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Corea del Norte ¿próximo objetivo de
washington?
José Luis León*
Hace unos meses Corea del Norte advirtió al mundo,
a travé de la agencia oficial KCNA, que "una nueva guerra
en Corea conduciría finalmente a la Tercera Guerra Mundial".
El pronunciamiento suena fuerte pero ¿qué tan en serio debe
tomarse? ¿Cuál es el juego de Washington y Pyongyang en
la crisis nuclear de la península coreana? ¿Puede y quiere
Norcorea desafiar a la hiperpotencia? ¿Será el régimen
de Kim Jong-Il el siguiente blanco de una diástole imperial de
Estados Unidos que ya incluyó Afganistán e Iraq? En las
siguientes líneas, buscaré brindar elementos para entender
esta compleja problemática y ubicar su importancia dentro de la
agenda internacional contemporánea.
El artículo consta de tres partes: en la primera, se explica el
origen del conflicto entre Estados Unidos y Corea del Norte, con particular
énfasis en los sucesos posteriores al fin de la Guerra Fría;
la segunda sección, analiza con cierto detenimiento el devenir
de las relaciones entre ambos países durante la administración
de George W. Bush, quien ha caracterizado a Corea del Norte como integrante
de un presunto "eje del mal", del cual tambien forman parte
Irán e Iraq; la última sección, relata el proceso
de negociaciones multilaterales emprendido en 2003 para solucionar el
conflicto y considera que, no obstante la encendida retórica de
ambas partes, existen condiciones favorables para la negociación
de un acuerdo similar al que obtuvieron en 1993-1994.
Los antecedentes del conflicto
El programa nuclear de Corea del Norte se remonta a 1962, cuando el país
adquirió un reactor nuclear de 4 megawatts, que buscaba aprovechar
sus nada despreciables yacimientos de uranio. A finales de los años
setenta, ya había desarrollado capacidades nucleares propias, a
través de la imitación y mejora del reactor de gas-grafito
Calder Hall, una innovación británica de los años
cincuenta. En la voluntad norcoreana de desarrollar tecnología
nuclear no fue ajeno el asedio estadounidense que, a lo largo de la Guerra
Fría hizo de Corea del Norte un blanco potencial privilegiado.
El fin del conflicto bipolar en 1989-1991 contribuyó a aumentar
el sentimiento de inseguridad de Corea del Norte. Las antiguas alianzas
con el bloque soviético fueron desapareciendo a medida que los
países gobernados por el socialismo real hacían implosión
y la continua hostilidad de Estados Unidos generó una enorme inquietud
en Pyongyang. En enero de 1993, el presidente William Clinton anunció
la realización de las maniobras militares Team Spirit, que George
Bush padre había suspendido el año anterior. Un mes después,
Lee Butler, jefe del Comando Estratégico de Estados Unidos, declaró
que algunos de los armamentos nucleares estratégicos que apuntaban
hacia la extinta Unión Soviética se estaban redirigiendo
hacia otros objetivos, entre los que destacaba Corea del Norte.1
Ambos factores, impulsaron a Pyongyang a redoblar esfuerzos para producir
sus propias armas nucleares, buscando contrarrestar las presiones estadounidenses.
A mediados de 1993, Corea del Norte lanzó un misil Nodong de mediano
alcance al Mar de Japón, al mismo tiempo que amenazó con
retirarse del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) que había
suscrito en 1985. La posibilidad de que países como India pudiese
tomar una actitud similar de cara la renegociación del TNP, que
habría de celebrarse en 1995, fue una de las principales causas
que empujó a Washington a buscar la suspensión del programa
de armas nucleares de Corea del Norte.
