EL ENCUENTRO DE LO HUMANO CON LO HUMANO

Elio Villaseñor Gómez*

Orígenes de la indiferencia

En los últimos años, la ciudadanía ha ido manifestando un cierto desencanto, desánimo o indiferencia hacia lo político. Aunque esto puede tener muchas explicaciones, quisiera solamente enumerar algunas de las causas que considero que pueden estar detrás de esa apatía.

Una de esas causas la encuentro en el arribo creciente a los gobiernos de personas que vienen de la iniciativa privada o que han sido consultores de organismos multilaterales. Este paso ha reducido la dimensión de lo político, ya que muchos de estos funcionarios actuales ponen énfasis en los intereses de la iniciativa privada y los convierten en la regla o la prioridad de sus gobiernos.

Se trata de un tipo de funcionarios, ex empresarios, que dan un toque de eficiencia a los gobiernos, pero que no se preocupan por la participación o el involucramiento de los ciudadanos y ciudadanas en el diseño, aplicación y seguimiento de las políticas públicas.

Este tipo de gobernantes se ha ido imponiendo cada vez más fuertemente en nuestros gobiernos —a nivel local, regional y nacional—, lo que ha provocado que hacer política pierda su sentido de fondo: construir causas comunes de la sociedad con espíritu de servicio a la comunidad.

A través de estas formas de gobierno, la política se ha convertido en una extensión del negocio o de la empresa, como parte de la cultura de la clase gobernante. Desde esa visión, el "arte de la política" se ha convertido en el "arte de los negocios" y se ha separado de la mayoría de la gente, transformándose también en acciones por las que la élite empresarial transforma la búsqueda del bien común en dádivas asistenciales.

Es decir que, en vez de construir alternativas, mejorar situaciones y resolver los problemas de fondo de la sociedad, los empresario–gobernantes buscan administrar la pobreza o la desigualdad social, actuando como gerentes de los problemas públicos.

Otra de las causas de la indiferencia está en que una buena parte de la clase política se ha desarrollado a partir de activistas o militantes dimanados de los partidos políticos. Estos activistas orientan su interés y su trabajo, no hacia el servicio o hacia la búsqueda del mejor proyecto para su comunidad, sino hacia un empleo seguro, y convierten su cargo en una bolsa de trabajo —para tres o seis años—, que les garantice una vida cómoda o la posibilidad de continuar con su vida de activistas.

Me atrevo a decir que, tanto los empresario–gobernantes como los activistas y militantes que llegan de organizaciones políticas, coinciden en que traducen la política en acciones que llevan a cabo de manera prepotente y arrogante, y consideran que la política es el "arte de sobrevivir" sin importar el costo social que tenga.

Estas personas y su forma de proceder han provocado que la población de nuestros países entienda la política solamente como una disputa entre particulares —sean individuos o grupos— por hacer valer sus intereses, por colocarse en algún puesto, por obtener más dinero, pero ya no más por acciones que impulsen proyectos sociales, acciones que tiendan a buscar soluciones a los problemas de la vida cotidiana o los problemas de fondo del conjunto de la población. Así, ciudadanos y ciudadanas se ven obligados a diferenciar entre la vida común y la política. Para ellos la política está separada de su vida cotidiana.

La política se ha convertido en un mercado, donde lo que vende es lo que se puede lucir o lo que puede llamar la atención, pero no las propuestas de solución para los problemas de fondo. Ahora sólo cuenta cómo vender mejor la imagen para que ciudadanos y ciudadanas puedan fijar su atención en los proyectos personales de los políticos. Se trata ahora, pues, de una cuestión más de forma que de contenido.

La política se ha transformado principalmente en un show electoral, en un circo al que nos invitan cada tres, cuatro o seis años —según el país— para ratificar o aplaudir al candidato que hizo mejor uso de la mercadotecnia, de su simpatía y carisma personal, no a quien realizó la mejor propuesta o garantice, de acuerdo a la ética, un proyecto que verdaderamente incida favorablemente en la problemática del lugar.

De esta manera la política ha perdido su sentido social y humano: ser un medio para enfrentar los problemas comunes, para buscar la participación de todos y de todas a fin de construir soluciones comunes.

Por esto, considero que estamos viviendo una época de gran descomposición y separación entre ciudadanía y política. Los ciudadanos y ciudadanas hemos perdido presencia, y cada día nos encerramos más en el individualismo y la intolerancia, en la búsqueda de soluciones personales en vez de colectivas. Estamos en una época en que el grito es de "ˇsálvese quien pueda!", y en la que estamos perdiendo el sentido de ser ciudadano y ciudadana.

Nuevos conceptos de lo político

En este contexto de lo que hoy llamamos político en el espacio negocios de los particulares, bajo el pretexto de servir a la sociedad o a la comunidad, considero que una de las consecuencias para los ciudadanos y las ciudadanas es llegar a la conclusión de que la política es algo sucio o indiferente, y adoptar un comportamiento como los siguientes:

* Individualismo y aislamiento.

* Intolerancia, por la que el ciudadano no sólo no busca al otro, sino que niega y se niega a la presencia de los demás para enfrentar cualquier situación o problema común.

* Desintegración de la vida de la comunidad y de la sociedad en su conjunto.

* Atomización de las personas, pérdida de raíces comunitarias y hasta de los deseos de construcción de alternativas propias.

Ante esta situación, hoy tenemos que rehabilitar los contenidos de la política partiendo, no de aspectos ideológicos, sino de la vida cotidiana de las personas, desde sus cuestiones privadas y su entorno más cercano, tanto en la vida familiar como en la vida social.

