantes; los pobres extremos pasaron de 36 a 50 millones, de los cuales, los indigentes aumentaron de 29 a 40 millones. Con lo que nuestro país ingresa, junto con Brasil, al club de los países más desiguales de América Latina y del mundo15. El costo total de la crisis y sus repercusiones difícilmente podrán medirse con exactitud; sin embargo, hay quienes calculan entre un 12 y 15 por ciento del PIB la crisis financiera del 94-9616. Otros estiman que pudo haber alcanzado hasta un 19 por ciento del PIB, además de otros costos, por el producto perdido, que puede ser estimado entre un 10 y 15 por ciento del PIB, debido a la dinámica de la crisis y la severidad del proceso de estabilización. La deuda y el menor producto han afectado a personas concretas en términos de oportunidades pérdidas, educación no aprovechada, viviendas no construidas, atención medica no recibida, empleos no creados, empresas cerradas. Un tercer costo, es de carácter estructural. La crisis llevo a la banca y prácticamente al resto del sector financiero a que, mayoritariamente, quedara en manos de extranjeros17. Para algunos, sobre todo para los responsables de la política económica y sus cercanos beneficiados, la intervención permitió contener la crisis, preservó el sistema de pagos, impidió que los ahorradores perdieran sus recursos, mantuvo solvente a los principales bancos y facilitó el fortalecimiento de la regulación, las instituciones y las prácticas financieras. Si bien, algo hay de cierto en esta afirmación, la manera en cómo se realizó, elevó los costos a niveles estratosféricos. En contraste, otra evaluación, que incluye la del auditor Mackey, y en opinión de la mayoría de académicos y organismos financieros internacionales, la solución a la crisis fue temporal, costosa, lenta y carente de transparencia, lo que permitió excesos que beneficiaron enormemente a grandes deudores, funcionarios bancarios, banqueros y accionistas18. No por nada, este rescate bancario Fobaproa-Ipab ha sido catalogado como uno de los fraudes más grandes de la historia de México. La desproporción de recursos destinados al rescate bancario y al Fobaproa entre 1995 y 1998 alcanzaron la cantidad de 422 mil 123 millones de pesos mexicanos y los pasivos sumaron 633 mil 300 millones de pesos19. Entre 1999 y el 2004, se destinaron al Fobaproa-Ipab la cantidad de 283 mil 510 millones de pesos, mientras que los pasivos pendientes del IPAB, todavía alcanzaban 790 mil 444 millones de pesos20, es decir, sumando las erogaciones y los pasivos pendientes, al finalizar 2004, el rescate bancario representaba un total de 1 billón 496 mil 77 millones de pesos. Al tipo de cambio al mayoreo, en abril del 2005, aproximadamente, 134 mil 57 millones de dólares. La astringencia de dólares, por la perdida de reservas ante la crisis, los vencimientos en el corto plazo y el rescate bancario, hicieron que se contrataran y se pagaran enormes sumas de deuda externa durante todo el sexenio de Zedillo. En el periodo 1995-2000 se realizaron préstamos por 161 mil millones de dólares, se pagaron a capital 151 mil 36 millones de dólares y se pagaron de intereses 41 mil 309 millones de dólares, para quedar con un saldo total de deuda publica externa de 94 mil 789 millones de dólares. En ese sexenio por concepto de capital y servicio de la deuda se erogó la cantidad de 192 mil 372 millones de dls.. Esa ha sido la magnitud, tan sólo por ese concepto, de la transferencia de recursos del país a los bancos y los organismos financieros internacionales21. El elevado incremento de estos dos últimos conceptos, ha significado crecientes volúmenes de recursos que han presionado cada vez más, hasta el presente, las finanzas públicas. En 2000, esos recursos llegaron ha representar un total de 201.5 mil millones de pesos, que significaron el 3.9 por ciento del PIB y el 17 por ciento del presupuesto de ese año. Según Hacienda, estos recursos incluían el costo financiero de la deuda y los recursos del ramo 34 que son los programas de apoyo al Fobaproa-Ipab. Esto llevo a reconocer al propio Secretario de Hacienda, José Ángel Gurria: "no existen margen de maniobra por lo que será necesario ajustar otros programas y acciones del gasto"22. Desde esa fecha hasta la actualidad, efectivamente, más del 90 por ciento del presupuesto nacional está amarrado por lo que el margen de maniobra es limitado y cada vez se reasignan menores recursos a la infraestructura y al desarrollo económico y social que requiere el país para su desarrollo en el largo plazo. Estas condiciones económicas contribuyeron a crear la percepción en la población de ineficiencia del gobierno de Zedillo que, junto con el desgaste político del régimen, llevó al PRI a perder la mayoría en la Cámara de Diputados en 1997 y la Presidencia de la Republica en 2000. Conclusiones A diez años de la crisis de diciembre de 1994, si bien logró sortearse la emergencia económica y restablecer los equilibrios macroeconómicos, muchos de los objetivos planteados en el programa para salir de la crisis aún no se han logrado y otros se han deteriorado dramáticamente. Los aspectos sociales relativos a los bajos salarios, la desigualdad social, la pobreza y la