UN MÉXICO PARA TODOS,
CONSTRUYAMOS UN PROYECTO ALTERNATIVO
Propuesta para discusión

Fundación para la democracia, alternativa y debate
Fundación Arturo Rosenblueth

El texto Un México para todos, construyamos un proyecto alternativo, fue elaborado con la participación de
Enrique Calderón Alzati, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, René Coulomb Bosc, Roberto Eibenschutz Hartman, Saúl Escobar Toledo, Carlos Labore Herrera, Julio Moguel Viveros, Salvador Nava Calvillo, Telésforo Nava Vázquez, Francisco Pérez Arce, Emilio Pradilla Cobos, Carlos San Juan Victoria e Iris Santacruz Fabila.

Introducción


El proyecto neoliberal que han impulsado los cuatro últimos gobiernos federales del PRI y el PAN, no ha cumplido las promesas de llevar a México al primer mundo, lograr un crecimiento económico sostenido y durable, garantizar el bienestar para todos los mexicanos y mexicanas y erradicar la pobreza, entre otras muchas que sus propagandistas nos dijeron. Ha mostrado, en cambio, que no tiene nada bueno que ofrecer a la sociedad mexicana.
México se debate hoy en el estancamiento y la creciente subordinación económica, el atraso y la dependencia tecnológica, el desempleo y la generalización de la informalidad, la creciente pobreza, la carencia de infraestructura y servicios públicos esenciales para el crecimiento y el desarrollo social, la ausencia de Estado de Derecho, la violación de los derechos humanos y sociales, la violencia asfixiante, la corrupción y la impunidad, en medio de una crisis de la credibilidad de los partidos políticos, los órganos legislativos y los gobiernos.
Cientos de miles de mexicanos tienen que atravesar ilegalmente la frontera con Estados Unidos y sufrir vejaciones, exclusión, represión y aún el riesgo de perder la vida, para buscar en el vecino país los ingresos que no pueden obtener en México para su propia supervivencia y la de sus familias. Paradójicamente, las remesas de estos emigrantes se han convertido en la mayor fuente de divisas del país y la condición de subsistencia de millones de mexicanos pobres.
El gobierno foxista insiste en profundizar el proyecto neoliberal de inserción subordinada en una globalización inequitativa y polarizada, contraria a la soberanía nacional y a los intereses del pueblo mexicano. El contexto internacional de este empeño son las evidencias del fracaso del modelo, las guerras focalizadas, la exacerbación del poder mundial unipolar, y la emergencia de nuevos movimientos políticos y sociales que postulan que un mundo diferente es posible.
Conscientes de estas realidades, proponemos a la discusión entre las organizaciones políticas y sociales, los intelectuales y los ciudadanos democráticos y progresistas, este esbozo de proyecto para la nación, que postula un nuevo rumbo para el México del futuro, para que el diálogo plural y fraternal construya un programa político que oriente la lucha de los mexicanos y mexicanas por satisfacer sus reivindicaciones históricas y construir una sociedad equitativa, justa, incluyente y sustentable para las generaciones presentes y futuras.
La visión del México futuro a la que se orienta esta propuesta supone construir en el mediano y largo plazos una sociedad diferente.
Un país soberano que participe en igualdad de condiciones y con oportunidades equivalentes en una globalización equitativa e incluyente, en un orden mundial dotado de instituciones democráticas e igualitarias, donde impere la resolución pacífica de los conflictos y la erradicación de la guerra; donde la integración económica, social y política sean factores de equilibrio y solidaridad en una Comunidad de Naciones de América Latina y el Caribe.
Un México donde todas las etnias y las culturas que forman parte de su identidad histórica, sean reconocidas por el Estado y la sociedad; sean respetadas y protegidas por la ley y la justicia y promovidas por las instituciones sociales.
Una sociedad igualitaria, incluyente y sin pobreza, donde el Estado socialmente responsable garantice el respeto y ejercicio pleno de las garantías individuales y sociales a todos los mexicanos, donde todos los trabajadores rurales y urbanos sean sujetos activos del derecho laboral, la justicia social y la solidaridad.
Un patrón de desarrollo económico distinto al neoliberal que garantice el crecimiento sostenido y sustentable de la economía productiva, lo mismo la rural que la urbana; que dote a esta economía de un núcleo endógeno de adaptación e innovación científica y tecnológica; que ofrezca oportunidades de trabajo e ingreso suficiente a todos, que integre a lo que hoy llaman informal y promueva al mercado interno y al sector popular, distribuya equitativamente los beneficios, y cuente con finanzas públicas sanas y suficientes para promover el crecimiento económico y sustentar el desarrollo social.
Una educación integral, democrática, plural y de calidad para todos los mexicanos, como pilar del desarrollo humano, social y económico, articulada a una cultura que integre, difunda y proteja las múltiples formas de la identidad nacional y promueva la apropiación social de lo mejor de la cultura universal.
Una democracia participativa basada en el estricto respeto al derecho, dotada de una constitucionalidad renovada, sustentada en un Estado socialmente responsable, promotor y regulador del desarrollo, donde no tengan cabida la corrupción ni la impunidad; con procesos electorales transparentes y un sistema democrático de partidos políticos arraigados en la sociedad, que le rindan cuentas, y cuyo instrumento de competencia sea la propuesta de alternativas de solución a los problemas nacionales.
Un federalismo equitativo, sustentado en el municipio libre, que permita y promueva la reversión de las desigualdades y desequilibrios regionales; un territorio integrado, ordenado y ambientalmente sustentable con ciudades incluyentes y habitables para las generaciones de hoy y mañana.
Una comunicación democrática, dispuesta a que fluya información abierta, veraz y plural, accesible a todos los mexicanos, que difunda la cultura y la identidad nacionales, impulse la solidaridad de los pueblos, promueva la participación ciudadana y sea instrumento de la educación y el desarrollo humano y social.
México cuenta con las fuerzas sociales necesarias y suficientes para dar contenido, hacer viable y construir un proyecto alternativo para la nación como éste. Múltiples y persistentes movimientos gremiales y sociales, de trabajadores del campo y de la ciudad en diversos lugares y ámbitos de la vida nacional, de mujeres, indígenas, colonos pobres o ecologistas, han criticado el actual proyecto; han puesto en evidencia sus contradicciones e injusticias; han demandado cambios y propuesto alternativas. Muchos intelectuales, académicos, profesionales y técnicos han participado en esta crítica propositiva y son un enorme recurso del conocimiento para el cambio. La juventud, calladamente o a gritos, exige oportunidades y clama por un México diferente que le permita construir su futuro hoy.
En los partidos políticos, no obstante estar sumidos en una profunda crisis interna, de credibilidad y de planteamientos, existen sectores y corrientes que postulan diferentes caminos para el cambio social y político.
El movimiento altermundista internacional junta, aún en forma inorgánica y heterogénea, las voces nacionales e internacionales de la protesta y la propuesta contra el neoliberalismo y su globalización. Paso a paso, por la vía electoral y la protesta social, surgen gobiernos nacionales y locales en América Latina que se oponen a los efectos más nocivos del patrón de desarrollo vigente, proponen caminos distintos de acción y políticas diversas para el desarrollo de sus naciones. Estas experiencias emergentes entrañan un enorme potencial para fortalecer la tendencia al cambio y la capacidad de negociación.
Estas son las fuerzas del cambio cuya acción, democráticamente concertada, puede transformar a la nación mexicana.

