La universidad al inicio del milenio*

Daniel Cazés Menahce**

1. La "universitarización" de la sociedad mexicana

Las universidades públicas mexicanas titulan profesionistas liberales (contadores, administradores, dentistas, veterinarios, abogados, médicos, químicos, ingenieros, arquitectos, psicólogos); en menor número, sociólogos y economistas. Y unos cuantos físicos, historiadores, pedagogos y filósofos, estos últimos destinados a las aulas, los cubículos y los laboratorios.

En las universidades públicas mexicanas se preparan igualmente especialistas que se dedican, como trabajadores públicos, a la investigación básica tanto en las llamadas ciencias exactas y naturales como en las denominadas histórico-sociales y humanísticas. Aun cuando algunos de ellos también ejercen como profesionistas liberales, en tanto científicos, su fuente de trabajo prácticamente exclusiva está constituida por las universidades públicas, mismas en las que en México se realiza casi la totalidad de la investigación.

Las proporciones de investigadores por habitante y el PIB invertido en México para la investigación en general son hasta tres veces menores que los que se destinan en países como Argentina y Brasil, y en varias decenas inferiores a los encontrados en las potencias industriales. Los resultados de la investigación que pueden transformar directamente la tecnología a corto, mediano o largo plazos, carecen en México de espacios para su aplicación; su calidad es en general muy elevada, pero nuestro régimen de dependencia los deja sin perspectivas. Los empresarios (públicos o privados) han carecido de voluntad real para crear y desarrollar una ciencia y una tecnología mexicanas, pese a los esfuerzos que se realizan en las universidades. Todo parece indicar que el lucro y el poder se obtienen y acrecientan más rápidamente y en cantidades mayores mediante la sumisión a proyectos de grandeza diseñados (y probados) por otras burguesías.

En estas condiciones, la única investigación que se considera científica incide en forma directa sobre la vida social de los mexicanos mucho menos de lo que puede permitir su potencial.

Con todo, forma parte fundamental de la cotidianeidad universitaria en que permanentemente concurren todos los elementos de una presencia social y una formación de sujetos no previstas en los programas académicos, pero que actúan y llegan mucho más allá de cualquier currículum formalizado.

Desde siempre, en México, la parte más importante del trabajo intelectual se ha iniciado y desarrollado en la universidad, y continuamente ésta le ha brindado estímulo y posibilidad de continuidad, ampliación y expansión. Es así como desde los albores de la primera universidad novohispana se comenzó a hacer ciencia y a crear tecnologías; se localizaron recursos naturales y se movilizaron la voluntad y la mano de obra para explotarlos; se ha organizado a la sociedad, a la nación, al Estado; se han definido los problemas nacionales, y se han diseñado y puesto en marcha proyectos para solucionarlos; se han estructurado ideologías, normas, nacionalismo, burocracia y gobierno; se ha hecho y se hace política gubernamental, gobiernista y de todas las oposiciones; se han puesto en acción las fuerzas del trabajo manual e intelectual; se han establecido otras universidades; se han conformado sensibilidades y emociones, consensos, cuestionamientos y rebeldías.

Los resultados del trabajo universitario de investigación, tan sólo los de las que se ha dado en llamar disciplinas sociales y humanísticas, tienen una aplicación casi inmediata en los ámbitos más diversos: en todos los niveles de la enseñanza; en la formulación de las ideologías políticas, en la legislación y en la diplomacia; en la elaboración de los conceptos y valores que transmiten la radio, la televisión y el cine, y en las formas que sirven para su expansión y arraigo; en el trabajo de los artistas; en la publicidad y en los programas y discursos políticos y religiosos; en las obras literarias y en la ensayística con que se organizan ideologías dominantes, oficiales o alternativas.

Es preciso recordar que casi todos los egresados de la educación superior se convierten en cuadros bajos, intermedios y superiores de la administración empresarial y de toda la estructura estatal. Algunos se dedican a mantener la fuerza de trabajo y estructurar con la autoridad de la bata blanca la ideología de la relación del individuo con su cuerpo y su salud y, en otros, a conservar y reproducir las relaciones entre el poder y sus sujetos a través de la vigilancia y la aplicación de normas legales.

Otros, que también pueden ser profesionistas liberales, combinan ese ejercicio con la participación —asalariada o por concesión— en el diseño y construcción de las llamadas infraestructuras; no pocos deben restringirse a aplicar manuales de instalación y mantenimiento de tecnologías importadas, y muchos acaban de comerciantes, administradores, agentes de ventas, publicistas.