pobreza extrema no sólo no han disminuido, sino que en muchos aspectos, se han recrudecido. La constante asignación de recursos al rescate bancario y al servicio de la deuda han impedido, en parte, destinar recursos al desarrollo social y económico que permitan, a la vez que garantizar niveles adecuados de crecimiento económico, la eliminación de las desigualdades sociales y el subdesarrollo. Tampoco han podido lograrse las transformaciones estructurales que permitan mayores y mejores niveles de ahorro interno y de inversión productiva, pública y privada, para garantizar mejores niveles de crecimiento. Por el contrario, se han ido perdiendo niveles de productividad y competitividad con relación a nuestros principales socios comerciales. El Word Economic Forum que, en 1999, situó a México en el lugar 31 del índice de crecimiento de la competitividad mundial, lo bajó al número 47 en 2003. Aunque los conductores de la política económica y las cúpulas empresariales han querido atribuir la perdida de competitividad a la falta de las "reformas estructurales", recomendadas por el BM, en realidad, la competitividad tiene relación directa con la innovación tecnológica, la modernización permanente de la planta productiva, la inversión suficiente en la formación bruta de capital, la infraestructura productiva adecuada y con niveles óptimos de desarrollo educativo e integral del país. Apostarle a los bajos salarios como elemento esencial de la competitividad está mostrando sus límites y sus contradicciones. La orientación de las tres "reformas estructurales" (energética, fiscal y laboral) poco tienen que ver con las necesidades de las transformaciones que requiere el país para impulsar mejores niveles de productividad y competitividad. Por el contrario, la aplicación de las reformas estructurales tal como la recomiendan los organismos financieros internacionales, lejos de solucionar, pueden contribuir a agudizar las tendencias que actualmente tiene la economía mexicana, provechosa para determinados sectores minoritarios, pero poco satisfactoria para la mayoría de la población. Solucionar los problemas estructurales de la economía nacional y garantizar en el largo plazo niveles adecuados de desarrollo, pasa necesariamente por la revisión de muchas de las políticas económicas aplicadas en los últimos veinticinco años ya que, como hemos visto, no lo han podido garantizar. Desde luego, eso significa la necesidad de una revisión del modelo de desarrollo seguido hasta ahora, en el nuevo contexto de la globalización y de la exacerbada competencia internacional.
* Doctor en Historia Económica. Expresidente de la Cámara de Diputados en la LVIII Legislatura. Una primera versión de este artículo la escribí con Antonio González Peniche a quien expreso todo mi reconocimiento. 1 Organismo creado durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari en el que concurrían los diferentes representantes del sector empresarial y el laboral, integrados en el Congreso del Trabajo y las instituciones gubernamentales ligadas a la conducción económica, en donde se discutían parte de las políticas económicas, sobre todo las relacionadas con los salarios y precios. 2 Carlos Salinas de Gortari le dio ese calificativo, como explicación de la crisis. "El hecho de que la recuperación mexicana haya venido tan fuerte y tan rápido confirma que el modelo no estaba mal y prueba que lo que provocó la crisis de 1995 fue un error y no un modelo equivocado", en: Carlos Salinas de Gortari, México. Un paso difícil a la modernidad, Plaza & Janes Editores, Barcelona, 2000, p. 1104. 3 El Financiero, 14 de noviembre de 1998. 4 El Financiero, 6 de septiembre de 1998. 5 El Financiero, 31 de agosto de 1998. 6 Roberto González Villareal, El Financiero, 23 de diciembre de 1998, p. 118. 7 El Financiero, 6 de septiembre de 1998. 8 La Jornada, 2 de febrero de 1998. 9 El Financiero, 15 de diciembre de 1998. 10 El Financiero, 14 de noviembre de 1998. 11 El deficit de cuenta corriente de EU, así como el abultado monto del servicio de su deuda externa, está devaluando permanentemente el dólar, en relación al euro y al yen japonés e, inclusive, amenaza con una devaluación de grandes proporciones, en el corto o mediano plazo, que puede desatar una crisis financiera de escala global. Alfredo Jalife-Rahme, "Agonía del dólar: ¿El ultimo tango del imperio?", La Jornada, 7 de marzo de 2005. En 2004, EU reportó un deficit record del orden de 665 mil millones de dls., lo que marcó una continuidad en lo últimos tres años, El Universal, 17 de marzo de 2005. 12 El Financiero, 17 de noviembre de 1999; El Financiero, 17 de mayo de 2000. 13 El Financiero, 20 de agosto de 1999. 14 La jornada, 5 y 27 de febrero de 2000. 15 La jornada, 16 de octubre de1998. 16 El Financiero, 18 de junio de 1998. 17 González-Arechiga, "Para transparentar el rescate bancario", Nexos, No. 326, febrero de 2005, México, p. 18. 18 Ibid, p. 19. 19 El Financiero, 17 de mayo de 1998 y 6 de septiembre de 1999. 20 El Financiero, 6 de septiembre de 1999; La Jornada, 23 de enero de 2005. 21 El Financiero, 18 de febrero de 2000. 22 La Jornada, 21 de octubre de 1999; El Financiero, 10 de noviembre de 1999.
|