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1948: La Julia y sus dos ataúdes Gerardo Unzueta Lorenzana Presentación La segunda novela de Gerardo Unzueta Lorenzana —primera de la tetralogía prometida en torno a momentos fundamentales de la historia de México— reunió en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes a cuatro comentaristas que abordaron diferentes aspectos de un texto en el que se escenifica una manera extraordinaria de ser hombre, un homenaje a la filia, a la amistad y donde se pone en práctica, en un notable ejercicio, la belleza de la palabra. Luis Felipe Crespo, geógrafo de formación, subdirector del Museo de las Culturas de la Ciudad de México, profesor en la Facultad de Filosfía y Letras de la UNAM, experto en políticas culturales, fue el primero en hacer uso de la palabra. En segundo lugar, intervino Alejandro Miguel, profesor de vieja raigambre comunista, maestro de literatura, encargado de la redacción de la revista Memoria del Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista. Ricardo Bautista, editor de varias revistas literarias, subdirector de la Gaceta Canábica, asesor cultural del Grupo Parlamentario del PRD en la Cámara de Diputados, fue el penúltimo comentarista. Cerró las intervenciones David Huerta, uno de los mejores poetas mexicanos, de filiación comunista, autor entre otros textos, de Incurable, La música de lo que pasa y Calcinaciones y vestigios. Ha sido director de Periódico de Poesía. Es uno de los intelectuales más importantes del México actual. Gerardo de la Fuente
Escribir para recordar, recordar para no olvidar Luis Felipe Crespo Es esta primera reflexión al leer las múltiples peripecias de El Chapulín —jefe de redacción de La Voz de México, periodista de oficio, comunista, organizador y tenaz luchador—, quien con tan sólo 20 años no tuvo de otra que trabajar como ayudante de soldador en la construcción de la carretera transístmica, escenario de la historia que nos narra con gran fluidez literaria y con la intención de no olvidar no sólo los acontecimientos ocurridos en ese no tan lejano 1948, sino, sobre todo, no olvidar que la posibilidad de conquistar mejores condiciones de vida para los trabajadores estará siempre en la organización de la sociedad. Hoy El Chapulín ya no anda de mata en mata recorriendo carreteras, pero sigue brincando de un sitio a otro escribiendo para no olvidar, recordándonos que la memoria se construye día a día y que necesariamente tiene que ser colectiva, con el simple pero complejo propósito, no sólo de entender que pasa hoy, sino de no perder la perspectiva de que la sociedad que estamos obligados a construir proviene de la lucha de quienes las más de las veces dejaron en ella su vida; es por ello que este Chapulín no deja de poner el dedo en la llaga, escribir para recordar, recordar para no olvidar y con ello seguir siendo un tenaz organizador y luchador. El escenario de la historia es nada menos que el istmo de Tehuantepec, alla por 1948. Miguel Alemán era ya presidente de la república; con él, La Revolución Mexicana se institucionalizaba, el partido del Estado sufría una metamorfosis y se convertía en Partido Revolucionario Institucional, instrumento político que permitió la consolidación de una clase política que arribó al poder para sostenerse en él hasta nuestros días, aunque hoy se llamen del cambio, se vistan de azul y mochen el águila. Es la época en que los famosos cinco lobitos habían controlado ya la mayoría de los sindicatos del país y gozaban de las prebendas que el gobierno les ofrecía. Sin embargo, un importante sector de la clase obrera resistía y organizaba un gran movimiento: ferrocarrileros, metalúrgicos y petroleros encabezaban la lucha contra la carestía y la inflación que por esos años agobiaba el país. El Chapulín nos narra como llenarían el zócalo ese 1948, y con ello estremecieron al régimen. En ese contexto histórico, Pablo, Chayo, David, Chicle, Gritón, Larita, Raúl y El Chapulín, que también es protagonista, entre otros personajes, se nos presentan uno a uno en toda su humanidad, como seres humanos convencidos de la importancia de su trabajo, de su papel como constructores de una obra que de suyo es épica, pero también dispuestos en todo momento a no ceder en la lucha por mejores condiciones de vida. La historia se centra en todo momento en la reflexión permanente que tienen los protagonistas en el proceso que significa la construcción de la organización sindical, el narrador no deja nunca de presentar al lector como eran el pensamiento y los ideales de los comunistas y los sindicalistas de la época. Así, los diálogos que resultan ser maravillosos aparecen en el lenguaje coloquial utilizado por el común de la gente, sin rodeos; cada uno de los protagonistas muestra su ser tal como es: sin esteriotipos, transparentes, afloran sus sentimientos, su coraje ante la injusticia, pero también sus alegrías frente a sus triunfos. Son hombres orgullosos de sus habilidades en el trabajo, no dejan de admirar a quien con el grado de maestro, que sólo la experiencia otorga, son considerados unos chingones en la maniobra de su maquinaria; a ellos se les respeta, saben ganarse el liderazgo que en ningún momento van a poner en venta, es más importante el compromiso con los suyos que dejarse tentar por las mieles del poder y de la corrupción; ellos saben que ceder significa perder su pertenencia a su clase, o sea, a su comunidad. Siempre narrada en forma coloquial, en diálogos íntimos, como íntimas son las reuniones en el local sindical, en la casa de Chayo o en el viaje en tren, La Julia y sus dos ataúdes no deja demostrar los sucesos que