En nuestras universidades públicas se crean y se amplían también los espacios de la creación artística, de su desarrollo, de su difusión. Desde la universidad, con sus estímulos, bajo su influjo, los artistas despliegan una creatividad de perspectivas semejantes, paralelas a las del trabajo científico. La obtención del pergamino sancionador aún no es imprescindible para el ejercicio de estos oficios. Lo mismo sucede todavía por lo que se refiere a otras labores (que se efectúan en la radio, la televisión, la prensa).

No obstante, comienza a hacerse dominante la exigencia del acreditamiento institucional y, en todo caso, existen programas para la correspondiente preparación formalizada.

Al igual que las tareas de difusión no escolarizada del conocimiento y de las artes, y de publicación de la más variada bibliografía, lo hasta aquí enumerado podría agruparse bajo el rubro de funciones fundamentalmente académicas de la universidad mexicana, al menos como se las define oficialmente.

Toda esta labor creativa, de síntesis y reproducción ideológica e institucional, explica la existencia de la universidad pública. La formación de profesionistas la ubica en las esferas de la cotidianeidad social en que actúan e influyen: la elaboración de nuevos conocimientos, de nuevas formulaciones de los ya adquiridos, y todo lo que puede ubicarse como búsqueda y desarrollo en los terrenos del arte, proyectan a la universidad en una dimensión histórica global y la han convertido en eje fundamental e indispensable de todo proceso social cuyo marco sea la constante organización de la cultura.

Lo anterior refuta cualquier afirmación relativa al distanciamiento entre la universidad y la sociedad. La sola idea de tal dicotomía implícita en semejante enunciado parece inconcebible si se la somete a un rigor analítico mínimo.

No obstante, las funciones de la creatividad científica y artística carecen en muchos aspectos del espacio para cumplirse adecuadamente desde la universidad. En parte, esto se debe al reducido y decreciente financiamiento de una y otra funciones sustantivas.

Otras de las causas no menos importantes de la situación de la ciencia y el arte en la UNAM tienen que ver con la feudalización, el anquilosamiento, el envejecimiento y la reticencia a la renovación y el rejuvenecimiento del personal académico, que dominan con fuerza en los centros de la creatividad universitaria.

Estas precisiones vienen al caso porque las políticas que han conducido a la reducción o el deterioro en el cumplimiento de las funciones universitarias, expresan concepciones y propósitos contrarios a la expansión democratizadora de esas funciones.

A pesar de esto, la acción universitaria en su conjunto sigue incidiendo de manera fundamental, como siempre ha sucedido, en los procesos de formación de sujetos sociales, en la construcción cotidiana de la hegemonía y el consenso, en la crítica de las relaciones sociales y en la formulación de proyectos para el cambio y, de manera no menos intensa y eficaz, en la reproducción y la administración permanentes del sistema social.

De lo puntualizado aquí deriva la importancia que en México se asigna a las universidades públicas. Es fácil advertir que ésta es una sociedad profundamente "universitarizada".

2. La universidad del aprendizaje

Sin duda alguna, casi todos los jóvenes que entran a la universidad llegan en pos de lo que les ofrecen de manera oficial las instituciones. Unos y otras son capaces de pasarse décadas enteras como si ignoraran que además o en lugar de los planes originales se cumplen otros, muy diferentes de los enunciados en folletos y formularios, o de los imaginados por esperanzas de progenitores y creencias ancestrales.

Lo más relevante de estos procesos sin programa ni sanción administrativa radica en que todos los que en ellos participan reciben alguna información especializada muy superficial, y una formación intelectual y ciudadana cuya profundidad y solidez dependen, entre otras cosas, del tiempo y de la intensidad con que cada individuo se integre a la vivencia universitaria y del contenido específico de ésta.

Cualquiera que sea el destino escolar del estudiante, la universidad es el único sitio en que establece contacto directo y constante con el trabajo intelectual, con su rigor y su disciplina, con las perspectivas de sus resultados; con la reflexión teórica y metodológica, y con la confrontación de ideas y corrientes filosóficas, científicas, artísticas, políticas; con personas y obras en espacios cuyos ejes son el conocimiento y la crítica de las más diversas realidades, y las más variadas manifestaciones del pensamiento creativo; con la posibilidad de compartir estas vivencias únicas con otros jóvenes.

En los mismos espacios, muchos jóvenes aprenden también las formas de la organización solidaria, el planteamiento de las reivindicaciones, el combate ideológico, la incorporación a partidos y otros grupos políticos, la formulación de alternativas, la comprensión y aceptación de realidades y el inicio de algunas luchas por cambiarlas. Para una enorme mayoría de los universitarios mexicanos, su experiencia como tales es la primera —la única— en que se abren sus horizontes.