Al referirse a este tema, Pyongyang suele insistir en que su programa
nuclear está orientado a la generación de energía
eléctrica, mientras Washington asegura que el poderío militar
de Corea del Norte es consi-derable. Los estrategas estadounidenses añaden
que, gracias a la producción del misil Taepodong I, los norcoreanos
tendrán en poco tiempo la capacidad de lanzar un ataque balístico
contra sus vecinos asiáticos, si no es que contra objetivos ubicados
en Estados Unidos.2
Tras arduos esfuerzos, Estados Unidos y Corea del Norte negociaron, en
1994, un acuerdo marco mediante el cual Pyongyang ofrecía una moratoria
en sus actividades nucleares a cambio de que Washington y otros países
occidentales le proporcionaran dos reactores de agua ligera destinados
a la producción de energía eléctrica. Mientras los
reactores eran construidos en la región de Kuhmo, Estados Unidos
y sus aliados suministraron, por la vía de un consorcio denominado
KEDO (Korean Peninsula Energy Development Organization), las 500 mil toneladas
anuales de petróleo necesarias para mitigar los problemas energéticos
de Corea del Norte.
El proceso de mejoría en las relaciones bilaterales alcanzó
su punto máximo en octubre de 2000, cuando la entonces secretaria
de Estado de Estados Unidos, Madeleine Albright, se entrevistó
con el presidente Kim Jong-Il en Pyongyang. Sin embargo, ninguna de las
dos partes cumplió del todo con las obligaciones pactadas. Apostando
a lo que anticipaban como una inminente caída del régimen
norcoreano, Estados Unidos y sus aliados demoraron la construcción
de los reactores de agua ligera, aunque enviaron con regularidad el suministro
de petróleo y proporcionaron grandes flujos de ayuda alimentaria.3
No obstante, haber decretado el cierre de las centrales nucleares de Yongbyon
y Taechon y permitido las inspecciones de la Agencia Internacional de
la Energía Atómica (AIEA), todo indica que Corea del Norte
continuó, en paralelo y en instalaciones más pequeñas,
desarrollando armas de destrucción masiva con base en uranio enriquecido.
Corea del Norte y la administración Bush: viejos
problemas, nuevas tensiones
Tanto la llegada a la presidencia de George W. Bush, en 2001, como la
soterrada continuación del programa nuclear norcoreano impactaron
negativamente en la dinámica de las relaciones bilaterales. La
brecha entre Washington y Pyongyang se ensanchó tras los atentados
terroristas del 11 de septiembre de 2001 y se hizo aún más
grande tras el discurso de Bush sobre el Estado de la Unión el
29 de enero de 2002. En esa ocasión, Bush aseguró que Corea
del Norte integraba, junto con Irán y e Iraq, un "eje del
mal". En la perspectiva del mandatario estadounidense, la existencia
de dicho eje constituía una de las principales amenazas para la
seguridad nacional de la hiperpotencia.4
Tales declaraciones precipitaron la suspensión de las pláticas
de de-sarme y dieron lugar a una peculiar dinámica en la que una
retórica estridente ha coexistido con discretos intentos de negociación.
Así, en julio de 2002, en el contexto del Foro Regional de la Asociación
de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN) celebrado en Bandar Seri
Begawan, Brunei, se registró un encuentro informal entre el secretario
de Estado, Colin Powell y el ministro de Relaciones Exteriores de Corea
del Norte, Paek Nam-sun. Sin embargo, el 17 de septiembre, el secretario
de Defensa, Donald Rumsfeld, aseguró que Corea del Norte poseía
armas nucleares; sospecha que el secretario adjunto de Estado, James Kelly,
dijo haber confirmado al mes siguiente durante una entrevista con Kang
Suk-ku, el brazo derecho de Kim Jong-Il.
El 14 de noviembre de 2002, Bush procedió a suspender el suministro
de petróleo a Corea del Norte. En respuesta, Pyongyang anunció
la reanudación de su programa de producción de energía
eléctrica en la central nuclear de Yongbyon, donde desconectó
el equipo de monitoreo internacional y expulsó a los inspectores
de la AIEA. En enero de 2003, el gobierno norcoreano se retiró
del TNP, en marzo del mismo año, Corea del Norte lanzó de
nuevo misiles Nodong sobre el Mar de Japón; al mismo tiempo, los
sistemas de espionaje satelital estadounidenses detectaban actividad en
Yongbyon, hecho que significaría la reanudación en el procesamiento
de 8 mil varillas de plutonio que habían sido desactivadas tras
los acuerdos de 1994. En mayo, Pyongyang renunció a un acuerdo
de desmilitarización y desnuclearización de la Península
que había firmado con Corea del Sur en 1991.