la izquierda mexicana y mundial atravesaba en esos años: el narrador nos cuenta su paso por la guerra civil española, en el regimiento internacionalista o sobre las maravillas que se encontraban en Unión Soviética de los años treinta con la aplicación de los planes quinquenales, siempre estando presente la posición ideológica de los comunistas de la época. Sin caer en apologías, se valora el papel de personajes como Valentín Campa que, enfrentado en ese momento al comité central del Partido Comunista, asesora a nuestros protagonistas, recurso que la novela no deja pasar para señalarnos también los grandes errores cometidos por los comunistas, tanto por la política de unidad a toda costa, como con los coqueteos que tuvieron con el régimen de Alemán, al catalogarlo como burgués progresista. Sin embargo, no deja de señalarnos que el papel fundamental del Partido es la organización tanto de los trabajadores como de los distintos sectores de la sociedad, es ahí, que El Chapulín se mantiene siempre dispuesto a estar presente donde sea necesario organizar. La historia también nos describe a la región, el istmo de Tehuantepec, donde la temperatura es siempre calurosa y la humedad nos mantiene sudando todo el tiempo, lugar de confluencia cultural, la presencia zapoteca que se muestra en múltiples facetas, en la lucha por el reparto agrario, en la Julia y otras mujeres de oficio fonderas, que tienen la labor de alimentar a los trabajadores, pero también de amarlos y entregarse sin condiciones. La construcción de la carretera transístmica tiene una importancia estratégica para el gobierno de Alemán, es la oportunidad de realizar alianzas con Estados Unidos al ofrecerle un espacio geopolítico en el inicio de la Guerra Fría, por lo menos, así nos lo hace saber La Julia y sus dos ataúdes. Cincuenta y cinco años después, esa región sigue siendo de interés estratégico para Estados Unidos y para la misma clase, con el nombre de Plan Puebla-Panamá. Los argumentos para volver a construir una red de carreteras y ferrocarriles que crucen de Coatzacoalcos a Salina Cruz siguen siendo los mismos. Hoy, la lucha por la defensa de ese territorio la enfrentan los indígenas; hoy, al partido heredado por los comunistas no le importa la organización de la sociedad y se encuentra muy lejos de participar en la organización de la defensa de ese espacio, pero El Chapulín nos recuerda que escribir significa no olvidar, y hoy con La Julia y sus dos ataúdes nos señala que el grupo de camineros supo jugársela por el ideal de la construcción de una nación soberana. La Julia, mujer zapoteca, bella de suyo, trabajadora, luchadora de la vida, enamorada, sorprendida como el resto de los habitantes de la región por los cambios que habría con la construcción de la carretera, sabe en todo momento que tiene que hacer, aunque su aparición en el relato es circunstancial, su presencia está en todo momento pendiente de los sucesos, se vuelve la protagonista de la obra justo en el momento del desenlace, para señalarnos que a pesar de que los comunistas no facilitaban la participación de las mujeres su papel es clave y, por supuesto, fundamental. De esta manera, nuestro amigo El Chapulín, recupera para la historia uno de los momentos más significativos del movimiento obrero, nos envuelve en el contexto político de la época, las vicisitudes por las que atravesaban los comunistas, pero lo más importante, nos enseña que la lucha de los trabajadores de este país tiene que ser recuperada en términos de sus vivencias, porque es en ese ámbito, en el de las sensaciones, en el de las emociones, que escribir significa recordar y recordar no olvidar, para así reconstruir la memoria colectiva de los miles de trabajadores que construyeron este país.
Un realismo atípico Alejandro Miguel La novela 1948: La Julia y sus dos ataúdes, de Gerardo Unzueta, pertenece a una especie de realismo atípico, ya que como variedad del conocimiento objetivo va más allá de lo histórico por otros medios, como sostuvo George Lukács en sus escritos de los años treinta. Unzueta supera el positivismo y el plano lineal, propios del realismo típico. 1948: La Julia y sus dos ataúdes (título muy antipático, publicitaria y psicológicamente) agrega a lo histórico la presencia del partido revolucionario, concretamente el Pecé. Si en Germinal, de Zolá, lejano punto genealógico de la narración de Unzueta, lo histórico todavía pasa por el sistema endocrino de los trabajadores, La Julia (nombre abreviado y más nemotécnico y literario) recurre a la conciencia y a la desalienación, como presupuestos de la acción organizada. En esto coincide con el realismo ontológico de Revueltas, pero nada más, porque en el autor de Los errores los personajes se definen por la hondura y crudeza psicológica, en tanto que en Unzueta los personajes se definen por la acción. En La Julia, la atipicidad no sólo es de método y teoría. El mismo formato del libro es atípico, ya que trae un entreacto que no es simple separata, sino un anexo por fuera. Los agradecimientos no están en las páginas iniciales e interiores del libro, sino en la segunda solapa. Las dedicatorias —eficientes, dulces y hogareañas— sí están en el lugar acostumbrado y dan la imagen del generoso Unzueta. Este carácter del autor persigue a sus personajes: el novelista los ve con amor y éstos se ponen a caminar con amor en la novela y en Chivela. Allí, el maestro Chayo y Julieta ofician la entrega de amor más desprejuicida sobre el cuerpo y la militancia. En clave de telenovela, podría hablarse de un amor más allá del féretro: ese féretro o ataúd tirado una noche de octubre en la calle principal de Chivela, en