Ninguna oferta de estudios superiores consigna explícitamente que es todo esto y mucho más lo que está al alcance de quienes pueden ejercer el derecho a la educación superior. Para llegar a ser egresados, deben cursar una carrera y obtener un título que les confiere la autorización legal para ejercer como profesionistas, y el prestigio social adscrito a quienes alcanzan el mérito de obtener tales credenciales. Pero titulados o no, todos los jóvenes que pasan por la universidad están integrados a la vida social con el bagaje —informativo y formativo, más o menos cuantioso— que ahí adquieren, sobre todo, de manera informal e imperceptible.

Todos estos son elementos clave para la caracterización de las funciones no académicas de las universidades; en rigor, éstas no pueden disociarse de los elementos formales, pues conjugados, unas y otros constituyen el núcleo de la última etapa de endoculturación en el ciclo de vida de los grupos de jóvenes susceptibles de dedicarse al trabajo intelectual en cualquiera de sus áreas y modalidades.

Éste es uno de los ámbitos en que la institución universitaria ha de definirse como democrática o excluyente. Abierta a la formación básica general de los jóvenes de este país, una estructura democrática de enseñanza nada tiene que ver con la que prevalece hoy en día. Una transformación en tal sentido no sólo requeriría recursos para la ampliación constante de las capacidades instaladas, sino también para la formación y el ejercicio adecuado de profesores que atiendan a una población escolar creciente.

Sólo tomando en cuenta lo hasta aquí expuesto, tiene sentido discutir y resolver si también la educación universitaria, como toda la que imparte el Estado, debe ser gratuita, y si al finalizar cada uno de sus ciclos los estudiantes deben someterse a nuevos procedimientos de selección y exclusión.

3. Cuando la masificación es desmasificación

Sabemos que en México la universidad pública contribuye enormemente al desarrollo de la investigación básica, tanto en las disciplinas exactas y naturales como en las históricas o sociales y humanísticas.

Sabemos igualmente que, pese a los enormes esfuerzos que en ella se hacen, casi nada es posible cuando se busca incrementar y acelerar el desarrollo tecnológico.

Esto, obviamente, no es algo que deba reprocharse a las instituciones de enseñanza superior, sino resultado del modelo de progreso social antidemocráticamente impuesto por los empresarios y el gobierno al Estado mexicano.

Por ello, la universidad —como toda la educación superior— ha contribuido sobre todo a formar cuadros medios dedicados más a la instalación, la adaptación y el mantenimiento de tecnologías importadas, que a la creación y desarrollo de nuevas (esto es válido aunque en algunos casos —como en el de la destinada a la llamada construcción de infraestructuras— los matices puedan demostrar que las realidades específicas presentan particularidades muy complejas).

Con todo, la universidad mexicana ha formado cuadros del más alto nivel en las llamadas disciplinas exactas y naturales.

Sus aportes son fundamentales para mantener y enriquecer conocimientos que quizá no tengan aplicación tecnológica en nuestro país, pero que contribuyen a fortalecer los más elevados grados de civilización ahí en donde —a pesar de todo— están presentes. Si las cosas fueran de otra manera, sería imposible hasta esperar avances en la democratización de la vida social y de la cultura.

Por otra parte, en las universidades públicas mexicanas se forman y trabajan especialistas particularmente brillantes y de la más probada eficiencia en el ámbito del pensamiento social, de la acción política y de la administración pública. Ya hemos visto cómo los resultados de su trabajo siempre han podido ser aplicados de inmediato a la vida cotidiana de los mexicanos. Han jugado igualmente el doble papel social de toda acción intelectual. Aunque han proporcionado elementos básicos masificadores de nuestra sociedad, también han contribuido de manera fundamental a la desmasificación.

Cada vez se hace más necesario abandonar el discurso de la "necesaria masificación" de la universidad mexicana si se quiere comprender y enfrentar adecuadamente la compleja situación actual de la enseñanza universitaria y sus potencialidades democratizadoras. Hoy todo el mundo acepta que la universidad pública debe ser de masas y que la masificación de las universidades produce problemáticas antes desconocidas. Evidentemente, en enunciados como éstos el vocablo masa tiene un sentido cuantitativo y es equivalente a muchedumbre: multitud, coincidencia involuntaria y temporal de una gran cantidad de personas en el mismo lugar. Aun cuando sea muy claro que es éste el sentido que se evoca, siempre habrá que definir lo que es una gran cantidad de personas.