1. País soberano en un mundo en integración


La globalización, como fase actual del proceso secular de mundialización del capitalismo, ha tomado desde hace más de dos decenios un rumbo cuyas constantes son profundizar la desigualdad entre países e incrementar la hegemonía unipolar, anular las fortalezas propias de la integración internacional y acentuar los conflictos sociales y políticos entre las naciones y entre los grupos sociales, en los ámbitos nacionales y en el mundial.
Un puñado de países con él más alto grado de desarrollo capitalista, el mayor peso político y la potencia militar, reunidos en el Grupo de los 8 y dominado, no sin desencuentros y discrepancias, por Estados Unidos de América, definen e imponen al resto del mundo las políticas económicas, sociales, culturales y de relación internacional según sus intereses. A nombre del libre mercado y el flujo sin restricciones de mercancías y capitales, la democracia parlamentaria y la lucha contra el terrorismo, se abrogan el derecho a intervenir política o militarmente en cualquier país del mundo, a imponerle el régimen político que consideran adecuado y a fijar la orientación de su política económica. Las expresiones cruciales de esta búsqueda de hegemonía planetaria las encontramos en las más recientes guerras preventivas que los Estados Unidos de América y sus aliados han emprendido contra Afganistán e Irak, y las amenazas que se ciernen sobre Corea del Norte, Irán, Siria, Libia y Cuba, entre otros países.
Los instrumentos operativos "multilaterales" de esta hegemonía planetaria de las grandes potencias, en particular de Estados Unidos de América, se focalizan en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas y en la Organización de Estados Americanos, respecto de América Latina, en el orden político; en la Organización del Tratado del Atlántico Norte, en el militar; en el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial de Comercio, y en el creciente control de la economía mundial ejercido por las empresas trasnacionales crecientemente concentradas, en el plano económico, y en el dominio que sus empresas mediáticas e instituciones de difusión detentan cotidianamente sobre la información, la cultura y el entretenimiento. En todos ellos domina la desigualdad entre naciones, la falta de democracia y el autoritarismo de los poderosos.
Lejos de integrarse igualitariamente, el mundo se organiza en tres grandes bloques económicos y políticos: el norteamericano, bajo la hegemonía de los Estados Unidos de América, quien pretende ampliarlo a todo el continente mediante el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA); el europeo dominado tripartitamente por Inglaterra, Francia y Alemania; y el asiático, encabezado por el Japón. Rusia y China, los dos grandes países del derruido socialismo real, en su retorno al capitalismo buscan reconstruir sus espacios de dominio mediante la apertura irrestricta al gran capital, el control de la fuerza de trabajo mal pagada y en el segundo caso, una agresiva política comercial. En ese intento, mantienen una política zigzagueante, en general condescendiente, frente a los Estados Unidos de América.
La globalización así entendida, limita o destruye paulatinamente la soberanía económica, política, cultural y territorial de las naciones, y tiende a eliminar su derecho a la autodeterminación, negada por el intervensionismo de los Estados Unidos de América y sus aliados coyunturales, quienes violan las normas del derecho internacional a nombre del "humanitarismo", la "democracia", el "libre mercado", la "lucha contra el terrorismo" y "la salvaguarda de los intereses".
A pesar de su historia, situación e intereses comunes, América Latina está cada vez más fragmentada y los vínculos económicos y políticos entre sus países y gobiernos quedan más debilitados por las imposiciones de los organismos multilaterales, y el predominio de sus relaciones bilaterales de dependencia con Estados Unidos de América. El proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas que los últimos presidentes estadounidenses han impulsado, aparece como un instrumento para institucionalizar y ampliar el control que la economía hegemónica y las trasnacionales ejercen sobre los mercados latinoamericanos, y tiende a nulificar los esfuerzos, aún parciales y limitados, de integración latinoamericana: mercosur, Grupo Andino, Grupo de los 3, etc. De otra parte, Estados Unidos de América mantiene el agresivo bloqueo económico y político contra Cuba.
La extensa frontera común con Estados Unidos de América, las ataduras que implica un inequitativo y desfavorable Tratado de Libre Comercio y las profundas desigualdades de desarrollo socioeconómico respecto del país vecino, aíslan cada vez más a México del resto de América Latina. Debido a estos factores resiente doblemente la globalización. Su economía se ha vuelto totalmente dependiente de la estadounidense y de sus ciclos, y está dominada por las grandes empresas trasnacionales; y las políticas internacional y nacional se subordinan crecientemente a las orientaciones del gobierno de Estados Unidos de América, a costa de la soberanía y la autodeterminación del país.
Los millones de mexicanos que viven en el país vecino o que cruzan anualmente la frontera para obtener sus medios de subsistencia, perseguidos, excluidos, sobreexplotados y periódicamente expulsados, son rehenes permanentes del chantaje y los condicionamientos del gobierno estadounidense.
En este marco, México no está en condiciones de impulsar un crecimiento económico sostenido y sustentable con equidad distributiva, llevar a cabo una transición política autónoma hacia una democracia participativa, garantizar los derechos humanos a los pueblos originarios y a los sectores o grupos sociales diferentes, aplicar una política exterior independiente y mantener vivas sus identidades culturales. Bajo estas circunstancias pierde soberanía y capacidad de autodeterminación en lo político, económico, social, cultural, ambiental y territorial.
La recuperación plena de una soberanía nacional y de una capacidad de autodeterminación política, económica, social, ambiental y territorial de la nación, basadas en la compleja trama de sus identidades propias, en las tradiciones de su lucha social, en los intereses y aspiraciones de los mexicanos de hoy y de mañana y sus decisiones democráticas, supone reivindicar una integración mundial equitativa, distributiva, democrática, tendiente a la igualdad y respetuosa de las diferencias; una integración mundial que busque superar las desigualdades nacionales y regionales de grado de desarrollo, donde no quepan el unilateralismo, la imposición ni el recurso de la guerra preventiva, y donde impere la paz entre las naciones. Esta es una condición necesaria de la construcción de un proyecto de nación diferente al que las fuerzas de la derecha y el neoliberalismo impulsan actualmente.
Los temas que derivan de estas ideas son múltiples y están íntimamente relacionados, entre sí y con todos los demás aspectos de la transformación socio-económica y política de México. Entre tales aspectos destacan los siguientes:
La promoción internacional de la reforma democrática e igualitaria de la Organización de las Naciones Unidas, en particular de un Consejo de Seguridad que elimine el derecho de veto y la presencia de miembros permanentes, y que revise las premisas bajo las cuales operan los organismos sectoriales dependientes de ella: UNESCO, PNUMA, OMS, FAO, UNCTAD, UNRICHS, etcétera, y la Organización de Estados Americanos.
La demanda de una reestructuración global, que cree condiciones de igualdad y equidad en el funcionamiento de los organismos económicos multinacionales: Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional y Organización Mundial de Comercio, y regule los flujos mundiales de capital, mercancías e información.
El rechazo a toda intervención militar unilateral o multilateral en países soberanos; rechazo sin excluyentes ni justificaciones fuera de la normatividad de la propia Organización, y respaldado por el respeto a la autodeterminación; la no participación de México en acciones militares de este tipo; el fortalecimiento de la Corte Penal Internacional según el Acuerdo de Roma y la lucha coordinada pero soberana de cada país contra el terrorismo, el narcotráfico y el crimen globalizado.
El reclamo en todos los foros internacionales para suprimir el bloqueo económico como recurso de presión sobre cualquier régimen político, sea el de Cuba hoy o de otro país en el futuro, en atención al impacto negativo que este instrumento tiene sobre los derechos humanos y las condiciones de vida de sus habitantes.
La promoción del proyecto para erigir la Comunidad de Naciones de América Latina y el Caribe, como instrumento regional de integración económica y política, mediante la elección por voto nacional universal y directo de los miembros del Parlamento Latinoamericano, y en ese marco, el impulso de una nacionalidad latinoamericana común y del libre tránsito de sus ciudadanos, y, en su caso, de la doble o múltiple ciudadanía y nacionalidad. Con ese objetivo, México debe vincularse a la discusión de la iniciativa del mercosur para formar la Comunidad de Naciones de América del Sur y promover que incluya a todos los países latinoamericanos y del caribe.
El abandono del proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas -ALCA-, impulsado por el gobierno estadounidense, nocivo para las economías y las sociedades latinoamericanas, y el establecimiento de relaciones equitativas e igualitarias de cooperación económica, tecnológica y ambiental entre la comunidad de naciones latinoamericanas y caribeñas, como medio colectivo de interlocución, y de diálogo con los países del norte.
La revisión de los tratados de libre comercio con Estados Unidos, Canadá y la Comunidad Europea en busca de equidad e igualdad de condiciones; la validación del concepto de nación menos favorecida -región o sector productivo o social- bajo un criterio de trato equitativo; la creación de fondos compensatorios de desarrollo regional, la libre circulación de la fuerza laboral, la igualdad de derechos laborales, sociales y políticos para los emigrantes, el respeto a las diferencias culturales, la corresponsabilidad ambiental y la formación de instancias ciudadanas de evaluación del desempeño de los tratados y de propuesta de reformas. La aplicación de los mismos criterios en la negociación de cualquier tratado comercial con los países con mayor grado de desarrollo y, sobre todo, con los latino-americanos.
El sometimiento a referendo universal vinculatorio de los proyectos de tratados internacionales que modifiquen el ejercicio de la soberanía económica, política, cultural y ambiental de la nación, o afecten significativamente el desarrollo económico y social de los mexicanos.
La salvaguarda de los intereses laborales, sociales, económicos, ambientales y estratégicos nacionales al aplicar el sistema de patentes y la salvaguarda de la propiedad intelectual en los tratados de libre comercio, sobre todo en el ámbito de los medicamentos para la atención de pandemias como el sida.
La defensa irrestricta de los derechos humanos, civiles y sociales de los mexicanos residentes en el exterior; así como el respeto pleno de quienes son inmigrantes temporales o permanentes en México.
El apoyo a las iniciativas de creación internacional del Impuesto Tobin sobre las ganancias obtenidas en las transacciones financieras internacionales, y del Impuesto Lula sobre las transacciones mundiales de armamento.
Una política exterior independiente, discutida y aprobada por los órganos legislativos, acorde con la Constitución y las leyes mexicanas, que respete la soberanía y la autodeterminación de todas las naciones y defienda las de México, que promueva la solución de los conflictos entre naciones mediante el diálogo y la negociación, y que rechace cualquier forma de intervención internacional, unilateral o multilateral, en particular la guerra.
La promoción de la aprobación de reglas internacionales de conducta para las empresas trasnacionales, sobre todo en los ámbitos de la calidad del trabajo según las normas de la oit, del patrimonio, la creación artística y la producción cultural, la información y la protección ambiental, dotadas de mecanismos eficaces de vigilancia y tribunales internacionales que juzguen las trasgresiones, que se expresen y sustenten en las regulaciones internas de cada país, y se apliquen estrictamente en México.

2. Nación pluriétnica y pluricultural


El México de hoy es resultante de un complejo proceso histórico de superposición y combinación de etnias y culturas, manchado en muchos momentos por la violencia, la opresión y la discriminación de unas por otras: indígenas originarios, españoles colonizadores, negros traídos como esclavos, inmigrantes voluntarios o forzados de Europa, América Latina y Oriente, o empresarios y administradores de América del Norte y otros países dominantes en tiempos de la globalización. Cada una de ellas ha hecho su aporte, diferenciado, más o menos importante, a la construcción de la identidad y, más en general, la sociedad mexicana. Entre ellas, la población indígena originaria y sus herederos sobrevivientes, desempeñan un papel crucial en la formación de nuestra identidad como nación.
Pero la Constitución y las leyes, las políticas estatales y la ciudadanía no respetan plenamente esta pluralidad; en cambio imponen a las minorías condiciones de discriminación, opresión, segregación, exclusión e indefensión, en particular a las que se ubican en la parte inferior de la escala social -los pobres, entre quienes sobresalen los indígenas-. Niegan respeto y protección suficiente a sus lenguas y convierten sus identidades y productos vernáculos en mercancía turística mal pagada, mientras las degradan y destruyen.
En los años setentas del siglo xx empezaron a surgir movimientos que de nueva cuenta reivindicaban su ser indígena, apreciaban sus lenguas y tradiciones, y al mismo tiempo exigían sus derechos como mexicanos. Este renacimiento del movimiento indígena se apoyó en comunidades que resistieron el embate de la modernidad. No todas ellas resistieron; algunas comunidades y sus lenguas desaparecieron y otras están a punto de sucumbir. Pero las comunidades más grandes, y otras que estuvieron sometidas a condiciones peculiares de aislamiento, sobrevivieron y son capaces de reclamar su derecho a existir como pueblo y a exigir derechos iguales como mexicanos.
En 1994 algunos de estos pueblos se levantaron en armas, reivindicando su pertenencia a México, pero exigiendo el reconocimiento de su diferencia y su derecho a la autonomía. Los Acuerdos de San Andrés, que el Estado mexicano pactó con ellos y ha incumplido, fueron el gran aporte de estas comunidades a la plurietnicidad y pluriculturalidad de la nación mexicana.
Debemos construir una nación pluriétnica y pluricultural basada en el respeto, defensa y promoción de los derechos de las distintas etnias, culturas y lenguas que forman la sociedad, elevarlos a rango constitucional e impulsar su vigencia en las políticas públicas y ante las instituciones estatales, para aplicarlos en la vida cotidiana. Hay que garantizar el respeto pleno y el derecho a la supervivencia de las diferencias étnicas, lingüísticas y culturales, en particular las que expresan los pueblos indígenas sobrevivientes.
En primer lugar, el Estado mexicano tiene que honrar estrictamente los Acuerdos de San Andrés, como derecho inalienable de los pueblos originarios, otorgándoles la autonomía pactada; para ello y en este marco, el Congreso Federal debe reformar la ley aprobada que no los respeta, como primer paso en este proceso.
Hay que erradicar de la sociedad toda práctica discriminatoria y racista, nugatoria de los derechos iguales de todos los grupos sociales y de todas las personas; crear instituciones cuya función sea la defensa de la diferencia étnica y cultural y la promoción y difusión de lo diferente; y abrir espacios para que los diferentes se expresen y difundan sus identidades.

3. Sociedad igualitaria, incluyente y sin pobreza


La larga noche neoliberal iniciada en 1983 y aún no concluida, arroja un saldo muy negativo, en los órdenes económico y social, para la mayoría de los mexicanos: crecimiento de la pobreza y la indigencia, mayor desigualdad y exclusión social, e inseguridad generalizada; en su conjunto, el resultado es un deterioro alarmante del tejido social, con lo cual se lastima y ofende a la sociedad. Este es el producto de las políticas que han concentrado la riqueza en pocas manos, destruido millones de empleos e impuesto salarios muy bajos, situación que agrava la decisión de los gobiernos neoliberales de abandonar su responsabilidad estatal de garantizar los derechos sociales consagrados en la Carta Magna.
Nos urge construir condiciones que satisfagan las necesidades biológicas y sociales básicas de todos los mexicanos. Para cumplir este imperativo es preciso edificar un Estado que asuma su responsabilidad social, que respete y haga que se cumplan los derechos sociales, requisito fundamental para combatir la enorme desigualdad que impera en la sociedad. Para lograrlo se requiere que el Estado y la sociedad emprendan corresponsablemente un conjunto integral de políticas y acciones en diversos campos de la vida económica y social, empezando por aquellas que transformen, fortalezcan y consoliden las instituciones sociales cuya misión es enfrentar esos problemas, y cuya prioridad inicial debe ser reducir la desigualdad y superar la pobreza, generando bienestar para todos.
Debemos destinar el presupuesto necesario para lograr estos objetivos. Existen recursos, como lo demuestra la creciente transferencia de sumas multimillonarias a las cuentas de los banqueros a través del ipab y a los antiguos concesionarios de autopistas de peaje, o el descomunal monto destinado al servicio de la deuda externa. Antes que responder a los compromisos internacionales, debe ponerse en primer lugar el cumplimiento de los compromisos sociales con los mexicanos. Los recursos que el Estado necesita, no sólo para esta política, pueden obtenerse a través de una reforma fiscal equitativa.
Las garantías individuales y los derechos sociales están protegidos en la Constitución Política, pero no existe un mecanismo que le permita a la ciudadanía exigir su cumplimiento, y es preciso crearlo. Para ello, habría que transformar la actual Comisión Nacional de los Derechos Humanos en un organismo que pudiera también vigilar y garantizar su cumplimiento.