una perfecta escena cinematográfica, muy Buñuel en blanco y negro. Esta novela de Unzueta se desarrolla en Chivela, municipio de Ixtaltepec, Juchitán, Oaxaca, y unos días en la Ciudad de México, a donde los trabajadores de la carretera transístmica acuden para incorporarse a la gran marcha obrera de protesta por la subida de precios que desató la devaluación del peso en agosto de 1948. En ese año, cundía la agitación social: huelga de electricistas, de la Fundidora de Monterrey y de la UNAM y protestas en Tecate y Monclova, entre los principales movimientos de masas, que en esa forma respondían a la derechización del régimen, el alemanismo y su caterva de contratistas corruptos y prevaricadores, incluido el presidente y sus ministros. El presidente sonreía, pues tenía al ejército, a la policía, a la prensa, a EU, a los prófugos de la izquierda hambrientos de pitanza y sinecuras, y, además, ya venía el charrazo de octubre sobre los ferrocarrileros. El malestar social era tan fuerte, que el magnífico y palaciego maestro Novo temía un bogotazo, es decir, una insurrección popular como la que siguió en Colombia al asesinato de Jorge Eliezer Gaytán en abril de aquel año. Hasta el PP, en el que Novo militaba sin desdoro por ser jefe del Departamento de Teatro del INBA alemanista, se alarmó a pesar de que dicho cotarro lombardista aprobaba "los lineamientos generales" del gobierno, según el mismísimo Novo. En ese ambiente, los trabajadores de la división Chivela de la carretera transístmica, proyecto estratégico de EU para saquear el Sureste y para fines militares, organizaron su sindicato. Véase que el Plan Puebla Panamá no es nuevo. Los sindicalistas fueron asediados por pistoleros de la empresa, el ejército y la Secretaría del Trabajo. Sólo se libraron de tener traidores y esquiroles en sus filas, como es obligado en estas gestas y en las novelas del género. Según la novela de Unzueta, Chivela —nombre zapoteco— significa "lugar de las diez cabras". Los lugareños que conocen la lengua original traducen literalmente "diez carne", pero afirman que eso carece de sentido. Desde luego, también podría ser corrupción de Chiguela, diez llanos, es decir, llano o planicie grande. Esto, obviamente, carece de importancia, novelísticamente hablando. La importancia de Chivela es el simbolismo que le da vida a través de la obra de Unzueta. Chivela es un mirocosmo (microcosmo, como gusta la madre Academia que se diga), un microcosmo de las relaciones de producción durante la industrialización alemanista, esa ilusión de la burguesía precaria que creía que le era posible seguir beneficiándose del vacío de producción que EU dejó al entrar a la Segunda Guerra Mundial. La burguesía y el señor Alemán no sospecharon que después de una guerra extensiva llega la crisis. La crisis sobrevino y el alemanismo agotó a los trabajadores para que éstos pagaran la crisis. Chivela fue el pequeño laboratorio donde el alemanismo ensayó cómo quebrar la resistencia de los trabajadores. Este espíritu avieso del alemanismo está bien captado en la novela de Unzueta. La estructura de la novela es ingeniosa, contraria al canon del realismo recalentado. Primero, empieza por el final; segundo, tiene dos finales, uno en 1948 y otro en 1958, cuando ya se anuncia la reanudación del ciclo de insurgencia obrera, ahora con los ferroviarios (ferrocarrileros, en México); tercero, tiene —formalmente— dos narradores principales: David Serrano y un homónimo del autor, Gerardo Unzueta; y cuarto, hay un juego de manos: en realidad, no son dos narradores, son legión. Los dos narradores guías son líderes comunistas; para colmo, también el autor lo es. Los dirigentes comunistas y, en general, de la izquierda son maestros de la descripción y el diálogo, porque la revolución a la que se deidcan es un relatio y un coro a dos voces. De tal guisa, las descripciones y los diálogos de La Julia son certeros y brillantes, lo mejor del libro. La voz de David Serrano es la Chivela misma del trabajo, un memorial de los que no tenían voz. Por eso, los personajes desfilan y desfilan, pasan y repasan, en círculos, en ángulos, en diagonales, en plano cartesiano y en espiral. Hasta un personaje que tiene el mismo nombre del autor y al que apodan El Chapulín se introduce en la obra para teorizar y para proporcionar al lector algunas muestras del humorismo de la época; tiene a su cargo el anacronismo de la risa comunista sin acuerdo del comité central. A propósito de esto, el chiste político de aquellos tiempos era monopolio de Palillo Jesús Martínez, que hacía las delicias de las galerías y el folclor grueso. La de La Julia es una estructura de personajes de "instantes" vitales, diría Lukács. Los personajes pertenecen al tema y al argumento por igual. En Chivela, o sea, La Julia, los personajes son funciones de un todo colectivo, manifestaciones de lo general. Roberto Báez es el intelectual orgánico del colectivo obrero y representa el internacionalismo con su participación en el segundo plan quincenal de la URSS, lo mismo que David Serrano, soldado republicano en la Guerra Civil Española. Un rasgo de los personajes de Gerardo Unzueta es la conversión de sus apodos en nombres propios. Es un buen recurso de resemantización escribirlos sin artículo: simplemente Picado, Diablo, Chicle, Invención o no, esto es original. Como personajes Serrano y Báez tiene su contraparte en Truffani y Orianini, también internacionalistas, pero de la explotación y el fascismo. Asimismo, la novela de Unzueta es una galería de personajes inolvidables: Valentín Campa, el mixteco Graciano G. Benítez, el judío soviético Julio Gómez Razovsky, Jorge