Las masas, sin embargo, no tienen que ser numerosas ni provenir de algún estrato socioeconómico en especial. La definición de masas como categoría descriptiva, analítica e interpretativa de las ciencias sociales, se centra en el hecho fundamental de que nunca constituyen una comunidad, pues quienes las componen carecen de lazos de solidaridad o de homogeneidad cultural: la masa es informe, despersonalizada, maleable. Una sociedad de masas se caracteriza porque en ella dominan mecanismos que regulan actitudes y conductas para hacerlos uniformes y sin especificidad, y para aislar a sus miembros aun en la mayor de las cercanías físicas.

Desde luego, en toda sociedad se dan procesos de masificación: en la nuestra avanzan vertiginosamente. Pero hay espacios en los que ese avance es frenado de manera suficiente para que no lo abarque todo y para mantener posibilidades de desmasificación social relativa. Hay que preguntarse quiénes son los que aspiran a transformar a las universidades para hacerlas masivas y para que en ellas haya masificación en el sentido científico del término. En realidad, los procesos sociales que se dan en los espacios universitarios, lejos de ser exclusivamente académicos, resultan en una desmasificación relativa de quienes tienen acceso a ellos.

Una transformación democrática de la universidad debe partir de la convicción de que todos los jóvenes del país deben poder participar con plenitud en esos procesos; de que deben tener un lugar en esos espacios institucionales desmasificadores, ubicados en los terrenos de la sociedad civil tanto por su estatuto autonómico (más jurídico que real) como, sobre todo, por el contenido de la vivencia formativa que en ellos es ineludible.

Es cierto que ha habido momentos, en la historia mexicana reciente, en los que las puertas de nuestras universidades se han entreabierto. Esto ha sucedido como respuesta gubernamental a una presión juvenil tanto económica como política. Lejos de pensar a las universidades en su papel desmasificador, el gobierno las concibió entonces como muro de contención para una parte de la fuerza de trabajo no empleable y de los impulsos cuestionadores más o menos desencadenados. Se ha deseado, en verdad, masificar a la juventud en las universidades; éstas, por su naturaleza contradictoria, no han dejado de responder a tales designios, pero en su seno sigue desarrollándose la otra fase de lo que podríamos llamar dialéctica de la formación institucional de los intelectuales.

El proceso al que denomino desmasificación abarca de maneras diversas a toda la sociedad. Una de sus más importantes facetas sólo se desenvuelve en las universidades, cuyos miembros tienen, entre otras características, la de ser sus sujetos inmediatos y los agentes de algunos de los cambios culturales que ese proceso genera.

Como quiera que sea, obviamente éste no es unilineal ni están ausentes de él conflictivas sociales que lo hacen muy complejo. Podría incluso afirmarse que el precio que la sociedad paga para que pueda darse el proceso de desmasificación consiste en la contribución concomitante del mismo proceso al avance de la masificación.

Aunque así lo parezca en el discurso oficial referido a la enseñanza y al aprendizaje, como instituciones académicas del más alto nivel, las universidades no sólo forman a esos especialistas que no pueden integrarse de manera directa al desarrollo tecnológico ni a los procesos productivos, y a profesionistas que inmediatamente son asimilados en el sector terciario de manera más o menos rentable y eficaz para los intereses del capital y para sus necesidades de control social; además —y quizás antes que nada—, cumplen ese papel desmasificador. Por supuesto, lo hacen en el contexto de situaciones históricas concretas y sin independen-cia total de los intereses y de las fuerzas dominantes, aunque siempre con la autonomía relativa que su propia tradición y producción intelectual les permiten ejercer.

La existencia misma de las universidades públicas, sus tareas de creación, sistematización, transmisión y difusión del conocimiento y del arte definen su carácter desmasificador. Las posibilidades materiales que les otorgan las fuerzas sociales dominantes y las que van adquiriendo en las confrontaciones entre éstas y las subordinadas que van abriéndose camino; las formas que en la institución universitaria toman las relaciones académicas y el cumplimento de sus funciones específicas; la concentración y el contacto constante entre científicos, maestros y técnicos; las posibilidades de integración de estudiantes a sus procesos y las de su dedicación a la vivencia universitaria: todos éstos son elementos que definen el nivel de calidad y de adecuación con que nuestras instituciones cumplen sus funciones desmasificadoras. La abierta aceptación de que deben cumplir esas funciones, y la ampliación y elevación de estos niveles, son la clave para la definición del rumbo de la modernización democrática de la institución universitaria —no sólo en México— para este milenio.