Dicho sea de paso, el enrarecido ambiente que prevalece entre Washington
y Pyongyang ha puesto en tensión las relaciones intercoreanas,
que, a principios del decenio, parecían marchar viento en popa.
En efecto, el acercamiento entre ambas Coreas llegó a su cenit
con la Declaración Conjunta de junio de 2000, en la cual los mandatarios
de Corea del Norte y del Sur expresaban su voluntad de iniciar una serie
de acciones de cooperación, cuyo objetivo final sería la
reunificación de la Península. Desafortunadamente, el poco
entusiasmo que el gobierno de Bush ha mostrado para impulsar un acercamiento
entre las dos coreas, ha sido una piedra más en el difícil
camino de la reunificación.
Con todo, una dinámica de acercamiento entre "hermanos enemigos"
ha prevalecido. Ambas coreas han realizado reencuentros de familias separadas
por la guerra, han promovido numerosos intercambios diplomáticos,
económicos y culturales y han dado pasos concretos de buena voluntad,
expresados en el acuerdo para enviar una delegación conjunta a
los Juegos Olímpicos de Atenas, así como en la construcción
de vías carreteras y férreas que conectarán a los
dos países. Los altavoces que desde hace más de medio siglo
transmitían consignas agresivas en la frontera entre ambas coreas
fueron retirados el 15 de junio de 2004.
Ante el diferendo entre Estados Unidos y Corea del Norte, los poderosos
vecinos del Noreste Asiático (Rusia, China, Japón y Corea
del Sur) han insistido para ejercitar la vía diplomática
en la solución del conflicto. Por extraño que parezca, Estados
Unidos también tiene un interés en que la crisis nuclear
en la Península Coreana se resuelva de manera pacífica.
Esto es así porque nadie sabe a ciencia cierta si Norcorea efectivamente
posee armamento atómico. El hecho de que ni siquiera los servicios
de inteligencia de Estados Unidos sean capaces de calcular con precisión
las capacidades nucleares de Corea del Norte introduce un elemento de
incertidumbre que aumenta sustancialmente la capacidad negociadora del
país asiático y, paradójicamente, hace más
improbable un conflicto.
Todo parece indicar que Corea del Norte posee efectivamente, al menos
dos bombas nucleares. Además, Pyongyang fabrica y comercializa
misiles Scud y Nodong, estos últimos con un radio de alcance de
mil 300 kilómetros. La distancia que pueden recorrer los Nodong
es más que suficiente para atacar con armas nucleares a Seúl,
Tokio e, incluso, a Alaska, si existen condiciones meteorológicas
adecuadas. El pleno dominio norcoreano de la tecnología para construir
y operar los misiles de corto y mediano alcance quedó de manifiesto
con los Nodong lanzados sobre el Mar de Japón en 1993, 1998 y 2003,
y también en las ventas de este tipo de pertrechos a países
como Egipto, Yemen, Pakistán e Irán.
Por esa razón, es que, ante un ataque militar en forma, es muy
factible que Norcorea pudiera responder con una ofensiva nuclear que,
si bien difícilmente alcanzaría California, Nueva York o
Colorado, podría hacer blanco en ciudades surcoreanas y japonesas.
Las estimaciones de un conflicto de esta naturaleza, expuestas ante un
comité senatorial por Gary Luck, comandante de las tropas de Estados
Unidos en Corea del Sur, no son un cuento de hadas. Según Luck,
el conflicto arrojaría un saldo aproximado de un millón
de muertos, incluyendo entre 80 y 100 mil estadounidenses. Las pérdidas
materiales se estiman en un billón de dólares, de los cuales
100 mil millones corresponderían a Estados Unidos.5 Es claro que
los costos humanos y materiales de una solución por la vía
militar serían demasiado altos, no sólo para la península
coreana sino también para Washington.