Fernández Anaya, Adán Nieto, Rosendo Gómez Lorenzo, José Chávez Morado, Renato Leduc. En la tradición obrera e izquierdosa de la novela mexicana, el más conocido y lejano antecedente es Los maduros (1882), de Pedro Castera, sobre el trabajo de los mineros. Le siguen Perico (1885), de Arcadio Zentella, acerca de la explotación y humillaciones en un ingenio azucarero del sureste; El doble nueve (1949), de Rodolfo Benavides, de la esclavitud y muerte en la mina; y Huelga blanca (1950) y Brecha en la roca (1955), de Héctor Raúl Almanza, que reflejan las luchas sindicales en los campos algodoneros de La Laguna y de los petroleros en la Huasteca, respectivamente. Las de Almanza y de Unzueta son novelas de orientación partidista. La de Benavides tiene un sesgo hacia el apoliticismo, en tanto que las otras se quedan en la denuncia como núcleo argumental del viejo realismo, posición audaz en las condicones represivas del porfiriato y la hegemonía literaria del Modernismo centrado en el refinamiento. Adicional e indirectamente, esta novela de Unzueta es un manual de sindicalismo independiente. La Julia es realista en el amor y en la vida social, pero finalmente el realismo literario es sólo una institución del stablishment y, por eso, los novelistas hacen el realismo que se les da la gana. Gerardo Unzueta sorteó un peligro del realismo primitivo: el costumbrismo, tanto lingüístico como de la vida y el trabajo. Cuando trata la boda tehuana y la prueba de la virginidad de la desposada, parece que está a punto de deslizarse por el costumbrismo, pero los trasciende revelando la humillación a la condición femenina. La actualización del alemanismo, que subyace en La Julia, revela que el foxismo del momento es una versión antigramatical y anticlimática del alemanismo. Si, como aduce Lucien Goldmann, toda novela es la historia de una degradación, la novela de Unzueta conlleva el antídoto de la degradación política: la resistencia. Se agradece esta lección de Unzueta. Al respecto, hay que tener presente que, por corruptos y proditorios, los priistas nunca han dejado de ser alemanistas y, si retornan al poder, son capaces de arreglar el problema de Chiapas en 15 minutos, pero con artillería y bombardeo. En Chivela, destruyeron la cultura indígena. Finalmente, no se olvide lo dicho por Sartre: la palabra es un momento de la acción. Compren el libro, pues, y léanlo.
Memoria revolucionaria La Literatura, hija de la Revolución Ricardo Bautista García Hay obras por cuyas imágenes, el recuerdo y el tiempo transcurren en lo vivido como una metáfora de la historia. La obra literaria de Gerardo Unzueta, formada hasta el momento, por las novelas La Grande y El Diablo y 1948: La Julia y sus dos ataúdes, pertenece a este género, producto del vértigo y el desencuentro brutal y violento entre los hombres. Podemos referir a Tácito entre los creadores de este género; desde entonces, el riesgo de la propia vida se apuesta en lo escrito; el caos político, la violencia y la muerte se definen en la relación de la literatura con el poder. En el siglo XVIII, la Ilustración configura la primera revolución cultural universal, y con esto provoca la explosión de la revolución de 1789. La crónica de la gran revolución obliga a escritores como Thiers, Lamartine o Michelet a adoptar una perspectiva política que los define en su estilo literario y en el peso simbólico que le otorgan a los acontecimientos. La Comuna de París es ante todo una gran revolución cultural, a eso se debe que escritores como Verlaine o Baudelaire acudieran al llamado revolucionario. En el siglo XX, los narradores de las revolcuiones nos heredaron la gran crónica social. La épica revolucionaria comienza con John Reed en México y se perfecciona en la obra de Víctor Serge, sobre todo en obras como El Nacimiento de nuestra fuerza y El año I de la Revolución Rusa. Unzueta es heredero de la gran prosa revolucionaria, para la que no hay un punto de vista estético y un punto de vista político. El divorcio positivista de la política y las afirmaciones humanas es ajeno a esta tradición. La ética revolucionaria redunda en una estética revolucionaria: la emergencia del hombre nuevo es, también, transformación de la manera en que se percibe y se produce sensiblemente el mundo. Si el sentido de lo vivido es tiempo histórico, la narración es un ejercicio lúdico cuyo fondo siempre es político. 1948. La Julia y sus dos ataúdes es el testimonio de David Serrano Urióstegui, capitán de una brigada de soldadores que participa, junto a 5 mil trabajadores camineros, en la construcción de la carretera transístmica en el istmo de Tehuantepec, que vino a sustituir el proyecto de los estadounidenses para crear el canal del istmo. Es el testimonio de un proceso social y de su trágico fin. En esta zona de fuerte presencia indígena, la construcción de la carretera viene a sacudir la vida cotidiana de los habitantes que se encuentran asentados entre Puerto México, Coatzacoalcos y Salina Cruz, Oaxaca, en esa cinturita al sur de la República Mexicana. Esta entrada abrupta de la modernidad, simbolizada por la construcción de la carretera, es calificada como una suerte de terremoto por Ramón Santiago, maestro rural y bilingüe de Chivela. Este temor a la modernidad esta simbolizado por el aura de las máquinas de construcción. Esta es la voz de Margarito, el comisario del ejido de Chivela "La ruptura principal de la vida de los indígenas fue la invasión de las máquinas desconocidas y en tal cantidad, que desde el principio ya no cupieron en el pueblo. (Los ferrocarrileros) nos dicen que esos camiones son extranjeros y los llaman yucles; tienen al frente una gran