Derecho al trabajo con salario digno
Una política que combata realmente la desigualdad y la pobreza debe, por principio, fomentar un crecimiento económico sostenido que tienda a garantizar a todos los mexicanos empleos o actividades económicas estables y salarios e ingresos suficientes para satisfacer las necesidades esenciales y permitir una vida digna.
A partir de diciembre de 1982 y con mayor intensidad en los últimos años, la política estatal se ha caracterizado por la destrucción masiva de empleos, aunque formalmente los gobiernos prometen la creación de muchos nuevos puestos de trabajo. Así no se respeta el derecho constitucional al trabajo. Para enfrentar esta problemática debemos diseñar una política de Estado que asegure la creación de empleos productivos, tanto en el sector privado como en el público.
Luego de 20 años de reducción continua y acumulativa de los salarios reales, debemos recuperar paulatinamente la participación de los trabajadores en la riqueza generada mediante incrementos al salario real por arriba de la inflación y de los aumentos de la productividad del trabajo. Es una falacia asegurar que la recuperación de los salarios es una amenaza inflacionaria; en una economía sana, en expansión, es un factor que dinamiza el mercado interno y estimula la productividad, además de ser un elemento básico de justicia social.
Debemos cambiar la orientación de los programas asistenciales de "combate a la pobreza" para la población en condiciones de marginación social e indigencia. Tales programas deben ser complemento temporal de las políticas económicas antes mencionadas, y elemento compensador de las desventajas económicas y sociales, mientras los cambios estructurales aseguran transformaciones equitativas definitivas. La asistencia social debe dejar de ser objeto de manipulación política y de humillación para quienes la necesitan, y pasar a ser un derecho de quienes la reciben y, por lo tanto, una obligación del Estado prestarla con calidad y oportunidad.

Derecho a la educación pública laica y gratuita
La educación pública en México enfrenta como problema fundamental la incompatibilidad entre los principios constitucionales originarios y la realidad, donde la política neoliberal la asfixia. La Constitución la consideraba como derecho social y factor crucial del desarrollo nacional, y la definía como obligatoria, gratuita, incluyente, laica y pilar en la construcción de la identidad nacional. La práctica neoliberal, cuya expresión más clara es económica, le reduce el presupuesto y le niega financiamiento. La educación publica en todos los niveles acusa el abandono estatal, y la oferta educativa es insuficiente para cubrir la demanda. Estos factores han deteriorado notoriamente la calidad de toda la educación pública. Las deficiencias en la educación, que comienzan desde la primaria, explican el rechazo de los estudiantes en las escuelas de educación media y superior.
La educación superior pública sufre además el desinterés oficial de formar profesionales, porque el neoliberalismo ha asignado a México el papel de país maquilador e importador que sólo necesita técnicos, obreros y capataces para cumplir indicaciones de los profesionistas que traen consigo las transnacionales.
Es obligación del Estado garantizar a todos los mexicanos el derecho social a la educación en todos los niveles, y que toda la educación, incluida la tecnológica, tenga un carácter formativo y humanista que genere espíritus críticos para coadyuvar al desarrollo nacional independiente. Para cumplir tales objetivos el Estado debe destinar recursos suficientes a la educación pública. Asimismo tiene que reivindicar su carácter laico, pluricultural, democrático y gratuito en todos los niveles; y enfatizar su carácter universal, incluyente, científico, crítico, humanista, social.

Derecho a la salud y la seguridad social
El acceso a la salud y a la seguridad social forma parte de los derechos constitucionales que configuran la plena satisfacción de las necesidades humanas. Empero, el principal problema de la seguridad social, como vía para universalizar la protección integral a la sociedad, es que no se ha extendido a toda la población, lo cual se ha agravado con la reducción del ritmo de incorporación de derechohabientes y la caída de los aportes derivada de la continua contracción del salario real.
Ante la gravedad del rezago social y sus implicaciones de inestabilidad política, el Estado se ha visto obligado a poner en marcha programas asistenciales de salud, nutrición, vivienda, y apoyos a la familia, para la población pobre no asegurada. En los hechos, y apoyándose en las contrarreformas realizadas, los gobiernos neoliberales están culminando el abandono del proyecto constitucional normativo de bienestar social, sustituyéndolo con programas asistenciales.
Por esto nos urge revisar las leyes de seguridad social del imss y del issste para recuperar su carácter público, solidario, redistributivo e integral. También debemos revertir la grave tendencia menguante de los ingresos de ambas instituciones, debida al creciente desempleo y a la reducción de los salarios. Requerimos de una política que comprometa al gobierno y a los patrones, de común acuerdo, a asumir la recapitalización de ambas instituciones.
Para avanzar en esta dinámica debemos impulsar un proyecto de Ley de Seguridad Social. También nos urge construir un servicio único de salud; revisar el sistema de pensiones para que éstas recuperen su capacidad adquisitiva y ampliar el número de beneficiarios. Con el sistema de las Afores, que ahora se pretende extender a los afiliados al issste, los trabajadores no tienen asegurada su pensión, pues los fondos de ellas son muy reducidos, y el uso financiero que se les está dando los pone en peligro de perderse.

Derecho a la vivienda digna


A pesar de ser un derecho constitucional, millones de mexicanos carecen de una vivienda digna. Ni el Estado ni la empresa privada han podido satisfacer la demanda de vivienda; los fondos del Infonavit y del Fovissste han sido usados inadecuadamente o saqueados por la corrupción. La vivienda que el sector privado produce es cada vez más inaccesible para los sectores populares y medios. Los requisitos para obtener crédito público y privado son excesivos y excluyentes, en consecuencia, pocas familias obtienen este financiamiento. Las acciones públicas son cada vez más reducidas, y por ende, insuficientes. Necesitamos políticas que generen condiciones para que todas las familias vayan teniendo acceso al suelo y a la vivienda digna.

Derecho a la alimentación


El derecho a la alimentación ha sido violentado total y arbitrariamente con las políticas que han reducido los salarios y desmantelado los programas e instituciones que otorgan bienestar a la población. Al no existir una alimentación adecuada se coarta el desarrollo armónico de las potencialidades biológicas y síquicas del ser humano, se incrementa la incidencia de la enfermedad y la mortalidad, y se ataca la base fundamental del desarrollo de las fuerzas productivas.
Con más de dos tercios de la población ubicada en algún rubro de pobreza, es indispensable aplicar un Programa Nacional de Nutrición que garantice la alimentación de todos los mexicanos, especialmente de los lactantes, niños, jóvenes, mujeres embarazadas y adultos mayores. Un programa de esta naturaleza debe estar articulado con una política de desarrollo rural y suficiencia alimentaria.
Para atacar el problema de la nutrición necesitamos un nuevo marco institucional, legislativo y presupuestal, vinculado al abasto y a la alimentación. Asimismo requerimos una política que impulse la organización de productores y consumidores y permita a las organizaciones sociales gestionar y regular el abasto y la alimentación en cada zona del país.

Derecho a la igualdad de oportunidades para las personas con discapacidad


En lo fundamental, las políticas sociales destinadas a las personas con discapacidad tienen un enfoque asistencialista, no ven a sus beneficiarios como sujetos de derecho. El Estado mexicano no cuenta con una política integral de promoción de los derechos y oportunidades para las personas con necesidades especiales. La atención de las necesidades de estas personas recae fundamentalmente en las familias, las que en su mayoría tienen un ingreso más precario cada día, de tal forma que la presencia de algún miembro con discapacidad agrava la pobreza y crea fricciones en su seno.
La discapacidad en nuestro medio tiende a agravarse. Además de carecer de una política efectiva de atención y rehabilitación, al sistema de salud le falta una política de prevención que detenga y revierta el incremento de la población con discapacidad. La inequidad hacia estas personas también acusa la ausencia de los recursos necesarios para que las políticas públicas de salud, educación y ordenamiento territorial incorporen la problemática integral de la discapacidad y aseguren el respeto, cuidado e inclusión social de estos mexicanos.
Para integrar a la vida económica y social a las personas con discapacidad es necesario impulsar proyectos económicos que les den empleo; promover que la legislación laboral establezca como obligación de las empresas reservar para ellas un porcentaje de los empleos; debemos fortalecer y democratizar las instituciones públicas de servicios sociales dirigidos a estos sectores; adecuar la infraestructura urbana y los servicios públicos a las necesidades y condiciones de vida de las personas con discapacidad; y construir una nueva ética social hacia la discapacidad.

Derechos y oportunidades para los adultos mayores


La mayoría de los adultos mayores enfrenta la inseguridad económica y graves carencias por la falta de políticas públicas adecuadas. Tal carencia les impide disfrutar de esta etapa de su vida. Dos tercios de esta población carecen de una pensión, y quienes la reciben no garantizan con ella una vida digna debido a su reducido monto y a la falta de defensa ante los procesos inflacionarios. A esto se añade el deterioro del nivel de vida familiar y los cambios en los patrones tradicionales de cuidado, atención y respeto a los adultos mayores.
Es necesario fomentar una cultura social en materia de gerontología en todas las instituciones; introducir, validar y expandir los servicios de atención geriátrica en el sistema nacional de salud; el sistema educativo debe otorgar oportunidades de capacitación a los adultos mayores; la legislación laboral tiene que establecer nuevas modalidades de jubilación y eliminar las formas de discriminación laboral por razones de edad. El eje de una política democrática hacia los adultos mayores debe partir del reconocimiento de que son sujetos de derecho, y que constituyen una de las más importantes reservas morales y productivas de la sociedad mexicana.
Como acto de solidaridad social y de dignificación de los adultos mayores debemos recurrir a las finanzas públicas, especialmente a través de una reforma fiscal, para operar un programa que tienda a establecer una pensión universal para ellos, a partir de cierta edad que en su momento establezcamos. En ese tenor también debiéramos considerar programas de apoyo similar para niños de la calle, discapacitados y madres solteras. Pero lo que de inmediato debemos impulsar es que estos sectores reciban atención preferente en programas institucionales de vivienda, salud o educación.