Además de la posesión de armas nucleares, Pyongyang ha desarrollado
fuertes capacidades convencionales. Para nadie es un secreto que Norcorea
dedica casi el 26 por ciento de su PIB a gastos militares; su ejército
regular supera el millón de efectivos y, en tanto que uno de los
países más militarizados del mundo, tiene la capacidad para
reclutar en unas cuantas horas a 4.7 millones de reservistas, es decir,
casi una cuarta parte de su población total.6 Obviamente, esta
fuerza no es suficiente para derrotar a la hiperpotencia, pero sí
para generarle un muy fuerte dolor de cabeza. Washington no sabe cuántas
armas nucleares pudo haber desarrollado Pyongyang, pero sí sabe
que las capacidades militares de Norcorea son mucho más sofisticadas
que las de los mullahs afganos en 2002 y las del régimen de Saddam
Hussein en 2003.
¿Una ventana para la paz?
A pesar de los inquietantes anuncios de un inminente Armagedón
en el noreste asiático, consideramos que detrás de los discursos
bélicos de Washington y Pyongyang existe una amplia ventana de
oportunidad para las negociaciones de paz. En realidad, tanto norcoreanos
como estadounidenses han manifestado su voluntad de diálogo y han
superado los principales obstáculos que les impedían celebrar
negociaciones. El principal problema tuvo que ver con el formato de las
pláticas de paz pues, en un principio, Washington insistía
en un esquema multilateral que incorporase a China, Rusia, Japón
y Corea del Sur, mientras que Pyongyang consideraba que las negociaciones
debían ser estrictamente bilaterales.
A lo largo de 2003 y 2004, ambas partes fueron ofreciendo muestras de
que podrían cambiar sus posiciones iniciales y abrir el campo para
nuevos acuerdos. En una visita a Bangkok, el propio George W. Bush declaró
(20 de octubre de 2003) que Estados Unidos podría ofrecer a Pyongyang
garantías escritas de que no sería agredido si suspendía
su programa nuclear, aunque rechazó la exigencia norcoreana de
firmar un tratado de no agresión.7 Por su parte, Corea del Norte
aceptó utilizar un formato multilateral integrado por seis países
(Estados Unidos, Corea del Norte, China, Rusia, Japón y Corea del
Sur), iniciando una primera ronda de negociaciones en Beijing, en agosto
de 2003. La segunda ronda se celebró en la propia capital china
en febrero de 2004.
Las negociaciones han sido ríspidas, plagadas de tensión
y avanzan, lentamente. Durante aquella reunión, sin embargo, el
camino de la conciliación comenzó a despejarse, a pesar
de que se esperaban pocos resultados de la reunión y de que ésta
se efectuó a puerta cerrada. El periodista David Sanger, de The
New York Times, reportó que, por primera vez desde el principio
de las negociaciones a seis bandas, Washington ofreció a Pyongyang
pasos concretos para destrabar el conflicto, adoptando algunas de las
líneas de un plan que Corea del Sur había propuesto en la
ronda de febrero de 2004.
Estados Unidos pidió que, en un plazo de tres meses, Corea del
Norte inventariara y congelara sus actividades nucleares, dejara de fabricar
piezas estratégicas para este tipo de armamento y aceptara reanudar
inspecciones de la AIEA. De hacerlo, garantizaba no atacar a Norcorea,
se comprometía a iniciar pláticas para levantar las sanciones
económicas y permitiría que otros países y organismos
multilaterales proporcionaran de inmediato los flujos de ayuda energética
y alimenticia que Corea del Norte necesitara para sobrevivir.