cuchilla de acero para herir a la montaña o para arrastrar toneladas de roca o tierra; las patas de cabra para apisonar los surcos del maizal bajo los terraplenes." "El asombro mayor fueron las enormes palas mecánicas, continúa diciendo Margarito... Es una gran bestia que arremete en contra de la roca, el monte, los árboles... pero cuando ese monstruo abusa de su poder, la montaña toma revancha; son dos grandes poderes enfrentados. La montaña, ya herida por la explosión, y el dragón enfrentado al otro poder que le cierra el paso; un momento de duda y sobre la garra, el brazo de hierro, las orugas y la cabina en que desapareció el hombre, caen muchas toneladas de roca, de tierra. Ya vimos eso y nos infunde temor." Este enfrentamiento de la máquina contra la montaña (reinterpretación del futurismo ruso y del productivismo bolchevique guarda una nueva significación en la que la naturaleza se afirma sobre la vida de los constructores y, finalmente, le da un sentido a lo humano) es la metáfora perfecta para entender el enfrentamiento entre promotores del sindicalismo independiente apoyados por grupos comunistas para crear el sindicato de la carretera transístmica, y los directivos de la empresa La Consturctora y su central portuaria: Obras Portuarias S.A., conocida por los camineros como la OPSA, encabezadas por un par de personajes italianos, ex miembros de la falange española y los fasci di combatimenti de Mussolini. Empresa impulsada y apoyada por miembros del gabinete del entonces presidente Manuel Ávila Camacho. David Serrano es un militante comunista que se formó en las filas del cardenismo y en la lucha en las brigadas internacionalistas para defender la república española. A lo largo de su testimonio conocemos a los personajes o debiera mejor decir los nuevos sujetos sociales de las luchas del año 48: la gran masa de trabajadores proletarios, integrada por los camineros. Doña Chole, la madre de Julia los describe de la siguiente manera: "esos hombres, orgullosamente camineros, como ellos mismos se llaman, no son iguales a los tehuanos ni a los juchitecos; tampoco a los mestizos que habitan en Salina Cruz. Los hombres como Chayo y su hermano forman comunidades aparte y se hacen atender por los lugareños con su dinero; llegan y establecen su dominio con las máquinas; rompen las costumbres... No son como nosotros... no van a la iglesia ni siquiera a misa o al rosario... no son de la ciudad ni del campo.. "Tienen, sí, una creencia y una fe: la del ataque a la montaña donde vive el Dios, la fe del camino nuevo que se abre más allá de Chivela, más allá de Juchitán o Tehuantepec, por la fuerza de la dinamita y por el empuje de las palas, los tractores, todo manejado por ellos". A este ente social, el Partido Comunista de México presta su solidaridad y experiencia para organizar la resistencia frente a los abusos de los capitalistas italianos y luchar por sus derechos laborales. Hasta esa zona pantanosa llega un enviado por el PC, se trata del redactor del periódico La Voz de México, heredero de El Machete, órgano del partido rojo que, fuera dirigido pro nuestro anfitrión, Gerardo Unzueta. Estamos frente a los militantes que "quisieron ser la vanguardia de una clase trabajdora y no lo lograron", como dice Paco Ignacio Taibo II en su libro Bolshevikis, historia narrativa de los orígenes del comunismo en México. Monsiváis escribe que en el Partido Comunista habitaban militantes "recios como el acero, abnegados, dispuestos a darlo todo por el Partido (así a secas) que es la vanguardia de la humanidad, el depositario —a través del centralismo democrático— de la sabiduría colectiva. David Urióstegui y El Chapulín son miembros de un partido sectario y disminuido en su membresía. En uno de los capítulos finales, Unzueta nos obsequia el relato de una reunión con Campa en el Café Colonial, en la calle del niño perdido (ahora, Eje Central Lázaro Cárdenas), a una cuadra del Correo Mayor, en la Ciudad de México. Esta es la voz de Campa: "Es de lo más clandestino, argumentó el líder ferrocarrilero y político. Si hacemos la reunión en las oficinas del sindicato o de alguna otra organización, den por seguro que la policía política va a localizarnos y buscarán las causas de una reunión secreta. Así, en este café, damos la apariencia de una inocente junta de amigos, que celebramos el éxito de la manifestación. Yo hago muchas reuniones de este tipo en el Colonial." La Julia y sus dos ataúdes viene a engrosar el expediente de este sector político y cultural tan importante, pero no en una veta historiográfica o analítica, si no en la forma literaria de una novela testimonial donde la experiencia de vida se transforma en experiencia literaria. En ella Unzueta o, tal vez debiera referirme a él como el Diablo o quizá como El Chapulín, también destaca muy atinadamente a esa gran protagonista de nuestra historia revolucionaria: la mujer. Ya desde su primera novela La Grande y el Diablo, Unzueta presenta a la Grande como una mujer que ama la poesía de Sor Juana y que esta hecha a prueba de casi todo: los golpes hasta la muerte y el maltrato de una madre terrible, los eternos desamores, las balas de la decena trágica, la pobreza, las luchas del sindicalismo petrolero. Las mujeres, con conciencia política y de género ya estaban organizadas a principios del siglo XX. Este feminismo rojo, que dejó testimonio del creciente sindicalismo de género, dejó constancia en periódicos como Iconoclasta, órgano del Centro Radical Femenino, dirigido en su primero momento por María Trinidad Hernández y Ana Bertha Romero, establecía en sus páginas la igualdad de la mujer y el hombre; o El