4. Otro patrón de desarrollo económico


Al inicio del siglo xx, México era una nación esencialmente rural; su principal actividad económica se ubicaba en el sector primario y estaba integrada básicamente por economías regionales autosustentables y relativamente autónomas.
A partir de la segunda guerra mundial, se impuso al país un nuevo esquema de desarrollo, supuestamente para modernizarlo y para mejorar las condiciones de vida de la población, en su mayoría de campesinos. El proyecto estuvo orientado a instaurar un esquema de industrialización similar al seguido por las naciones europeas durante los siglos XVIII, XIX y la primera mitad del siglo xx, que permitiría generar un gran número de empleos y que de país productor y exportador de materias primas, convertiría a México en productor de manufacturas mediante una industria propia.
Algunos de estos objetivos se fueron cubriendo entre 1950 y 1976, con una secuela de mejoría social insuficiente y un alto crecimiento de expectativas, pero sus efectos secundarios resultaron desastrosos; hecho por demás previsible luego de las experiencias europeas de siglos y decenios anteriores.
El esquema de desarrollo impulsó la concentración de la población. Así se formaron los grandes conglomerados urbanos actuales, caracterizados por un crecimiento caótico ante la incapacidad gubernamental para establecer y vigilar el cumplimiento de normas de desarrollo urbano, así como para crear los empleos y servicios públicos que esa población requería. Al mismo tiempo, se produjo la concentración creciente de la riqueza económica en una minoría privilegiada, estrechamente vinculada con los intereses transnacionales. La focalización de la actividad económica en unos cuantos centros urbanos llevó a la disolución de la mayor parte de los sistemas económicos regionales autosustentables, e imposibilitó el surgimiento de otros.
Otra de las consecuencias fue la destrucción irracional de recursos naturales -principalmente los renovables, como los bosques y selvas-, para alimentar de materias primas a las industrias mineras y manufactureras, con la correlativa alteración extrema del medio ambiente, comenzando por las zonas cercanas a las ciudades, por la contaminación del agua, el suelo y la atmósfera con desechos biológicos e industriales.
La descomposición de las formas campesinas de producción que ocasionó el patrón de crecimiento económico, condujo a la pérdida de la capacidad para la autosuficiencia alimentaria y a la creciente importación de alimentos. El relativo equilibrio económico existente entre las diferentes regiones del país quedó trastocado y generó diferencias económicas y sociales crecientes entre ellas.
El resultado general fue un empobrecimiento creciente de la población, que se ha visto forzada a emigrar a las grandes ciudades o a los Estados Unidos, sin obedecer ningún esquema racional, o a integrarse a la economía informal como único recurso posible de supervivencia.
Al terminar el siglo XX, la aplicación sostenida de este esquema de desarrollo había dado lugar a un país donde más de 60% de la población estaba ubicada en 150 municipios (7% del total) que generan más del 80% de la producción no agrícola y concentran 85% de las inversiones. Al mismo tiempo, la industria generada es mexicana sólo parcialmente: en 95% de los casos, las grandes empresas establecidas en México son extranjeras, incluidas las del sector financiero, con una oferta total de empleo menor al 40%, lo cual ha tenido como consecuencia que la economía informal ocupe a más de la mitad de la población económicamente activa.
La transformación de las formas de producción y el surgimiento de las llamadas sociedades postindustriales dominadas por el sector terciario, a lo largo del decenio de los años 80, dio lugar al establecimiento de un nuevo esquema de dominación económica, el patrón neoliberal de acumulación a escala global, mediante el cual las naciones más desarrolladas en combinación con sus empresas, han logrado imponer su control sobre los mercados financieros y económicos, generando mayores desequilibrios nacionales, y nuevos fenómenos de empobrecimiento y concentración de la riqueza a escala mundial, con la colaboración disciplinada y sumisa de gobiernos como los que ha padecido el país durante los últimos 20 años, los cuales se han negado a analizar siquiera otras opciones distintas a la que nos han impuesto.
En los últimos 20 años, la antigua estructura de desarrollo industrial, sobre todo en su segmento de micro, pequeña y mediana empresa, ha sido golpeada seriamente por la apertura comercial incondicional y la eliminación de las políticas estatales de fomento; la única innovación ha sido el establecimiento de plantas maquiladoras y ensambladoras, una de las variantes más primitivas y desquiciantes, que hoy está también en crisis. Los sectores de servicios, incluyendo el turismo, el comercio, las comunicaciones, las finanzas y el ejercicio profesional independiente, han sido deformados y luego entregados al capital extranjero.
A las viejas deficiencias del esquema de industrialización y concentración urbana, se han agregado otras igual de destructivas en el largo plazo: la reducción de la participación gubernamental del 40% al 15% del PIB; el incremento de las exportaciones sin importar que el valor agregado de origen nacional sea mínimo; la desprotección total de la producción nacional, sobre todo la agropecuaria; la reducción significativa de las inversiones públicas en infraestructura para las comunicaciones, el transporte, la salud y la educación; y el debilitamiento de la cohesión y la cultura nacional.
El paliativo del problema de desempleo a través de maquiladoras ha constituido una estrategia de alto riesgo pues con la misma facilidad con la que los empleos se crean, son destruidos o desaparecidos. La estrategia no crea ventajas competitivas, elemento central de los proyectos de desarrollo de las economías avanzadas.
De esta manera, México es cada día menos el país que necesitamos y anhelamos, y más el que otros quieren que sea: uno con mano de obra barata para la producción de sus manufacturas, y un mercado complementario pero importante para sus productos y servicios.
Por lo anterior, proponemos un cambio estructural del patrón de desarrollo económico, como columna fundamental de un nuevo proyecto de nación. Los aspectos fundamentales de este nuevo patrón de desarrollo económico se derivan naturalmente del diagnóstico anterior.
La recuperación e incorporación de las zonas rurales al desarrollo nacional, mediante la reconstrucción gradual de las economías regionales sustentables y equilibradas y mediante la ejecución de proyectos que consoliden ventajas competitivas a través de cadenas de valor agregado con alto componente intelectual, pues no existe un impedimento formal ni social para que las actividades industriales e intelectuales se realicen en zonas rurales.
La reestructuración e impulso al sector agropecuario, para alcanzar la soberanía alimentaria mediante programas de crédito, subsidios e incentivos a la producción agrícola, ganadera y forestal y el establecimiento de esquemas de distribución de sus productos, libres de intermediación expoliadora, hasta lograr el equilibrio e incluso ventajas para nuestros productos alimenticios en el mercado interno, así como condiciones de competitividad para los productores nacionales, tanto en los mercados internos como en los del exterior.
El fortalecimiento del sector terciario de la economía, a través de la inducción y el estímulo a la formación de cadenas productivas de bienes y servicios, con alto contenido intelectual, así como por la identificación y consolidación de ventajas competitivas en la industria y los servicios dando lugar a más y mejores empleos.
La promoción de la sociedad nacional como motor del desarrollo a partir de sus capacidades de producción y de sus requerimientos de consumo interno, mediante la conformación de esquemas locales de producción asociativa competitiva y el establecimiento de normas que estimulen la competencia y eliminen las ventajas de las grandes empresas monopólicas de origen extranjero, y sus prácticas indebidas, impulsando la creación de empleos adecuados y mejorando la capacidad de compra de la población.
La restitución de la capacidad de promoción y gestión del gobierno, para asegurar su papel en la conducción económica del país, en la planeación real del desarrollo y en el cumplimiento de sus compromisos sociales de acuerdo con la Constitución, a través de una reforma fiscal equitativa y de la explotación inteligente de nuestros recursos energéticos.
El estímulo a los capitales privados nacionales y extranjeros para realizar inversiones productivas, es decir que incrementen la capacidad productiva del país, el número y la productividad de los trabajadores mexicanos, y la competitividad de la economía nacional en un marco de crecimiento económico sostenido y sustentable, atractivo, propuesto, regulado y estimulado por el Estado y las instituciones nacionales.
La promoción de la educación superior, la investigación científica y el desarrollo tecnológico, como factores fundamentales del crecimiento económico, y de la creación de empleos adecuados para quienes concluyen su formación profesional y de posgrado dentro y fuera del país. Para este fin será preciso promover que las grandes empresas del sector energético (Pemex, CFE y CLFC) desarrollen una red de empresas proveedoras de bienes y servicios con alto contenido tecnológico, de manera que en el corto plazo comiencen a disminuir significativamente los niveles actuales de dependencia tecnológica. Adicionalmente será necesario buscar que las dependencias del gobierno en todos sus niveles, contraten empresas nacionales o con altos valores de integración nacional para satisfacer sus requerimientos tecnológicos, como lo hacen las naciones más desarrolladas.
Estos cambios deberemos impulsarlos tomando en cuenta los escenarios globales que dominan el planeta y muy especialmente los intereses económicos que confluyen actualmente en el ámbito nacional, con objeto de eliminar o reducir en lo posible los riesgos de enfrentamiento con ellos, con objeto de evitar problemas de desestabilización o de retroceso económico. El éxito dependerá especialmente del apoyo popular que este proyecto obtenga.
El fomento a la educación y la protección de la cultura nacional constituyen dos elementos centrales del proyecto, al igual que la lucha contra la corrupción dominante. Una imagen atractiva del gobierno, congruente con un programa de restitución de los derechos sociales establecido por la Constitución, deberá comenzar por claros signos de impulso a la educación, la cultura y la ética.