Pyongyang, por su parte, habría pedido que, a cambio de congelar
su programa nuclear en Yongbyon, KEDO le suministrara 2 mil megawatts
de energía eléctrica anualmente para cubrir apenas una cuarta
parte de las necesidades energéticas. Si se logra negociar la paz
entre Estados Unidos y Corea del Norte, es muy posible que la dirigencia
política norcoreana logre obtener, a través de asistencia
internacional, los recursos necesarios para mantenerse en el poder sin
necesidad de recurrir a reformas económicas al estilo chino. Este
es un camino que desde hace tiempo está abierto para Norcorea pero
que la élite de ese país duda en tomar, debido a sus potenciales
costos políticos.8
En suma, es posible afirmar que la relación entre Estados Unidos
y Corea del Norte difícilmente desembocará en una guerra
y, mucho menos en una guerra mundial. La administración Bush está
afectada por la enredada posguerra en Irak y el escándalo de las
fotos de torturas en la cárcel de Abu Grahib. En estas condiciones,
Washington difícilmente puede concretar la idea del secretario
de Defensa, Donald Rumsfeld, en el sentido de que Washington puede librar
dos o más guerras a la vez. Por su parte, Pyongyang continuará
negociando tratando de maximizar su interés nacional.
* Doctor en Ciencia Política por Columbia University,
Nueva York. Fue miembro del Servicio Exterior Mexicano. Actualmente, es
Profesor-Investigador del Área de Política Internacional
en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco y catedrático
de Estudios Coreanos en El Colegio de México. Contacto: joseluisleonm@hotmail.com.
1 Véase Bruce Cumings, Korea's Place in the Sun. A Modern History,
Nueva Cork-Londres, W.W. Norton, 1998, pp. 474-475.
2 A pesar del hermetismo de Pyongyang con respecto a sus actividades militares,
existen serias evidencias de su denodado esfuerzo bélico. Según
el Instituto de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus
siglas en inglés), Corea del Sur dedica el 26 por ciento del PIB
al gasto militar y sostiene un ejército de un millón de
personas. Ciertamente ambos indicadores figuran entre los más altos
del mundo, pero de ahí no se deduce automáticamente que
la obsesión armamentista norcoreana esté destinada a retar
al poderío de Washington. Cfr. SIPRI, The SIPRI Military Expenditure
Database, Estocolmo, junio de 2002. Un espléndido análisis
sobre las capacidades militares norcoreanas en distintos ámbitos
es el de Joseph Bermudez, The Armed Forces of North Korea, Londres-Nueva
York, I. B.Tauris, 2001.
3 Cabe recordar que Corea del Norte sufrió, a mediados de los noventa,
una fuerte hambruna en la cual habría perecido alrededor de 10
por ciento de la población, es decir, dos millones de personas
de un total de 22 millones.
4 Dada la evidencia disponible, la idea del "eje del mal" no
parece ser más que una construcción ideológica del
gobierno de George W. Bush, que implicaría la existencia de una
coalición explícita entre todos sus miembros, lo cual no
acontece en el caso de Irán, Irak y Corea del Norte. La enemistad
entre Irán e Iraq derivó en una encarnizada guerra (1980-1988)
que cobró al menos un millón de vidas. Durante esa guerra,
Corea del Norte apoyó a Irán con armamento y ha mantenido
relaciones amistosas con este país. En cambio, Pyongyang se abstuvo
de establecer vínculos diplomáticos con Iraq y entabló
relaciones con Kuwait, aliado estadounidense por excelencia. En estas
circunstancias, hacer referencia a un "eje" es tan inútil
como el intento de fusionar el agua y el aceite. Este punto es desarrollado
in extenso por Aidan Foster-Carter, "Why Bush is Scaried than Kim
Jong-Il", en Asia Times, 9 de febrero de 2002.
5 Ibidem.
6 Cfr. la base de datos del Instituto de Estocolmo de Investigaciones
para la Paz (www.sipri.org).
7 Véase El Universal, 20 de octubre de 2003, Sección Internacional,
p. 9.
8 Esta idea se desarrolla con más amplitud en mi texto "¿Autosuficiencia,
socialismo de mercado o ayuda económica? Los dilemas actuales de
la economía norcoreana", en Carolina Mera (ed.), Estudios
Coreanos en América Latina, Buenos Aires, Editorial Al Margen de
la Plata, 2004.
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