Desmonte, cuya editora fue Juan B. Gutiérrez de Mendoza, mujer magonista y zapatista; o La Mujer, que alcanzo un tiraje de 4 mil 500 ejemplares. En esta segunda novela, Julia encarna la ferocidad, entrega y amor de esas mujeres por sus hombres e hijos y por sus causas políticas libertarias, pero también asistimos a su profunda transformación de conciencia. Siendo muy joven, esta indígena tehuana se va a vivir con Chayo, el dirigente más experimentado del grupo y en su amasiato va a vivir una experiencia trágica al lado del líder del sindicato: "En dos semanas, todo lo que soy cambió; comencé a ver a Chayo con otros ojos y comencé a entregármele de otra manera, como parte de su ser caminero, como miembro mujer de esa comunidad. Me volví yo también caminera". La indígena tehuana Julia se vuelve caminera, lectora de John Reed, promotora sindicalista, viuda, mujer vengadora y dirigente clandestina del Partido Comunista de finales de los sesenta. El capítulo que cierra el libro nos presenta una confesión descarrnada del destino de esta mujer, quien junto a la masa de trabajadores y la zona geográfica del istmo de Tehuantepec, es la principal protagonista de la novela que hoy comentamos. Con este testimonio se cierra el ciclo paralelo de otro viaje que emprendiera el escritor campechano Juan de la Cabada, en su obra El Viaje. Probablemente después de escribir las novelas que abordarán la historia de las luchas del 58, 68 y 88, el Diablo escriba en el año 2008 la crónica de estos tiempos de turbulencia política, de estos tiempos de desafueros.
La metáfora de la montaña en La Julia David Huerta Me preguntaba, en el curso de la lectura de la segunda novela de Gerardo Unzueta, La Julia y sus dos ataúdes, qué podrían significar o simbolizar los vigorosos embates de los trabajadores camineros de la carrera transístmica en contra de la montaña, pues la descripción de esas faenas ciclópeas pone en medio de la narración el tema heideggeriano del lugar de la técnica en el mundo moderno y sus implicaciones para el espíritu. Pero ocurre que el único espíritu que en las páginas novelescas de Unzueta se invoca es el "espíritu revolucionario", que desde 1989 ha sido puesto en grave crisis por todo lo que sabemos. Las montañas desgajadas por yucleros, barreteros y palistas, protagonistas de La Julia y sus dos ataúdes, se me aparecieron al principio como imágenes grandiosas de la naturaleza opuesta a la civilización, al progreso y a los avances del capitalismo; esto, desde luego... Pero, de tan obvia, la idea se me caía de las manos como interpretación válida o de algún calado. Había, hay algo más: los trabajos camineros de Chivela en 1948 dibujan una especie de gigantomaquia, de épica prometeica: son los trabajadores la fuerza de la oposición a todo lo enorme y poderoso que les cierra el camino. El poder y la enormidad de aquello a lo que se oponen con todas sus fuerzas es el principio del régimen mexicano moderno prohijado por el alemanismo, esa montaña de complacencia con la corrupción, corrupción ella misma, red cerrada y espesa de complicidades y componendas, amasijo inexpugnable de inercias e iniquidades. Es el reino de los Cinco Lobitos del sindicalismo charro; el dominio de los gobernantes aliados a empresarios y capitalistas; la dimensión de la explotación inicua a la mexicana y de los heroísmos anónimos, colectivos, que la acompañan, se le oponen y la marcan para siempre, como marcan en esta novela. Las montañas representan aquí el lado oscuro de la realidad social y política, y son vistas con una especie de candor de matiz prerrousseauniano, como presencias ominosas que es necesario abatir para ver una luz al final del camino, y desde luego para que haya camino; son esas tareas hercúleas y técnicas, una suerte de vías de escape, de respiraderos, fisuras de vitalidad para que siquiera se insinúe lo que, como en el famoso poema de Eugenio Montale, sí queremos y para que desaparezca lo que no queremos. Es el tema de las montañas, entonces, una imagen grandiosa de la lucha, de la querella infinita en la que se empeñaron los revolucionarios de los que Unzueta forma parte honorabilísima y a la que ahora en sus novelas da sustancia narrativa, en la tetralogía planeada por él —novelista novel que se estrenó a los 75 años de edad—. Esta poderosa metáfora montañesca tiene su momento trágico, desgarrado, culminante, con la espantosa muerte de Chayo Jiménez, uno de los líderes hermanos de Chivela, con esta exclamación de la página 289: "ˇSólo con la complicidad de la montaña pudieron matarte!". Los dos ataúdes de La Julia —el del amor y el del odio, el de la liberación y el de la venganza—simbolizan la otra cara de la gigantomaquia, al otro lado o en la otra orilla de la presencia ominosa, y hasta homicida, de la montaña en el istmo oaxaqueño: en esos ataúdes se cifra la historia de "esas personalidades pequeñas, sin las que las historias pierden su belleza", una de las frases más afortunadas del libro. El "secreto de Zenaida" —un secreto multiforme en posesión de las mujeres— cierra la novela de Unzueta con timbres en verdad emocionantes, en los que la nota roja se mezcla con la épica proletaria, dándole una densidad notable a la narración en el momento en el que ésta alcanza su cota máxima de interés. Casi al mismo tiempo que leía yo la novela de Gerardo Unzueta, me sumergía también en las páginas de otra novela, muy diferente en apariencia, pero hermana o prima hermana, si se quiere, de la de los trabajadores de Chivela. Es la novela titulada simplemente con una letra Q, de Luther Blisset, nombre de autor detrás del cual se esconde un colectivo literario (y político) italiano. Cuenta