5. Economía sustentable con crecimiento sostenido y equidad distributiva
La estrategia económica neoliberal que el régimen ha aplicado los últimos 20 años ha privilegiado los equilibrios financieros en la balanza de pagos y las finanzas públicas, a costa del desarrollo productivo. Además, el régimen abandonó toda política de fomento a la producción agropecuaria e industrial. Con la apertura comercial incondicional ha desprotegido a la producción nacional, al mercado interno, afectado por la reducción drástica del salario real, y a la micro, pequeña y mediana empresa orientada hacia él y carente de condiciones para modernizarse y hacerse competitiva. Estos efectos han desestructurado las cadenas productivas y las economías regionales, y han abierto un proceso severo de desindustrialización. Solo un puñado de grandes empresas monopólicas, sobre todo trasnacionales, sin encadenamientos con el resto de la estructura productiva, se ha articulado al mercado externo, considerado como el único motor del crecimiento.
El dinamismo de la maquila, única política de industrialización de los gobiernos neoliberales, ha venido debilitándose e incluso ha empezado a registrar tasas de crecimiento negativas con los consecuentes efectos sobre el empleo. A partir de 2003, los efectos de las últimas fases de la liberalización del comercio agropecuario previstas en el TLCAN, afectan gravemente al sector agropecuario mexicano, sin capacidad competitiva frente a los desiguales socios comerciales.
De este modo, la capacidad privada y pública para financiar el desarrollo y mantener el nivel de inversión se ha estrechado. Predominan tendencias tales como la escasez de crédito y la elevada tasa de interés, que limitan la inversión privada, así como la restringida recaudación del gobierno federal. Las altas tasas afectan sus finanzas y con ello el nivel de inversión pública y los montos de las participaciones a las entidades del país, por lo que el impacto del gasto en el desarrollo es exiguo y muy diferenciado territorialmente.
En este marco, los gobiernos neoliberales han considerado a la inversión extranjera como la fuente esencial de financiamiento del crecimiento; pero han orientado la mayor parte de esos recursos hacia la inversión especulativa de portafolio, y los que dirigieron hacia la actividad económica directa los destinaron a la compra de activos ya existentes -sobre todo en la banca, el comercio y los servicios- y no a la generación de nuevas empresas productivas. La banca, hoy casi totalmente desnacionalizada, no financia el crecimiento mediante el crédito a la inversión. Las grandes cadenas comerciales preexistentes están crecientemente en manos extranjeras.
El ciclo económico de nuestro país está estrechamente asociado con el comportamiento de la demanda externa, en especial la de Estados Unidos de América, por la elevada proporción de comercio con este país, y otros factores asociados a las corrientes comerciales y al comportamiento de la tasa de crecimiento del país vecino.
El desempleo creció en toda la economía y las cifras serían peores si una gran parte de la fuerza de trabajo no se hubiera incorporado al sector informal, donde no existen las medidas de protección que otorga el sector formal, o no hubiera emigrado ilegalmente a Estados Unidos de América y no financiara a sus familias con sus remesas, convertidas en el segundo rubro de ingreso de divisas.
La política económica fracasó porque no generó crecimiento y contribuyó a incrementar la desigualdad y la pobreza y en general, a empeorar los indicadores de bienestar como los de educación y salud. Indicadores de la cepal demuestran que en los últimos 10 años, la relación entre la proporción del ingreso del 20% de la población que recibe el más alto y la del 20% que menos ingreso obtiene, ha empeorado, al pasar de 16.9 a 18.5. Además, expuso a la economía a nuevas causas de volatilidad, debido a que las corrientes de capital, provenientes en su mayoría de la privatización de las empresas estatales, no se destinaron a inversiones de largo plazo.
La apertura de los mercados de capital y las políticas macroeconómicas pro cíclicas, así como la liberalización del comercio, fueron las principales causas de las tribulaciones económicas. Las políticas han perseguido casi un único objetivo: reducir el papel del Estado.
Por lo antes expuesto, los objetivos que debemos perseguir con una reforma económica no pueden centrarse solo en el aumento del crecimiento; deben incluir el desarrollo democrático, equitativo y sostenible, un desarrollo en que el Estado desempeñe un papel importante. La política de estabilización debe dar lugar a una expansión sostenida y generalizada de la economía sobre la base de un proceso dinámico de formación de capital.
La presencia del Estado en la economía se efectúa a través de tres vías: la normativa, la presupuestaria y la producción directa de bienes y servicios. El proyecto neoliberal ha planteado un falso debate entre la necesidad de adelgazamiento del Estado o más Estado. A partir del reconocimiento de la necesidad de mantener el control del Estado sobre infraestructuras, empresas y áreas estratégicas de la economía como la electricidad y el petróleo, hay que avanzar en la discusión del tipo de Estado que requerimos para impulsar otro patrón de desarrollo económico y social.
Una agenda de reforma económica para construir otro patrón de crecimiento con equidad distributiva, debe abarcar diversos aspectos: una reforma del Estado; una nueva relación entre el Estado y la sociedad; la liberación de las fuerzas sociales y la apertura de espacios para facilitar una mayor intervención ciudadana en los asuntos públicos. Debe plantearse en los siguientes niveles: el orden mundial, el plano nacional, que implica medidas de mediano y largo plazo, y un programa urgente de reactivación económica en el corto plazo.
Una reforma del orden económico mundial resulta indispensable para avanzar en una alternativa nacional distinta. Se trata de aprovechar las ventajas de la globalización, pero adaptándolas a las exigencias propias de nuestro país: promover la reforma democrática de las instituciones multilaterales -FMI, Banco Mundial, BID, OMC- y sus reglas de operación; impulsar una renegociación de los tratados de libre comercio existentes para buscar una mayor equidad en el sistema de comercio mundial; oponerse firmemente a la iniciativa norteamericana del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA); promover alternativamente el establecimiento de un Área de Libre Comercio entre los países de América Latina y el Caribe, en el marco de la conformación de una Comunidad de Naciones; e impulsar la definición del marco regulatorio adecuado para el control de los flujos financieros, en especial del capital especulativo.
En el plano nacional, la recuperación del mercado interno y la consolidación de las empresas que trabajan en él y para él son condiciones insustituibles de una inserción más equitativa en la economía globalizada. Un mercado interno sólido debe ser la base de la recuperación del crecimiento y la plataforma del esfuerzo exportador. Requerimos diseñar una política económica integrada en torno a un proyecto estratégico nacional, que enfatice resueltamente la producción agropecuaria, pesquera, forestal e industrial, y la equitativa distribución de sus beneficios.
Sin afectar el control de la inflación, es necesario recuperar paulatinamente la capacidad de compra real de los salarios, para dinamizar la demanda interna y crear un círculo virtuoso entre recuperación del salario, crecimiento de la demanda, impulso a la producción y el comercio, creación de empleo bien remunerado y estable y aumento del ingreso de los hogares.
Debemos diseñar la política agropecuaria teniendo en cuenta el potencial de cada región, articularla con la industrial en cadenas regionales, tender a la resuperación de la autosuficiencia alimentaria, e integrar equitativamente a los distintos sectores productivos, en particular a los ejidatarios, comuneros y pequeños propietarios.
La idea no es destruir lo ya construido ni frenar a los grandes conglomerados exportadores, sino establecer esquemas más amplios de participación para incorporar a micro, pequeñas y medianas empresas en condiciones competitivas. Debemos apoyar preferentemente a micro, pequeñas y medianas empresas, alentando la constitución de redes de economías regionales que se vinculen con las ramas y empresas de mayor dinamismo, mediante esquemas de financiamiento, subcontratación y desarrollo de proveedores, apoyo tecnológico y capacitación de la mano de obra. Habrá que identificar productos con alto valor económico y factibilidad técnica de manufactura local, y alentar la incorporación de nuevos bienes a la exportación, propiciando encadenamientos industriales.
La banca, subsidiada abusivamente por la nación a través del IPAB, debe recuperar su función fundamental de promotora del crecimiento a través del crédito; y es necesario tanto desarrollar una nueva banca comercial en manos de mexicanos, como reestructurar e impulsar de nuevo la desmantelada banca pública de desarrollo como instrumento fundamental del Estado para promover y orientar el crecimiento económico. Una fuente adicional de financiamiento a la economía popular productiva puede obtenerse de la orientación de los excedentes de las remesas de los trabajadores mexicanos en el exterior, hacia las empresas asociativas y cooperativas en el marco de las economías regionales.
Por otra parte, para descargar al conjunto de la población de los costos que le representa el que se haya hecho pública la deuda privada del IPAB, habría que considerar la creación de un impuesto a las ganancias de la banca involucrada con este mecanismo financiero, que estaría vigente hasta que la deuda que el ipab representa quede saldada.
La obra pública, programada integralmente en el ámbito nacional, debería orientarse hacia la integración territorial interna, la reversión de la desigualdad entre regiones, la generación de infraestructura para el crecimiento económico -en particular de la economía popular y sus redes regionales-, la oferta de servicios públicos de calidad y el ordenamiento territorial con prioridad a los sectores y áreas populares excluidas y empobrecidas.
Estas propuestas, indispensables para modernizar la economía, generar empleos y mejorar la distribución de la riqueza, deberemos impulsarlas, pero sus resultados serán a mediano y largo plazo. Por ello y dada la situación de la gran mayoría de los mexicanos, proponemos también un programa urgente de reactivación económica, con los siguientes instrumentos prioritarios: la inversión pública, considerando sus efectos multiplicadores en la demanda y en la inversión total nacional: una inversión que se canalice a través de un Programa de Obra Pública Necesaria para el crecimiento económico y el desarrollo social; planes de micro crédito, focalizados hacia formas asociativas y cooperativas, complementados con programas de educación y capacitación, que apunten principalmente a la formación productiva de la mujer; incremento de las partidas destinadas a la educación, salud y seguridad social para superar el rezago nacional en estas materias, pues el fomento de la equidad y la lucha contra la pobreza deben empezar con programas educativos y de salud para los niños; aumento de las partidas destinadas al desarrollo rural, en particular las orientadas al otorgamiento de créditos, la infraestructura productiva, el acceso a la tecnología y a enfrentar los riesgos de la apertura comercial del sector; y la elevación de los fondos participables a estados y municipios.