Nuestra universidad deberá poder responder, sí, a las necesidades de los mercados de trabajo abiertos en los proyectos vigentes de desarrollo del capitalismo; pero como institución social en la que se ejercen derechos inalienables y se responde a proyectos de sociedad que no tienen por qué restringirse a los intereses del capital, la universidad mexicana del tercer milenio de la cuenta cristiana no debe circunscribir su acción a la mecánica de esos mercados de trabajo, al fin y al cabo coyuntural y mutable.

Las características fundamentales de la formación social en que está ubicada cada universidad, determinan las maneras en que cada institución contribuye a conservar la barbarie del dominio y a ampliar los espacios de la civilización. Las contradicciones sociales, siempre presentes en la universidad, hacen también que el cumplimiento de su papel desmasificador se exprese en una contradicción particular, que hace de la actividad académica universitaria una fuerza política a la vez conservadora e innovadora, tendiente simultáneamente a mantener las inercias sociales, y a ser factor permanente de creatividad intelectual y de transformación social.

Por una parte, las universidades desmasifican a la sociedad contribuyendo a llevar el sentido común y el buen sentido a niveles más elevados y mejor estructurados de conciencia de la realidad.

Por otro lado, contribuyen a la masificación porque proporcionan los elementos del conocimiento que fundamentan y fortalecen la organización jerarquizada de las relaciones sociales y las concepciones dominantes, y porque forman los cuadros intelectuales y ejecutivos de este proceso masificador. Además, porque sus miembros, en cualquiera de los ámbitos de la actividad universitaria, son motivados a actuar con base en los mismos valores dominantes que estimulan la masificación y precisan de ella.

La realidad universitaria es aún más compleja. En sus espacios de reflexión surgen también elaboraciones teóricas, cuestionamientos y concepciones opuestas a las dominantes, y se proponen opciones diferentes en todos los campos del conocimiento y del pensamiento creativo. Con ello se sustentan y se estimulan prácticas científicas, sociales y culturas políticas alternativas a las predominantes. Si se mantiene una perspectiva democratizadora para las funciones universitarias, esta última característica debe ser preservada y estimulada: es la más propicia para la desmasificación.

Visto así, el concepto de masificación carece, pues, de sentido cuantitativo.

En realidad, la reivindicación democratizadora de la universidad es contraria a su masificación y marca la definición de un derecho ciudadano a participar de sus funciones desmasificadoras. La universidad es uno de los pocos espacios sociales en cuyo interior la masificación puede reducirse y contrarrestarse en medida variable. Cualquier nivel que alcance esta medida es el más alto al que puede llegar la acción propiamente educativa, formativa en profundidad y en extensión, de la institución universitaria.

Las funciones universitarias tienen una estructura rígida y formal: el currículum, que es la base de la profesionalización, de la acumulación formal de méritos para obtener credenciales o, para decirlo de manera más rigurosa, de la información profesionalizante. En los mismos marcos, pero transgrediéndolos y tarde o temprano dejando de lado sus objetivos explícitos, se desarrollan las demás funciones formativas, no obligatoriamente profesionalizadoras.

Finalmente, en el rubro de todo lo que se acostumbra ubicar en los compartimentos de la extensión, la divulgación y la difusión, se cumplen otras funciones universitarias. Su punto de partida son programas, proyectos y dependencias (supuestamente concebidos para la formación y la información no escolarizada e informal) que ni siquiera se consideran académicos. Bajo la forma impuesta a estas funciones, cumplidas como si fueran técnicas y administrativas, hallan su sitio buena parte de las expresiones artísticas de algunos universitarios y su presencia institucional en la radio y la televisión.

Otros aspectos de la llamada extensión universitaria y del servicio social que deben cumplir los estudiantes antes de recibir sus pergaminos de profesionistas, deben ser examinados con estos criterios o con otros que permitan definir con claridad qué es lo que se extiende, lo que se difunde, lo que se divulga, para qué y con qué mecanismos fundamentalmente formativos.

Conjugadas, las acciones inherentes al conjunto de las funciones universitarias —obligatoriamente académicas, pero no necesariamente formales ni profesionalizadoras— resultan en el complejo proceso social de desmasificación de los estudiantes y trabajadores que participan de ellas y, por intermedio suyo, de los diversos círculos de vida social en que actúan; así, forman parte de la desmasificación global de la sociedad e imprimen en ella elementos sin los cuales ésta sería impensable e imposible.

 

* Agradezco a la Lic. Haydeé García Bravo su colaboración para la elaboración de este artículo.

** Director del Instituto de Ciencias Interdisciplinarias, UNAM.