ese libro la lucha épica de lo que podríamos llamar el ala radical de la reforma luterana (su ala izquierda) en los primeros decenios del siglo XVI; constituye un homenaje formidable al revolucionario y teólogo Thomas Müntzer, enemigo de los príncipes y también del reformador primero, Martín Lutero, aliado —y menos que aliado, empleado— más temprano que tarde, del taimado y siniestro Electro de Sajonia. Con ello se establece un contraste fundamental: entre quien le vuelve las espaldas a un movimiento por él desencadenado (Lutero) y quien sigue adelante con las reivindicaciones de los campesinos y los trabajadores (Müntzer). En ambos casos, el de la novela mexicana y el de la italiana, se trata de una vuelta a los temas épicos de la lucha revolucionaria, con medios ciertamente diversos, pero al final convergentes. No es una casualidad, creo, que los villanos de ambas novelas estén unidos por el fascismo: el protofascismo de los dignatarios opuestos a Müntzer y a los anabapatistas, el fascismo mussoliniano de los voraces y crueles empresarios italianos de La Constructora beneficiada a manos llenas por las obras de la transistmica. Se dirá que la empresa en la que se ha empeñado en embarcarse Gerardo Unzueta tiene poco sentido y que ha pasado ya la época, en la literatura y en la realidad, de los "héroes positivos" y del realismo socialista, si es que de verdad sus libros tienen estos rasgos, cosa que dudo, por lo que a continuación explico. El solo hecho de que una novela con estas características sea puesta en circulación precisamente ahora representa una anomalía saludable en un tiempo en el que la literatura se ha convertido, si vemos la inmensa mayoría de sus productos, en una feria de repelentes egolatrías y de ejercicios frívolos sin la menor ambición espiritual, formal o intelectual. No: Unzueta se pone consciente y decididamente fuera de esos juegos y habla con toda soltura en sus novelas de política, de convicciones vitales, del bien y del mal. Hay en él, en su decisión de escribir estas novelas sobre las luchas de los años ocho del siglo XX, una postura ética que me parece lo más rescatable de sus relatos, a los que, gracias a esa postura, él llena de una gravedad admirable. Escándalo: esos temas no, por favor, ahora que ya descubrimos cuán deliciosa y poltrona es la posmodernidad y de qué tan cómoda nos permite olvidarnos de cachivaches como el sufrimiento, la pobreza, la injusticia, la desigualdad. Ningún palimpsesto, ningún vano juego de intertextualidad, ningún malabarismo tipográfico de los que gustan ahora tanto —para no hablar de la compulsión sexual que se ha convertido en un inmundo carnaval comercial que ha secado y detenido, con nada desembozados fines de explotación , lo que hace no muchos lustros fue un vendaval liberador. Al enfrentarse como novelista a esos grandes temas —pues lo son, ésos son los grandes temas de siempre, en la literatura y en la vida—, me recuerda Unzueta a una de las figuras intelectuales y morales más hondas y complejas del siglo XX: la pensadora y militante francesa Simone Weil. El homenaje a Juan de la Cabada en La Julia y sus dos ataúdes, por otra parte, insinúa un tema que siembre me interesa: el de las fuentes de una obra literaria. El cuento de De la Cabada titulado El viaje —es decir, el accidentado trayecto de un comunista que se desplaza de "mosca" en los trenes mexicanos— tiene puntos de contacto evidentes con el libro de Unzueta; pero hay más, mucho más: las lecturas del autor incluyen a Anatole France, Walt Whitman, Demetrio Merejowski, Edgar Allan Poe. Todos ello, materiales para la reflexión y la investigación. Tuve el gusto de conversar con Gerardo Unzueta, en plan de entrevistador, después de que en 2001 se publicó La Grande y el Diablo, primera parte de la mencionada tetralogía (hubo una segunda edición al año siguiente). Una breve cita de esa entrevista —que en México, dicho sea de paso, nadie ha querido publicar— puede leerse en la solapa de La Julia y sus dos ataúdes y me llena de alegría poder acompañar a Unzueta en su nuevo libro gracias a esas módicas letras y, ahora, en esta presentación. Me divierte y me complace de verdad escuchar conversaciones de sobremesa en las que se discuten los valores relativos de los dos libros novelescos de Unzueta aparecidos hasta la fecha: ora hay quienes opinan que la primera era mejor y quienes dicen lo contrario; ora quienes le restan importancia a lo que consideran un capricho o un hobby de alguien que sin duda los sorprendió con semejantes ímpetus literarios; ora quienes, como yo mismo, afirmamos que estos libros tienen sentido, son valiosos y aportan un testimonio necesario a nuestra historia y a nuestra literatura. Lo cierto es que el reducido público que han tenido hasta ahora esas dos novelas no sabe bien a bien qué hacer con ellas; los lectores del "medio ilustrado" que se les han acercado mueven la cabeza, desconcertados, porque un señor periodista de la "vieja izquierda" se dedica ahora a estos menesteres y no deja que nos ocupemos tranquila, académica y abominablemente, por ejemplo, de los 400 años del Quijote, "distrayéndonos" con historias de proletarios, sindicalistas, empresarios y capitalistas en el paisaje agreste de México a fines de los años cuarenta. Lo curioso es que el quijotismo y el cervantismo de libros como éstos de Unzueta se les pasa de noche, y no me refiero con esos ismos mencionados (cervantismo, quijotismo) a ningún idealismo trasnochado, sino al realismo robusto, crítico, demasiado humano —para decirlo con palabras de Federico Nietzsche— de estas páginas ardientes, honestas, conmovedoras, que el novelista Gerardo Unzueta nos entrega, nos da a leer con un gesto de entusiasmo inocultable. Ya era Unzueta, desde hace muchos años, un maestro del periodismo combatiente, combativo; ahora viene y se nos planta con desenfado y con entera naturalidad como un novelista elocuente y lleno de historias, diálogos, descripciones. Casi parece demasiado, pero debo decir que a mi me resulta formidable; me inspira, me da ánimos, ideas, estímulos.
