En el Congreso, tarea inconclusa

Faltan cambios de fondo en la política económica

Las negociaciones del paquete económico para el 2004 propuesto al Congreso de la Unión por el jefe del Ejecutivo, se pueden enmarcar en dos etapas. La primera comienza en noviembre pasado con la presentación formal, por parte del gobierno de Vicente Fox, de sus proyectos de Ingresos y Egresos. Termina con la derrota —infringida el 11 de diciembre de 2003— del primer dictamen de Ley de Ingresos. En esta misma fecha se inicia la segunda etapa, la cual comprende la aprobación tanto de la nueva Ley de Ingresos como del Presupuesto de Egresos.

Saltan a la vista la tozudez y la falta de oficio político del presidente Fox, al tratar de imponer —por segunda ocasión en lo que va de su mandato— su propuesta de gravar con IVA los alimentos y medicinas, además de pretender gravar las prestaciones laborales de los trabajadores y de crear nuevos gravámenes a la cadena productiva.

Con sus propuestas, el Presidente dejó ver su falta de sensibilidad para entender que en las votaciones de julio de 2000, la gente le arrebató al PRI la silla presidencial para ponerle un alto a las políticas empobrecedoras y para detener también el remate y la destrucción de las bases materiales que dan sustento a la nación. El dogma neoliberal —mantenido por Vicente Fox— sufrió un nuevo revés en las votaciones de julio de 2003, cuando el PAN perdió 55 escaños en la Cámara de Diputados, donde el número de curules de este partido se redujo a 151, mientras que en la anterior Legislatura contaba con 206.

Pero tanto el Presidente como los líderes panistas se comportaron como los peores alumnos al no entender las lecciones de estos últimos resultados electorales. No comprendieron que la ciudadanía ha estado aprovechando su derecho al voto para reprobar un modelo económico que nunca hizo suyo, que le fue impuesto de manera autoritaria y que, por si fuera poco, dicho modelo sólo le ha traído estancamiento económico, pérdida de empleos, agudización de la pobreza y acentuación de la desigualdad social. A todo esto hay que agregar el desencanto de la gente, no sólo por el rosario de promesas incumplidas, sino también por las frivolidades de la pareja presidencial y, encima de todo, por la impericia gubernamental para conducir el país.

Los resultados de la votación del 11 de diciembre de 2003 marcan el fin de la primera etapa, pero significan también la posibilidad de una mudanza —aún en ciernes— hacia un modelo de desarrollo más justo, equitativo e incluyente, el cual tendrá que abrirse paso en el resto de la LIX Legislatura.

La segunda etapa estuvo marcada, desde un inicio, por las descalificaciones de que fueron objeto los diputados que no se plegaron a Fox. Esta campaña, lanzada desde la presidencia de la República y en la que participaron secretarios de Estado y las cúpulas empresariales, tenía el evidente propósito de que la población se creyera el cuento de que los diputados son los verdaderos culpables de los numerosos problemas que padece la economía mexicana. Tanto el presidente Fox como los titulares de su gabinete difundieron ampliamente sus mentiras a través de los medios de comunicación. Con todo cinismo afirmaron —palabras más, palabras menos— que la mayoría opositora en la Cámara de Diputados, al echar abajo las propuestas de Los Pinos, había pospuesto la creación de más empleos, la lucha contra la pobreza y, en general, el progreso de México.

A estas críticas se sumaron aquellos intelectuales que actuaron como verdaderos defensores de oficio del estado de cosas dominante, pero cuya capacidad de análisis ya muestra signos inequívocos de agotamiento. Lo muestra el hecho de que a ellos la pobreza, el cierre de empresas, el desempleo y la emigración sólo les dicen que a los mexicanos se les deben recetar nuevas dosis de la misma medicina, así sea a costa de la entrega de los bienes nacionales a intereses extranjeros.

Es evidente que dichos analistas se quedaron con las ideas vendidas por el salinato. Algunos fueron más lejos al causar un fuerte daño a su propia estirpe y darle la espalda a personalidades como el historiador y economista don Jesús Silva Herzog —de intachable trayectoria— y como don Jesús Reyes Heroles, cuyos excesos cometidos desde el poder no restan importancia a sus aportaciones teóricas, en las cuales explicaron la necesidad de que la nación fortalezca sus propias bases materiales y de que el Estado se haga cargo de las riendas de la economía.