6. Finanzas públicas para la equidad y el desarrollo


En el proceso de reforma económica, el Estado tiene un papel preponderante que desempeñar: en la conducción del desarrollo; en la producción y gestión de la infraestructura económica básica; en la definición e impulso de una nueva política agraria e industrial que busque fortalecer el mercado interno y reconstruir el aparato productivo; y en el establecimiento de políticas regulatorias para el mercado de valores y el sistema bancario.
Requeriremos más gasto para desarrollar nuevas políticas públicas. Será necesario definir cómo obtendrá el Estado mayores recursos y, en consecuencia, cómo se aumentará el gasto público y cuál será la normatividad que la economía requiera para impulsar un desarrollo con equidad. El debate debe centrarse en la composición del ingreso y el gasto público. Hoy, la política y la práctica de programación del ingreso y del gasto público mantienen la hegemonía y discrecionalidad del poder ejecutivo. La ciudadanía no tiene ninguna participación en su elaboración y mucho menos en la vigilancia de la forma en que se aplica.
La importancia del compromiso social con los servicios de salud, seguridad social, educación y prevención de la pobreza no debe verse empañada por el hecho de que los fondos para atender esos graves rezagos tengan que competir con los que se dedican a otros propósitos. Sin embargo, habrá que aceptar la moderación presupuestal y el hecho innegable de que existe un escaso margen de maniobra para las finanzas públicas. Esto supone y exige el establecimiento de prioridades de la política pública y en consecuencia, el debate abierto sobre todas las demandas que compiten entre sí por fondos públicos, para buscar el consenso.
Deberemos debatir también las condicionantes financieras, identificar las prioridades sociales y jerarquizarlas con criterios de equidad y eficiencia. El presupuesto de ingresos y egresos debe ser entendido como instrumento de crecimiento económico, desarrollo social y redistribución del ingreso. Deberemos luchar continua y decididamente contra la discrecionalidad y la corrupción de la alta burocracia en el manejo del erario público.
Durante los últimos años, las finanzas públicas de México han experimentado un fuerte deterioro estructural. Uno de los factores de este deterioro ha sido la pequeña base de ingresos presupuestarios que el país sigue teniendo, parte de la cual es altamente volátil, porque depende de los ingresos petroleros. Según datos del Banco de México, el nuestro es uno de los países con menor carga fiscal del mundo. La recaudación como porcentaje del producto se ha mantenido muy por debajo de países desarrollados y de otros países con un nivel de desarrollo similar al de México. La carga fiscal total, como porcentaje del PIB fue en el año 2000 equivalente a 15.4%, mientras que el promedio entre los países de la ocde fue de 27.9% y en países como Bolivia, de 16.2%; Chile, 17.9 %; Argentina, 18.1%, y Brasil, 21.2%. Desde hace más de dos decenios se ha hecho patente la necesidad de fortalecer los ingresos recurrentes.
Los ingresos fiscales han caído por el alto grado de evasión fiscal, permitido por los vericuetos de la ley o la situación de ilegalidad, que incluye a las empresas informales; por exenciones legales, tales como el régimen simplificado; las recesiones, el estancamiento económico que dura ya dos decenios; y la profunda caída de los salarios que afecta el monto de lo pagado en el Impuesto sobre Rentas del Trabajo (ISR).
La posibilidad de compensar la ausencia de ingresos estables con otras fuentes de recursos se ha venido agotando por diversas razones, entre otras: se ha reducido el número de empresas públicas susceptibles de ser desincorporadas; ante la globalización de los mercados, el precio del petróleo es inferior al promedio del decenio de los 80s; y la sistemática pérdida de ingresos arancelarios que deriva de los acuerdos de libre comercio.
La estructura de la carga fiscal total como porcentaje del pib en el año 2000 fue de 4.7% de impuestos al ingreso, 3.5% de impuestos al consumo general, 6.3% de impuestos específicos y el 0.9% de otros impuestos como el de nómina, predial, derechos estatales y municipales y aprovechamientos por rendimientos excedentes de pemex. Conviene resaltar que el promedio OCDE del impuesto sobre la renta para ese año fue de 13.6%, y el promedio de los impuestos al consumo fue de 6.9%. Esta baja tributación tiene que ver, fundamentalmente, con la precaria participación del impuesto sobre la renta, que a su vez se asocia al menos a dos factores: la estrecha base de contribuyentes directos, y el conjunto de transacciones económicas que no son gravadas y que dan origen a prácticas de evasión y elusión fiscales favorables a quienes concentran el ingreso en México.
La recaudación por ámbito de gobierno para ese año fue de 14.9% del gobierno federal, 0.4% de los gobiernos estatales y de sólo .1% de los gobiernos locales. Esto significó que 96.6% de la recaudación correspondió al gobierno federal, mientras que el promedio ocde es de 77.4% para ese nivel de gobierno.
La recaudación tributaria no es un fin en sí misma; el objetivo es dotar al Estado de los recursos para cumplir con sus responsabilidades. México es uno de los países con menor gasto público en infraestructura, salud, educación, capacitación y combate a la pobreza, lo que limita el potencial de crecimiento y fomenta una desigual distribución del ingreso. El gasto total del gobierno de México, como porcentaje del PIB fue de 14.6% en comparación con el promedio ocde de 31.8% y de América Latina del 20.8%.
Estos elementos resaltan el imperativo de efectuar una reforma hacendaria estructural que eleve la recaudación e incremente el gasto público en inversión física y humana.
Requerimos un incremento en la recaudación tributaria para estimular el crecimiento económico y la creación de empleos. Mejorar la recaudación debe ser un propósito compartido por todos los ordenes de gobierno. Para ello, las reformas tendrán que orientarse hacia una mayor descentralización de los recursos públicos, así como hacia la atribución mayores potestades tributarias locales. Es preciso asignar con más equidad la recaudación federal participable y fortalecer la captación tributaria de estados y municipios. Junto a la mayor participación y mayores responsabilidades en materia de funciones y ejecución presupuestal, deberemos incluir disposiciones para reducir ordenadamente el aparato administrativo del gobierno central, cuidando no debilitar su capacidad para atender las responsabilidades del gobierno federal.
En este sentido el acuerdo de la convocatoria a la Convención Nacional Hacendaria puede significar un gran avance en la definición de las facultades y atribuciones de cada orden de gobierno. Aunque aún el Congreso debe discutir y resolver lo relativo al federalismo fiscal y, en general, a la reforma fiscal.
El modelo fiscal vigente recurre cada vez más a impuestos sobre las rentas recibidas por nómina. A la vez, existe un tratamiento diferenciado para las rentas del capital frente a las del trabajo. Los grandes patrimonios disfrutan en la práctica de una inexistencia de impuestos y de un alto grado de evasión y fraude. El sistema tributario es ineficaz, incierto e inequitativo.
El proceso de globalización presiona sobre el Estado nacional que tiene menos autonomía que antes para decidir su política económica. Adicionalmente, en los intentos de regulación y de reformas fiscales no podremos olvidar la existencia de alternativas relacionadas con paraísos fiscales y la liberalización de los movimientos del capital. Para las rentas más altas existen, casi siempre, vías de escape más o menos legales: mecanismos de deducción, tratamientos especiales y evasión legal, aparte del recurso del fraude. En la práctica resulta muy difícil gravar al capital.
El Estado debe actuar a favor de una distribución posterior de la renta y la riqueza mediante la universalización efectiva del acceso a bienes sociales como educación y servicios de salud. Para financiar todas las actuaciones públicas necesarias para la consecución de una sociedad más justa, hace falta una política impositiva que contribuya a corregir las desigualdades sociales. La reforma fiscal tiene que incentivar al trabajo como fuente de riqueza.
Tal reforma debe incluir los siguientes principios: hacer equitativa la relación entre las rentas del trabajo y las del capital; reducir la tributación del trabajo e incrementar la del patrimonio; incentivar la inversión productiva y el trabajo profesional y autónomo; e introducir principios de progresividad impositiva, equidad y suficiencia financiera del Estado para hacer efectivas las tareas de redistribución.
Proponemos una reforma integral del sistema tributario con los siguientes elementos: simplificar, dar certidumbre y proporcionalidad; eliminar la evasión fiscal, y regular la fiscalidad de la actividad empresarial informal o por cuenta propia; ampliar la base tributaria para obtener más ingresos públicos; buscar equidad y progresividad, gravando más a quien más posee y más gana; modificar diferencialmente las tasas del iva, por ejemplo, aplicando las tasas más altas a un amplio rubro de bienes suntuarios; gravar las diversas formas de ingreso derivadas de ganancias de capital, donaciones y herencias; introducir un impuesto progresivo al patrimonio; gravar las ganancias resultantes de transacciones financieras; deducir tributariamente una parte de las plusvalías o rentas obtenidas por la inversión pública en infraestructuras y servicios -impuesto de valorización-; revisar el sistema de tarifas de infraestructura y servicios públicos para que sea progresivo, cobrando más a quien más consume o usa mercantilmente lo público.
Por el lado de los egresos: introducir programas de desarrollo dotados de presupuestos multianuales; aplicar la austeridad republicana entendida como recorte de lo superfluo y ostentoso, buscar la eficiencia y eficacia del gasto, no como debilitamiento del aparato estatal; y orientar el gasto hacia las prioridades sociales.
Estas reformas deben aplicarse en los tres ámbitos de gobierno, según el caso, para reforzar integral y armónicamente el erario público. Todo esto requiere un nuevo pacto social en torno al Estado sobre bases que permitan impulsar esta reforma fiscal, repartiendo la carga tributaria con criterios socialmente aceptables y más equitativos.

7. Integración de la informalidad y promoción de la economía popular


En los dos últimos decenios, el continuo estancamiento económico con su secuela de desempleo, y las políticas neoliberales de apertura comercial incondicional y de reducción del salario real, produjeron una contracción violenta del mercado interno; llevaron a la quiebra a miles de pequeñas y medianas empresas orientadas a éste; desarticularon las cadenas productivas y de comercialización preexistentes; polarizaron la actividad económica entre un puñado de grandes empresas, sobre todo trasnacionales, vinculadas a la economía mundial, y una masa de pymes que sobreviven difícilmente en los resquicios de la economía pero que proveen la mayor parte de los empleos, crecientemente precarios.
La desindustrialización resultante ha conducido a una terciarización espuria, polarizada entre un pequeño sector financiero, comercial y de servicios trasnacionalizado y concentrado, que empuja a la ruina a las PYMES, y un enorme sector informal, atrasado y de baja productividad, donde sobrevive una porción importante de la fuerza laboral y muchos pequeños y medianos empresarios.
En este contexto, el de la laxa aplicación del estado de derecho y la corrupción, ha crecido un sector empresarial ilegal, situado por fuera del sistema fiscal y/o aduanal, con amplias relaciones internacionales amafiadas, que se dedica a la piratería de marca, al narcotráfico y el contrabando, al comercio de mercancías robadas -automóviles sobre todo- y al tráfico humano, que mantiene a sus asalariados al margen de la legislación laboral y la seguridad social. Al amparo de la impunidad, estos empresarios acumulan grandes riquezas fuera de la ley; no tributan al erario público, tienen estrechos vínculos con la delincuencia organizada y globalizada, están ligados a la corrupción de las autoridades y usan normalmente la violencia.
En el otro polo de la sociedad, cerca del 50% de la población ocupada labora y sobrevive en el sector informal popular -en la actividad agropecuaria y forestal, la artesanía y la reparación de objetos, el comercio callejero, los servicios personales, etc.-, al margen del sistema fiscal, de la legislación laboral cuando trabaja para otros, excluidos de la seguridad social, con ingresos bajos e inestables y que trabaja en condiciones inadecuadas o infrahumanas.
El sector laboral informal de subsistencia, sobre todo el comercio callejero, se relaciona estrechamente con el empresarial ilegal, que lo controla, se queda con la ganancia y afecta seriamente la habitabilidad y la seguridad pública en todas las grandes ciudades del país; pero al mismo tiempo, constituye una forma de subsistencia para la parte de la población que no puede absorber el contraído sector formal de la economía.
En este marco se han multiplicado también formas de trabajo precario en las empresas formales de todas las ramas, aún en las de mayor talla, caracterizadas por bajos salarios, ausencia de prestaciones sociales, jornadas de trabajo por fuera de la ley y condiciones laborales inadecuadas.
Por el origen estructural de la informalidad, las políticas coyunturales de erradicación del sector informal en sus dos vertientes han tenido resultados muy limitados. Han privilegiado la acción sobre la informalidad popular, dejando actuar más libremente a los empresarios ilegales. En general, hacen tabla rasa de las diferencias al interior del sector y golpean por igual a las formas tradicionales -tianguis, mercados callejeros, prestadores callejeros de servicios legales-, que a los distribuidores de mercancía ilegal. Pero el sector sirve de canal de comercialización de productos de baja calidad, accesibles para la población pauperizada.
Al mismo tiempo, ante el desempleo creciente, la política compensatoria del gobierno federal y de muchos gobiernos locales, ha tomado el camino de promover la ampliación del empleo informal mediante los créditos individuales al auto-empleo o para la creación de changarros, sin atender otros aspectos del fenómeno, con el resultado contradictorio de ampliar el sector que se pretende controlar.
La paulatina formalización del sector informal en el mediano plazo deberá atender a fondo sus causas estructurales, en primer término, y resolver su carácter sectorial dual y contradictorio.
La lucha contra la evasión fiscal y de las obligaciones establecidas por la ley -integración de sus trabajadores al imss y al Infonavit-, que practican las empresas legales pero informales en este aspecto, deberá ser uno de los ejes de la reforma hacendaria propuesta, creando las mejores condiciones viables para que todas ellas entren a la legalidad en el término más breve posible.
En el caso de las empresas informales ilegales, que significan un problema de seguridad nacional, externa e interna, la política de largo plazo deberá consistir en combatirlas mediante la aplicación estricta de la ley, la lucha frontal contra la corrupción y la impunidad, de arriba hacia abajo. Al mismo tiempo, habrá que cortar sus vínculos con el sector informal popular, de arriba hacia abajo, para liberarlo de la carga de explotación, ilegalidad y violencia que conlleva esa relación.
Para el amplio mundo del trabajo precario e informal, habrá que promover y apoyar el desarrollo e integración de la economía popular en el marco de un crecimiento económico sostenido de largo plazo y de la expansión del mercado interno. Los ejes de esta política deben ser múltiples y articulados, sustentados en un análisis riguroso de sus características, particularidades y problemas. No es posible eliminar el trabajo precario e informal mientras el patrón de acumulación vigente actúe como una gran fábrica de desempleados y pobres.
Hay que promover formas asociativas -cooperativas o comunitarias autogestivas entre ellas- entre los micro y pequeños productores agropecuarios, forestales, artesanales y manufactureros, comerciales y de servicios, y orientar hacia ellos, no individualmente, los apoyos y créditos. Los ámbitos prioritarios para promover la asociación deben ser: el financiamiento preferencial para la inversión asociativa, la formación de cadenas de adquisición de insumos y equipo y de comercialización de productos, la publicidad y la relación directa con los compradores, la innovación y adaptación de tecnología blanda y adecuada, la capacitación de la fuerza laboral y la elevación de la productividad.
Una alternativa puede ser la promoción de comunidades productivas rurales y urbanas, que combinen el uso habitacional del suelo con el económico, toda vez que sea compatible y ambientalmente sustentable; que reduzcan la excesiva dispersión y generen economías de aglomeración; que potencien la cooperación entre los participantes y aprovechen las ventajas de localización, las ventajas comparativas, los recursos naturales y humanos y las tradiciones culturales y de servicio locales.
Mediante regulaciones adecuadas, el Estado y los gobiernos deben proteger efectivamente a las empresas micro, pequeñas, medianas, cooperativas y comunitarias autogestivas mediante el control de las prácticas monopólicas de las grandes cadenas trasnacionales, la reserva de áreas de trabajo protegidas, los estímulos fiscales y arancelarios, las compras gubernamentales y la promoción entre los usuarios, a quienes las autoridades garantizarán la legalidad y la calidad controlada de los bienes y servicios que estas empresas produzcan o o comercialicen.
Habrá que regular, ordenar y mejorar la operación, erradicar las prácticas ilegales, dotar servicios urbanos adecuados, mantener control sobre el funcionamiento empresarial y la calidad e higiene de la oferta, para integrar paulatinamente a la economía formal a ciertas formas tradicionales de economía popular -ventas callejeras fijas y controladas de flores, periódicos y otros productos, tianguis o mercados sobre ruedas, ferias locales y regionales, por ejemplo-, o necesarias a la vida cotidiana de los sectores populares, tales como la oferta de servicios de mantenimiento en la banqueta, actividades que no afectan la legalidad o la seguridad, como el comercio callejero lícito, y que sirven a la subsistencia de quienes las practican y de sus usuarios.
Los mercados sobre ruedas, tianguis, mercados públicos, ferias locales, mercados abiertos municipales y regionales, que forman parte de nuestra identidad económica y cultural, que absorben fuerza laboral y dan salida a los pequeños productores, deben promoverse y multiplicarse, al tiempo que los ordenemos y mejoremos. Al mismo tiempo, habremos de impulsar que los consumidores recurran a ellos, como ocurre hoy en la Europa comunitaria.
La lucha contra la impunidad y la corrupción en el sector informal popular pasa por la eliminación de los liderazgos corporativos corruptos, impuestos por la violencia y el clientelismo, coludidos con las autoridades y las policías, para avanzar hacia formas democráticas y legales de representación asociativa.
Al tiempo que la actividad del sector popular informal se integra al sistema fiscal, según su ingreso real, sus integrantes deberán tener acceso a beneficios sociales como los servicios de salud y seguridad social, los programas institucionales de vivienda, el cuidado y educación de los niños dependientes, y otras prestaciones sociales con que cuentan los demás trabajadores asalariados. Así promoveremos y premiaremos la formalización.