Para terminar... Gerardo Unzueta En primer lugar, el agradecimiento del autor de La Julia y sus dos ataúdes por la participación de quienes se han brindado a hacer juicios públicos acerca del libro. Más no se trata de una sencilla gratitud. He de aceptar que estoy verdaderamente sorprendido —apantallado sería más exacto decir— por la abundancia de sugerencias, pensamientos y hasta metáforas que han hallado en el texto que ofrezco como segunda novela. Les aseguro que haré una lectura muy atenta de cada una de las intervenciones para extraer de ellas un seguro enriquecimiento de la estructura, la redacción y, desde luego, la calidad literaria de mis obras ulteriores. En segundo lugar, esclarecer hasta el aburrimiento por qué presento hoy esta novela, a los 80 años (los cumplo precisamente el 3 de octubre). Diré mi propia motivación: es que estoy lleno de vida vivida y me he impuesto en estos años una divisa actual, una divisa de lucha: rescatar de la tragedia la belleza. La humanidad vive una gran, una inmensa tragedia, que se manifiesta en muchas parciales tragedias; ante toda tragedia de la que yo logre apoderarme, opondré la belleza que aprehendo y la relataré. He comenzado a conocer el esfuerzo y la dedicación que son necesarios para abordar el oficio de escritor. Aunque toda mi vida he debido dedicarla a la palabra, rescatar la belleza exige escribir en forma bella. No lo he conseguido todavía y ustedes sabrán apreciar qué tanto avanzo. Pero si aun mi técnica novelística es insuficiente, puedo acudir a un ejemplo histórico, el de Miguel de Unamuno, quien para responder a sus críticos que se rehusaban a reconocer como novela una de sus obras, recurrió a lo que llamó una zorrería y a su relato llamado Niebla la llamó nivola, aunque, decía, "Novela y tan novela es como cualquiera otra que así sea, es decir, que así se llame pues aquí ser es llamarse". Confesado lo anterior —toda obra literaria es una confesión—, quisiera explicar un elemento estructural-novelístico que alcanza a las cuatro novelas históricas que me he propuesto escribir como tetralogía: 1948, 1958, 1968, 1988. Estoy convencido de que una de las necesidades del género llamado novela histórica es encontrar o fraguar —sin distorsión de la historia—, el personaje colectivo. Así, en 1948 ese personaje colectivo de mi novela está formado por los camineros; en ellos, está presente la tragedia de un momento de transición con toda la violencia de la sustitución de unos mandantes por otros, y la belleza de su lucha, de su ingenuidad, del amor. En 1958, el personaje colectivo serán los ferrocarrilleros; el 1968, los estudiantes, en 1988, los ciudadanos, todos personajes colectivos. El personaje colectivo se forma a sí mismo; nosotros le damos expresión, encontramos la coherencia de su existencia y de sus actos. żY por qué ese empeño en la búsqueda del personaje colectivo? Es manifestación de mi formación marxista desde temprano. Es preciso recordar que en los años cuarenta del siglo XIX, los fundadores del marxismo "descubrieron" a la clase obrera, en contacto directo con el movimiento obrero francés y formularon sus ideas acerca de su papel revolucionario, "siempre que se convierta en clase y por tanto en partido político". Toda mi vida militante expresa el propósito de encontrar las formas en que un sujeto colectivo influye en la vida social y política, en su esfuerzo por la liberación de las ataduras de la explotación por las clases dominantes. En la novela juega un papel importante la comprensión, por parte los camineros, de un fragmento del Manifiesto de la Primera Internacional, en el cual el creador nacido en Tréveris dice: "Puesto que los señores de la tierra y del capital se sirven siempre de sus privilegios para defender y perpetuar sus monopolios económicos y para sojuzgar al trabajo, la conquista del poder político se ha convertido en el gran deber del proletariado". Al aceptarlo como definición ideológica en el momento de la formación de la célula del Partido Comunista en Chivela, los camineros comenzaban a erigirse en personaje colectivo. Unas palabras más sólo para hablar de una parte de esta obra que estimo mucho: el entreacto. En el conjunto de la novela me esfuerzo —desearía haberlo conseguido— por reducir mi presencia al mínimo, sólo como un delegado solidario. Pero como nunca conseguí hacer el relato de uno de los momentos culminantes de la acción de los camineros frente y dentro del territorio de la empresa, prescindiendo de mi presencia decidí utilizar un hallazgo literario —el cuento El Viaje de Juan de la Cabada— para establecer un paralelismo con mi acción solidaria que me pareció fructuoso y me permitió, al mismo tiempo, expresar mi pensamiento acerca de la relación entre la obra literaria y la lucha social. Otra cosa es la forma de obra teatral que decidí darle a esta separata. Durante decenios he guardado el recuerdo emocionante del teatro proletario, que fue una de mis primeras y juveniles experiencias artísticas en los años cuarenta. Me refiero a las funciones de teatro —entre las que figuraban obras de Bertold Brech, de Emilio Zola, Eugene O’Niel. El teatro fue dirigido por Alfredo de la Vega, cuyo destino o labor posterior, ignoro. |