Estos articulistas tienen a la mano estadísticas con cifras que no dejan lugar a dudas acerca de los estragos causados por el modelo neoliberal. No obstante, en vez de poner sus conocimientos al servicio de las mejores causas y en vez de contribuir al diseño teórico de nuevas rutas para el país, utilizaron sus tribunas en los medios impresos y electrónicos para lanzar severas críticas contra los diputados por no haber aprobado las mal llamadas reformas estructurales.

Asimismo, trataron de exhibir a los legisladores "rebeldes" como los villanos de la película, como los únicos culpables de los males que padece la economía. Peor aún, los señalaron casi como la antipatria y como los responsables de colocar a México ante una nueva cascada de problemas económicos, sociales y políticos.

Mucha tinta corrió contra los diputados de la mayoría opositora. Lo cierto es que si en estos años de gobierno foxista la economía del país no se ha ido a pique, se debe precisamente a que los diputados —y también los senadores—, en uso de sus atribuciones constitucionales, han logrado limar las peores aristas de los proyectos de Los Pinos, tarea en la que los legisladores del PRD han hecho aportaciones de ningún modo desdeñables. Y si algunas de las medidas aprobadas en el Congreso no han dado todos los frutos esperados, se debe a la incapacidad del gabinete económico de Vicente Fox, que sólo sabe cumplir las recetas del dogma neoliberal.

Es difícil comprender cómo los exabruptos del presidente Fox colocaban en una fragilidad la independencia del Poder Legislativo y de un manotazo pretendía desaparecer la división de poderes que con tantos años de lucha y sangre supieron conquistar los revolucionarios franceses y legar después a la humanidad.

Realizado el relevo de coordinador de la bancada del PRI y hechos los ajustes correspondientes al interior de la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados, se dictaminaron los proyectos de ingresos y de gasto, respetando en lo fundamental la orientación neoliberal y las políticas fondomonetaristas que contenían las iniciativas foxistas. El único cambio sustancial fue que no se aprobó el IVA en alimentos y medicinas ni la privatización de diversas entidades e institutos. El presupuesto para 2004 es sumamente restrictivo y no estimula el crecimiento; es improductivo tanto para la distribución de ingresos como en dotación de servicios y, peor aún, como herramienta de estímulo a la economía.

La bancada del PRD decidió su voto en contra del Presupuesto de Egresos, aprobado por el PRI y el PAN, en virtud de que no se tomaron en cuenta sus propuestas que iban al meollo en la asignación de los recursos, con la introducción de medidas de austeridad que contemplaban, entre otras, una disminución a las compensaciones del presidente de la República, a las pensiones y gastos de ayudantía de los ex Presidentes, a los elevados ingresos de la alta burocracia, o bien el cuestionamiento de los elevados recursos por concepto de intereses para el pago de la deuda, donde sin duda alguna el Fobaproa-IPAB esconde muchas irregularidades.

El PRD deberá dar la batalla por una verdadera reforma fiscal integral, donde sin duda alguna estará presente no sólo el aspecto tributario o de ingreso, sino el del gasto, la enorme deuda pública y la fiscalización. Una reforma que apoye el desarrollo de la infraestructura productiva, redistribuya la riqueza nacional como el eje estratégico de lucha contra la pobreza, fortalezca el federalismo y la democracia, fiscalice los recursos públicos, combata la corrupción y el uso discrecional de los recursos. Y en esa lucha volveremos a encontrarnos con la reiteración del Presidente Fox, como recién lo ha anunciado al despuntar este 2004, de que no cejará por que se apruebe su miscelánea fiscal para gravar con IVA los alimentos y medicinas, y ante esto cabe afirmar que el tamaño de la necedad sólo es comparable con la medida de la insensatez. No puede explicarse la razón que justifique esta exagerada y obsesiva actividad del presidente por el IVA, cuando sabe el enfrentamiento a que se expone y que está de por medio la cohesión y la solidaridad con la nación.