8. Desarrollo rural equilibrado, justo y sustentable


El campo no aguanta más; tal fue el grito y la consigna que distinguió al movimiento campesino mexicano en el 2003, en la apertura de un nuevo ciclo de movilizaciones a escala nacional contra las políticas de corte neoliberal. Los planteamientos y exigencias adelantados por este movimiento concentran, en lo fundamental, los afanes transformadores de las mayorías rurales del país.
Las seis líneas programáticas enarboladas por el movimiento El campo no aguanta más son: 1) moratoria al apartado agropecuario del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN); 2) programas emergentes para el campo en 2003, y de largo plazo hasta el 2020; 3) una verdadera reforma financiera rural; 4) asignación de 1.5% con respecto al PIB para el desarrollo productivo y 1.5% con respecto al PIB para el desarrollo social y ambiental del sector rural en 2003; 5) inocuidad y calidad agroalimentaria para los consumidores mexicanos; y 6) reconocimiento a los derechos y cultura de los pueblos indios.
Más allá de estas exigencias centrales, consensuadas por el conjunto de las organizaciones campesinas realmente existentes en el país, en el decurso del movimiento se agregaron otras demandas importantes, entre las que destaca la revisión de las reformas agrarias salinistas de principios del decenio de los noventa, la conocida contrarreforma agraria neoliberal expresada en la modificación del artículo 27 de la Constitución.
El alcance de estas exigencias señala un horizonte de transformaciones que, de llevarse a cabo, modificarían toda la lógica sobre la que en los últimos decenios se ha ido construyendo el edificio de la "modernidad neoliberal".
Y es que, a los multiplicados agravios históricos, se sumaron definiciones y acciones de política gubernamental que llevaron a la población rural al agotamiento de sus capacidades productivas y a la destrucción de una parte importante de sus tejidos sociales.
La contrarreforma agraria neoliberal, expresada en la modificación del artículo 27 constitucional y en la aprobación de una nueva ley agraria a principios del decenio de los noventa, tuvo como idea rectora la definición del carácter protagónico del propietario o de la empresa privada, la desaparición del ejido, la minimización y/o desaparición del papel regulador del Estado y la exaltación de los mercados y de sus leyes como única racionalidad productiva y como nueva ética social.
El fin del reparto agrario coronó la contrarreforma neoliberal, a pesar de que se aceptaba la existencia de un rezago significativo y de propiedades privadas cuya magnitud rebasaba los límites legales. El modelo neoliberal de reformas completó sus nuevas líneas de recomposición de la estructura de la propiedad rural, abriendo la posibilidad legal de que ejidos y tierras comunales se privatizaran y de que las sociedades mercantiles por acciones pudieran apropiarse de terrenos rústicos. La venta de tierras de propiedad social se ha incrementado, sobre todo en áreas de riego con un alto potencial productivo, así como en las áreas turísticas y en los espacios rurales conurbados.
Esta línea de acciones no se basó en una disminución del intervencionismo estatal, sino en el despliegue de nuevos mecanismos de intervención dirigidos a desmontar las formas organizativas ejidales, comunitarias y cooperativas, y a favorecer la participación de un capital privado que muchas veces tiene más inclinación a la depredación y al pillaje de las áreas y sujetos productivos que al desarrollo y la reconstrucción sustentable del entorno.
Los males que tales reformas pretendían enfrentar se han profundizado, entre ellos el minifundismo, que no es causa sino efecto de las políticas públicas hacia el sector rural de los últimos sexenios. Otros problemas se han multiplicado o agravado.
El sector ejidal ha envejecido: cerca de la mitad de los ejidatarios supera los 50 años y casi 20% de éstos tienen más de 65 años. También se ha incrementado exponencialmente el número de ejidatarias, sin que tal feminización de la propiedad ejidal signifique un avance en el reconocimiento de los derechos de las mujeres. Otro fenómeno al que no se ha dado respuesta ha sido la presencia creciente de posesionarios y avecinados, ligados directa o indirectamente a la vida económica de los núcleos agrarios, cuya calidad de productores carece de reconocimiento y de derechos.
En el plano económico, social y ambiental el México rural vive la peor crisis de su historia. De conformidad con el supuesto de las ventajas comparativas, se han deprimido la producción y la productividad agropecuaria y forestal. A cambio, los gobiernos neoliberales han privilegiado las importaciones agroalimentarias para satisfacer la creciente demanda nacional. La mayoría de los sectores productivos de la economía rural han sido afectados negativamente por la apertura comercial abrupta, unilateral y sin proyecto nacional de competitividad. Unos cuantos agroexportadores mexicanos y las corporaciones agroalimentarias norteamericanas son los grandes beneficiarios de esta vía de liberalización comercial.
La lógica en la que se negoció el TLCAN partía de considerar como posible "aprovechar las asimetrías" existentes entre México y sus vecinos del Norte. Pero los resultados, a 10 años de vida del tratado comercial, subrayan otras verdades. Veamos. Con 100 millones de habitantes, México tiene una población agrícola de 23 millones, mientras que Estados Unidos tiene 286 millones de habitantes, de los cuales sólo 6 millones son agrícolas: 23% frente al 2%. Nuestra superficie arable es de 27 millones de hectáreas, de las que 6.5 millones tienen riego; mientras que ellos disponen de 179 millones de hectáreas arables y 22.4 millones irrigadas. En nuestro país contamos con 20 tractores por cada mil trabajadores, mientras en Estados Unidos se registran 1.5 tractores por cada trabajador. En estas condiciones, nuestra productividad medida en dólares por trabajador es de 2,100, mientras la suya es de 39,000. A estas diferencias abismales se agregan los subsidios, que en Estados Unidos eran de 36% del valor de la producción, y en México, de 22%. Con siete veces más tierras agrícolas y una productividad por trabajador 19 veces mayor que la nuestra, el vecino del norte es un gran exportador de sus cosechas, y su balanza comercial agroalimentaria arroja un superávit anual del orden de los 12 mil millones de dólares, en tanto nosotros tenemos un déficit de 1,700 millones por el mismo concepto.
Con la nueva Ley de Seguridad e Inversión Rural estadounidense del 2002, la vertiginosa asimetría se profundizará, pues supone un subsidio adicional del orden de los 250 mil millones de dólares, destinados principalmente a arroz, algodón, trigo, cebada y maíz.
El gobierno justificó la inclusión del maíz en el TLCAN como parte de una estrategia para reorganizar al sector agrícola, desarrollando los cultivos en los que México tenía ventajas comparativas y reduciendo el costo fiscal de los subsidios a productores y consumidores en la cadena maíz-tortilla. Pero esta estrategia conlleva, entre otros efectos, la destrucción a mediano plazo de la base de recursos genéticos asociada a los productores, que de acuerdo con el TLCAN, deben abandonar el cultivo del maíz. El desplazamiento del uso de semillas criollas por híbridos de altos rendimientos produce la erosión genética que, además del efecto negativo sobre el medio ambiente y los recursos, produce la desaparición o un daño fuerte en el tejido social y cultural donde florece la diversidad genética del cultivo, así como la destrucción del acervo de conocimientos relacionados con el uso y destino de las semillas en cuestión.
En el periodo 1994-1998 los precios reales de los productos agropecuarios y forestales cayeron entre 40 y 70%, desplome que agravó la crisis de rentabilidad y generó descapitalización y disminución del ingreso y el empleo en el sector rural. Este hecho ha sido consecuencia del desmantelamiento de instituciones y programas de apoyo a la producción y el abasto social, de la disminución de subsidios al ingreso de los productores y al consumo popular, y de la competencia desleal y en ocasiones ilegal de las importaciones masivas de Estados Unidos. Tales importaciones acusan asimetrías productivas y económicas insoslayables, un sistema dumping de precios al productor y volúmenes de exportación norteamericanas que el gobierno mexicano no ha querido reconocer.
Con la desaparición de Conasupo el gobierno anterior cumplió a cabalidad los dictados de organismos internacionales para entregar el mercado agropecuario del país a las grandes corporaciones trasnacionales. Algunas de estas corporaciones controlan más del 70% del mercado internacional de granos y determinan las políticas agrícolas y comerciales de múltiples países del mundo.
La reestructuración que Zedillo dispuso de la deuda de más de 2 mil 500 millones de dólares que los empresarios azucareros acumularon desde la reprivatización del sector, fue un capítulo más de la transferencia de deuda privada a pública operada a través de mecanismos como el Fobaproa-IPAB; sin embargo, ello no resolvió el problema y Fox tuvo que proceder a una nueva expropiación parcial de los ingenios, golpeados por la importación masiva de fructosa.
Los tiempos exigen que el sector rural asuma la problemática general que lo rodea y se vincule a la búsqueda del bienestar de las generaciones presentes y futuras. No se trata de ofrecer justicia agraria a cuentagotas. El artículo 27 constitucional tiene que ser revisado y reformado escrupulosamente. La parcela ejidal y la tierra comunal deben restituirse, devolviéndoles su carácter de bienes inembargables, a fin de preservarlos en la calidad de patrimonio familiar. Los límites legales de la denominada pequeña propiedad tienen que someterse a revisión, a fin de ajustarlos tanto a un criterio de justicia, como a criterios de sustentabilidad agro-ecológica y de modernización productiva. Es indispensable recuperar el espíritu que el Constituyente de 1917 dio al concepto de la propiedad social, en el marco de un ejercicio pleno de nuestra soberanía. Ello presupone, entre otras definiciones, el establecimiento de límites precisos a la posibilidad de que las sociedades mercantiles se apropien de tierras ejidales y comunales.
Un programa alternativo frente al desastre rural debe plantear, entre sus principales objetivos, la soberanía alimentaria. Debe establecer a la vez, como metas fundamentales, la recuperación del crecimiento económico sectorial y el superávit en la balanza comercial agropecuaria, la protección e impulso del empleo rural agropecuario y no agropecuario, la promoción de un desarrollo con sustentabilidad, el abatimiento de la pobreza extrema y la disminución de la pobreza rural.
Es indispensable reconocer la contribución del campo al mejoramiento del nivel de vida de la población urbana: alimentación sana, aire limpio, disponibilidad de agua, estabilización de los flujos migratorios campo-ciudad, amortiguamiento y regulación climática, educación y recreación. Es indispensable, por otra parte, reconocer a plenitud el derecho y la capacidad de la agricultura campesina, las comunidades indígenas y, en general, de los pobres rurales, para construir e impulsar alternativas de desarrollo productivo, social y ambiental, y contribuir sustancialmente al desarrollo general de la Nación.
La población indígena rural es depositaria de una enorme y rica cultura agrícola y de protección y manejo de los recursos naturales. Por ello requiere del reconocimiento y respeto a su identidad, derechos y autonomía, así como de políticas de apoyo y fomento productivo que se adecuen a sus formas particulares de organización y gestión económicas.
No hay estrategia viable de desarrollo en el campo mexicano sin la construcción de un sólido sistema de financiamiento que incluya a los sectores productivos mayoritarios. Se requieren nuevas instituciones de financiamiento local en manos de la sociedad rural. Son necesarias, al mismo tiempo, reformas jurídicas e institucionales para propiciar un marco regulatorio y normativo adaptado a este tipo de instituciones.
Recuperar la soberanía alimentaria debe ser una prioridad nacional. Para lograr este objetivo requerimos reconstruir -a la vez que reformar e innovar- la arquitectura institucional involucrada en la seguridad alimentaria y el ordenamiento de los mercados agroalimentarios. En este marco, deberemos alentar un sistema de precios agrícolas remunerativos que incentive la producción nacional y reduzca la incertidumbre de los mercados.
El apartado agrícola del tlcan debe ser revisado en un marco que reconozca asimetrías y prioridades nacionales, introduciendo principios de complementación y cooperación. De cara a las nuevas rondas de negociaciones de la Organización Mundial de Comercio (OMC), nuestro país deberá asegurarse que los acuerdos que tales rondas alcancen sean compatibles y congruentes con los objetivos de la política de desarrollo rural.
Dada la incertidumbre científica actual respecto de los efectos de los cultivos transgénicos sobre la biodiversidad y la salud humana, nuestro país deberá adoptar el principio de precaución respecto a la investigación, producción, comercio y consumo de organismos genéticamente modificados, para lo cual deberemos promover iniciativas legislativas pertinentes.
Finalmente, debemos rechazar el proyecto del gobierno de Fox de desincorporar las instituciones de educación de posgrado e investigación agropecuaria dependientes del Gobierno Federal; y en cambio, promover que se consoliden y amplíen como pilares del avance tecnológico, social y ambientalmente sustentable, y del incremento de la productividad y la competitividad del sector agropecuario.