Para reencontrarnos con lo político, tenemos que partir de los afectos de la gente, valorar las cosas sencillas, los aspectos cotidianos de la ayuda mutua, de la convivencia diaria: las fiestas populares, los lugares de diversión y de encuentro, donde coinciden las personas para intercambiar asuntos de su vida.

Entonces, tenemos que reencontrar el aspecto más humano de las personas para rehabilitar lo político. Es decir, que la única manera en que nos podemos realizar como seres humanos es unos con otros, porque lo humano solamente se realiza con lo humano.

Tenemos que reaprender a salir de nosotros mismos para encontrar al otro, a escuchar y a respetar, para que cada quien se sienta parte del otro, y también parte del todo.

Rehabilitar lo político nos debe llevar a encontrar la fuerza de la motivación de las personas, para encontrar también los puntos de encuentro que generen nuevos espacios de solidaridad, en los que podamos construir sueños posibles de solución para los problemas comunes de todos.

Por lo tanto, desde esta perspectiva, rehabilitar lo político es para mí hacernos las preguntas más sencillas para buscar las respuestas en el terreno de lo colectivo, no en el de lo individual.

No se trata de orientar o llevar a los ciudadanos y ciudadanas a metas preconcebidas, sino de cómo podemos, juntos, apremiar las cosas para que todos y todas nos sintamos parte de las soluciones; se trata de aprender que la fuerza de una acción depende de saber involucrar a todos y a todas en causas y soluciones comunes.

Hoy tenemos el reto de rehabilitar lo político, provocando que ciudadanos y ciudadanas salgamos del cuarto oscuro en el que nos hemos metido, para encontrarnos con los y las demás, y sumarnos poco a poco a proyectos comunes. Debemos partir de problemas existenciales para acercarnos a los problemas públicos. Si recuperamos nuestros saberes y nuestras formas de trabajar de manera conjunta, respetuosa y tolerante, podemos crear la oferta necesaria para que lo político se convierta en una oportunidad de mejorar nuestra calidad de vida y nuestra convivencia.

Entonces, para rehabilitar lo político necesitamos disputar lo público a los negocios particulares, a fin de convertirlo en una oportunidad para buscar soluciones comunes a problemas sociales. Rehabilitar lo político será para nosotros la articulación de la vida diaria de las personas para convertirla en un asunto público, por el que la violación de los derechos humanos nos interese a todos y a todas; que en el momento en que alguien vea pisoteados sus derechos, cualquiera de nosotros se sienta verdaderamente afectado.

Se trata, pues, de recuperar lo político para recuperar lo humano, para construir lo público al servicio de los ciudadanos y de las ciudadanas y de la comunidad.

Nuevos proyectos de trabajo

La tarea que tenemos quienes hemos desarrollado una vida de trabajo cerca de la gente —a través de proyectos sociales, de desarrollo, de educación cívica y humana, o de los trabajos de cabildeo— es concretizar en nuestras iniciativas esta manera de concebir lo político: tenemos el reto de reconstruir lo humano y lo público como un espacio donde todos y todas seamos parte de la soluciones de la comunidad o de la sociedad.

Muchas veces nuestros proyectos están desarticulados, con una visión muy parcial. Muchas veces los proyectos productivos no están articulados con los de educación cívica, o no articulamos los proyectos para generar iniciativas de mejora en los mercados locales para así cambiar los modelos macroeconómicos.

Es muy importante plantear hoy que tenemos que buscar la reconstrucción del tejido social en todas las acciones que emprendamos; no podemos seguir realizando acciones aisladas o acciones que solamente refuercen una parte de nuestra comunidad.

Tenemos que aprender a ser audaces y creativos para que nuestros proyectos puedan permear el entorno de la comunidad entera con este nuevo reto: reconstruir lo político como un espacio para articular los asuntos de las políticas sociales cotidianas con las políticas de la macroeconomía o la macropolítica.

Es decir, tenemos que aprender a crear puentes entre lo micro y lo macro, pero enfatizando que lo político no es un asunto privado, sino un asunto donde lo humano se va dignificando con lo humano, donde lo público no es patrimonio de unos cuantos, y donde todos y todas somos parte de la creación de soluciones aun en el entorno macro.

Hay que limpiar lo político, para recuperarlo como la oportunidad que tenemos para que lo humano tenga una vida social de respeto y tolerancia, para crear un entorno donde podamos no sólo realizar nuestros sueños posibles, sino fundamentalmente rescatar los espacios de convivencia humana.

Quiero enfatizar que, si dejamos de participar en lo político, es como si dejáramos pasar la oportunidad de realizarnos como seres humanos. Entonces estaremos confirmando que, como decía Hobbes, el hombre es el lobo del hombre, cuando más bien tenemos que lograr que el hombre sea el salvador del hombre. Tenemos que buscar los nuevos pactos de lo humano con lo humano a partir de los afectos, de las causas comunes y de sentirnos parte, cada quien bajo su responsabilidad, de las soluciones comunes.

Quiero insistir en que rehabilitar lo político es romper con la intolerancia, con la ley del más fuerte. Rehabilitar lo político es hoy construir oportunidades para encontrarnos con los otros como seres humanos, para recuperar un entorno social de respeto, un medio ambiente que pueda ser sustentable, y para luchar por que la equidad entre los seres humanos no sea solamente ante la ley sino también en lo económico.

Finalmente, considero que tenemos que presionar para que los gobernantes no sean producto de la mercadotecnia, sino que sean verdaderamente servidores de los ciudadanos y las ciudadanas, y que cumplan nuestro mandato con eficiencia y transparencia. Así, lo político será en el futuro la fuerza que tendremos los ciudadanos y ciudadanas de este planeta para construir en las próximas décadas una vida de paz, de justicia y de dignidad para todos.

 

* Presidente y fundador de DECA, Equipo Pueblo, A. C.