9. Desarrollo tecnológico con sustentabilidad ambiental y social


En un mundo donde la economía, la cultura y la vida social se desarrollan crecientemente a partir del conocimiento científico y la aplicación de nuevas tecnologías, México mantiene un atraso considerable en ambos campos. Si exceptuamos las ciencias sociales y humanísticas, los demás campos del conocimiento científico no alcanzan el nivel de consolidación que el desarrollo requiere. El país usa mayoritariamente tecnología importada de los países dominantes, bajo la forma de máquinas, paquetes de insumos y procedimientos, importados a un alto costo. Muchas de estas tecnologías son destructoras del medio ambiente o de alto riesgo -alimentos transgénicos, por ejemplo-, no corresponden a las condiciones ambientales propias, no son adecuadas a la relación entre capital y fuerza de trabajo disponible, ni aprovechan el saber tradicional propio o lo suplantan inadecuadamente.
México carece de un núcleo endógeno de adaptación e innovación científica y tecnológica. El aporte de la empresa privada, donde se ubicaría básicamente el potencial en este campo, es casi nulo, pues privilegia la compra e importación, desde las casas matrices trasnacionales, a costa de onerosas regalías sobre el uso marcas, diseño de productos o "franquicias" de imagen sobre bienes de consumo simples.
La distribución social del conocimiento y de los productos de la nueva tecnología es abiertamente desigual. Las micro, pequeñas y medianas empresas, y organizaciones como los municipios, base de la estructura administrativa en los diversos ámbitos de actividad económica, cultural y social, carecen de condiciones para tener acceso al cambio tecnológico. Por tanto, en la desigual competencia con los grandes monopolios, sobre todo trasnacionales, se vuelven progresivamente más vulnerables. Solo una minoría de la población tiene acceso al sistema educativo o al ámbito laboral donde la nueva tecnología se ha extendido en la vida cotidiana, y es menor aún la que se beneficia de avances tan importantes como la computación y el Internet, controlados monopólicamente por los centros productores y emisores de información.
Los investigadores y tecnólogos universitarios, sometidos a un sistema de remuneraciones con base en un productivismo formal, individualizado y de corto plazo, operan en condiciones de inestabilidad y carencia de instrumentos y recursos adecuados de trabajo, por lo general, el apoyo que reciben no incluye los recursos humanos adicionales necesarios para realizar su trabajo. Los grupos de Investigación y Desarrollo consolidados son escasos e inestables, y se concentran casi exclusivamente en la Zona Metropolitana del Valle de México y otras metrópolis de la región centro, lo que desatiende las necesidades particulares del resto del país.
Los medios nacionales para la difusión social de la ciencia son restringidos, y en el sistema educativo no existen las condiciones necesarias y suficientes para impulsar una apropiación social amplia de los productos del avance científico nacional e internacional.
México enfrenta el desafío de dar un salto cuantitativo y cualitativo en el desarrollo científico y tecnológico.
El estímulo al desarrollo científico debe atender los siguientes objetivos principales: difundir la ciencia desarrollada mundialmente en la sociedad y en especial, entre niños y jóvenes, mediante el sistema educativo, generando medios apropiados y pertinentes para ello; mantener y ampliar la masa de recursos humanos capaz de entender y seguir el avance de las ciencias -físicas biológicas, sociales y humanísticas- y sus posibles implicaciones para el presente y el futuro de la humanidad y del país, inclusive con su participación activa, y desarrollar la capacidad científica en todas las regiones, para asegurar el basamento del desarrollo tecnológico nacional.
El cambio tecnológico social y ambientalmente sustentable debe convertirse en el mediano plazo en una de las palancas esenciales del crecimiento económico de México y el mejoramiento de la calidad de vida de todos sus habitantes. Este cambio debe preservar los recursos naturales y humanos del país para las generaciones presentes y futuras; responder a la combinación concreta de disponibilidad de recursos naturales, capitales y fuerza de trabajo prevaleciente, dando prioridad al empleo estable y adecuadamente remunerado de la fuerza de trabajo; orientarse hacia los distintos sectores de la actividad económica y social, y a las diferentes formas y niveles de producción de bienes y servicios, desde las instituciones, organizaciones y empresas menores y mayores, sean sociales, públicas o privadas; atender integralmente toda la cadena de la actividad productiva, y ser difundido y accesible a todos los estratos y capas sociales, empezando por los trabajadores del sector popular.
La experiencia mundial muestra que el Estado es el ente social capaz de promover, impulsar y financiar el desarrollo científico y tecnológico, y de concertar la cooperación en este campo con las instituciones académicas y las empresas privadas y sociales. Por ello, el Estado mexicano debe asumir con urgencia el múltiple papel de promover, impulsar, financiar y concertar socialmente el desarrollo de un núcleo endógeno de adaptación e innovación tecnológica ambiental y socialmente sustentable. Para ello, se requiere elevar en el corto plazo el gasto en ciencia y tecnología al menos a un 1.5% del Producto Interno Bruto.
El eje rector y estructurador de este núcleo debe ser el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, reestructurado en dos áreas distintas: desarrollo científico e innovación tecnológica.
El núcleo científico debe ubicarse en las universidades y centros de investigación del sector público y estar bajo la dirección de los propios investigadores y tecnólogos, transformado de instancia evaluadora formal de la productividad individual de corto plazo, en estructura de promoción, impulso, coordinación, financiamiento y concertación del esfuerzo de mediano y largo plazos con otros sectores, sin exclusión de áreas del conocimiento, y con prioridades establecidas a partir del debate público. El financiamiento debe incluir armónicamente la cobertura de los recursos materiales, la infraestructura y los recursos humanos necesarios.
La adaptación e innovación tecnológica tiene como ámbito fundamental a las empresas, aunque debemos promover su relación con los centros universitarios de investigación científica. La política económica puede inducir la liga entre la producción y adaptación de nuevas tecnologías sustentables con los servicios conexos, para que se convierta en una rama motriz y articuladora del proyecto de crecimiento económico sostenido.
En México requerimos un proyecto tecnológico que pase por el impulso al desarrollo de empresas mexicanas, y por la utilización de la capacidad de compra del mercado nacional, y muy especialmente la del gobierno, para condicionar esas compras e impulsar el desarrollo tecnológico nacional. Podemos fijar exenciones y estímulos aduanales y fiscales para promover tal actividad; y una parte de los recursos deben ser aportados directamente o a través del pago de costos y regalías, por las empresas u organizaciones receptoras del conocimiento.
En la planeación y reordenamiento territorial es necesario introducir sistemáticamente el cambio tecnológico sustentable en todos los ámbitos, poniendo énfasis en el desarrollo de nuevas formas de organización territorial adecuadas a la competitividad y calidad de las actividades, y al mejoramiento de la calidad de vida de todos los agentes sociales en las distintas actividades; donde debemos establecer la relación entre los centros de investigación universitaria y las empresas involucradas en la adaptación e innovación tecnológica. La investigación y desarrollo científico y tecnológico en los estados requiere de un impulso prioritario específico, con recursos, funciones y estímulos especiales a instituciones e investigadores.
La difusión del cono